3 de enero 2026 (3-E/26): cuando la incertidumbre se volvió visible. Lo del 3-E/26, en la madrugada, les movió el piso a los codictadores de Nicaragua mucho más que Panamá en 1989. No por un detalle puntual, sino por una combinación peligrosa: vulnerabilidad acumulada y un mensaje externo que, sin nombrarlos, les toca el nervio del sistema. Da igual cuánto se haya invertido en búnkeres y anillos de protección: cuando “aquellos” deciden, neutralizan, eliminan a quien consideren necesario y te llevan.
Ese día se me quedó grabada la estructura del discurso de Trump al presentar el informe de lo ocurrido. Ahí se distinguen, por lo menos, tres o cuatro momentos que ayudan a comprender lo que sucede y puede venir.
El primer momento es casi burocrático: Trump lee un documento preparado (imagino que, elaborado por el Departamento de Guerra, el general a cargo y Rubio), con un tono estructurado, plano e incluso técnico. Es el reporte del Estado informando con la frialdad de quien quiere dejar constancia.
El segundo momento arranca cuando llega al punto final del reporte “técnico”. Se nota en el cuerpo: deja de leer, levanta la vista y cambia el ritmo. Ahí aparece Trump, ya no el lector, sino el actor y sus intereses. Repite una y otra vez (más de veinte veces) el tema del petróleo: pasa de calificar como un desastre la producción petrolera en Venezuela a plantear, sin matices, que controlarán el comercio del petróleo de ese país latinoamericano.
El énfasis, por insistente, no es decorativo: define el interés primario. El petróleo. Y, además, sugiere que “ellos” lo van a administrar. En el momento pudimos discutir si eso era falacia, realidad o bluff (parece que Trump hace bluff, tantea y empuja para ver hasta dónde avanza), pero en política internacional lo importante no es solo lo que es “verdadero”, sino lo que se instala como marco de intereses. Al terminar este artículo el mundo está claro que no era bluff.
Hasta ahí, el mensaje es duro pero previsible: intervención / invasión militar, intereses, control, administración. Lo que me llamó más la atención, sin embargo, son los momentos tres y cuatro.
El tercero aparece con una frase pequeña, casi lateral, pero lapidaria, y es cuando aparta a María Corina Machado (y aparta lo que significa en claves políticas) del futuro inmediato de Venezuela. No es un matiz: es una señal de exclusión. No se discute si gusta o no; se registra el gesto. Y el cuarto momento remata la escena: Trump empieza a hablar de que ya hay canales de comunicación “muy buenos” y se refiere, en términos positivos, de Delcy Rodríguez, la actual presidente en funciones. Y han continuado esos tonos, han seguido algunos “elogiosos”, pero especialmente se han dado claras señales de “cercanías”: credenciales de nueva embajadora EEUU, amnistía (con lenta aplicación), visita y conversaciones con el Comando Sur, etc…
Ese cuarto momento, leído desde Managua, no es un comentario más: es una barcaza de esperanza para los codictadores, para quienes buscan en cualquier grieta la posibilidad de proteger su poder. No porque garantice algo, sino porque sugiere que hay conversaciones, rutas, fórmulas de arreglo entre los restos del madurismo/chavismo y el imperio, dejando por fuera la agenda democrática y a los adversarios.
Incertidumbre, complejidad y la oferta de “certidumbre”. Conviene decirlo sin vueltas: la incertidumbre no es un accidente que un sistema supera. Es parte de su condición normal cuando opera en entornos complejos; y complejo aquí no significa enredado, significa que hay demasiadas posibilidades al mismo tiempo y, en muchas de ellas, no se tiene ni el mínimo control.
Un ejemplo sencillo sobre incertidumbre y complejidad: pensemos en una institución bancaria llena, si cada quien llega y se atiende a como pueda, el resultado es el caos y hasta riesgo de robo. El banco no elimina la incertidumbre, no puede, pero reduce la complejidad: pone filas, turnos, ventanillas, reglas y horarios. Con eso transforma el desorden potencial en algo manejable. La gente no sabe exactamente cuánto tardará, pero sí tiene una expectativa operable: si llevo mi cédula, saco número y hago fila, resuelvo mi gestión bancaria. Eso mismo ocurre en la política.
La estabilidad no es paz ni consenso; es algo más frío: la capacidad de mantener expectativas relativamente estables sobre incentivos, castigos, pertenencia, movilidad y protección. En términos sistémicos, lo decisivo no es la “verdad” de lo prometido, sino si el sistema logra producir expectativas creíbles y sostenerlas con mecanismos que parezcan funcionales: decisiones, rutinas, narrativas, normas, procedimientos, jerarquías, sanciones, etc. etc. etc. En pocas palabras: los sistemas no eliminan la incertidumbre; la convierten en expectativas manejables.
Por eso, en autocracias como las que viven nuestros países, Venezuela o Nicaragua, el corazón del asunto no es solo mantener el poder a través de la represión. Los co-dictadores necesitan, además, generar gobernabilidad interna del propio sistema: conservar cohesión y obediencia en sus filas y, de alguna manera, en otros actores nacionales. De paso, les interesa ofrecer un mínimo de previsibilidad a actores externos a quienes les interesa la “estabilidad” en nuestros países, aunque sea impuesta; si no que se lo pregunten a algunos países de Centroamérica.
Ese mínimo se sostiene con algunos elementos, ligados al concepto de institucionalidad: reglas que delimitan lo permitido, capacidad real de decidir y sancionar, y una narrativa que convierte el control en “orden”. Pinochet lo hizo en Chile al institucionalizar su dictadura, y los Ortega-Murillo parecen intentarlo con la constitución que han creado, la “Constitución Chamuca”.

En esa lógica, lo ocurrido el 3-E/26 funciona como un golpe de realidad: muestra que existe un actor externo capaz de alterar el tablero sin pedir permiso. Cuando el entorno exhibe una capacidad de intervención que el sistema no puede anticipar ni neutralizar, la incertidumbre se filtra hacia adentro y cambia el cálculo de pertenencia de los integrantes. Y ahí aparece el problema específico del régimen Ortega-Murillo: sus incertidumbres se amplifican y eso tiende a debilitar la pertenencia entre sus filas, sobre todo cuando se erosionan las expectativas de “movilidad”: acceso, ascenso, protección, beneficios, futuro posible.
Si la permanencia deja de prometer futuro, la lealtad se vuelve más costosa. Pero ese debilitamiento de la pertenencia en las filas del Ortega – Murillo no inicia con el 3-E/26, ha sido, en gran medida, gestionado por la propia Rosario Murillo (la “Madame Mao-Ni”) a través de un estilo de dirección errático, personalista y punitivo, que corta cabezas incluso entre los más fieles: operadores curtidos, aliados disciplinados, gente que creyó que la cercanía era blindaje. En ese clima, la pertenencia se vuelve un cálculo defensivo, no una convicción; y la obediencia, una forma de supervivencia bajo sospecha permanente.
En paralelo, entra el factor Washington: Estados Unidos también parece prestar atención al control de la incertidumbre. En Venezuela, por ejemplo, priorizar alianzas con el sector reformista con lo que queda del chavismo, por pura funcionalidad. Es una apuesta por interlocutores que puedan ordenar el tablero y reducir riesgos en el control geopolítico y del petróleo.
Y es ahí donde los Ortega – Murillo intentan jugar su carta: apelar al interés de Estados Unidos por controlar y reordenar América Latina, expresado en la nueva doctrina Monroe en clave Trump, y presentarse como los únicos “capaces de generar y controlar el caos” en Nicaragua y, por extensión, en la región. El argumento desde los co-dictadores parece simple: si cierro, ordeno; si abro, modero; y si controlo, evito el desborde. No apelan a un acuerdo basado en una virtud moral con Estados Unidos; apuestan a una oferta funcional de certidumbre.
El punto crítico para los Ortega – Murillo puede ser este: cuando un sistema necesita prometer certidumbre a gritos, no es porque la haya alcanzado; es porque la incertidumbre ya se le coló por debajo de la puerta y la tiene hasta el cuello. Y en ese momento, la pregunta no es quién tiene razón (geopolítica, interés económico, o institucionalidad democrática), sino quién puede imponer expectativas, aunque sean mínimas, coercitivas y transaccionales, en un entorno donde sobran posibilidades y falta control. Como parece suceder en Venezuela y que según las noticias se enrumba Cuba.
Oportunidades y riesgos. En paralelo, está el cálculo de Washington. Y aquí el detalle no es menor: Trump llega a las elecciones de medio término con una agenda interna que puede empujarlo a “resolver”, o al menos a administrar, el triángulo autocrático latinoamericano. Mostrar resultados en Venezuela, contener a Cuba y presionar a Nicaragua puede traducirse en votos en estados clave. Ese contexto abre un marco de oportunidades para debilitar a la dictadura nicaragüense, sí; pero no garantiza una transición democrática, y menos aún una transición en la que participen, con peso real, los actores prodemocráticos dentro del país y en el exilio.
El riesgo es evidente: que la “solución” termine siendo un reacomodo funcional, una reforma parcial pactada, un “orden nuevo” con los mismos guardianes, y nosotros mirando desde la acera. Por eso vuelvo a una idea insistente, la misma que planteé en el artículo sobre adversarios y enemigos: si los liderazgos prodemocráticos no logran articular cuerpo, estrategia y narrativa con capacidad de ofrecer certidumbres o, al menos, expectativas manejables para el país, el tablero lo ocuparán otros. Y si aun con cuerpo y narrativa el sistema no abre espacio, entonces que al menos tengamos la capacidad de hacer tanto ruido que no los deje dormir. Hoy, seamos honestos, pareciera que estamos fuera del tablero; incluso quienes se proclaman puros y ungidos por el señor de Mar-a-lago.
ESCRIBE
Juan Carlos Gutiérrez Soto
Sociólogo y politólogo, candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca. Especializado en análisis sociopolítico y prospectivo. Exintegrante de Alianza Cívica, Unidad Nacional Azul y Blanco y Coalición Nacional. Actualmente exiliado y despojado de su nacionalidad por la dictadura nicaragüense. Fue director académico de la Universidad Centroamericana (UCA) en Nicaragua. Ha sido consultor senior e investigador para organismos internacionales y centros de pensamiento, entre ellos PNUD, UNICEF, IPADE, FUNIDES y Fundación Sin Límites.