México: De refugiada a trabajar por quienes buscan protección

Casi tres años después de su llegada a México, Gabriela Pérez Guerra ha logrado comenzar junto a su pareja una vida en el país norteamericano. Ahora trabaja en una organización que vela por el bienestar de los refugiados. En 2018 huyó de Nicaragua, especialmente de su trabajo en el Ministerio de Gobernación.

Gabriela Pérez Guerra (39 años) llegó a México en octubre de 2018 buscando estabilidad emocional.

Gabriela Pérez Guerra (39 años) llegó a México en octubre de 2018 buscando estabilidad emocional. Ella, que hasta 2016 había trabajado en el Ministerio de Gobernación bajo el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, decidió participar en todas las manifestaciones que estallaron dos años después para exigir el fin del mandato del exsandinista y que fueron brutalmente reprimidas. Cada ataque de las huestes de Ortega a las manifestaciones la fue partiendo internamente, hasta que debido a la violencia que presenció dejó de comer, dormir, tenía miedo. “Fue un golpe emocional fuerte”, comenta desde Ciudad de México, donde ahora habita con su esposo. “Mentalmente estaba perdiendo la batalla. Lo más duro fue el día que incendiaron la casa del barrio Carlos Marx (donde murió calcinada una familia)”.

Ese hecho, ocurrido el 16 de junio de 2018, fue denunciado por organismos de derechos humanos como un ataque de “grupos parapoliciales” protegidos por la Policía. En el siniestro fallecieron cuatro adultos y dos menores. La tragedia conmocionó a Nicaragua y para Pérez Guerra y su esposo marcó el inicio de su exilio. Salieron a finales de septiembre desde el norte de Nicaragua rumbo a Honduras y luego a El Salvador, hasta que tomaron la decisión de buscar refugio en México. “Es el lugar más largo que había. Lo que buscábamos era estabilidad emocional. Salir del país te cambia la perspectiva total de la vida”, comenta Gabriela.

Aunque la pareja se había informado sobre los trámites que debían empezar en México, también sabían que el proceso no sería fácil y que también pesaba sobre ellos la posibilidad de que el Gobierno mexicano les negara un estatus migratorio. “La venida fue retadora”, afirma Pérez Guerra. “Al llegar nos mantuvieron de dos a tres horas en un cuarto en el aeropuerto, mientras una amiga nos estaba esperando. No vinimos a ciegas, porque habíamos investigado mucho y teníamos comunicación con ACNUR, la Alta Oficina de Naciones Unidas para los Refugiados”, explica la nicaragüense.

Al salir del aeropuerto, aunque estaban agradecidos de estar vivos y sanos, comenzó la incertidumbre. “¿Será esta mi casa o no?”, dice Gabriela que se preguntó en ese momento. Comenzaron el proceso para acceder al estatus de refugiado y mientras tanto recibieron una visa por asuntos humanitarios. Para sobrevivir, comenzaron a preparar comidas típicas de Nicaragua para la pequeña comunidad asentada en Ciudad de México –muchas de estas personas han llegado en meses recientes debido a la crisis en el país centroamericano– y lograron el apoyo de una familia de Coyoacán que los acogió durante un año. Seis meses después de su llegada recibieron el permiso de refugiados, pero mientras esperaban, la pareja se informó de las posibilidades laborales que había en México. 

Aunque no se menciona mucho, México ha sido otro de los principales destinos de acogida de los nicaragüenses exiliados. EFE.

“Me aboqué a organizaciones que trabajan con refugiados y acudí a todos los talleres que podía: de violencia, de cómo buscar trabajo en México. Fui voluntaria en organismos de asilo. Tenía claro lo que no quería: verme explotada en un lugar. Y entiendo que es una decisión que no cualquiera puede tomar. Teníamos apoyo de familia y ahorros, lo que nos permitió no perder el tiempo en empleos que no nos gustaran. Hubo momentos que fueron duros, pero uno entiende que es un proceso. Venís de Nicaragua con una autoestima bajísima”, explica Gabriela.

Casi tres años después de su llegada a México, Pérez Guerra ha logrado comenzar junto a su pareja una vida en el país norteamericano. Ahora trabaja en una organización que vela por el bienestar de los refugiados, en la que puede poner en práctica su propia experiencia como refugiada. “Hay mucho que hacer. Estoy trabajando para mejorar vidas, para que la gente pueda empezar en otros espacios geográficos. Pretendo darles apoyo y ya no ser tanto una carga, sino crear oportunidades. Quiero ver mi casa linda, armoniosa y ahora mi casa es este país”, dice.

En su trabajo, Gabriela participa en talleres con quienes buscan refugio, dándoles atención para que puedan integrarse al que puede llegar hacer su país de acogida: tratamiento psicológico, acompañamiento legal, asistencia humanitaria, educación. También organiza actividades culturales y deportivas en las comunidades donde habitan estas personas. Aunque, a pesar de este trabajo que le ha cambiado la vida y la llena, ella y su esposo siguen organizando otras actividades para ganar dinero extra, como la preparación de comida. “Hemos aprendido a vivir con lo que tenemos. Si bien dejamos casa, carro y todo en Nicaragua, México me ha dado lo más importante que cualquier ciudadano puede tener, que es ser libre y la capacidad de seguir vivo. “Este país tiene retos, no todo es color de rosa, no significa que no me deprima, pero he encontrado en este país la capacidad de decir estoy en casa. Siento que esta es mi casa. No me gusta que me digan que este no es mi país”, afirma Gabriela.

“La música me rescató”

Las multitudinarias protestas que en 2018 pusieron en jaque al régimen Ortega-Murillo y la respuesta violenta que desató contra ellas tuvieron un impacto durísimo en la economía del país. El pacto de Ortega con el sector privado y principalmente el llamado gran capital para atraer inversiones a Nicaragua hicieron que el país llegara a experimentar un crecimiento anual del 5,2%, muy superior al de sus vecinos de América Latina. Pero ese crecimiento declinó por la violencia política, se cerraron centenares de negocios y se perdieron decenas de miles de empleos. La violencia que sufría el país, el horror de la represión y sobre todo la crisis económica hicieron que Lenoska Palma Gámez (39 años) decidiera abandonar Nicaragua en agosto de 2018.

“La empresa para la que trabajo no tenía oficinas en Nicaragua, pero sí clientes locales y debido a la crisis disminuyeron las oportunidades de negocios y no se veían posibilidades de que se activaran pronto. Vi la oportunidad de un traslado y así me vine a México. Me dije que es un país relativamente cercano para tener proximidad con Nicaragua”, comenta esta ingeniera de sistemas, que mantiene su estatus de trabajadora temporal en México, el equivalente a la Green Card estadounidense.

Como a miles de nicaragüenses que dejaron el país debido a la crisis, Palma Gámez llegó a México deprimida tras meses de ver la violencia desatada contra quienes exigían el fin del mandato de Ortega. “Era un ambiente muy tenso. A muchas personas nos causó daño emocional. Sufrí estrés postraumático, porque vimos muchas situaciones difíciles. Cuando he contado la experiencia de Nicaragua [en México] no me lo creen, como que fue parte de una película. Tenía mucho miedo de salir a las calles, mucha paranoia. Ya no tenía una vida como antes: no podía ver a mis amigos, estaba la falta de oportunidades económicas, la posibilidad de avanzar o de salir de la crisis”, explica la joven.

“La venida fue retadora”, afirma Pérez Guerra. “Al llegar nos mantuvieron de dos a tres horas en un cuarto en el aeropuerto, mientras una amiga nos estaba esperando”, recuerda. Foto: Cortesía.

La decisión fue difícil, pero ella tuvo el apoyo de sus padres, que veían en la salida la oportunidad de explorar nuevas posibilidades, poder hacer planes de nuevo y tener un futuro asegurado. “La crisis me expulsó. Vine sola. Fue difícil emocionalmente estar lejos de mi familia, conocer a poca gente acá. Y más si sos mujer, que es un factor importante, en un país extraño. Desde afuera te dicen que México es un país peligroso y eso me causaba cierta aprehensión”, recuerda. Pero tomó la decisión de adaptarse. El apoyo de su empresa fue importante, porque desde México ha podido gestionar negocios con empresas de toda América Latina en el desarrollo de marcas globales.

“México me ha dado más visibilidad profesional, porque es una de las principales economías latinoamericanas y me ha permitido aumentar mis relaciones con clientes, fabricantes, lo que ayuda a crecer a la empresa. Siento que ha sido un crecimiento profesional, porque me ha nutrido de experiencia y oportunidad de hacer negocios”, dice.

Además de ese crecimiento, en México esta nicaragüense pudo desarrollar su pasión: la música. “Una de las cosas que me rescató fue la música. Estudié música desde muy niña y nunca la he abandonado. Y cuando llegué me inscribí en un coro, lo que me ha permitido hacer nuevas amistades. Eso me fue abriendo otras puertas. El éxito que siento en México es también porque me permitió crear esa oportunidad”. Palma Gámez canta en el Coro Virreinal Rita Guerrero, que forma parte de la prestigiosa Universidad Claustro de San Juana, localizada en un hermoso edificio que albergó un convento en el México colonial. Gracias al coro, ella y su grupo han podido cantar al lado de bandas de rock de culto en México como Santa Sabina y participado en grandes festivales de música locales como Vive Latino o el Festival Tecate. En 2019 la agrupación viajó a España para cantar en el Festival de Teatro Clásico de Almagro y los planes de viajes y conciertos se mantienen en la agenda a pesar de los estragos causados por la pandemia en la cultura. 

“Digo que la música me rescató porque me permitió abrirme y expresar mis heridas. Esta gente [la del grupo] me confortó”, afirma Lenoska. El éxito en su profesión y en la música, dice, se lo debe a México. Tras tres años viviendo en el país, ella ya tiene planes de futuro, que incluyen comprarse un departamento en Ciudad de México, invertir sus ahorros en la nación norteamericana. “Mucha gente de mi generación tiene la idea de generar ingresos extras y quiero hacerlo y sé que México es un buen lugar para hacerlo. Este país me ha dado mucha esperanza, porque con lo que pasó en Nicaragua se truncaron los planes de vida y he encontrado de nuevo la motivación de tenerlos. México ahora es mi casa. Sí me gustaría ir a Nicaragua, pero ya no me imagino volviéndome a establecer allá. Mi futuro, mi plan de vida, está en México”, afirma.