“La montaña iba adelante… nada sobrevivió”

Basiliso Hernández, padre de Martha Lorena y abuelo de los pequeños fallecidos en el deslave, espera noticia de sus familiares. Carlos Herrera | Divergentes.

Antes de que la tierra cediera, en la comunidad de San Martín se sintió un intenso olor a lodo. Terencio Pérez olió el peligro. “Eso es señal de alerta… soy arisco en esas cosas”, dice el hombre. A eso de las 2:30 de la tarde, subió a toda prisa por la ladera a comunicar el temor a sus vecinos quienes, repartidos en cinco casas, vivían más arriba, en la parte más vulnerable del Macizo de Peñas Blancas. Estuvo alrededor de ocho minutos recomendando evacuar cuanto antes. “Les dije que salieran, pero algunos se quedaron”, afirma el pequeño caficultor. El relato de este sobreviviente es preciso: 22 minutos después, el martes 17 de noviembre, “la montaña iba adelante”. 

El deslave, una pesada marejada terracota, engulló todo. “Iban piedras, palos, gallinas y perros muertos… no hay nada que haya sobrevivido”, lamenta Pérez. Las lluvias del huracán Iota fueron torrenciales en la zona del Macizo de Peñas Blancas, ubicado entre los septentrionales departamentos de Matagalpa y Jinotega. El fenómeno natural, que azotó duramente la ciudad de Bilwi y el Triángulo Minero, avanzó sobre el norte de Nicaragua convertido en una tormenta tropical que remojó e inundó todo a su paso. 

En el Macizo de Peñas Blancas, una reserva natural con bosques enfriados por la densa bruma, la lluvia cayó desde el lunes sin parar: Los cafetales sobre las laderas de este cerro estaban empapados. En la comunidad de San Martín, en el sector Los Roques, las familias estaban alertas. Aunque el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo dice que advirtieron a las víctimas evacuarse ante el riesgo de Iota, algunos de los comunitarios aseguraron que previo a la tragedia no recibieron la visita de funcionarios públicos. 

Pérez, por experiencia de vida, tomó la iniciativa de pedirle a sus vecinos evacuar. Temía un deslizamiento porque la tierra del Macizo de Peñas Blancas estaba saturada de agua. El suelo tenía una consistencia suave, un tanto empantanada. “Como eran buenos vecinos, fui donde ellos y les dije váyanse abajo y nos acomodamos. Allí vemos cómo la jugamos. Dos familias que se vinieron están ilesas. El resto se quedó y pues… están soterrados”, relata el hombre.

Terencio Pérez, pequeño caficultor en el Macizo de Peñas Blancas, en la zona de la tragedia.

Pérez bajó con las dos familias evacuadas justo a tiempo. Apenas llegaron a una zona segura, la tierra cedió. Las autoridades calculan que alrededor de unos mil metros de largo y 200 metros de ancho de tierra se desprendieron del Macizo de Peñas Blancas. Pero los campesinos de estas comunidades lo miden en manzana: unas siete u 8 manzanas perdieron sustento. 

“El deslave no comenzó en la parte de arriba, sino en la parte de abajo. Lo que hizo fue empujar la montaña”, describe Pérez. Fue como que una cuña haya sido retirada de un tajo, y toda la tierra de encima se vino abajo. La gravedad y el peso de la masa de lodo hizo el resto. Fue marejada pero también una especie de molino centrífugo. El deslave arrasó, fracturó, trituró, deshizo todo lo que envolvió. Al final, cuando frenó, sepultó casas, animales de corral, sembradíos, y la gente… sobre todo las familias víctimas: mujeres, niñas, niños y hombres. Aplastadas bajo ese fango frío, más parecido a un guiso mortal, que complicó de sobremanera el rescate y la búsqueda. Pala que abría un hueco, fango que como espelma lo rellenaba, según los rescatistas voluntarios. 

“Los cuerpos están muy maltratados”, dijo muy conmocionado el sacerdote Pablo Espinoza. El párroco del aledaño municipio de Rancho Grande llegó con su comitiva a ayudar en las labores de búsqueda y salvamento. En realidad, fueron los locales quienes iniciaron a buscar a las personas soterradas. El deslave ocurrió a eso de las tres de la tarde del martes, pero como la lluvia, los árboles caídos, la neblina, y las redes caídas impidieron comunicar de inmediato la desgracia, fueron los vecinos de las comunidades (Carmen 1, 2, 3 y 4) con los sobrevivientes de San Martín quienes iniciaron a cavar en el lodo. 

Centenares de campesinos subieron al Macizo de Peñas Blancas a ayudar en las labores de rescate y búsqueda. Carlos Herrera | Divergentes.

Para ingresar a la finca donde ocurrió el deslave, es necesario seguir un camino estrecho, pedregoso, y accidentado, y luego subir sobre la montaña unos cuatro kilómetros. La lluvia y los vientos hacían todo más tedioso. Una enorme raíz de un árbol cortó el camino. San Martín estaba aislada. A eso de las 10 de la noche del martes, el alcalde sandinista de El Tuma La Dalia, Jaime Araúz, llegó a la zona, pero no pudo ingresar por el paso cerrado. Fue hasta las cinco de la madrugada del miércoles que llegó la respuesta del gobierno: Policía, Ejército, la municipalidad de Matagalpa, y una pala mecánica que le llevó horas remover el tronco que cerraba el paso. 

Arriba, en el cerro, los comunitarios estaban exhaustos y nerviosos. Otro deslave era posible, porque abrían huecos en busca de sobrevivientes. El miércoles temprano el secretario político departamental, Pedro Haslam, asumió el mando de la crisis. De ese momento en adelante, todo fue ocultamiento, pese a que el día nuboso reveló la dimensión de la calamidad en el Macizo de Peñas Blancas.  

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Antes de que personas externas pudieran entrar a la zona del desastre, los dueños de las fincas cafetaleras calculaban que las víctimas podrían ser entre 25 y 30 personas. Como las cinco viviendas de San Martín fueron arrasadas y los hacendados no tenían contacto con sus capataces, creyeron que la magnitud del alud de lodo había sepultado a todos. La escasa información que salía del Macizo de Peñas Blancas se estrellaba con ese recuerdo nefasto de la tragedia del Volcán Casita en 1998, cuando el huracán Mitch soterró a miles.

El miércoles por la mañana muchos de los que se creían muertos por el alud provocado por el Iota comenzaron a aparecer en la alborotada comunidad. Campesinos de toda la zona se desbocaron a ayudar en las labores de rescate, y con la llegada de las autoridades, más de 400 personas estaban arriba. 

La lista de los fallecidos y desaparecidos levantada por los pastores evangélicos.

A medida que avanzó la búsqueda y rescate, Pedro Haslam informó que cuatro personas fueron rescatadas con vida y once estaban soterradas. De ellas, solo se han encontrado los cadáveres de nueve. Aunque los rescatistas voluntarios aseguraron que al otro lado del alud había otras viviendas afectadas, hasta ahora el gobierno no informa al respecto. Previo a que las autoridades informaran sobre las víctimas, los pastores evangélicos que llegaron antes a San Martín ya habían levantado una lista. Los religiosos escribieron en un papel escolar los nombres de Martha Lorena Hernández y sus dos hijos de siete meses y nueve años de edad, así como los del clan Otero. 

Basiliso Hernández, padre de Martha Lorena y abuelo de los pequeños, llegó al derrumbe a las tres de la tarde del miércoles, es decir 24 horas después. Es un campesino mayor, pero de buen físico. Traía los ojos profundos y vidriosos. Llegó compungido a traer a sus muertos, aunque no estaba destrozado aparentemente. “Todos fallecieron. Los tres, según nos llamaron hoy”, me dijo Basiliso con esa misma resiliencia que he visto en otros tantos campesinos de Nicaragua, quienes asimilan las desgracias imprevistas con una naturalidad que pareciera serles intrínsecas, ya sea desde la guerra en los ochenta, los asesinatos en el campo perpetrados por fuerzas armadas del gobierno actual, o porque un deslave los sepulta en vida. Siempre listos para sobreponerse a la muerte y seguir en la quietud de sus parcelas. 

Al igual que con Basiliso, los familiares de las víctimas del deslave en el Macizo de Peñas Blancas fueron avisadas hasta el miércoles. Pedro Haslam, su comitiva y su policía tomaron el control de la situación. Toda la información relativa al deslave fue controlada y monopolizada por ellos, en un afán incomprensible de difuminar una tragedia tan grande y clara. 

El equipo de DIVERGENTES y otro de Artículo 66 llegaron a las 8:30 de la mañana al Macizo de Peñas Blancas, pero al momento de presentarnos como prensa independiente, los dos subcomisionados de El Tuma La Dalia nos impidieron el pase al área controlada del deslave. No les importó nuestro reclamo de que arriba estaban medios del gobierno dando cobertura. Era lo mismo que nosotros, como reporteros, queríamos hacer. Horas después, llegaron colegas de Canal 10, La Prensa, y Notimav de Matagalpa. Tampoco los dejaron pasar. “Solo los nuestros van a subir”, dijo el oficial a cargo. En seguida ató un grueso cordón negro en la trocha para impedir el paso. 

Sin embargo, cientos de comunitarios aledaños a la zona del desastre llegaban con sus palas y picos como voluntarios rescatistas. Eran campesinos fibrosos y amables que, con consternación, miraban hacia el monumental macizo tapizado de árboles desnucados por el huracán Iota. Otros hombres bajaban de San Martín a tomar un descanso luego de horas interrumpidas en labores de salvamento. 

Uno de los oficiales a cargo expulsa a los periodistas independientes. Carlos Herrera | Divergentes.

Fue entrevistando a decenas de ellos que logramos construir este relato periodístico. Los oficiales se enteraron de ello y comenzaron a interrumpir las entrevistas. “¡Caminá, caminá que estamos en zona regulada. Sacá tu moto!”, le espetó el oficial a cargo a un campesino. Como los reporteros insistimos en las entrevistas, los oficiales convocaron a cuatro jóvenes y lánguidos oficiales antimotines para alejarnos de la zona, pese a que estábamos a más de cuatro kilómetros de San Martín. 

Los cuerpos que los campesinos, la técnica canina del Ejército y demás rescatistas iban arrebatándole al lodo, eran colocados en la escuelita de la comunidad. Un enfermero en una moto subió con formalina para prepararlos, porque el estado de descomposición fue prematuro debido al estado de los cadáveres. Fue hasta el final de la tarde que ingresaron unos ataúdes a la montaña. Si bien los funcionarios sandinistas trataron de ocultarlos a los periodistas, DIVERGENTES logró grabarlos antes de que bajaran la lona del camión. 

Eran unos ataúdes de tablas crudas que no habían sido cepilladas ni maqueadas. Féretros sencillísimos, urgentes… Fueron sacados del Macizo de Peñas Blancas bajo el mismo secretismo ordenado por el secretario político Pedro Haslam. Escondidos en los camiones fueron llevados a la alcaldía de El Tuma la Dalia, donde los funcionarios municipales trataron de despistar a los periodistas asegurando que “iban vacíos”. 

La presión que la policía hacía sobre los testigos para que no dieran entrevistas, ahora era replicada por funcionarios sandinistas. Le prohibieron a los familiares de las víctimas hablar. Pero algunos familiares sí lo hicieron con DIVERGENTES. Al final, ni el dolor ni las muertes pueden ocultarse, aunque lo pretenda el gobierno Ortega-Murillo o Pedro Haslam en Matagalpa. Como los elementos naturales que provocaron este terrible deslave en el Macizo de Peñas Blancas, son incontenibles y siempre, al fin y al cabo, se conocen y sienten. 

Al final de la tarde del miércoles, una pertinaz brisa –resabio húmedo de Iota– cayó sobre el Macizo de Peñas Blancas. La búsqueda y rescate de los cuerpos fue suspendida. Basiliso Hernández veló a su hija y nietos en su natal Samulali, y la mañana de este jueves la búsqueda fue reanudada en la montaña brumosa. Faltan dos cadáveres por recuperar. Los esfuerzos se concentran en el río cercano a San Martín. La quebrada que atraviesa la ladera sirvió de conducto para que la pesada marejada terracota expulsara a algunas de las víctimas al caudal mayor. Allí, arriba en la montaña, luego de tomar un descanso, Terencio Pérez sigue cavando en el fango en busca de sus “buenos vecinos”. “No sé cómo recuperarnos ni explicarlo. Aquí hay mujeres, niños y conocidos. El luto no se nos va a quitar nunca”, sentencia el pequeño caficultor.

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