Cuando cursé la carrera de Comunicación Social en la Universidad Centroamericana (UCA), uno de los profesores de Taller de Prensa Escrita, como se llamaba la asignatura en esa época, nos pidió que compráramos el libro “Cartas a un joven periodista y un epílogo para adolescentes” de Juan Luis Cebrián, director-fundador del diario El País. Se trata de una obra epistolar en la que Cebrián escribe a Honorio, un personaje inexistente, para reflexionar sobre su vida como periodista.
No voy a mentir. No recordaba mayores reflexiones ni aprendizajes. Tampoco que el libro hubiera marcado un antes y un después en mi decisión de estudiar Comunicación y, luego, dedicarme al periodismo. Cebrián estaría decepcionado porque su narración de “ese conflicto latente en todo ser humano, de las contradicciones inevitables entre lo que somos o lo que parecemos y lo que deseamos ser o parecer” no me dejó mayor provecho en ese momento.
Sin embargo, dieciocho años después de haber comprado el libro por primera vez, regreso a leerlo con detenimiento. Ahora, con una visión más amplia del mundo que me ha tocado vivir y una comprensión más profunda del oficio, encuentro en sus páginas las reflexiones que quizá Cebrián quería provocar.
Seré breve. En la primera misiva, Honorio lleno de dudas se cuestiona si posee verdadera vocación para ser periodista. Pues, como plantea el autor, muchos esperan ese llamado, casi divino, que los dispone al servicio. Pero más que esa predisposición, el maestro invita al joven a preguntarse mejor si es “curioso, impertinente, si te interesa lo que te rodea, si quieres averiguar el porqué de las cosas. Entonces no sé si tendrás vocación pero al menos tienes, en principio, algunas de las aptitudes necesarias”.
Y esa es una de las primeras condiciones que nos conduce al periodismo: la capacidad de asombro, “e implica una cierta ingenuidad de espíritu, un amor a lo nuevo, un estar dispuesto a dejarse sorprender”. En retrospectiva, ese amor a lo nuevo me llevó, en 2020 junto a mis amigos, a fundar este proyecto periodístico que cumple seis años. Estuvimos dispuestos —y lo seguimos estando— a dejarnos sorprender por la realidad, incluso cuando esa realidad duele, incomoda o parece repetirse.
Y en el camino nos hemos encontrado con más periodistas —como diría Cebrián: periodistas a secas— que se interesan por todo, se enamoran de todo, se arrebatan por todo y para todo. Porque detrás de cada historia, investigación, video, pódcast y publicación en redes sociales hay un periodista que piensa, pregunta, contrasta y cuenta. Porque, como recuerda Cebrián, hay muchas maneras de ser periodista:
“[…] periodistas listos y tontos, ignorantes y cultos, honestos y corruptos, periodistas que prefieren crear la noticia a encontrarla, o los que apuestan por protagonizarla ellos, periodistas que quieren ser académicos y otros que gozan con ser putos, novelistas, actores, ricos, poderosos, bohemios… ”
Cebrián se cuestiona lo que tiene en común a todos ellos: la curiosidad, la maldita curiosidad por saber lo que hay detrás de las puertas, debajo de las alfombras, dentro de los cajones o en el interior de las camas. Y estoy seguro de que cada periodista en DIVERGENTES, más que vocación, se pregunta todos los días qué le interesa averiguar, qué necesita contar y qué, en ocasiones, debe callar.
Y sin caer en el romanticismo y la precarización del oficio, frente al espejo como hizo Honorio, me pregunto: ¿Todo eso pesa más que muchas certezas, más que la comodidad, más que la tranquilidad? A veces sí. Tal vez por eso somos periodistas. A los diecisiete todo esto sonó vacío, no sentí el llamado, no hubo esa voz interior, es más, todavía sigo preguntándome: ¿tengo vocación? Lo que sí sé, después de volver a Cebrián, es que tengo ganas.
Ganas de seguir contando la realidad que nos atraviesa. Esta realidad que nos sorprende cada día, que nos despierta la curiosidad a cuestionarnos la vida, a interrogar sin pausa, sin piedad, sin temores. Y como Cebrián lo define: La vocación debe parecerse, entonces, a un dolor de estómago, a un cierto mareo o a un orgasmo. O sea que son ganas.
ESCRIBE
Néstor Arce
Cofundador, director y productor multimedia de Divergentes. Junto a su equipo ha obtenido el Premio Ortega y Gasset 2022, el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa 2022, nominado al Premio Gabo 2021 y los premios a la Excelencia Periodística Pedro Joaquín Chamorro.