Guardianes de la memoria, salvaguardas de la verdad

Objetos, fotografías, nombres y recuerdos. Ama y No Olvida, Museo de la Memoria contra la Impunidad y el Colectivo Nicaragua Nunca Más resguardan la memoria de las víctimas de 2018 frente al olvido y la impunidad. Buscan transformar el duelo, desde sus propias iniciativas, en una forma de sanación colectiva.

Objetos personales de las víctimas mortales de la represión fueron expuestos en 2019 en la Universidad Centroamericana. CORTESÍA/DIVERGENTES

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Mi nombre es Yanilda del Carmen Sevilla. Tengo 56 años. Soy la mamá de Johnson ‘Tony’ Merlo. Mi hijo, de 24 años, fue asesinado el 23 de junio de 2018, a las 5:30 de la mañana, en una barricada del barrio 8 de Marzo, en Managua. Agentes del régimen de Daniel Ortega le dispararon en el abdomen. Murió de camino al hospital. Yo sé que todos vamos a morir. Lo tengo asumido. Pero antes de ese día creía que los hijos enterraban a sus padres. En mi caso no fue así. Dirán que quiero hacer santo a ‘Tony’. La verdad es que estoy reivindicando su memoria. Quiero que conozcan su historia. Que sepan quién era, cómo era, cuáles eran sus metas. Eso es fundamental para cada madre: mantener viva la memoria. 

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Entre el 18 de abril y el 31 de julio de 2019 al menos 355 personas fueron asesinadas durante la represión a las protestas cívicas en demanda de justicia, democracia y libertad. El responsable: el Estado de Nicaragua. No ha habido justicia. Ama y No Olvida, Museo de la Memoria contra la Impunidad y Museo de la Memoria: Lo que no debemos olvidar son dos iniciativas separadas que mantienen viva la memoria de las víctimas.

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A veces la memoria —la capacidad de retener y recuperar el pasado— se convierte en una forma de reparación cuando las víctimas no encuentran justicia. El gesto de recordar devuelve dignidad a las historias rotas, desafía la narrativa mentirosa del régimen y ayuda a sanar sociedades atravesadas por el trauma. El testimonio de Yanilda es uno de las cientos de piezas que componen el rompecabezas del dolor  y la impunidad en Nicaragua. Ella se niega a olvidar. Repite el nombre de su hijo cuantas veces haga falta. El recuerdo es su trinchera. También es su forma de resistencia.

Aquella mañana del 23 de junio de 2018, Yanilda se convirtió en una de las Asociación Madres de Abril: un movimiento integrado por familiares de jóvenes asesinados por fuerzas policiales y paramilitares. El colectivo comenzó a consolidarse tras la Masacre del Día de las Madres, ocurrida el 30 de mayo de ese año. Miles de nicaragüenses marcharon pacíficamente por la Carretera a Masaya, en Managua, para acompañar a las madres que ya habían perdido a sus hijos en las protestas de abril. 

Preparando recomendación…

La movilización —una de las más grandes de la historia reciente del país— fue atacada a balazos por grupos paramilitares sandinistas y dejó al menos ocho muertos y decenas de heridos. Los atacantes utilizaron armas de guerra: fusiles AK-47, M16, rifles Dragunov y ametralladoras PKM, según documentaron expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Ese día, Yanilda asistió a la marcha en solidaridad con otras madres. “Nunca me imaginé que yo iba a ser parte de las Madres de Abril. Jamás ni nunca se me vino eso a mi mente”, cuenta.

La búsqueda de justicia, reparación y garantías de no repetición fue lo que la llevó a integrarse al colectivo. “Que no pase lo mismo con las víctimas de los años 70 y 80”, afirma. Se refiere a las miles de víctimas mortales que dejaron décadas de conflicto político y militar en Nicaragua antes y después de la Revolución Sandinista. Muchas de sus historias quedaron atrapadas entre la impunidad y el olvido.

Guardianes de la memoria, salvaguardas de la verdad
Integrantes de las Madres de Abril en una manifestación en Managua. Muchas de ellas viven en el exilio en Europa. CORTESÍA / AMA y No Olvida, Museo de la Memoria contra la Impunidad, 2019.

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Las madres comenzaron a guardarlo todo.

Una camisa. Una pelota de fútbol. Fotografías. Cartas. Cualquier objeto mínimo, pero con un gran significado para ellas. Con el tiempo las madres y familiares de las víctimas entendieron que no solo estaban conservando recuerdos personales, sino que también estaban construyendo un archivo contra la impunidad.

Ama y No Olvida, Museo de la Memoria contra la Impunidad se inauguró en octubre de 2019 en las instalaciones de la confiscada Universidad Centroamericana (UCA). Allí se expusieron zapatos, lentes, medallas… Lisseth Dávila, mamá de Alvarito Conrado, asesinado el 20 de abril en los alrededores de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) dijo que el museo era parte de la “verdad”.

Emilia Yang, directora del Museo de la Memoria contra la Impunidad, explica que este funciona como un mecanismo de memoria y denuncia. “Nombra quiénes eran las víctimas, qué les sucedió y cómo sus familiares los recuerdan”, a la vez destaca que ha significado un “compromiso profundo” con la construcción de memoria.

Además, este espacio disputa la narrativa oficial que niega las responsabilidades y culpabiliza a las víctimas, agrega. Los objetos personales de los asesinados fueron digitalizados en altares virtuales, un archivo interactivo al que hoy se puede acceder a través de las páginas del libro AMA y Construye la Memoria. 

Yang precisa que tienen un archivo público en el sitio web y otro privado que servirá para los futuros procesos de verdad y justicia. “Es un proyecto que apoya el esclarecimiento de la verdad y la justicia mediante el ejercicio de mantener viva la memoria colectiva”, puntualiza.

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El esfuerzo por ponerle nombre y rostro al dolor encuentra un espejo en Sudamérica. En Chile, tras el fin de la dictadura militar de Augusto Pinochet, el Informe Rettig ya establecía que las sociedades fracturadas no sanan solo con sentencias judiciales, sino a través de la reparación simbólica. El acto de dignificar la memoria de las víctimas, según defensores, les devuelve el estatus de ciudadanos.

Décadas más tarde del fin de la dictadura chilena, investigaciones académicas sobre el Museo de la Memoria de Chile confirman que cuando las organizaciones salvan de la destrucción los objetos cotidianos y testimonios de las víctimas se le arrebata al opresor el monopolio de la historia, del relato.

De ahí que el 21 de mayo de 2007 la entonces presidenta Michelle Bachelet, anunció la creación del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Cuando colocó la primera piedra del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, un año más tarde, lo hizo “segura” de convencer a las generaciones futuras “de que algo así nunca más vuelva ocurrir”.

Guardianes de la memoria, salvaguardas de la verdad
Yanilda del Carmen Sevilla a la derecha de la fotografía. Pide justicia por su hijo asesinado por fuerza represivas del régimen. CORTESÍA / AMA y No Olvida, Museo de la Memoria contra la Impunidad, 2019.

Lo que hoy hace también el Colectivo Nicaragua Nunca Más no es, por tanto, un ejercicio de nostalgia; es la aplicación de una experiencia internacional para evitar que el olvido consolide la impunidad. Linda Núñez, coordinadora de Educación y Memoria considera que los museos de la memoria son importantes para el reconocimiento de las víctimas y la no repetición. 

“El Museo de la Memoria: ‘Lo que no debemos olvidar’ está dedicado a la denuncia y a la justicia”, explica Núñez. Esta iniciativa se desarrolla como respuesta al intento de la dictadura de falsear la historia y borrar los crímenes de lesa humanidad. 

El museo del Colectivo  ilustra la gravedad de las violaciones a los derechos humanos entre 2018 y 2025, documenta las estrategias de represión, identifica a los perpetradores y recoge testimonios y ruta de la justicia. “Este es un espacio de sanación. El museo es un espacio de resignificación de las víctimas, para nombrarlas, no para revictimizarlas”, puntualiza. 

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Mi nombre es Francisca Machado. Tengo 55 años. Soy la mamá de Franco Alexander Valdivia. Mi hijo, de 24 años, fue asesinado el 20 de abril de 2018, frente a la Alcaldía de Estelí. Un disparo de arma de fuego impactó en su cabeza y le provocó la muerte de forma instantánea. Abril nos cambió la vida para siempre. Pero nos dejó una responsabilidad: no olvidar y dignificar a nuestros hijos y seguir luchando hasta que haya verdad y justicia. Es casi 30 de mayo, Día de las Madres, y tengo emociones encontradas. 

Está el dolor, la falta de justicia, la urgencia de saber la verdad: qué fue lo que pasó, quién fue el que le disparó. Sé quién dió la orden para disparar, pero necesito saber quién jaló el gatillo. Es algo muy triste, muy difícil, pero ese mismo dolor, esa búsqueda de justicia me mantiene luchando. Espero que el museo pueda aportar a la verdad y que en un futuro se instale en Nicaragua y que pueda ser accesible para más personas que no conocen los hechos. Que siga vivo. Este espacio es un proceso de duelo y una herramienta para que no se vuelva a repetir lo de 2018 en otras generaciones.

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En Ama y No Olvida, Museo de la Memoria contra la Impunidad hay objetos de Franco y Johnson. Ambos eran padres. Ambos cuentan con un mapa del sitio donde fueron asesinados. Hay fotografías: de niños, de adolescentes, de jóvenes. Hay notas, tarjetas con su caligrafía. Franco le escribió a su madre en sus cumpleaños que se sentía afortunado de ser su hijo. La tarjeta fue escrita con un lapicero de tinta negra. Son recuerdos. De Johnson hay unos croquis rústicos sobre su muerte, el altar el día de velorio, y la tumba donde fue enterrado. Su mamá Yanilda entregó al museo un balón de fútbol con el que su hijo solía jugar.

—Cómo cambió su vida  con la muerte de Johnson.

Hay Silencio.  Hay Llanto.

— Eso fue un giro terrible. No tengo palabras.

—¿Hay algo de él que le dé miedo olvidar con el paso del tiempo?

—¡No! Recuerdos son los más que tengo de él. 

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Memoria: capacidad de recordar. 

“Yo siempre digo que recordar es también un acto de amor. Un acto de amor de una madre”, dice Machado.


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