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“Fiebre del oro” en la Reserva Indio Maíz

Más de 500 personas se dedican a la extracción de oro en la Finca Santa Fe, en la comunidad La Esperanza 1, en la zona de amortiguamiento de la Reserva Indio Maíz. Angie Pérez | Divergentes.

Las champas improvisadas con ramas secas, palmas de coco y plástico negro se divisan con claridad desde las faldas de ‘La Chiripa’, un cerro ubicado en la zona núcleo de la Reserva Biológica de Indio Maíz. De la cima baja un incesante picoteo metálico, que se acrecienta a medida que el campamento formado por las champas está más cerca. Ya no solo se puede oír, sino que se puede ver: unos 200 hombres escarban con palas y picos la ladera color terracota. El ruido sólo cesa cuando la tierra es vertida en el cuerno de una vaca para lavarla. A partir de lo que revele ese remedo de batea, se decide si persistir en el mismo sitio o buscar otra área que tenga mayor densidad del mineral que buscan con frenesí: oro. 

“Lo bueno está aquí arriba en el cerro. Allá abajo, no. Solo quedaron unos hoyos en el río”, dice Elita Báez, una de las pocas mujeres que acompaña a la legión de mineros artesanales en ‘La Chiripa’, un sitio donde estas personas no deberían y no pueden buscar oro. La “Ley General del Medio Ambiente y los Recursos Naturales”, número 217, “prohíbe la realización de actividades mineras en las zonas núcleos de las áreas protegidas” de Nicaragua. Pero para Báez y estos ‘güiriseros’ (así se les conoce a los mineros artesanales) la única ley que existe en la Reserva Biológica de Indio Maíz es la de la viveza: gana el que encuentre el mejor sitio para extraer oro, y apropiarselo antes que otros grupos. 

Y es una carrera saturada de competidores…  

La ‘fiebre del oro’ llegó hace unos pocos años al núcleo de Indio Maíz, la reserva ubicada al suroeste de Nicaragua, entre los municipios de El Castillo, en Río San Juan y Bluefields. Pese a que es una de las áreas de bosque tropical húmedo más importantes de Centroamérica, la minería avanza trepidante sobre este vasto territorio de 2,639 kilómetros cuadrados. 

La Fundación del Río, una organización que conoce la reserva de palmo a palmo, ha alertado desde 2016 que Indio Maíz se ha convertido en el nuevo distrito minero de Nicaragua, y uno de los más deseados. La denuncia de la organización se ha estrellado con la inacción del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo que, en cambio, alientan la fiebre del oro a nivel nacional. De acuerdo a un informe del think tank ambientalista Oakland Institute, hasta 2020 el régimen sandinista ha ofrecido a potenciales inversionistas más de 7,1 millones de hectáreas para concesiones mineras, un área equivalente al 60% del país. 

Puntos mineros identificados por la Fundación del Río en la reserva Indio Maíz. Mapa cortesía de Fundación del Río.

Aunque por ahora no se registran concesiones de transnacionales en Indio Maíz, el frenesí de los “güiriseros” picando el cerro ‘La Chiripa’ sí tiene relación con esta fiebre general del oro en Nicaragua. De acuerdo a las entrevistas realizadas a los mineros en Indio Maíz, la broza extraída en la zona de amortiguamiento es trasladada al municipio de La Libertad, Chontales, donde operan algunas de las principales transnacionales. 

“En ese lugar el oro es completamente extraído de la piedra, a través de procesos industriales de cianuración. El principal destinatario de la broza es la empresa canadiense B2Gold ”, asegura Robert Ruiz, minero de la comunidad La Esperanza Dos, en San Carlos, Río San Juan, en la periferia de Indio Maíz. El ‘gürisero’ trabaja en la finca ‘Los Vallejos’, donde se extrae oro y a la vez funciona como centro de acopio.

Se consultó a la empresa Calibre Mining —transnacional que compró en octubre de 2019 las operaciones de B2Gold en Chontales— sobre los señalamientos de los mineros artesanales de que compran broza de material extraído de una reserva protegida. En respuesta, recibimos un correo donde señalan que “Calibre no compra mineral extraído de comunidades o territorios ubicados en la zona de amortiguamiento de la Reserva Indio Maíz, ni de ninguna otra zona de reserva natural en el país. Agregan que «únicamente procesa mineral extraído de manera formal de sus concesiones mineras. Ninguna concesión de Calibre o sus empresas se encuentran en la Reserva Indio Maíz».

Aunque la minería en el área núcleo de la reserva podría considerarse de baja intensidad en la actualidad, la actividad está en crecimiento. A finales de 2018, la Fundación del Río contabilizó al menos 12 molinos dedicados al procesamiento de piedra y tierra para extraer el oro. Y en julio de 2019, la cifra ascendía a 92 molinos sobre la ruta San Carlos y Los Chiles. El  Gobierno Territorial Rama y Kriol (GTRK) también alerta que la minería agujerea el corazón de la reserva. Los indígenas están preocupados porque un 80% de la reserva forma parte de su territorio ancestral. 

Una parte del campamento establecido en el cerro ‘La Chiripa’. Angie Pérez | Divergentes.

Para realizar este reportaje, dos grupos de reporteros ingresaron por distintos puntos de la reserva Indio Maíz durante varios días. La expedición que surcó el Río Indio, en el sector del cerro ‘La Chiripa’, constató el uso de maquinaria de más envergadura, las llamadas tómbolas, para la extracción de oro. Es decir, no se trataba de maquinaria rudimentaria acorde a la minería artesanal. Algunos güiriseros relataron que “han empezado a trasladar equipo y materiales desde Managua hacia la reserva” para agilizar la extracción y el proceso de separación del metal de la roca.

El oro extraído de Indio Maíz también es vendido a intermediarios que los ‘güiriseros’ salen a buscar a las comunidades aledañas de Santa Rosa, San Sebastián y Santa Elena, en la zona de amortiguamiento de la Reserva. Luego estos intermediarios venden el producto, subiendo más el precio. Los principales puntos de distribución son Nueva Guinea y Los Chiles, en el municipio de San Carlos.    

La Fundación del Río ha ubicado otros puntos de extracción minera en las comunidades Esperanza Uno, Esperanza Dos, Palo de Arco, El Areno, El Limón, Las Azucenas, La Bodega, El Guásimo, Los Chiles, Poza Redonda 1, Poza Redonda 2, y Buena Vista. Operaciones que no encajan en la definición de minería artesanal, dado el volumen y la forma de la explotación. Todas estas comunidades se encuentran dentro del límite de Indio Maíz, es decir en el área de amortiguamiento de la reserva. La minería de mayor escala golpea las puertas del bosque supuestamente protegido.

Sustancias tóxicas y cacería

Las aguas del Río Indio tienen dos tonalidades. Las corrientes cristalinas se mezclan con otras oscuras. No se trata de ningún fenómeno natural. Es más bien una señal: un campamento minero está próximo. Los ambientalistas que nos acompañan en la expedición a Indio Maíz explican que la minería está tiñendo los ríos de la reserva. Los residuos de la actividad son vertidos en los caudales, pero lo peor no es el color que vemos, sino la toxicidad que contienen esos desechos.

Como los ‘güiriseros’ operan sin regulaciones en Indio Maíz, el mercurio y el cianuro abundan, pese a que son sustancias altamente tóxicas. El también llamado azogue funciona como sustancia reactiva para separar el oro del resto de minerales. El ‘Convenio Minamata’ de 2013, ratificado por el Estado de Nicaragua, restringe el uso del mercurio y compuestos basados en este mineral por las repercusiones que causa a la salud de las personas y el ambiente. Pero, como con la ley que prohíbe la minería en núcleos de reservas, el convenio es letra muerta en esta reserva biológica que alberga ecosistemas únicos: especies de plantas, mamíferos, insectos, aves, reptiles de gran valor científico. Además de animales en lista roja por estar en peligro de extinción, como el danto, el tapir, la lapa verde y el jaguar. 

 Uno de los problemas más nocivos que genera la minería es que, de todo el mercurio empleado en el proceso extractivo, sólo el 10% es utilizado. El resto se convierte en desperdicios contaminantes.

En los años 90, Indio Maíz era considerado uno de los bosques mejor conservados de Nicaragua y Centroamérica. Pero con el asentamiento ilegal de personas y el avance de la frontera agrícola y ganadera, el impacto en el área protegida es notable. Se han documentado casos de crianza de ganado de engorde, como es el caso de “La Haciendita”, con dos mil manzanas de tierras afectadas en 2017. Pero es en 2018 cuando ocurre una de las más importantes afectaciones: un incendio que devoró más de seis mil hectáreas de bosque, que además se convirtió en uno de los principales detonantes de la crisis sociopolítica que todavía vive Nicaragua. 

Siguiendo el rastro oscuro de las aguas del Río Indio, a unos 20 metros sobre la vera, encontramos a un hombre silencioso. A un lado tiene un machete y al otro una pala. Es ‘gürisero’. Él enseña al equipo el campamento más adelante, donde otros mineros zarandean el material extraído de la orilla del río. «Aquí está malo ya. No se saca lo de antes. Cuando empezaron a lavar aquí, decían que sacaban seis y siete gramos al día; nosotros sólo sacamos un gramo en todo el día”, asegura uno de los hombres.

Lo que dice este ‘güirero’ revela la dirección de la minería artesanal: adentrarse cada vez más al núcleo de la reserva. El oro recolectado es vendido en las comunidades de Kilómetro 20, Las Maravillas y La Quesada, a compradores que pagan entre 1,200 y 1,400 el gramo. Lo recaudado es repartido en partes iguales entre este grupo de cuatro mineros. “Apenas da para sacar la comida”, dice uno de los hombres. 

Vista de una mina en la zona de amortiguamiento de la Reserva Indio Maíz. Angie Pérez | Divergentes.

Sin embargo, el oro sigue siendo lucrativo para los ‘güiriseros’, a quienes no parece importarles los daños que provoca el mercurio al medioambiente y la fauna. Uno de los grandes problemas que genera esta sustancia es que, de todo el mercurio empleado en el proceso extractivo, sólo el 10% es utilizado. El resto se convierte en desperdicios contaminantes para el aire y las aguas de los caños de Indio Maíz. De esa manera, la cadena de intoxicación continúa, con la contaminación de los peces que, luego, transmiten las sustancias tóxicas a las personas que consumen pescado de esos ríos. 

El ecólogo Fabio Buitrago explica que, por tratarse de una actividad extractiva, la minería supone un impacto ambiental desde el mismo momento en que el mineral que se requiere extraer se encuentra debajo del suelo. “Tenemos un impacto por la remoción de la cobertura vegetal, desde que se establecen los campamentos de personas que se van a dedicar a esta actividad. Los mineros normalmente incursionan en áreas boscosas y se quedan por un periodo de tiempo entre cinco días hasta más”, explicó el especialista.

Otra de las amenazas que la minería trae consigo no solo es la contaminación por mercurio. Los numerosos campamentos que son instalados en Indio Maíz implican un aumento de la caza de animales, y no únicamente para la alimentación de los ‘güiriseros’, sino que abre la puerta al tráfico ilegal de especies. Animales como el chancho de monte o el venado no solo significan una fuente de alimentos, sino de ingresos adicionales para los mineros. 

Buitrago asegura que la simple presencia humana implica elevados riesgos para el bosque protegido, ya que las actividades de las personas requieren del uso del fuego. Esto suele generar incendios forestales que se salen de control, como sucedió en 2018, cuando el siniestro calcinó más de seis mil hectáreas de bosque. 

Minería artesanal sin regulaciones 

Cada vez más, los mineros artesanales usan más máquinas para redoblar la extracción de oro en Indio Maíz. Angie Pérez | Divergentes.

Desde el 2016, Fundación del Río ha venido denunciando el avance de la minería en la zona de amortiguamiento de la Reserva Indio Maíz, actividad extractiva que ocurre a vista y paciencia de las autoridades del Estado Nicaragua. En diciembre de 2017, tras una gira de monitoreo integrada por comunitarios y guardabosques del GTRK, se encontraron los primeros rastros de exploración minera en las cercanías del cerro el Diablo. Y en junio del 2019, lugareños de los sectores de La Pimienta y La Hacienda, alertaron de labores de minería artesanal en esta porción de la zona núcleo de la reserva.

Un año más tarde, entre el 26 de abril al 2 de mayo del 2020, miembros del GTRK, en conjunto con el Ejército de Nicaragua, realizaron una gira de monitoreo a la zona norte de Indio Maíz, perteneciente a Bluefields, constatando la existencia de un campamento minero de unas 35 personas. Algunos de los mineros eran procedentes del municipio chontaleño de Santo Domingo. Pero el gobierno no brindó ningún detalle del operativo, ni se conoció su proceder ante los delitos ambientales cometidos en Indio Maíz, denunció Fundación del Río.

Un 80% de Indio Maíz forma parte del territorio ancestral de los pueblos indígenas Rama y afrodescendientes Kriol.

Por otra parte, el ecólogo Fabio Buitrago, recordó que a finales del 2020, ocurrió un naufragio de una embarcación que venía cruzando de la región Los Guatuzos hacía Río San Juan. El barco se volcó con una cantidad importante de cianuro (también empleado en la minería) que afectó las aguas del gran Lago Cocibolca. Pero el gobierno nuevamente ocultó esa información. 

Víctor Campos, director de la organización ambientalista Centro Humboldt, explicó que en la actualidad Nicaragua no cuenta con una ley de pequeña minería. Esta carencia es una de las limitaciones para dar seguimiento y ejercer algún control sobre dicha actividad. No obstante, no quiere decir que a falta de una ley, este tipo de actividad extractiva no deba ser considerada ilegal. 

“La misma ley del medioambiente, el decreto de creación de la Reserva Biológica, y acuerdos internacionales como el Minamata restringen la actividad. Pero en Indio Maíz ninguna de ellas está siendo respetada por estas pequeñas explotaciones ni por las grandes”, lamentó Campos.

Cada vez más se aprecia en la zona de amortiguamiento de Indio Maíz maquinaria pesada buscando oro. Angie Pérez | Divergentes.

Y lo que se ve en la reserva no es esperanzador. Los reportes sobre actividad minera en Indio Maíz han incrementado desde el 2016, cuando se conoció de esta nueva forma de afectación al bosque. Uno de los detonantes de la invasión minera se registró en 2017, cuando la fiebre del oro estalló en Crucitas, en territorio vecino de Costa Rica. La actividad en la zona fronteriza atrajo a miles de ‘güiriseros’ quienes se adentraron en el núcleo de la reserva. 

Los ‘güiriseros’ que llegan a Indio Maíz provienen también de otros sectores históricamente mineros de Nicaragua, como Bonanza, Siuna y Rosita, saturados de tanta actividad. Una reserva casi virgen en materia minera es una tentación difícil de obviar. Fernando René Chavarría, a quien conocimos en la comunidad El Guásimo, llenando unos sacos de broza, es uno de los muchos ‘güiriseros’ que ha llegado desde Bonanza. El hombre sostiene que gran parte de los mineros que explotan estas zonas “han ido a sufrir a Crucitas”. “Pero que han tenido que regresar por los constantes desalojos y operativos que mantienen las autoridades costarricenses en esa zona”, relata. 

Chavarría explica que los ‘güiriseros’ son los encargados de rastrear las betas de oro a través de mantos y quebradas de los ríos en la zona de amortiguamiento de Indio Maíz. Una vez localizado el punto de extracción, los mineros establecen sociedades con las personas que ocupan esa porción del territorio, con quienes dividen las ganancias. Muchas veces esos terratenientes son en realidad invasores de territorios indígenas. Toda esta actividad se realiza sin la necesidad de poseer “ningún permiso”, ni aval de ninguna institución para extraer el oro de estas propiedades, bajo el argumento de que “son privadas”.

Chavarría ya ha identificado otros puntos de explotación en la comunidad de El Mónico, Kilómetro 20, La Quesada y en Boca de Sábalos, colindantes con Buena Vista, y otros sectores dentro de Indio Maíz. A falta de recursos económicos, todavía no ha empezado a extraer el oro. Sin embargo, es cuestión de tiempo para que su pala comience a buscar material. 

Un ‘güirisero’ muestra una bola de oro conseguida tras explotar en el núcleo de Indio Maíz. Angie Pérez | Divergentes.

Ezequiel Sandoval es miembro del Concejo Municipal en el municipio del Castillo. Él sigue con alarma el avance de la minería en Indio Maíz. Sandoval asegura que, entre 1990 a 2016, hubo más de diez solicitudes de concesiones en los municipios del departamento de Río San Juan. En esas ocasiones las autoridades municipales no permitieron la actividad en el territorio. Sin embargo, en la actualidad es diferente, porque el gobierno impulsa políticas que promueven la minería. Incluso, “no existe ningún tipo de resolución que prohíba la minería en Río San Juan. Estos son temas que se han tocado en su momento en las discusiones del Concejo Municipal, pero nunca ha habido como una muestra de voluntad”, afirmó Sandoval. 

“Falta de voluntad” es una frase que también acogió Víctor Campos para explicar la renuencia gubernamental al no hacer lo necesario para suspender las acciones de pequeña minería dentro de la reserva. Un espacio que, como lo explica el ecólogo Fabio Buitrago, debería funcionar tal y como lo establecen las leyes. 

“Un lugar donde no debería permitirse el cambio de uso de suelo, la cacería, la minería, la ganadería, la agricultura, las invasiones y, muchos menos, darse incendios, porque es un área que se supone es de protección estricta para asegurar la sobrevivencia de los recursos naturales”, asegura Buitrago.

Pero el picoteo de los picos y las palas persisten en Indio Maíz, la gran reserva amenazada por la fiebre del oro. Los huecos recién abiertos en la vera del río Indio, llenos de agua con mercurio, son las cicatrices más visibles que la minería causa en la reserva.

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