Alfonso Malespín
1 de septiembre 2026

De la farsa electoral a la farsa constitucional

Foto de archivo de EFE.

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Nicaragua es el país de las farsas.

Les menciono dos ejemplos: la farsa electoral de 2021 y la farsa constitucional de 2026.

En la primera farsa, Daniel Ortega –junto a Rosario Murillo– se postuló nuevamente como el candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y contra nadie. Para asegurarse que ganaría echó a la cárcel a cuanto opositor dijo que quería ser candidato presidencial. A siete mandó a El Chipote. Luego los expulsó hacia los Estados Unidos en febrero de 2023. Y, además, canceló la personalidad jurídica de los dos partiditos que no le dijeron: “sí, señor”.

Aquello fue una copia de una novela de Gabriel García Márquez, en la que un hombre enamorado –no del poder sino de una muchacha– se compra todas las acciones de una rifa para ganarla y luego entregarle el premio a su sorprendida Dulcinea. Ortega quería el premio de la rifa que no fue, para él, su mujer y sus vástagos, sin sorpresa alguna de por medio.

Preparando recomendación…

Escandalizada, la comunidad internacional calificó como una farsa esas votaciones de noviembre de 2021. A Ortega no le importó, a como no le importó que apenas 2 de cada diez votantes hayan comparecido a las urnas de su farsa electoral aquel domingo. Se llevó de la mano a su vocera Rosario Murillo, a quien más tarde promovió al inédito rol de “copresidenta”. De acuerdo con las cuentas de Brenda Rocha, relevo del nefasto Roberto Rivas en el órgano electoral, Ortega recibió casi 7 de cada diez votos sufragados. Este último dato se aproxima a lo que algunos dicen es el caudal de votantes que le quedan al viejo caudillo: un 18% del total.

“Aquí no va a haber elecciones”

En la segunda farsa, Daniel Ortega disparó las alarmas continentales el 19 de julio de 2026 al exclamar “¡Qué se olviden! ¡Aquí no va a haber elecciones!”, exclamó el hombre que desde 2007 no quiere apearse del caballo.

Como tal exclamación fue tan escandalosa, Ortega tuvo que aclarar que se refería a todos sus enemigos políticos que desterró en 2023. Aun así, la OEA votó para que se avance hacia una sesión extraordinaria de cancilleres en septiembre de 2026, que analizará y tomará una decisión sobre el caso de Nicaragua.

Rápidamente Ortega decidió preguntar a sus hijos –y funcionarios ilegales del gobierno– Laureano, Daniel jr., Camila y Carlos Enrique si estaban de acuerdo con que se reformen su constitución chamuca – recién aprobada en 2025 – y la ley electoral que se mandó hacer después de la reforma constitucional de 2014. También mandó hacer la pregunta a sus subordinados del órgano legislativo, el ejército, la policía, la procuraduría de justicia y la corte suprema de justicia. El coro fue unívoco: “sí, señor, estamos de acuerdo, señor!”

Dicho de otra manera, ya queda más que claro qué es y quién es el tal “pueblo presidente”. Ningún diputado ni secretario político ni militante de a pie ni encapuchado de plaza ni oreja de barrio fue preguntado. A Ortega no le interesa su opinión.

A quienes posan sus traseros en la antigua sede del Banco Nacional les queda la tarea de apretar el botón verde, y de explicar esta nueva farsa para ver si alguien se traga la guayola.

Pero hay que decirlo con todas sus letras. Como en 2021, el año de la farsa electoral, esta de ahora también es una farsa. Una farsa constitucional–electoral.

Porque lo que se está completando en Managua es un proceso destinado a dos cuestiones cruciales. La primera es asegurar que Rosario Murillo relevará a Daniel Ortega en el poder sin arriesgar el poder en unas elecciones reales. La segunda es mostrar a la comunidad internacional –la de adentro vale menos que un cacao– que en la Nicaragua de Ortega hay legalidad y consulta informada a la población formada por parte de su prole y subordinados notables.

Como Ortega sabe que es difícil que la gente se trague el cuento de una ocupación extranjera en las circunstancias actuales del país, Ortega mandó a que su nueva farsa desentierre para la propaganda heroica y antiimperialista esqueletos de inicios del siglo veinte, cuando los US Marines ocupaban Nicaragua y gestionaban las elecciones, sabiendo que ahora él y su grupito tienen décadas de ser los dueños del caramanchel electoral.

No importa. La nueva farsa requiere de unos cuantos viejos fantasmas, por más incredulidad, risas y burlas que puedan generar. Lo que en verdad interesa es que la gente no repare en el/la farsante que quiere siete años más –y renovables– en la silla del poder.

La res pública llamada Nicaragua bien vale esta otra farsa. Así lo han decidido en El Carmen.

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Alfonso Malespín

Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.