La MS13 nunca será una pandilla para las mujeres

La Mara Salvatrucha nunca fue un lugar acogedor para las mujeres: la pandilla controla sus cuerpos, su sexualidad y su comportamiento. A pesar de esto, Flaca dedicó su vida a la pandilla, viviendo según sus leyes y soportando abusos y violencia. Hasta que no pudo más


La llamaremos Flaca porque quería el anonimato. Se considera una mujer dura capaz de aguantar todo: explotación laboral, marginación, violencia intrafamiliar, hambre, desamor y hasta los secos azotes de la Mara Salvatrucha en El Salvador. 

Cuando recibió los trece segundos de golpes ininterrumpidos para brincarse, o entrar, a la MS13 no estaba ni cerca de ser mayor de edad… y aguantó. Quiso que la atizaran, jamás se hubiera permitido ingresar por el llamado “trencito” o sex-in, iniciación exclusiva para las mujeres que consiste en ser penetradas por una sucesión de homies que participan uno tras otro como vagones de tren. 

Más bien Flaca demostró tener ese carácter fuerte, vigoroso e inquebrantable que el imaginario pandilleril exige. No quiso dar “regalos de amor”, como ella los llama, para ser aceptada, eso hubiera significado empezar con el pie izquierdo. Así que se dedicó a mimetizarse: caminar, vestirse y hablar como uno más del barrio, al punto de no tener un aspecto demasiado masculino. Verse “machorra”, con características asociadas a un hombre, no es del agrado de los homeboys, lo que resulta una batalla compleja de lidiar. 

Las homegirls “deben cumplir el mismo rol que el varón” dice Frog, un viejo pandillero, “pero que no se vea varonil”. 

Encontrar ese punto cuesta. 

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Es difícil saber cuántas mujeres hay en la MS13. Según varios diagnósticos académicos pueden representar hasta el 10 por ciento de la pandilla. 

Foto: PNC El Salvador

A los trece años Flaca decidió iniciarse por dos razones: la primera es la misma que dicen la mayoría de los hombres cuando se les pregunta por qué entraron a la pandilla y ésta es el llamado “el vacil”. El vacil es esa diversión de compañeros que se fomenta cuando fuman marihuana juntos, escuchan música juntos, y, por supuesto, pelean juntos.    

La segunda y más personal fue por venganza. Flaca estaba cansada de ver a su padrastro golpear a su madre y por ende ser ella la encargada de sus dos hermanos. Ese repudio combinado con asco la orilló a buscar un espacio en el cual pudiera vindicarse no necesariamente contra su principal enemigo sino contra el mundo. Y lo encontró en la MS13 que para entonces aceptaba sin complicaciones a las mujeres. 

Al terminar su iniciación Flaca recibió su taka o apodo, que tampoco revelaremos. Le inculcaron las reglas básicas del barrio: representar la pandilla en todas partes, controlar la zona y acabar con las chavalas (niñas) término despectivo que usan para referirse a sus enemigos.  

La regla de oro después del brinco es clara: ver, oír y callar. Lo que sucede en la pandilla es de la pandilla y Flaca ha visto y oído mucho. Hasta hoy tiene el arrojo de confesar una parte de su pasado, pero está pávida. 

Tampoco podía negar la pertenencia a la M13, abusar sexualmente o delatar porque podría ser castigada con fuertes azotes de 13, 26 o 39 segundos o hasta la muerte

Todos los líderes, o ranfleros, eran hombres, así que al ingresar a su nueva familia oyó la trillada retórica que promete a las homegirls ser tratadas igual que los hombres. Y ser respetadas y defendidas si alguien se sobrepasa. Discurso que también aclara que, si hay que jalar el gatillo, hay que jalarlo a la par “como cualquier homeboy”. Y Flaca estaba más que preparada para hacerlo.

Pero lo cierto es que no, las pandilleras jamás son tratadas por igual. Desde sus primeros pasos en la pandilla la sobreprotección que de inmediato le brindaron sus compañeros fue un acto fetichista, un cuidado escrupuloso que se obedecía meramente por su virginidad. Esa construcción social adoptada en la pandilla, en el que se le da más valor a una mujer si no ha tenido relaciones sexuales. Muchos hombres ansiaban en la pandilla ese estado y algunos querían arrebatárselo. Querían controlar su cuerpo y su deseo. 

“Me cuidaban tanto que no dejaron que tuviera novio ni nada. Así eran, no permitían que saliera con nadie pues yo era virgen de todas y me crecí con clecha [aprendizaje pandilleril] de ellos que yo tenía que darme mi lugar, sino me enseñarían el respeto a la mala”, arroja Flaca años después mientras sorbe su café. 

Uno de esos que tanto la protegía es actualmente uno de los líderes más importantes de la MS13 y quien además tenía la obsesión de olerle el pelo. El día que éste se enteró que Flaca había perdido su virginidad dejó de hablarle. 

En la pandilla las jerarquías se ganan a base de violencia y respeto. Sin embargo, ganarse el respeto dentro de la MS13 es doblemente complicado para las mujeres. Ellas además de tener que demostrar sangre fría deben imponerse ante los atosigamientos constantes de sus colegas, quienes son los primeros en acosarlas y paradójicamente exigirles que se den a respetar. 

A la vez los homeboys se enojan si sus compañeras no ponen un alto a sus tocamientos. Ellos consideran que entonces eso “les gusta” y no conforme con violentarlas, las culpan. 

Así es la vida ahí adentro y pese a ello, las homegirls aman la pandilla.

Con el tiempo Flaca desarrolló una violencia impasible. Aprendió a defenderse para no dejarse. Matar fue uno de los rasgos más severos y la manera más fácil de mostrar su compromiso con la organización. En particular cogió un odio contra los violadores. Que un hombre abuse sexualmente a una mujer le hace perder los estribos, los mismos que perdió la vez que encontró a un señor abusando a una niña.

“Ese día se me despertó, se me activó el sensor”, recuerda con rencor, “lo subí a una onda como un pedestal. Ahí lo encasqueté y lo amarré. Y le dije a los bichos: ‘Tráiganme el palo de la escoba’. ‘¡No!’, me decían. ‘No’. ‘¡Cállense!’, les decía. ‘Sienta lo que sintió la niña’, le dije al hombre. 

Lo puso en cuclillas y apartó a la niña. 

“Le metí el palo de la escoba en el trasero y le pegué una descuachipada que respetó. Su mismo pito se le metí en la trompa”, dice algo orgullosa.

¿Lo mataste?, se le pregunta.

“Sí”.

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Flaca fue dándose cuenta que las exigencias al interior de la pnadilla eran cada vez más complicadas para ellas, al grado de prohibirles una vida sentimental fuera del grupo. Los homies limitaron a sus compañeras a tener única y exclusivamente relaciones afectivas con miembros de la Mara Salvatrucha y les prohibieron querer a alguien más. 

Ellos consideran que, si las homegirls se relacionan con civiles, o paisas como los suelen llamar, pueden desviar su atención de la pandilla y enamorarlas al grado de desistir y traicionar. Quien osó tener una pareja paisa por “debajo del agua” al ser descubierta recibió una golpiza como correctivo. 

Ese amor exclusivo por los homeboys ha sido interiorizado por las mujeres sin ser conscientes de ello. A Flaca le “cuesta mucho” estar con alguien que no sea pandillero y acepta tener una mayor predisposición por estar con homeboys. 

Lo mismo les pasa a muchas otras pandilleras. Les es casi natural enamorarse de un pandillero, les sucede sin pensarlo. “Tenemos que quedarnos en el barrio como mujeres que somos”, dice una a manera de justificación. Y a pesar de esa predisposición por ellos, ninguna se atreve a denunciar el control, el abuso y la violencia que ellos ejercen sobre sus cuerpos. Para ellas se volvió un estado natural. 

La intromisión en la vida privada de las homegirls llega al grado de restringirles su vida sexual. Les es casi imposible gozar de una sexualidad libre sin estigmatizaciones o condenas. Las demeritan por tener sexo con varios hombres o por no estar comprometidas. 

“No les gustan las mujeres fáciles” dice Flaca, “a mí me prohibían que fuera prostituta. Me decían que me iban a rajar de mi parte (vagina) como un pescado, si hacía algo con alguien”. 

A la vez las señalan de ser “tóxicas”, “putas” o “locas”.

Esos duros señalamientos no la detuvieron ni un poco, tanto así que el día que Flaca se embarazó ni lo esperaba. De pronto se encontró con el dilema de que sería madre y eso no lo quería. 

Ella quería sobre todo a la Mara Salvatrucha, esa pandilla que la excluía.

Flaca la abortada

Abortar fue en lo primero que pensó Flaca cuando se enteró de su embarazo. Tanto ella como los homeboys creyeron que su vida pandilleril se había truncado, que pasaría el resto de sus días encerrada en casa haciendo los quehaceres domésticos, cuidando al niño. Eso significaba privarla de la calle y era lo último que quería. 

En una visita médica le pidió al doctor que le extrajera al niño. No quería hijos, sus batallas estaban en la calle, no en la casa. Su vida eran las dos letras: la M y la S. 

“Los hijos son un estorbo”, se repetía una y otra vez. 

En El Salvador no se puede abortar legalmente y conseguir un aborto clandestino es difícil. Interrumpir un embarazo es un crimen tipificado como “homicidio agravado” que se paga hasta con 30 años de cárcel de acuerdo con el Código Penal

El gobierno salvadoreño es de los pocos en el mundo que ha encarcelado mujeres por tener abortos de manera natural, por interrumpir un embarazo cuando la mujer está en riesgo o por una violación. Tal es el caso de Evelyn Hernández que en 2016 parió un feto muerto resultado de una vejación sistemática por parte de un pandillero y fue sentenciada a tres décadas de prisión. 

Ese machismo se ve reflejado dentro de la MS13 como un espejo de la sociedad. Y existen diferencias entre los pandilleros salvadoreños y aquellos que habían sido brincados (iniciados) en los Estados Unidos. Los deportados habían sido “más dulces con nosotras”, explica Flaca, mientras los nativos eran “más indios”, asegura ella. 

Ante la negativa del médico de practicarle un aborto, Flaca llegó a pedirle a un homie que la golpeara hasta matarle al crío. “Dame riata para sacarme al hijo”, llegó a exigirle, pero nadie se atrevió a matarle el feto a golpes. Quedaba claro que ni la pandilla aplica abortos.

Nada evitó que naciera su primogénito. El 18 de octubre, el día que lo parió se resistía a conocerlo. 

“Llevátelo”, le espetaba a la enfermera. “No lo quiero ver”.

Pero tan pronto sus ojos se clavaron en el rostro de su bebé la ternura la colisionó.  

“Me hice blanda ahí”, susurra años después. 

La dureza de una pandillera se había trastocado.

En ese momento la MS13 atravesaba un momento difícil. El gobierno salvadoreño estaba implementando políticas represivas contra las pandillas que se reflejaban en sus nombres: Mano Dura y Súper Mano Dura. Homeboys y homegirls fueron encarcelados como nunca antes, algunas veces por tener un simple tatuaje o estar reunidos en una esquina.

Flaca resistió los embates de las políticas represivas al tiempo que criaba a su hijo. No dejó ninguna de sus responsabilidades de lado, ni su hijo, ni la pandilla, sorteando con éxito la prisión.

Sin embargo, con los años las cosas se complicaron para las homegirls. Cuando la Mara Salvatrucha se replicó incontrolablemente por El Salvador, el liderazgo quedó en manos de los locales. Flaca dice que la pandilla se volvió aún más sexista y comenzó a cerrarles espacios, empezando con negarles su participación en los meetings o reuniones. Luego les prohibieron la entrada a ciertas clicas. Alrededor de 2005, según la versión de varios pandilleros con los que hablamos, la MS13 les cerró completamente las puertas a las mujeres. 

Flaca permaneció como una sobreviviente.  Para que Flaca saliera faltaría al menos una década 

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Para el 2006 Flaca tuvo su segundo hijo. Como en el primer caso, el padre era de la MS13 eso le afectó la manera de ver a sus hijos, según contó. 

Este segundo nació el 13 de diciembre. El 13 es el número que adoptó la MS cuando se ligó formalmente a los Sureños, un conglomerado de pandillas de California del sur que responden a un grupo criminal carcelario en los EE.UU. que se llama Mexican Mafia. Y Flaca dice sentir un cariño especial por el nacido ese día. 

Por el contrario, el primero nació el 18 de octubre a pesar de los esfuerzos que hizo para que naciera un día antes. Ese es el número del enemigo más grande de la MS13, la 18th Street. Así que para ella ese amor no viene tan fácil, por lo que le celebra el cumpleaños cualquier día que no sea el dieciocho.

Flaca cuenta que al interior de la pandilla experimentó lo más próximo al cariño de pareja, pero no por mucho tiempo. Con uno de los padres llegó varias veces a los golpes excesivos que terminaron en sangre y desvanecimientos. La violencia intrafamiliar siempre estuvo ahí, pero nada la ha alejado de sus hijos. Con ellos firme, siempre firme. 

El abuso sexual está prohibido dentro de la Mara Salvatrucha, pero pocos lo cumplen y Flaca ha sido víctima de este abuso en tres ocasiones. Una de esas sucedió cuando un homie abuso de ella sexualmente delante de otros hombres. Flaca trato de defenderse a golpes, pero a los pocos segundos estaba inconsciente y amarrada a un poste. Ella dice que algunos miembros autorizaron que la ejecutaran pero que en ese momento el homie paró. 

“Antes de eso, nos vamos a divertir con ella”, dijo y comenzó a violarla frente a los demás. 

“Todos vieron que me violó”, recuerda. 

“Son cosas que nadie quiere hablar y que a nadie le importan”, suspira.

En 2008 fue encarcelada. En prisión se percató de que la dinámica entre homegirls era diametralmente distinta a la relación con homeboys. Para empezar, las cárceles para mujeres no eran exclusivas para pandilleras. Compartían espacio con presas comunes con las que tenían buena relación. Y en intramuros las mareras se hacían cargo de todos los hijos de sus compañeras. Los menores de cinco años que vivían con sus madres por disposición legal eran cuidados por ellas.  

“Todas son las tías, sí, aunque no sean del barrio”, arroja. 

Al interior también se dedicó a tatuar a sus compañeras, jamás había explotado ese talento soterrado hasta que en las celdas floreció. 

Foto: AP

Se percató que algunas compañeras hacían una especie de prostitución virtual enviando videos a compañeros de Estados Unidos mostrándose desnudas y masturbándose para recibir dinero. Fue testigo también de prácticas lésbicas de compañeras en las celdas a las cuales ella llegó a acusar con la pandilla. Flaca es dura con ellas, ha reventado a batazos a aquella que ha osado acosarla o insinuarle algo. 

“No me gustan, me da cólera”, afirma.

Ella cree que la mayoría de las homegirls son lesbianas. 

En 2015 esta pandillera dejó el penal y en ese penal quedó mucha de su energía pandilleril. Su amor por la pandilla estaba consumiéndose con celeridad.

Allá afuera, en las calles, la situación ya no fue la misma. Flaca había cambiado, algo en ella ya no se identificaba con la homegirl aguerrida y entregada a la pandilla. En sus adentros aquel motor de la violencia se había oxidado. Lo de ser pandillera ya no le gustó y huyó

Cambiar de banda 

Con tantas heridas y dolores Flaca siempre renegó de Dios, hasta que un día lo interpeló en sus adentros, en sus oraciones retó a Jesús para que apareciera un homeboy que se encontraba desaparecido. Lo condicionó a Jesús Cristo y le reprochó: “si realmente existes, devuélvemelo”. Para su sorpresa el homie apareció. 

Sin embargo, no se entregó a Dios, o por lo menos “no le entregué mi corazón”, dice. 

Aún así ese fue su primer avistamiento de Dios, mismo que le abrió las posibilidades de venerarlo y poco a poco fue acercándose a la religión. Pero ser aceptada en la comunidad cristiana costó. Durante sus primeros días en el templo la gente huía de ella. 

“Cuando yo fui a una iglesia solo de visita, me senté en una banca, se quitaron todos de la banca”, dice.

Por eso terminó congregándose en una iglesia de pandilleros convertidos “porque no en todas las iglesias nos ven bien”.

La idea que le habían vendido sus homies de que estarían ahí para siempre, no se cumplió.

“Me quedé sola por servirle a ellos”, concluye con desgano.

Fue hace tres años, y después de salir de la cárcel y sin permiso de nadie, que se alejó de la pandilla para encontrar cobijo en Dios. La llamaron desde el penal para saber si era cierto el rumor que corría sobre su decisión. Le preguntaron si era sister, si realmente había dejado a la pandilla por las cosas de Dios, como dicen ellos. 

“Sí”, les dijo. 

Pero seguían preguntando. 

“Unos me dieron ánimo y me desearon lo mejor y dijeron que era mejor a que me volteara y otros me dijeron que era cobarde”, explica muchos años después en el 2021, cuando hablamos con ella. 

Estaba firme y desde entonces decidió cholerear, o servir a Dios.

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Como en la MS13, las iglesias evangélicas de expandilleros son en su mayoría integradas y dirigidas por hombres. Y desde el primer momento Flaca entendió que no importa si se movía de un bando a otro, su condición no iba cambiar. 

En su congregación, por ejemplo, es la única mujer. Cuenta con un pastor como líder espiritual, algo parecido al ranflero que lideraba su clica, sólo que ahora la encamina por los pasos del bien. Acude al culto lunes, miércoles y viernes; si por alguna razón no asiste le reprochan, le dan una especie de falta y le dicen que no tiene compromiso.

Foto: AP

Ya no fuma ni toma. Y dice que no tiene sexo. Explica que no quiere marquear, o fallarle a Dios. Le gusta resumir que la vida de un marero convertido “es como si fueras prácticamente un homeboy, pero sin derecho a nada”. Pues un pandillero convertido renuncia a los placeres, a los ingresos ilícitos, pero sigue estando bajo el control de la pandilla.  Te miran y examinan buscando que no des un paso en falso para darles razón de que te ejecuten. 

“Lee la biblia y quédate callada”, es como Flaca describe la vida de una pandillera cristiana.

Foto: FB

Sin embargo, la iglesia le ha dado la oportunidad de profesionalizarse un poco, de asistir a reuniones de liderazgo, seminarios y estudios de teología para tener más competencias. Pues al día de hoy se parte todos los días el lomo en trabajos explotados para sacar a sus hijos adelante. 

Como madre soltera solo tiene su esfuerzo como moneda de cambio. Pero no es fácil que la empleen, y no solo porque fue pandillera o porque es mujer, sino porque la mayor parte de su vida se la dedicó a la pandilla sin prepararse académicamente. Quiere que sus hijos estudien y por eso no le importa tomar trabajos extenuantes de repartidora, cargadora o empleada domestica para llevar el sustento.

Esa disciplina desde la fe también exige obediencia y constancia, por ello debe hacer caso de cómo vestir según la tradición bíblica. Debe llevar falda larga, no exhibir demasiada piel, pero tampoco ocultarla con maquillaje; mostrarse al natural sin joyas o adornos. El control de su cuerpo pasó de una institución a la otra.

Así la sociedad, más que su pastor, estará satisfecha con su cambio espiritual, pues la gente exige que la transformación de un pandillero sea tangible. Por eso Flaca desde que se sumó a las “cosas de Dios” se expresa con mayor formalidad al hablar y al dirigirse a las personas. Hizo suyas ciertas posturas morales. Hoy, por ejemplo, defiende el derecho a la vida y rechaza el aborto.

Aún así se considera una mujer más espiritual que religiosa, pues a pesar de que forma parte de una iglesia evangélica hay cosas que no le gustan y no entiende. No entiende, por ejemplo, por qué hay que salir a dar la palabra de Dios a gritos y con megáfonos. 

Tampoco comprende por qué los cristianos suprimen las muestras abiertas de afecto y cariño. Califica a la iglesia cristiana de dura y conservadora en esos temas. Y no le gusta.  Se auto considera una “revolucionaria” tanto en la religión como en la pandilla.

No se viste a cabalidad como lo marca los cánones pues no ve nada de “malo” en llevar las cejas y las pestañas pintadas. Su espiritualidad va más allá de las tradiciones.

Cuando comete un atropello o se acelera consulta la Biblia y encuentra consuelo. El cristianismo se ha convertido en un paliativo para su ira.

En su vida diaria hay solo dos rutas: trabajo-casa o iglesia-casa. No más. Ya no se mete con nadie y no quiere saber nada de la pandilla. Todo lo que llega a sus oídos es porque se lo contaron, porque es imposible no enterarse cuando se vive en un barrio dominado por la Mara Salvatrucha. Pero ya no se involucra en nada. Ya no quiere.

Está atrapada entre dos mundos que desde lejos se miran dispares, pero que se asemejan en sus adentros. Ambos grupos a los que ha pertenecido siempre le exigieron adquirir conductas por su condición de mujer. Hoy tiene miedo de morir, pero sobre todo que le pase algo a sus hijos, que llegue la pandilla, los ejecute y se los entregue a Cristo. 

Ha llegado a la dolorosa conclusión de que su vida ha sido una mala inversión. Está arrepentida de casi todo su pasado, de lo que fue y de lo que hizo; de la transformación que sufrió por un puñado de homies que le vendieron la idea que estarían ahí para siempre. Pero no estuvieron y no están. Hoy está sola amarrada únicamente a su fe.