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Manuel Orozco: “A Nicaragua no le conviene un diálogo bajo las condiciones de Ortega”

Vista del sitio donde se realizó el diálogo nacional en 2018. EFE | Archivo

Desde antes de las elecciones sin competencia del pasado siete de noviembre, la invitación a un nuevo diálogo en Nicaragua salió del mismo régimen sandinista. En octubre, tanto Daniel Ortega como el diputado sandinista Wálmaro Gutiérrez, presidente de la Comisión de Producción, Economía y Presupuesto de la Asamblea Nacional, hicieron un guiño a los empresarios para participar en la posible negociación. Sin embargo, el analista del Diálogo Interamericano, Manuel Orozco, advirtió que previo a un encuentro, el régimen Ortega-Murillo debe liberar a los presos políticos y ser incluyente con todos los sectores… de lo “contrario a Nicaragua no le conviene participar de esta convocatoria”. 

“Cualquier convocatoria de reunión de manera unilateral de parte del gobierno será un monólogo y un intento más de coaccionar a los nicaragüenses a ser subordinados por la fuerza”, dijo Orozco. También instó a buscar un “mediador internacional experto”, dado que, considera, la iglesia “no está preparada”. “Además, el gobierno pocas veces ha entrado en diálogos porque Daniel Ortega es un tipo transaccional que no dialoga, sino que interpela a quienes le pueden dar algo a cambio bajo sus términos”, alertó. 

El analista Manuel Orozco. Cortesía.

Esas son especulaciones. Pero así es. A Nicaragua no le conviene ningún diálogo a menos que cumplan dos condiciones: primero, que se libere a los presos políticos, incluyendo eliminar las acusaciones, así como restaurar los derechos constitucionales que han sido suspendidos. Segundo, ser incluyente, que participen los interlocutores y que sean ellos los que participen mano a mano en definir la agenda del diálogo. Diálogo no es negociación, sin embargo, cualquier convocatoria de reunión de manera unilateral de parte del gobierno será un monólogo y un intento más de coaccionar a los nicaragüenses a ser subordinados por la fuerza.

¿Para qué dialogarán: la salida de Ortega o considera que hay otros puntos?

No. El propósito de un diálogo tiene que partir desde términos constructivos. Un diálogo para resolver la crisis. No hay diálogo al pedir la salida de Ortega. Eso sería una confrontación en medio de la represión. Es una cuestión más compleja. Pero el diálogo es un instrumento de identificar los puntos de acuerdo y desacuerdo, fijar soluciones posibles, compromisos, abrir puertas de manera recíproca. El punto es que el diálogo es la antesala a cualquier esfuerzo posterior.

¿Quiénes podrían dialogar? ¿Diálogo entre cúpulas? El PLC no goza de confianza, la sociedad civil la han descabezado, muchas organizaciones de estudiantes están en el exilio y otros presos…

No. Por eso es importante sacar a los prisioneros primero. Hay una percepción errónea de que aquí lo resuelven las cúpulas. El punto empieza por la liberación de los presos y dos, ser incluyente.

¿Por qué dice que hay una percepción errónea del acuerdo entre cúpulas, cuando Ortega se sentaba con el COSEP, Carlos Pellas, Ortiz, Terán?

También se sentaba con la Iglesia católica, con el PLC. Se ha sentado con todos. El tema es que el uso de cierto lenguaje puede implicar algo que no existe. En este momento no hay tal ‘cúpula’, hay un descabezamiento de la oposición, la sociedad civil y el sector privado. Hay que empezar por restaurar esa injusticia, antes de hablar de diálogo. Ese es mi punto. 

Se conoce que el diálogo ha sido una estrategia de Ortega para ganar tiempo, ¿qué sería lo diferente en esta ocasión? Es decir, Ortega puede volver a sentarse y no cumplir.

La Iglesia no está preparada. Falló en el diálogo anterior. Es importante contar con mediación internacional experta. Pueden ser la OEA, los noruegos, incluso expertos dentro del SICA.

Concretamente, ¿qué acuerdos le convienen a Nicaragua luego de más de 3 años de la crisis sociopolítica y de las elecciones catalogadas como “ilegítimas” por la comunidad internacional?

La situación de Nicaragua requiere de acuerdos de corto y largo plazo, de manera tal que se abordan en diferentes tiempos y espacios políticos, el deterioro drástico del país. Los acuerdos que resulten de una negociación precedida por un diálogo que muestre compromisos de cumplimiento y confianza mútua, como la restauración plena de derechos civiles y políticos de los nicaragüenses, incluyendo de quienes tienen acusaciones, estén o no en prisión y la inclusión de los interlocutores que han participado en el diálogo nacional de 2018 y las negociaciones de 2019.

En materia de corto plazo, de implementar en un período de seis meses, incluyen: revisión del acuerdo de marzo 2019 para su cumplimiento pleno, reactivación económica y mejora de salud, reformas electorales, garantía para el retorno de exiliados, refugiados, asilados y otros migrantes.

A largo plazo habría que considerar el adelanto de elecciones nacionales presidenciales, acordar un nuevo contrato social que considere un modelo político y económico incluyente, la reintegración de la población migrante, incluso una reforma estructural del sistema de justicia. Este trabajo requiere primero, de cambiar el balance de poder entre el gobierno y la sociedad; segundo, de permitir tener una agenda incluyente y representativa de todos los sectores; tercero, que cuente con la intermediación internacional que cree mecanismos de verificación, simetría y calendarización.  

De otra forma Nicaragua continuará en el camino de los pactos, sin diálogos incluyentes. El régimen de Ortega pocas veces ha entrado en diálogos porque Daniel Ortega es un tipo transaccional que no dialoga, sino que interpela a quienes le pueden dar algo a cambio bajo sus términos.  De los acuerdos principales que ha participado Ortega, el diálogo no le ha favorecido, por eso ha optado por imponer su agenda con transacciones que incluyen cuotas de poder o favores políticos y económicos, como los que le ha otorgado a la Iglesia Católica, al gremio empresarial y a los partidos políticos (PLC) en varios momentos después de 1990.  El 2022 será otro punto en la historia y aunque sus actores en la oposición podrán ser los mismos, su compromiso con la democracia es mayor que en otros momentos, en parte por las lecciones aprendidas del desastre que causaron los pactos.

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