La desesperada búsqueda de nicas desaparecidos en México: “Mientras no haya un cuerpo, hay esperanza”

Evelyn, Janeth y Vilma sufren una tragedia común: sus hijos emigraron de Nicaragua huyendo de la represión del régimen de Daniel Ortega y de la crisis económica que los condenaba a la pobreza. Pero sus esperanzas se vieron truncadas en México, donde desaparecieron en su ruta hacia Estados Unidos. Ahora sus madres, hundidas en el dolor, los buscan, exigen a las autoridades mexicanas una respuesta y se unen al calvario cotidiano de miles de mujeres

Ilustración de Divergentes.

Es una tarde de verano de inicio de agosto de 2019 en Zaragoza, una ciudad del interior de España. En las calles golpea el sol. Dentro de una tienda de ropa, una mujer llora. Se llama Evelyn Aguilar y ha recibido una llamada telefónica que va a cambiarle la vida para siempre. Otra mujer se acerca e intenta consolarla. Se dan cuenta de que las dos son nicaragüenses, allí, tan lejos de casa. No es lo único que tienen en común. A Evelyn acaban de decirle que su hijo, Milton Javier Aguilera Gómez, ha desaparecido en un desierto del norte de México cuando trataba de alcanzar la frontera con Estados Unidos. 

—Fue un día que salí de mi casa con el corazón en la mano, queriendo gritar y decirle a todo el mundo lo que estaba pasando—, recordará tiempo después Evelyn.

La otra mujer se llama Sandra Carrasco y su sobrino, Wilker José Ríos Carrasco, corrió la misma suerte que el hijo de Evelyn. Se dan aliento, se intercambian los contactos. A los días, Evelyn llama a Janeth Carrasco, la hermana de Sandra y madre de Wilker. Han estado en contacto desde entonces, apoyándose en la tragedia compartida.

Un tiempo después, Evelyn entró en contacto con Ana Enamorado, una activista hondureña madre de Óscar Antonio López Enamorado, otro joven desaparecido en México. Con su organización, la Red Regional de Familias Migrantes, busca a personas procedentes de Centroamérica que hayan desaparecido en México cuando trataban de llegar a Estados Unidos. 

A más de 8.000 kilómetros de España, en la Nicaragua natal de Janeth y Evelyn, otra madre se contacta con Ana Enamorado. Se llama Vilma Emelina Casco y su hijo Donald Elías Gutiérrez, al igual que Wilker y Milton, ha desaparecido en México. Nicaragua siempre ha sido un país con una fuerte emigración económica. Pero desde 2018, a la pobreza se le ha sumado la represión desencadenada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Los números de exiliados y migrantes irregulares se han multiplicado desde entonces. Solo desde el año 2020, 116 mil 319 nicaragüenses han sido detenidos en la frontera entre México y Estados Unidos. Más de 120 mil personas han solicitado refugio en Costa Rica, aunque la ruta cada vez más se dirige hacia el norte del continente, ya que el país centroamericano se ve inmerso en una fuerte crisis económica provocada por la pandemia que dificulta encontrar trabajo. 

Pero el camino a Estados Unidos está lleno de asaltos, secuestros, violaciones y el riesgo a ser deportado. Y a que te desaparezcan. En estas tres historias, Ana Enamorado es el nexo de unión: tres madres que buscan; tres hijos que emigran; tres desapariciones; una infinidad de preguntas y vidas sacrificadas para encontrar las respuestas que las autoridades mexicanas no dan en un país con 100 mil personas desaparecidas, de acuerdo con el Registro Nacional.

1.     Janeth Carrasco. La vida en el pozo 

Ilustración de Divergentes.

Si alguien le dijera que su hijo está muerto, ya sería algo. Algo terrible. Pero algo, al fin y al cabo. Cualquier cosa ayudaría, en realidad: una pista; un mensaje; un artículo de periódico traspapelado que arrojara algo de luz. Porque de momento, el presente es muy parecido a la nada. Una incertidumbre que se ha instalado en su tripa como parásito y devora su cuerpo poco a poco. Estrés, extrañeza, dolor físico. Y la cabeza dando vueltas sin parar. Haciéndose preguntas que ahora parecen de imposible respuesta: que dónde está; que qué le pasó. Que si Wilker José Ríos Carrasco está vivo o muerto. 

 —He estado luchando siempre con la esperanza y la fe en Dios de que obtengamos alguna respuesta, que nos den una señal, un qué pasó en esa fecha. 

La mayoría del tiempo domina la compostura en la narración de un relato que se sabe de memoria. Pero a ratos, Janeth Carrasco se rompe. Y su voz llega quebrada a través del teléfono. Cuenta lo que le pasa desde el día que comprendió que su hijo había desaparecido en México. En esa tierra tan extraña, tan violenta, tan lejana a su Nicaragua.

—Él no le hallaba sentido a estar en Nicaragua. No le hallaba sentido a la vida, aspiraba a estar en Estados Unidos. Estudió Ingeniería de Sistemas en una buena universidad, pero no había nada de trabajo. Y decidió irse, como todo joven, en contra de la voluntad de los padres. 

Wilker salió de casa un 6 de noviembre de 2017 con rumbo a Estados Unidos y 200 dólares en el bolsillo. Le acompañaban dos amigos del barrio: Heberto Guerrero y Arturo Canales. La primera parte de la ruta la hicieron en autobuses. A los ocho días “exactamente” Janeth recibió una llamada. Se acuerda bien porque era 14 de noviembre: el día en que su hijo cumplía 28 años. La conversación telefónica duró menos de un minuto. Uno de los amigos de Wilker le aseguró que estaban bien, “contentos y alegres”, que habían llegado a la ciudad de Orizaba, en el estado mexicano de Veracruz.

“Estamos andando tan rápido que no nos da tiempo para hablar”, le dijo a Janeth. Wilker no se puso al teléfono ese día, pero a su madre, en ese momento, no le extrañó. Estaría ocupado, haciendo cualquier cosa, pensó. Se guardó las felicitaciones de cumpleaños para más tarde. Y ya no volvió a hablar con él. 

El 17 de noviembre, Janeth recibió otra llamada telefónica: una mujer, que aseguraba ser cuñada de Heberto Guerrero, le dijo que la policía había perseguido a los tres jóvenes. Que en la tensión y las prisas del momento, cada uno había corrido en una dirección distinta. Guerrero y Canales estaban juntos. Pero de Wilker no se sabía nada. 

.- Un grupo de migrantes, entre ellos nicas, se moviliza hoy para salir de la ciudad de Tapachula estado de Chiapas. EFE.

—Yo en ese momento sentí nerviosismo. Busqué organizaciones; llamé por teléfono a todas las cárceles de México; me fui a la delegación de Nicaragua; me tomaron declaraciones…

Las autoridades nicaragüenses le prometieron la apertura de un expediente. Pero por esa vía nunca obtuvo ninguna respuesta. En febrero de 2018, tres meses después de la desaparición de Wilker, Heberto Guerrero y Arturo Canales dieron una versión algo distinta de los hechos. Los dos jóvenes sostenían que, en la huida de la policía migratoria, Wilker se cayó a un canal de agua y murió ahogado. Ellos llegaron a Estados Unidos, pero fueron apresados por las autoridades —para financiar su viaje, transportaban una pequeña cantidad de droga—, encarcelados y después, deportados. De acuerdo con el relato de Arturo Canales, los tres compañeros llegaron a la estación de Orizaba, pero mientras esperaban llegó la policía: “Nos dijeron que era una revisión rutinaria, que nos esperáramos un rato con ellos, pero yo ya me la sabía: habían llamado a Migración [el Instituto Nacional de Migración] para que vinieran por nosotros. Todos corrimos como locos. Yo corrí para un lado en el que hay un drenaje de aguas negras, unas alcantarillas que son muy fuertes. Llegué a la orilla y me tiré. La corriente era demasiado fuerte y estaba hondísimo. Me agarré a una rama y estuve escondido y miré cuando se tiraron el resto de las personas, y la corriente se los iba llevando. Y ahí pasó Wilker y otro chamaquito de Honduras”. 

Arturo perdió a Wilker de vista. Consiguió encontrar, también en el agua, a Heberto, y los dos se dejaron llevar por la corriente hasta una orilla, alejados de los agentes migratorios. Ni Wilker ni el joven hondureño aparecían. Los estuvieron buscando hasta que volvió a aparecer la policía y les amenazó con detenerlos si no continuaban su camino. “Yo no le he visto muerto, pero la última vez que lo vi iba con la corriente río abajo. Creo que no sabía nadar. Yo he tenido sueños en los que él vuelve al barrio y le digo ‘bróder’, ¿por qué nos hiciste esto todo este tiempo?”, cuenta por teléfono desde Nicaragua Arturo, donde ahora ha vuelto a trabajar en una mina, mientras planea un nuevo intento para llegar a Estados Unidos.

Janeth afirma que no cree en la versión contada por Arturo. “Ellos lo dijeron a los tres meses, no en el momento. No me explico por qué no lo dijeron en el momento. Dicen que no dijeron nada porque tenían la esperanza de que hubiera salido por otro lado. Mi familia no cree esta versión, ellos piensan que le hicieron algo a mi hijo y que se inventaron toda esa historia”. Y añade: “Pero no podemos saber nada”. 

Janeth y Wilker proceden de Villanueva, un municipio de poco más de 30 mil habitantes del departamento de Chinandega, en el noroeste de Nicaragua. La familia es humilde: se dedican a la ganadería; varios de los hermanos de Wilker trabajan en una mina de oro. Janeth, además, era secretaría en la alcaldía. Wilker cuidaba a los animales y los sábados iba a clases a una universidad de León. Ya había intentado migrar a Estados Unidos una vez, pero en aquella ocasión fue detenido y deportado. 

Al menos 80 mil nicas han cruzado México en lo que va de 2022, según la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.

En 2018, cuando la herida por la desaparición de su hijo acababa de abrirse, Janeth emigró a España en busca de trabajo. Ahora, en Zaragoza, cuida de una mujer mayor. La entrevista se realiza después de las once de la noche, hora española, cuando acaba su jornada. Es en la ciudad española donde, después de conocer a Evelyn Carrasco y entrar en contacto con Ana Enamorado, vio con más perspectiva el caso. No había evidencias de ahogamientos en esas fechas. Y la organización de Ana le dijo la frase más importante de todas, a la que la mujer lleva cuatro años aferrada: sin cuerpo, no se le puede dar por muerto. 

—Si no fuera por Ana, nosotros no tendríamos ninguna esperanza. Ni ningún contacto. Estaría en el aire, sin darme cuenta de nada. La Fiscalía a mí no me ha tomado la denuncia, consideran que mi caso no es un delito. No sé si ellos no consideran delito a la persecución a un ser humano. Y ella está moviendo que me tomen la denuncia, y lograr que se haga la búsqueda. 

—¿Ha pensado alguna vez ir a México? 

—Se me ha cruzado la idea. No sé si serviría de algo ir hasta allí. Ver por donde anduvo mi hijo sería durísimo para mí. Es morirse. Me imagino tantas y tantas cosas que me vengo abajo. Si sirviera para algo no importaría lo que yo sintiera. A lo mejor es ir por decir ‘aquí estoy’ y que el Gobierno lo vea y me dé respuesta a por qué desaparecen las personas en ese país. Encontrarlo sería el milagro perfecto. Esto cambia totalmente la vida de una persona como madre. Yo ya no soy la misma, todos los días siento ese gran dolor en mi pecho, es muy doloroso, es bien durísimo. Si por lo menos hubiera una respuesta…

La voz se vuelve a romper y al otro lado del teléfono hay unos segundos de silencio. Prosigue contando que toda la familia está muy afectada. Que la abuela de Wilker llora todos los días. Y que no puede entender que sea tan difícil investigar sobre la desaparición de alguien. Que si una persona se ahoga debe haber un registro, una nota en un periódico local, algo. Ha intentado hablar con Heberto Guerrero y Arturo Canales, los jóvenes con los que se fue su hijo, pero nunca ha sacado nada en claro. 

 —Como saben que yo estoy siempre luchando, uno de ellos le dijo a mi familia que no sigamos, que ellos presenciaron eso y que Wilker no existe. Por lo menos si me dijeran [las autoridades mexicanas]: ‘mire, señora, en esa fecha no hubo persecución, no hubo ahogados’. Para mí eso valdría muchísimo, que lo descartaran. O por lo menos calmar un poco mi angustia.

Por el momento, todo lo que tiene Janeth son falsas pistas, investigaciones que no empiezan, los recuerdos de aquel joven delgado, moreno, educado y unas cuantas imágenes en baja resolución que sobreviven en la memoria de su teléfono. 

Y dice:

—Tengo la fe en Dios de que mi hijo está vivo. 

Aunque añade: 

—Pero no podemos saber nada.

2. Evelyn Aguilar. ¡Cuántas cosas se pierden en México!

Ilustración de Divergentes.

El hambre en Nicaragua acaba tomando muchas decisiones por uno. Y con Evelyn no fue una excepción. Como madre soltera de cuatro hijos en Chinandega, estaba harta de no poder sacar a su familia adelante con el sueldo que le dejaba limpiar casas. Una amiga que había migrado antes le dijo que en Zaragoza podía ganar 1.000 dólares al mes cuidando a ancianos y como personal de limpieza. Además, ella la ayudaría con techo, comida y en la búsqueda de empleo. La necesidad económica le dio el valor para aventurarse al extranjero y poder enviar dinero a sus hijos, que se quedarían bajo el cuidado de su hermana. “Quería sacarlos adelante, pero no había otra. Las limitaciones me hicieron huir de mi país y dejar a mis hijos atrás. Veía cómo el techo de mi casa se mojaba cuando llovía y por la noche todos teníamos que arrinconarnos en una esquina para no mojarnos”, cuenta.

Aquella primera vez que emigró, el mayor de sus hijos insistió en ir con ella. Entonces Milton Javier Aguilera Gómez tenía 20 años y quería ganarse la vida como su madre en España para mantener a sus hermanos en Nicaragua. Sin embargo, pese a su juventud y sus ganas, no pudo encontrar trabajo en plena crisis económica en el país europeo. Después de tres años de intentos fallidos, su madre y él decidieron que lo mejor era que volviera a su país a cuidar de la familia, en especial del más pequeño de sus hermanos, que apenas tenía un año de edad.

Milton trabajó de lo que pudo en Nicaragua, principalmente como informático y tatuador. Gracias a eso y a la ayuda que enviaba Evelyn, él y sus hermanos podían subsistir. Sin embargo, pese a las mejoras de vida que generaba la estancia de Evelyn en el extranjero, Milton le pedía siempre a su madre que regresara. A pesar de que ella ganaba lo suficiente como para visitarlos una vez al año, el más pequeño de sus hijos apenas podía reconocerla. “Recuerdo que me decía: ‘yo no la siento como una madre porque yo no he vivido con usted’”, narra Evelyn con la voz quebrada. “Sentía que los estaba perdiendo. En ese tiempo conseguía mandar lo suficiente para que mis hijos vivieran bien, pero me estaba olvidando de que el dinero no era lo único importante. Estaba olvidándome del amor”, explica.

En una de las visitas que Evelyn hizo en 2018 a Chinandega, Milton —que ya tenía 31 años— le repitió que no podía volver a irse. Esta vez, su súplica estaba alimentada por la impaciencia que creció con tantos años de ver a su madre separada de su familia. Además, cada vez era más notorio que Evelyn había envejecido y que limpiar suelos comenzaba a pasarle factura en forma de dolores y lesiones. 

Le dijo que tenía un plan para que ella pudiera quedarse en Nicaragua, para que no necesitase volver a irse para poder enviar dinero y que sus hijos no se mojaran bajo un techo agujereado cada vez que llovía. Milton le contó que quería emigrar a Estados Unidos para buscar trabajo, conseguir por su mano el dinero y de esa manera lograr que su madre se quedara con la familia. 

— Milton Javier, ese viaje es muy peligroso— le dijo ella.

— No, mamá. Tenga fe, que todo va a salir bien— le pidió él.

Milton salió de Nicaragua el 28 de junio de 2019. Dos meses más tarde, pasó a engrosar las listas de migrantes desaparecidos en México.

El coyote que estaba a cargo del grupo en el que viajaba venía recomendado por una vecina del barrio de la familia. Ella misma había mandado a su hijo a emigrar a Estados Unidos unos años antes con ese guía. Una amiga de Milton que vivía en Chicago le ayudaría a recibirlo y a facilitarle el dinero que le pedía el coyote: 5.000 dólares antes de partir y otros 5.000 al cruzar la frontera.

Evelyn, reticente y envuelta en un torbellino de preocupaciones, tuvo que volver a España para seguir trabajando mientras Milton ultimaba los detalles de su viaje. En mayo ya habían cerrado todas las negociaciones: saldría de Nicaragua a finales de junio con un grupo de migrantes con su mismo destino. Atravesaría Honduras, Guatemala y El Salvador en camiones y al llegar a México tendrían que hacer el último tramo a pie para llegar a suelo estadounidense. “Él me decía que estaba pegado a Dios y que Él no le iba a desamparar. Yo siempre le mostré que tenía miedo, veía la televisión y sabía lo que pasaba. Él me insistía en que tuviera fe. Eso de alguna forma me hacía sentir segura”, narra Evelyn.

Después de 30 días de viaje en los que Evelyn vivió pegada a su móvil para recibir de vez en cuando noticias de su hijo, Milton y su grupo llegaron a Altar, Sonora, a apenas 140 kilómetros de arañar la frontera con Estados Unidos. Al día siguiente emprendieron el último tramo del trayecto: aventurarse a caminar por el desierto hasta llegar al otro lado.

El último mensaje que envió Milton fue: “Mamá, si me pierdo cuatro días, usted no se preocupe, que yo estaré bien”. Con el corazón en un puño, su madre aguardó, confiando en Dios como le había pedido su hijo. Pasaron los días. Después del cuarto sin noticias, supo que había pasado algo terrible. El cinco de agosto, un miembro del grupo de migrantes de Milton se puso en contacto con ella a través de las redes sociales y confirmó sus sospechas. “Me dijo que mi hijo se había quedado en el camino, se había quedado atrás en el desierto porque no aguantaba caminar, pero él estaba en buena forma. No sé lo que pasó”, dice Evelyn, que pese a haber contado esta historia innumerables veces a las autoridades mexicanas y nicaragüenses, a las organizaciones civiles, y a cualquiera que esté dispuesto a escucharla y ayudarla, se le sigue ahogando la voz y rompe en llanto. 

Llamó inmediatamente al coyote. Él le aseguró que sabía a la perfección dónde y cuándo habían dejado a Milton, incluso le hizo un mapa para tranquilizarla. Le dijo que ya había enviado a gente a buscarle al punto en medio del inmenso desierto en el que le vieron por última vez. Sin embargo, nunca lo encontraron. Cada vez que Evelyn insistía —ya que creía que le estaba mintiendo para que ella no denunciara—, él le repetía que lo estaban buscando. Finalmente, el coyote dejó de responderle los mensajes a finales de agosto. “Todo el mundo te dice que no sufras, pero para una madre es muy difícil. Todo esto es morir en vida, porque ya no eres la misma, una cosa como esta te parte”.

Desde España puso la denuncia en el consulado de Nicaragua y de México. Al notificarlo al resto de los hermanos, Roni, el segundo hijo mayor, se aventuró a seguir la última pista de Milton con un colectivo de madres buscadoras de desaparecidos. Estuvo varios días recorriendo los puntos negros donde se pierden los que se atreven a migrar. Visitaron cárceles cercanas a la frontera con la esperanza de encontrar algún nombre que no hubiera sido reportado por las autoridades. Una madre encontró ahí a un hijo que llevaba siete años desaparecido, perdido en un sistema judicial inexistente. Pero Milton nunca apareció ni en esa cárcel, ni en los centenares de kilómetros por donde lo buscó su hermano. “Roni volvió horrorizado de los lugares que visitó en México. Dijo que si él hubiera sabido cómo era, jamás hubiera dejado que su hermano viajara. Había mucho dolor, mucha gente desaparecida. Cuántas cosas se pierden en México”, explica Evelyn.

La desesperación y la impotencia de no poder viajar y buscar con sus propias manos por la falta de dinero hundieron a Evelyn en la depresión en España. Con la ayuda de asociaciones de familiares de desaparecidos, como la de Ana Enamorado, consiguió obtener algo de asistencia psicológica, pero el estallido de la pandemia retrasó su tratamiento. Al final encontró fuerza para salir de la cama en los hijos que le quedaban, especialmente en el más pequeño, que llevaba meses viendo como su madre no podía apenas moverse de la tristeza. Ya han pasado casi tres años de la desaparición de Milton, pero Evelyn no tiene más pistas que las que le dio el coyote entonces. “Yo como madre no me voy a cansar nunca hasta llegar al fondo de la verdad y saber qué ha pasado. Le exijo a México la búsqueda de mi hijo. Ellos no saben el dolor que hemos vivido mientras ellos duermen y nosotros ni siquiera podemos hacerlo sin saber dónde están nuestros hijos”, reclama.

 3.  Vilma Casco. La bitácora de una desaparición

Vilma Emelina Casco en la sala de su casa junto al retrato de Donald Gutiérrez, su hijo desaparecido. Estelí, Nicaragua | Divergentes.

Cuando un familiar desaparece, nunca se habla en pasado. La existencia queda suspendida, aferrada a verbos en varios tiempos, pero casi nunca en pretérito. Cuando Vilma Emelina Casco habla de su hijo, Donald Elías Gutiérrez, lo hace siempre en presente. “A él le gusta”; “él tiene”; “él sabe”. Tras haber perdido su rastro hace casi cuatro años, guarda la esperanza. Como otras madres es creyente de esta máxima: mientras no se encuentre un cuerpo, hay todavía a qué aferrarse. 

Vilma quiere tener la certeza de que su hijo aún vive. Desea conocer la verdad. Una que no ha alcanzado, porque de Donald nadie sabe nada desde el 21 de julio de 2018. La madre ha reconstruido con precisión de cronista cada paso hasta el momento del extravío con el fin de armar el rompecabezas de la desaparición de su hijo. Lo tiene anotado en unos cuadernos escolares. En ellos, apunta también su propia historia, con unas ansias de registrar también todo lo recorrido para saber de él.

Vilma vive en Estelí, ciudad del norte de Nicaragua. Antes de poner rumbo a Estados Unidos, ese era el hogar de Donald. Salió de su país en una travesía que emprenden centenares de nicaragüenses asfixiados por la crisis económica.

Los nicaragüenses no han tenido paz. Unos huyen de la represión y otros lo hacen en la búsqueda de mejores oportunidades. Pero todos huyen. Donald dejó Nicaragua en una de esas primeras grandes oleadas de migrantes, en las que más de 60 mil nicaragüenses se fueron hacia Costa Rica —el principal destino de migración tras la crisis sociopolítica—. La pandemia y la administración de Joe Biden cambiaron la balanza. Costa Rica ya no es un destino atractivo para los nicas debido a la crisis fiscal y la pandemia que han deteriorado la economía del país más estable de Centroamérica. 

Los migrantes de Nicaragua se han unido en el dolor y la tragedia con los miles de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que salen apretujados de sus países en una crisis migratoria sin precedentes. 

Vilma Emelina Casco anota en una libreta cada sueño en el que aparece Donald Gutiérrez, su hijo quien desapareció desde hace 4 años. Estelí, Nicaragua.| Divergentes

Vilma nos recibe en su casa el 10 de febrero, en una tarde cálida y apacible que anuncia el inicio de la temporada seca en Nicaragua. Nadie podría imaginarse que dentro de estas paredes ella atraviesa un tormento. “Él se fue el 18 de julio con tres personas más de acá del barrio, aunque yo no estaba de acuerdo. A los tres los deportaron y mi hijo desapareció. Su rastro se perdió en Irapuato, en el estado de Guanajuato. Ninguno de sus amigos que se fueron con él están hoy en el país, se volvieron a ir”, narra la madre.

Donald quedó sin empleo tras el estallido social. Se dedicaba a la pintura de vehículos, un trabajo que él amaba, pero que se hizo trizas tras el cierre de varios negocios debido a la situación sociopolítica. La actividad económica se detuvo varios meses, mientras que el régimen de Ortega reprimía con saña a los nicaragüenses que salieron a protestar. Los trabajadores como él sufrieron los efectos colaterales de la crisis.

La falta de trabajo y el oscuro panorama que se cernía sobre el país fueron razones suficientes para dejarlo todo y buscar un nuevo destino. Así, él y otros tres amigos del barrio partieron hacia Managua, tomaron un bus que pasaba por una gasolinera ubicada a las afueras de la ciudad que los llevaría a Guatemala. Sin embargo, en México la información se torna difusa. 

—¿En qué punto exactamente es que se pierde su rastro?

—Fui donde una de las personas que se fueron con él, porque un periodista me hizo la misma pregunta— responde antes de levantarse de su asiento para ir a buscar un cuaderno y abrir una página con la declaración de uno de los tres compañeros de viaje que iban con él. 

Y empieza a leer: 

El primer lugar al que llegan en México se llama La Técnica. Para llegar a él se cruza el río Usumacinta en lanchitas. Se montan en un taxi verde, le dicen al taxista que los lleve a Palenque, pero como no llevan suficiente dinero los deja en un pueblito cercano. 

Después se suben en una buseta que los acerca un poco más a Palenque. Los deja como a quince metros antes de la ciudad. Llegan a una casa, piden que les den posada una noche. El dueño de la casa les da comida. Al día siguiente, el señor hace un conecte con una camioneta que lleva a unos trabajadores y a ellos. Los deja en unos cuantos kilómetros, por Migración.

Caminan a Palenque a pie y llegan a las once. Donald Elías le pide a su hermano —es decir, a mi otro hijo que vive en Estados Unidos y que lo iba a recibir— que le mande dinero allí. Continúa leyendo de su cuaderno: extractos de un viaje que le llevó hasta Tierras Blancas, entre redadas de Migración y dificultades económicas. 

Ahí encontraron a un muchacho que les iba a sacar el dinero, se fue con el amigo a traerlo. Mi hijo decide irse con un guatemalteco y otros migrantes en el tren. Cuando su amigo regresa, él ya no está, y los otros que viajaban con él le dijeron que se había ido en ese tren, con los guatemaltecos.

Termina la lectura, levanta su mirada del papel y agrega: “Hasta ahí, ya nada”.

Lo último que supo Vilma es que su hijo llegó hasta Irapuato. Pudo bajarse del tren y tuvo una breve comunicación con su hermano en Estados Unidos. Donald dijo que necesitaba dinero, fue lo único que pidió. No preguntó por una cantidad exacta, solo que lo necesitaba con urgencia. Jamás recibieron otra llamada. Nadie pidió recompensas. El silencio absoluto en el caso es lo que más le preocupa.

A poco más de un año de la desaparición de su hijo, la madre hizo un viaje que marcó un antes y un después. Antes de ello, una vecina llegó hasta su casa para decirle que buscara apoyo en la Fundación Servicio Jesuita a Migrantes, una organización independiente que brinda asesoramiento a familiares de desaparecidos. La vecina encontró las pistas de una tía que pasó varios años desaparecida en México junto a ellos. Vilma halló una nueva esperanza a la que aferrarse.

Le dieron unos números, hizo una cita, viajó a la capital y meses después la invitaron a formar parte de una caravana de madres de desaparecidos que recorrieron varias ciudades de México preguntando por sus hijos. El 12 de noviembre de 2019 salió de Nicaragua con el deseo de encontrar pistas.

Divergentes.

Cada uno de los pasos que dio en México están escritos en otro pequeño cuaderno: “El miércoles estuvimos en Chiapas donde fuimos bien recibidas por las hermanas de este país. No tenemos palabras para describir la atención que recibimos. La dedicatoria que hicieron los estudiantes de la profesora que se nos partía el corazón”. 

Ese mismo día, una de las madres se reencontró con su hijo en una cárcel de Veracruz. Las lágrimas de todas brotaron. En ese viaje conoció a mujeres que, como ella, luchan todos los días por saber la verdad sobre la desaparición de sus hijos, sus hermanos, sus esposos. Allí también se topó con organizaciones de familiares de Honduras, El Salvador y Guatemala.

—Todas nos reunimos cuando llegábamos a una iglesia o a un parque. Sacamos las fotos de nuestros hijos y caminamos con consignas en las calles. Poníamos todas las fotos y con un megáfono hacíamos un llamado a todos los habitantes para que nos hicieran el favor de reconocer esas fotos. Varios llegaban a ver si había alguien que ellos conocieran. 

Sostuvieron reuniones con gobernadores, pusieron la denuncia en la Fiscalía de Ciudad de México. Le dijeron que, ante cualquier información, le iban a llamar. Pero el teléfono no ha sonado.

En México, Vilma miraba con atención cada taller automotriz al que pasaba, volteaba su cabeza con la esperanza de encontrar a su hijo haciendo lo que más amaba hacer en Nicaragua: pintar autos. “Fue duro, sentía como que me ensartaban un clavo en el pecho cada vez que volteaba y no lo encontraba”, relata al borde del llanto y sosteniendo entre sus manos sus anotaciones, llenas de referencias, números y nombres. La bitácora que narra la desaparición de su hijo y en cuyas hojas se encierra su tormento.