Diedrich Carrazco
27 de octubre 2026

El infantilismo político que limita a la oposición nicaragüense

Foto de archivo de Daniel Ortega junto a Lula Da Silva, presidente de Brasil. EFE.

Mira más de nuestra cobertura en tus resultados de búsqueda. Agrega a Divergentes en Google

Mientras una derecha latinoamericana madura aprende a reconocer adversarios y negociar intereses, algunas voces opositoras nicaragüenses siguen confundiendo coherencia moral con aislamiento político.

Abelardo de la Espriella apoyó a Bolsonaro y perdió. Lula apoyó a su adversario en Colombia y también perdió. Sin embargo, después de conocer el resultado brasileño, De la Espriella sin convertirse en lulista, ni abandonar sus posiciones reconoció la victoria de Lula, defendió la soberanía del voto y sostuvo que sus diferencias ideológicas no podían colocarse por encima de los intereses comunes entre Colombia y Brasil, lo cual indica que el colombiano entiende bien de qué va la política.

Mientras tanto, dos jóvenes voces reconocidas de la oposición nicaragüense reaccionaron de manera diferente. Una calificó de incoherentes y sesgados a los opositores que celebraron la victoria de Lula. La otra reconoció el valor de la voluntad popular brasileña, pero presentó al mandatario reelecto fundamentalmente como protector de sus “pares ideológicos”. Ambas intervenciones convirtieron el resultado brasileño en una nueva prueba de pureza ideológica dentro de la propia oposición en vez de identificar una oportunidad diplomática.

Ese comportamiento permite hablar de infantilismo político y entenderlo como la incapacidad de distinguir entre reconocer una victoria democrática, aprobar la ideología del vencedor y buscar una relación política con su Gobierno. La política infantil necesita aliados que piensen igual. La política adulta trabaja con el mundo existente, identifica intereses coincidentes y procura modificar gradualmente las posiciones de quienes todavía no comparten sus objetivos.

En este sentido la victoria de Lula abre una ventana real para la lucha diplomática nicaragüense, pero solo podrá aprovecharse si la oposición —especialmente su ala conservadora— deja de interpretar el conflicto como una batalla ideológica y comienza a tratarlo como lo que es: un problema de poder que requiere alianzas, incentivos, garantías y negociación política.

Brasil frente al régimen de Nicaragua

El infantilismo político que limita a la oposición nicaragüense

Brasil no tiene obligación de adoptar automáticamente la agenda de la oposición nicaragüense. Su política exterior responde a sus propios intereses, a su aspiración de liderazgo regional y a una tradición diplomática que privilegia la soberanía, la no intervención y las soluciones negociadas. Si la oposición quiere influir en esa posición, tendrá que comprenderla, encontrar coincidencias y presentar propuestas compatibles con los intereses brasileños. Esperar la adhesión incondicional es trasladar a otros la responsabilidad de resolver un problema propio.

Por otro lado, la postura brasileña también merece críticas. En las discusiones recientes de la OEA, Brasil condenó las detenciones arbitrarias, las desapariciones, la tortura, las confiscaciones, la censura y los ataques contra la libertad religiosa, pero rechazó calificar a Nicaragua como una amenaza regional y procuró preservar una salida basada en el diálogo. Esa posición puede terminar administrando la crisis en lugar de resolverla, pero discrepar sobre los instrumentos no equivale necesariamente a respaldar a Ortega.

Sin embargo, precisamente porque Brasil no comparte la estrategia de máxima presión puede tener acceso donde Washington no lo tiene. Al respecto, un interlocutor útil no es quien repite todo lo que una parte desea escuchar, sino quien puede comunicarse con los actores enfrentados, transmitir costos, explorar garantías y facilitar compromisos. Rechazarlo de antemano porque no utiliza el lenguaje opositor  que se desea escuchar es confundir afinidad con influencia.

En este particular el encuadre anticomunista puede movilizar a determinados sectores del exilio y se alimenta de agravios históricos legítimos como confiscaciones, persecución, guerra, reclutamiento obligatorio, exilio y destrucción patrimonial. Desde 2018 se agregan presos políticos, destierros, desnacionalizaciones, medios confiscados y organizaciones canceladas. Si bien ese dolor merece reconocimiento, la memoria de una injusticia no proporciona automáticamente una estrategia para superar el régimen que la produjo.

Convertir la crisis en una nueva batalla de la Guerra Fría beneficia a Ortega y le permite presentarse ante gobiernos progresistas como víctima de la derecha continental; aleja a sindicatos, universidades, iglesias, organizaciones sociales y movimientos de derechos humanos; y excluye a quienes rompieron con el orteguismo desde el propio sandinismo. También confunde el desmantelamiento del régimen con la erradicación de una identidad política que forma parte de la historia nacional.

Por lo tanto, democratizar Nicaragua no puede significar prohibir el sandinismo. El objetivo debería ser desmontar los mecanismos autoritarios, restablecer la competencia política y someter a la justicia a quienes hayan cometido delitos individualmente comprobados. En una democracia, el sandinismo tendría derecho a organizarse, competir, ganar y perder. La propia trayectoria de Lula demuestra que un dirigente de izquierda puede abandonar el Gobierno, enfrentar juicios, derrotas y regresar mediante elecciones. Precisamente esa posibilidad es la que Ortega y Murillo han eliminado.

En fin, la inmadurez aparece cuando se exige a cada posible aliado que adopte previamente toda la interpretación opositora del problema y la solución, desperdiciando así coincidencias parciales que podrían convertirse en cooperación. Por lo cual, la política se trata más de organizar intereses diferentes alrededor de objetivos comunes que de encontrar actores idénticos. Pues una oposición sin control territorial, recursos estatales ni fuerza coercitiva no puede permitirse reducir voluntariamente su universo de interlocutores.

La oportunidad con Brasil

El infantilismo político que limita a la oposición nicaragüense
Brasil digiere la reelección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de las presidenciales frente al senador ultraderechista Flávio Bolsonaro. EFE/ Isaac Fontana

La apertura brasileña debería servir para ampliar relaciones, construir una representación nicaragüense plural, definir qué resultados podrían esperarse de una eventual mediación e identificar incentivos capaces de modificar comportamientos dentro del régimen. También obliga a diseñar una transición que combine libertades, justicia individualizada, estabilidad económica y garantías para quienes no hayan cometido delitos.

Estados Unidos seguirá siendo importante, pero concentrar toda la apuesta en Washington constituye otra forma de infantilismo al esperar que un padrino extranjero resuelva el conflicto. Las sanciones pueden elevar costos y mantener visible la crisis, pero no sustituyen la construcción de fuerzas internas ni garantizan que Nicaragua sea una prioridad permanente para una política estadounidense esencialmente transaccional. En este escenario Brasil puede ampliar el tablero y reducir esa dependencia.

Además, la oposición puede conservar sus convicciones sin convertirlas en un examen de admisión para sus aliados. Puede denunciar sin renunciar a influir, exigir justicia sin prometer castigos colectivos y dialogar con la izquierda democrática sin hacerse de izquierda. De la Espriella entendió algo que parte del liderazgo opositor todavía no comprende; y esto se trata de reconocer al adversario, identificar intereses comunes y relacionarse con él no significa rendirse.

No será por pureza ideológica que el régimen de dictadura de Nicaragua se transforme y transite hacia un sistema democrático, sino por quienes consigan construir una coalición suficientemente amplia para modificar la correlación de fuerzas. Para ello, hay que dejar de lado los intereses personales, como el de tener razón, aunque produzca satisfacción moral; y hacer política, que exige convertir esa razón en alianzas, capacidad de gestión y resultados.

ESCRIBE

Diedrich Carrazco

Director Ejecutivo de la Asociación de Profesionales por la Innovación Social.