Víctor Hugo Acuña Ortega
23 de septiembre 2026

Faroles y resistencia democrática

Foto de archivo de EFE.

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El pasado 14 de septiembre asistí al Parque Morazán a la actividad convocada por grupos de la sociedad civil en defensa de la democracia. No pude estar en el plantón en favor del Poder Judicial en la Plaza de la Democracia realizado semanas atrás, así que no puedo comparar ambos eventos, expresión de una naciente reacción de la sociedad costarricense frente al proyecto de transición autoritaria de extrema derecha conducido por Rodrigo Chaves, ahora como presidente de facto del gobierno de Laura Fernández. Llamó mi atención la creatividad desplegada en el diseño de los faroles y la fisga de algunas de las frases en ellos inscritos de crítica a este régimen. El acto estuvo amenizado por la música propia de la celebración, por ejemplo, el himno del 15 de septiembre, la Patriótica Costarricense y otras canciones que celebran lo “tico”.

Por supuesto que había muchas banderas de Costa Rica y representados en algunos faroles símbolos nacionales como el venado cola blanca y, en algún momento, apareció la imagen del Juan Rafael Mora. En suma, fue una actividad de homenaje a la nación costarricense, nación cuya esencia según las personas asistentes es su democracia y su régimen de bienestar social como podía inferirse por algunos faroles dedicados a la Caja Costarricense de Seguro Social

Allí tomé conciencia de que quienes adversan el actual proyecto de transición autoritaria de Rodrigo Chaves habían optado por apoyarse en los signos de la identidad nacional. Así, uno de los principales lugares de memoria de Costa Rica como comunidad nacional, es decir, la efeméride de la Independencia se convirtió en base y punta de lanza en este acto de resistencia en germen de la sociedad civil en contra del autoritarismo en curso. El descubrimiento, si se cabe el término, de la identidad nacional como palanca de movilización me pareció muy afortunado y un instrumento potencialmente muy productivo para la organización de distintas capas de la sociedad costarricense en defensa de la institucionalidad.

En efecto, en el contexto regional Costa Rica goza de una sólida conciencia nacional asumida por sus poblaciones en casi todo el territorio nacional, gracias a que la diferenciación étnico-racial ha sido históricamente menos fuerte en relación con los otros países del Istmo. Cabe solamente la duda de cuán integradas en la comunidad nacional se encuentran las poblaciones afrodescendientes. En todo caso, la identidad nacional compartida cubre a la mayor parte de la población costarricense desde hace más de un siglo y sus símbolos y lugares de memoria parecen conservar hasta el presente una capacidad de convocatoria, como pude percibir en los desfiles del 15 de setiembre. 

Preparando recomendación…

El núcleo de esa identidad ha sido y aún continúa siendo la idea de la excepcionalidad costarricense frente a sus vecinos. No en vano la noche del 14 pasado se escuchó la canción “Costa Rica la Suiza centroamericana”. Evidentemente, que dicha excepcionalidad se ha construido con algunos mitos como el del carácter blanco y europeo de la población, hoy felizmente en declive, o de la expresión “más maestros que soldados” que empezó a tener un fundamento real un siglo atrás. En ese sentido, la consolidación de la identidad nacional costarricense fue indisociable de la expansión de la educación primaria y, en general, del desarrollo del Estado. Desde mediados del siglo XX la democracia se ha convertido en el signo por excelencia de la identidad nacional costarricense. 

A pesar del fervor expresado por las personas presentes el pasado 14 en el Parque Morazán, tanto por su pertenencia a la nación Costa Rica como por su adhesión a su tradición democrática y a su régimen de bienestar, la actual transición autoritaria validada en las pasadas elecciones, no necesariamente con plena conciencia de las personas que asistieron a las urnas, es clara expresión de que la nación costarricense como comunidad de pertenencia y la democracia como expresión de un acuerdo intangible se encuentran en crisis. Precisamente, el actual proyecto de transición autoritaria pretende desmantelar las instituciones democráticas como la división de poderes y ha creado un sujeto imaginario que llama “pueblo” distinto de la nación costarricense como comunidad porque excluye de ese “pueblo” a quienes encarnan un pasado presuntamente deleznable en todas sus dimensiones y a todas aquellas personas que adversan dicho proyecto.

Así, la nación costarricense está dividida en tres partes un “pueblo mesiánico”, un pueblo indiferente que no va a las urnas y un pueblo a la defensiva que busca cobijo en los símbolos y lugares de memoria de la vieja identidad nacional. Esta fractura es producto de deudas acumuladas con importantes sectores de nuestra sociedad por los sucesivos gobiernos y también de otros factores como la oleada de extrema derecha a nivel global, la democratización perversa de la comunicación social producida por las redes sociales y la penetración de las religiones fundamentalistas en la vida y la conciencia de muchas familias y la utilización de esa influencia como moneda de cambio en la vida política.

Tienen razón esas personas que con sus faroles invocaron a su nación y reafirmaron su adhesión al régimen democrático. Los símbolos de la primera y las instituciones del segundo podrían ser un instrumento eficaz para reunir de nuevo a la población, hoy fracturada por discursos de odio y políticas del resentimiento. Pero eso no será suficiente si no se logra conformar un proyecto de transición a una nueva etapa de democratización del Estado y del régimen político; proyecto en el cual no se trata de desarrollar sólo la participación política y la conciencia y la responsabilidad ciudadana sino, en la misma medida, la integración social mediante políticas de bienestar que reduzcan la desigualdad y la exclusión que hoy sufren amplios sectores, decepcionados con la democracia y distantes del sentido de pertenencia que históricamente les había dado la identidad nacional. La nación costarricense como comunidad cultural, es decir como comunidad de símbolos, requiere una renovación enfocada en sus nuevas generaciones y la nación costarricense como comunidad de ciudadanos y ciudadanos una profundización y ampliación.

ESCRIBE

Víctor Hugo Acuña Ortega

Doctor en Historia de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París (1978). Es Profesor Emérito de la Universidad de Costa.