Represión y muerte: así fue la masacre de Masaya bajo las huestes de Daniel Ortega

DIVERGENTES y NICARAGUA INVESTIGA reconstruyen en tres historias cómo ocurrió el levantamiento popular en Masaya, la feroz Operación Limpieza y la huída de algunos habitantes. La construcción y el análisis de una base de datos, contrastada con familiares de las víctimas e información de organismos de derechos humanos, expone el resultado de la represión sandinista: 34 víctimas mortales. Sus muertes siguen impunes “¿Será que ellos van a quedar como cualquier animal que hayan matado? No se puede borrar eso”, reclama la madre de una de las víctimas.

Masaya
Ilustración: Divergentes

Las marcas de los disparos están regadas por toda la ciudad. En casi todas las esquinas, en los postes, en los muros. Esos orificios forman parte del conjunto urbano de Masaya, una de las ciudades más castigadas por la represión del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en 2018. Aunque estén ahí, estampados como el brutal ejemplo de una violencia para la que nunca se está listo, es mejor disimular no verlas. La represión dejó una estela sangrienta: 34 personas asesinadas.

Entre junio y julio de 2018 la dictadura ejecutó la llamada Operación Limpieza con el fin de desmontar los focos de resistencia que se extendían en varias ciudades de Nicaragua. Uno de los centros urbanos más golpeados por esa ola violenta fue Masaya. Muchos de los ciudadanos asesinados cayeron mientras defendían las barricadas en sus barrios, la gran mayoría de ellos con piedras, tiradoras y bombas artesanales.

Una base de datos realizada por DIVERGENTES y NICARAGUA INVESTIGA detalla por primera vez que en Masaya fueron asesinadas 34 personas en el contexto de las protestas cívicas de 2018. La información fue contrastada con familiares de las víctimas, informes de organizaciones de derechos humanos y las publicaciones que realizó el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) y el Museo de la Memoria de la Asociación Madres de Abril (AMA).

El número puede ser mayor si sumamos los nombres de ocho ciudadanos que fueron reportados por varios medios de comunicación como asesinados. Sin embargo, en la búsqueda de información y de cruce de datos que realizó DIVERGENTES y NICARAGUA INVESTIGA no se logró encontrar a familiares de estas víctimas o información que confirmaran su muerte. La cifra también puede aumentar si agregamos los nombres de las víctimas que permanecen en el anonimato porque así lo han querido sus familiares. Para efectos de este reportaje, la cifra reflejada será 34. Si algún allegado tiene detalles sobre la muerte de su ser querido y quiere compartirlo hemos habilitado un correo para recibir la información: [email protected]. Todos los datos compartidos serán manejados de forma confidencial.

Durante dos meses viajamos a la ciudad de Masaya para reconstruir a través de tres historias el génesis de la rebelión, la Operación Limpieza y la resistencia que mantienen los ciudadanos que todavía habitan este pueblo. Uno que, aunque está sometido al estado de sitio policial, continúa con el orgullo intacto.

I. Una ciudad se rebela

Protestas en Masaya
Las reformas al Seguro Social fueron el detonante de las protestas en Nicaragua. En Masaya los ciudadanos levantaron más de mil barricadas para protegerse de los saqueos y de los ataques de paramilitares. La unidad entre los habitantes de los distintos barrios fue fundamental para la resistencia. Carlos Herrera | Divergentes

María Melania Putoy no tiene paz. A sus 60 años sabe que no la tendrá hasta que encuentre justicia. Su hijo, Jasson Ricardo Putoy fue asesinado la noche del tres de junio de 2018, a casi tres meses de que iniciara el estallido social que tambaleó al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. 

Jasson fue uno de los miles de nicaragüenses que salieron a protestar contra un régimen que reveló su rostro más represivo. Mientras él y su grupo de amigos cargaban piedras, y en algunos casos bombas artesanales, la Policía Nacional les respondía con balas y armas de alto calibre. Su muerte ocurrió por un disparo en la ciudad de Masaya, uno de los focos de resistencia más aguerridos del país.

Tenía 22 años cuando fue asesinado por un disparo certero en el tórax. Se dedicaba a la confección de zapatos. En mayo del año de su muerte le llevó tres pares a su madre como muestra de su trabajo. “Era alegre, muy popular. Le gustaba siempre andar con sus amigos y ver partidos de fútbol en la televisión”, relata María Melania.

Jasson es uno de los 13 jóvenes entre las edades de 19 y 29 años que fueron asesinados en Masaya. La mayoría de las víctimas en este rango murieron producto de un disparo a su cuerpo mientras protestaban o permanecían en las barricadas en la ciudad.

Jasson Putoy, Masaya
Jasson Putoy era un artesano de 22 años. Al igual que muchos jóvenes en Masaya se unió a las protestas porque estaba en desacuerdo con las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Fue asesinado el tres de junio de 2018 | DIVERGENTES y Nicaragua Investiga.

“El primer día –18 de abril de 2018– él me dijo que no le gustaba que golpearan a los ancianos. Me decía que él tenía que pelear por ellos, por su abuelo”, agrega María Melania en su casa localizada en un barrio de Masaya. 

Las protestas iniciaron ese día en varios departamentos del país tras el anuncio de una reforma a la Seguridad Social que elevaría los años de cotización para acceder a las pensiones en Nicaragua. Un grupo de ancianos salieron a las calles de León para exigir el fin de la medida, pero terminaron agredidos por fuerzas de choque del partido.

En el país se les conoce como “turbas” y están compuestas por integrantes de la Juventud Sandinista y paramilitares. Las escenas grabadas por celulares y compartidas en tiempo real en la red enfurecieron a centenares de jóvenes. La represión provocó que miles se sumaran a las manifestaciones que exigían el fin de un régimen. Jasson fue uno de ellos.

Pero la furia no bastó. En seguida, los grupos irregulares dispararon sin miramientos contra la población. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) calcula que 355 personas fueron asesinadas en el marco de las protestas, según apunta la última actualización que realizó el organismo a finales de 2021. 

Las incursiones de paramilitares iniciaron desde junio, cuando la Policía se encontraba acorralada por los ciudadanos organizados. Eran tiempos en los que los nicaragüenses apenas dormían. El tres de junio ocurrió uno de esos ataques realizados por los militantes sandinistas, con el fin de preparar el terreno para lo que sería la Operación Limpieza un mes después.

La madre de Jasson Putoy atiende una pequeña pulpería en Masaya. Cuatro años después del asesinato de su hijo, continúa exigiendo justicia | Divergentes y Nicaragua Investiga.

“Hubo un tiroteo, y como madre uno siente. Ya me avisaba mi corazón que algo pasaba. Llamaron a una de mis hijas, luego me llamaron a mí. Me dijeron que estaba herido, yo pensaba que solo estaba herido, pero todos sus amigos me lo trajeron colgando. Lo acostaron en el piso, ya venía sin vida. No había nada que hacer. Fue por el tórax”, asegura María Melania a casi cumplirse el cuarto aniversario del ataque. 

Desde entonces, el régimen ha ajustado las tuercas de la represión para garantizar su permanencia en el poder por más tiempo. La última consistió en arrestar y procesar penalmente a siete aspirantes opositores y decenas de activistas, analistas, empresarios y ciudadanos críticos. 

Tras haber ejecutado unas elecciones sin competencia el pasado siete de noviembre, Ortega y Murillo han seguido con su cruzada contra todos aquellos que se atrevan a retar su poder. La radicalización ha sido total.

Durante su discurso de toma de posesión, el 10 de enero, Ortega dijo que iniciaba una nueva etapa. Una en la que se impondría el “borrón y cuenta nueva”, todo con el fin de “devolverle al país la buena marcha que llevaba antes de 2018”. Es decir, el espejismo de la estabilidad económica a expensas de las libertades públicas por medio de pactos y negociaciones con el gran capital.

“Yo misma me hago la pregunta: ¿será que esto se va a quedar así?, ¿será que ellos van a quedar como cualquier animal que hayan matado? No se puede borrar eso. Una madre no va a aceptar lo que dice Daniel. Yo creo que eso no se puede quedar así aunque él lo diga tan fácil”, dice María Melania.

La madre pasa los días al lado de los dos hijos que viven con ella. En la casa opera una pequeña venta de productos básicos para el hogar. En realidad, sus días transcurren de forma plana y serena entre la cocina y las labores de su casa. Si no le hubieran matado a su hijo, podría estar viviendo un retiro apacible, lleno de paz. 

Lo cierto es que la calma no llegará a ella hasta que se pueda aclarar el crimen contra su hijo. Con el paso de los años el dolor no se olvida, solo se convierte en algo más llevadero. “Hay momentos en que yo caigo como en una depresión porque me acuerdo de todas las cosas de él. Me acuerdo de los momentos que pasaba tranquila, que pasaba con él alegre. Es como si hubiera sido ayer”, asegura.

II. La resistencia en Masaya

Darwin Potosme, Masaya
Darwin Potosme perteneció a la Policía Nacional hasta 2012. Decidió abandonar la institución policial porque representaba mucho peligro y no quería que su madre se preocupara de más. Fue asesinado en 2018 por un francotirador cerca del parque central de Masaya | Divergentes y Nicaragua Investiga.

En 2018 Masaya era una mezcla de fatalidad y belleza. La marimba y los bailes sonaban en medio de las barricadas, las balaceras y las bombas de contacto. Las viejas leyendas de vírgenes y santos protectores surgían a montones, como quien busca a algo a qué aferrarse. La resistencia fue tal, que al régimen le llevó varias semanas acceder al corazón de aquella rebelión, a un barrio indígena que lleva el nombre de Monimbó.

Ese nombre quedó inmortalizado en la historia de Nicaragua por la bravura de la gente que ahí nace. Hace más de cuarenta años, los padres y abuelos de muchos de los jóvenes que salieron en 2018 se enfrentaron a una cruenta dictadura que gobernó por décadas el país. Los sandinistas eran quienes luchaban para liberar al pueblo del dictador de aquellos años, y todo Monimbó se desbocó a las calles para acompañar a la guerrilla urbana que luchó contra la Guardia Nacional, el ejército de la familia Somoza.

Por esta razón, muchas cosas se activaron en la memoria de María Andrés Escobar cuando en las calles empezó a ver las bombas de contactos hechas en Masaya, y cuya receta se convirtió en un conocimiento codiciado, tal como antes. “Yo ya había vivido esto en el 79”, dice desde su casa, localizada en el barrio de origen indígena. “Yo me sentía con mucho dolor al ver las muertes. Cuántos muchachos van a morir por esta desproporción de armas”, se preguntó al inicio de las protestas.

Su hijo Darwin Ramón Potosme sería uno de los asesinados el 18 de junio de 2018.

María Andrés es enfermera, así que el primer pensamiento que tuvo cuando le dispararon a su hijo fue que se podría curar, que no sería algo tan fatal como la muerte. Ella se quería aferrar a eso. Un grupo de jóvenes la llamaron para que fuera a reconocer al “comandante Fafo”, como era llamado en la lucha.

“​​Yo no quería reconocer que mi hijo estaba muerto, para mí mi hijo estaba vivo y cuando llego, veo a un montón de gente corriendo en la camilla de la Cruz Roja”, recuerda.

La madre trató de recomponer las facciones de su rostro, que quedaron desfiguradas producto del impacto de la bala. Fue directo a la cabeza, con una precisión que ella cree que solo la puede tener un francotirador. Tiraron a matar. El régimen mostraba no tener interés en contener las protestas, sino en extirparlas, en eliminar a punta de plomo la disidencia sin importar el cúmulo de cadáveres que dejara a su paso.

María Escobar, madre de Darwin Potosme, exige justicia por el asesinato de su hijo. Durante los últimos cuatro años ha sido acosada por la Policía Nacional. El 12 de abril de 2022 oficiales intentaron allanar su casa sin argumento alguno | Divergentes y Nicaragua Investiga

El “comandante Fafo” fue uno de los 17 ciudadanos, entre las edades de 31 a 60 años, que fueron asesinados en Masaya durante las protestas cívicas de 2018, según la base de datos desarrollada por DIVERGENTES.

“Yo comencé a prepararlo, a meterle algodón para que no quedara desbaratado. Ya después me dice mi cuñada que fuéramos a ver dónde lo íbamos a enterrar”, agrega.

Las fuerzas del régimen lanzaron en esos días una ofensiva para someter la ciudad con el fin de liberar al comisionado Ramón Avellán, que en ese tiempo era el jefe policial de Masaya. También para que Ortega pudiera realizar las celebraciones previas al 19 de julio, el día de la Revolución Popular Sandinista.

El operativo inició en Ticuantepe, un municipio cercano que mantenía un tranque que cerraba el acceso hacia la carretera a Masaya. Los pobladores respondieron con lo que tenían a su alcance para dispersar a las fuerzas del régimen. La mayoría usaron piedras, hondas, lanza morteros y bombas de fabricación artesanal. Pero el arsenal de los policías y paramilitares era muchísimo más letal. 

Darwin salió a las calles como lo hicieron miles de jóvenes que, como él, estaban enojados por la reforma a la Seguridad Social que recetó el régimen. Él no quería que su madre pagara con más años de cotización la ansiada jubilación. Montó varias barricadas por toda la ciudad y se encargaba de recopilar víveres, enseres y alimentos para las personas que estaban en las barricadas. 

“Quería otra Nicaragua. ‘Yo voy a defender esto’, era lo único que me decía cuando yo le mostraba mi preocupación”, relata María Andrés.

Darwin se dedicaba a la confección de zapatos en un taller artesanal de la ciudad. Tenía estudios en Computación, pero tras la muerte de su padre, en 2005, entró a la Policía Nacional con un amigo. Su madre vivía preocupada por él, pues temía que le pasara algo.

Una vez lo enviaron a un operativo sorpresa en Rivas, a una misión de la cual no tenía idea de lo que podría enfrentarse, pero que consistía en capturar a unos narcotraficantes. Salió ileso, pero convencido de que corría mucho riesgo. Renunció a la institución en 2012 para dedicarse a la artesanía y al fútbol, sus principales pasiones. Además de hacer zapatos, Darwin pintaba cuadros.

Los amigos de “Fafo” lo recuerdan como un obsesionado por el fútbol. Era excelente jugador en la categoría libre, en Masaya. Todos los domingos jugaban en el campo del colegio Salesiano | Divergentes y Nicaragua Investiga.

Durante las protestas, María pasaba la mayor parte del tiempo pensando en su hijo. Admite que le daba algo de confianza la preparación policial que tenía. Sentía que eso le podría dar algún margen de experiencia frente al peligro. Pero ningún conocimiento lo protegió de las balas de los grupos paramilitares. Darwin no portaba armas. Lo más común eran unas bombas de fabricación artesanal. 

En aquellos días, solía llevar a la casa bolsas repletas de alimentos que le donaban las personas a quienes estaban en las barricadas. Llegaba a la casa y le pedía a su mamá que le hiciera platillos para regalarlos a otros compañeros que tenían más dificultades.

Cuatro años de aquellos eventos no han frenado las lágrimas de María, que salen de sus ojos cada vez que recuerda a su hijo. Lo que más tiene es tiempo. Con su reciente jubilación, pasa los días al lado de sus dos hijas mientras atiende una modesta venta de nacatamales (una masa con cerdo, arroz, papa y otros ingredientes envuelta en una hoja de plátano, muy popular en Nicaragua). No pudo contener la furia cuando escuchó las palabras de Daniel Ortega, el pasado 10 de enero, al asegurar que en el país se impondría “borrón y cuenta nueva”. 

“Eso no tiene cabida, porque nuestros hijos no son cualquier cosa. No es algo que puedan borrar a su antojo”, afirma la madre.

III. Huir para salvar la vida

Berta vive lejos de Masaya. Aunque está “fuera de peligro” porque en el barrio nadie sabe quién es, a veces tiene miedo de que el régimen la encuentre y la capture | Divergentes y Nicaragua Investiga.

Tuvo que pasar más de un mes para que Masaya fuera tomada por el régimen. Un mes de muerte, dolor y heridos. Un mes en el que todos los implicados en las protestas enfrentarían persecución, si la ciudad caía. Todos, sin excepción. Incluso los que se limitaban a realizar labores humanitarias y de salvamento. 

Berta cayó en cuenta de la gravedad de la situación cuando no podía atender heridos, porque las lesiones eran tan graves, tan peligrosas, que su puesto médico localizado en la casa de un familiar no era suficiente. No eran simples suturas, puntadas, charnelazos, rasguños o quemaduras leves. Eran heridas en la cabeza, en el pecho, en la espalda. Lesiones que ameritaban la urgencia de un hospital y un cirujano.

“Nunca voy a olvidar cuando llegó un herido con un disparo en la cabeza. Me quedé… Solo alcancé a decir que no podíamos atenderlo. Podíamos empeorar su situación. Hasta el día de hoy no sé qué pasó con él”, relata Berta, aunque claro, ese no es su nombre verdadero. Accedió a contar su historia bajo anonimato, con el temor que tienen los ciudadanos que todavía siguen en una Nicaragua en dictadura. 

“Ese día también vi a dos heridos de gravedad que yo les dije que se escapaban de nuestras manos”, continúa la exbrigadista, quien confirma que estuvo presente cuando llevaron el cuerpo de Junior Steven Gaitán Hernández, un adolescente de 15 años, al puesto médico que operaba en la casa cural de la Iglesia San Miguel.

De acuerdo a la base de datos de DIVERGENTES y NICARAGUA INVESTIGA, Junior fue uno de los cinco menores de edad que fueron asesinados durante las protestas cívicas de abril. El adolescente de 15 años estaba en secundaria, le gustaba jugar fútbol y trabajar con su papá en un taller de bicicleta.

“Yo llegué ese día a pedir medicinas. Y de repente vi que los demás muchachos metieron a un herido. Cuando nos acercamos para verlo tenía la cara cubierta con un trapo. En su abdomen había un orificio circular. Ya no respiraba. Su mamá llegó a reconocerlo y esos gritos los tengo en mi memoria hasta ahora. Fue terrible”, recuerda.

Berta se unió a la protestas como brigadista. Tiene varios conocimientos de primeros auxilios que brotaron al ver la represión. Primero convirtió su casa en un lugar de acopio de medicinas e implementos farmacéuticos, pero luego fue tanto que decidió que lo mejor era ir en busca de los heridos y no esperar a que ellos llegaran.

El 18 de julio de 2018 hubo tres entierros en Masaya. En la imagen un grupo de ciudadanos carga el ataúd de una de las víctimas que fue asesinada durante la Operación Limpieza. Los paramilitares vigilan el paso del féretro por las calles de la ciudad. Foto: Carlos Herrera | Divergentes.

Con un grupo de voluntarios iban a las plazas y a las iglesias, los lugares en los que los heridos iban a curarse. La Iglesia católica abrió las puertas de los templos con el fin de asistir de manera humanitaria a los lesionados por la represión.

Los ataques se intensificaron a medida que se acercaba julio. En esos tiempos fue que Berta notó el cambio de lugares en las heridas, y supo que muchos de ellos simplemente se salían de sus manos. El 16 empezaron a correr rumores de que las fuerzas paramilitares entrarían en los últimos bastiones de la resistencia. El 17 ya estaban en las calles en una cruenta embestida contra la población. Ese día Berta y su familia sabían que tenían que huir para salvar sus vidas.

“Desde la mañana escuchábamos que la maquinaria iba a quitar los tranques”, relata la mujer. Su casa, como la de muchos opositores y voluntarios estaba marcada. Una de sus vecinas simpatizantes del partido la señaló con el dedo cuando entraron las fuerzas sandinistas al barrio.

Tuvo que saltarse el muro de su casa para caer en otra propiedad en la que también se refugiaban varios jóvenes. Pero los paramilitares también avanzaban hacia esa vivienda. Como si se tratara de jugar al gato y al ratón, Berta regresó a su casa. Después, decidió abandonar el lugar con la ayuda de unas señoras que caminaron entre las calles del pueblo con víveres.

Antes de su huída, tuvo que desaparecer todo el puesto médico. No podía dejar “evidencia”, aunque se tratara de una tarea de labor humanitaria. El régimen de Ortega y Murillo no permite tampoco eso. 

La Operación Limpieza terminó con imágenes desgarradoras como el video en que aparece un hombre llamado Marcelo Mayorga, encima de un charco de sangre y al lado de una tiradora. Fue abatido en el feroz ataque. En las imágenes su esposa está increpando a los antimotines que, en la esquina del lugar en el que cayó, miraban sin hacer nada. 

Berta miró este video una y otra vez. Recordó a cada persona que atendió durante el tiempo en que sirvió como paramédica voluntaria. No lograba procesar la crueldad de un Gobierno para sostener su poderío. Mientras caminaba con las señoras que cargaban víveres, lloraba de forma disimulada pero con mucha impotencia.

De las 34 víctimas mortales registradas en Masaya, al menos cuatro eran oficiales de la Policía Nacional, una trabajadora del Estado y el resto civiles que protestaban en contra del régimen Ortega Murillo.

Todos las víctimas fallecieron entre los meses de abril y julio de 2018. Más allá de esa fecha no existen datos que reflejen otros muertos en el contexto de las protestas de ese año. De los 34 asesinados 12 son originarios del barrio indígena Monimbó.

Berta logró salir de la ciudad sin que los policías, simpatizantes sandinistas y los paramilitares la reconocieran. Otros vecinos abandonaron sus puestos en las barricadas y bajaron hacia la laguna de Masaya para huir del cruel ataque. Ese 17 de julio fueron asesinadas cinco personas: dos adultos, dos jóvenes y un adolescente de 15 años.

“Salimos a la carretera y no regresamos a Masaya en mucho tiempo”, dice Berta casi cuatro años después de esa huída. “En el pueblo se quedó mi mamá, mis primos pequeños, mis tías. Las acosaron, fue horrible”, relata.

Berta no vive en Masaya. No puede porque teme que sus vecinos la denuncien, tal y como ha ocurrido con algunas presas políticas de esta ciudad que fueron arrestadas por el régimen sandinista hasta cinco meses después de que regresaron a sus casas. Eso sí, visita de vez en cuando a su familia pero tiene cuidado de no estar mucho tiempo en la casa o en las calles.

Berta no es la única habitante de Masaya que salió de la ciudad para resguardar su vida y libertad. Otros habitantes se marcharon al exilio por temor a represalias por haber participado en las protestas ciudadanas | Divergentes y Nicaragua Investiga.

En Monimbó el estado de sitio policial es constante. Al menos cinco patrullas hacen recorridos en todo el barrio y la ciudad. Hay retenes en las entradas y salidas principales. Y los simpatizantes sandinistas continúan con su labor de vigilancia para evitar que los brotes de resistencia se multipliquen.

Aunque la presencia policial y paramilitar es constante, los masayas se las han arreglado para continuar resistiendo. A veces explotan bombas en un determinado punto de la ciudad sin que nadie sepa quién lo hizo. También hacen pintas en las calles que demuestran que el pensamiento crítico no ha muerto.

“Caminar en Masaya no es como antes. Hay mucha tensión por la Policía, pero muy en el fondo los propios oficiales saben que no pueden doblegar a Masaya. Creen que tienen el control, pero nos damos cuenta que no gobiernan”, finaliza Berta.

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