Canal de Youtube de Divergentes
Canal de Youtube de Divergentes

Néstor Arce
1 de Mayo 2026

Los jóvenes no abandonaron la política. La dictadura y la oposición les obligaron a temerle

Joven
Ilustración por Hellmut Escobar para DIVERGENTES

Mira más de nuestra cobertura en tus resultados de búsqueda. Agrega a Divergentes en Google

Hace un par de semanas se me “disparó el breaker”, como diríamos en buen nicaragüense, y empecé a buscar material sobre filosofía. Pedí por Amazon El mundo de Sofía, que prometo terminar de leer porque en la universidad apenas cumplí con un par de capítulos para la clase de la profesora Margarita. También he visto algunos videos y podcasts, pero nada demasiado pretencioso. Más bien, esta búsqueda nace de una necesidad bastante humana de entender lo que nos pasa, para qué sirven las preguntas grandes, las esenciales, incluso esas que parecen no llevar a ninguna parte.

Lo curioso es que esa búsqueda ocurre en un tiempo en el que casi todo parece llevarnos en dirección contraria. Las redes nos acostumbraron al contenido rápido, emocional, desechable. Un video de treinta segundos, una frase contundente, una indignación que dura hasta que aparece la siguiente. La inteligencia artificial, con todo lo útil que puede ser, también nos ofrece respuestas limpias y ordenadas antes de que terminemos de formular bien la pregunta. 

Quizá por eso me quedó rondando la inquietud de qué pasa con una generación que creció rodeada de respuestas inmediatas, pero en un país donde preguntar puede ser peligroso. Porque en Nicaragua, hablar de jóvenes y política no es hablar de apatía en una democracia normal. Es hablar de una generación que pasó de hacerse preguntas en público a medir cuándo, dónde y con quién hacerlas.

Hay una frase, que no es nueva, pero se repite cada vez más entre jóvenes nicaragüenses, dentro y fuera del país: “no todo es política”. A veces aparece en una conversación familiar. Otras en un grupo de WhatsApp. Pero donde más la leo es en los comentarios que nos dejan en los videos de TikTok en la cuenta de DIVERGENTES. No es un dato menor. En esa cuenta, casi siete de cada diez seguidores tienen entre 18 y 34 años. 

Preparando recomendación…

Porque no estamos hablando de jóvenes que crecieron en un país donde la política es una competencia imperfecta entre partidos, campañas, debates y elecciones más o menos libres. Estamos hablando de una generación que vio cómo la política dejó de ser una promesa de cambio y se convirtió en una maquinaria de castigo. Una juventud partida por la edad y por la experiencia, algunos tenían apenas diez años en 2018; otros salieron a las calles, lideraron protestas autoconvocadas, ocuparon universidades, organizaron acopios y transmitieron en vivo. Y después, tuvieron que aprender otras estrategias para sobrevivir dentro del país, asumir el exilio o “torear” la vigilancia. 

Esos jóvenes no nacieron despolitizados. Al contrario, se politizaron de golpe y aprendieron en semanas lo que a nuestros abuelos o padres les llevó años. Por eso conviene tener cuidado cuando se acusa a los jóvenes de “no querer meterse en nada”. Tal vez no es que no quieran meterse. Tal vez es que ya estuvieron dentro y pagaron demasiado caro. Y decir que “todo está politizado” no es una queja superficial. Es un diagnóstico. Todo puede tener lectura política porque el poder se encargó de contaminarlo todo: la universidad, el empleo público, la iglesia, los medios, las organizaciones civiles, el barrio, la familia, el lenguaje, el deporte, el entretenimiento. 

Hay jóvenes que no rechazan la política porque sean egoístas, individualistas o cómodos. La rechazan porque la palabra les suena a pleito de viejos, a liderazgo desconectado y a consignas recicladas. La rechazan porque, en el caso nicaragüense, también quedó asociada al trauma. Al antes y después de abril de 2018. 

Ese rechazo tampoco puede separarse de la desconexión entre los grupos opositores en el exilio y los jóvenes que siguen dentro del país, o incluso los jóvenes que también se fueron, pero viven otra precariedad. Parte de la oposición está ahí “buscando unidad”, “transición”, “estrategia” y “presión internacional”. Todo eso importa, claro. El problema es que muchas veces se dice en un idioma que no atraviesa la vida cotidiana de quienes tienen 18, 22 o 27 años y están intentando sobrevivir sin meterse en problemas.

Esto no significa idealizar a los jóvenes ni convertir todo silencio en lucidez política. También hay evasión, cinismo, desinformación, comodidad, desconexión y cansancio. Pero incluso eso debe leerse dentro de un contexto. 

No basta con ser joven para representar a los jóvenes. No basta con aparecer en un panel, una beca, una foto o una organización. A veces la política tradicional solo se pone una cara joven para seguir diciendo lo mismo. Cambia la edad del vocero, pero no cambia la forma de escuchar. Y una juventud que ya pagó caro por confiar no se deja interpelar tan fácilmente por discursos que suenan más a currículum que a propuestas.

El exilio tiene una tentación vieja y es creerse el lugar desde donde se ve todo con más claridad. A veces es verdad. Pero otras veces es solo distancia disfrazada de perspectiva. Las diásporas de los años ochenta también creyeron que desde afuera se entendía mejor, y terminaron peleando entre ellas mientras el país seguía su propio curso. 

El moralismo opositor, esa tentación de medir quién sufrió más, quién fue más valiente, quién se fue demasiado pronto, quién se quedó demasiado callado o quién tiene más derecho a opinar, solo agranda la distancia con una generación cansada. Muchos no necesitan otra estructura que les pida demostrar pureza. Necesitan espacios en los que puedan pensar, disentir, equivocarse, organizarse y participar sin sentir que cada palabra será usada en su contra.

Tal vez la pregunta no es por qué tantos jóvenes se alejan de la política. Quizá vale más preguntar qué hacen esos liderazgos para que la política se convierta en un lugar inhabitable para la juventud. Esos jóvenes que hoy dicen “no quiero hablar de política”, no están renunciando al país, están diciendo algo más profundo: no quiero volver a entregar mi vida a una política que no sabe cuidarla.

Y quizá ahí hay una advertencia que deberíamos tomar en serio. Los jóvenes nicaragüenses no abandonaron la política. La dictadura les enseñó a temerla. La oposición, demasiadas veces, no ha sabido cómo volver a invitarlos. El exilio y la diáspora todavía pueden hacerlo, pero no desde arriba, no desde el moralismo, no desde la nostalgia de un país que ellos tampoco vivieron completo.

ESCRIBE

Néstor Arce

Cofundador, director y productor multimedia de Divergentes. Junto a su equipo ha obtenido el Premio Ortega y Gasset 2022, el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa 2022, nominado al Premio Gabo 2021 y los premios a la Excelencia Periodística Pedro Joaquín Chamorro.