En las últimas semanas he escuchado bromas sobre “autopercibirnos palomas” o “migajeras” por aceptar vínculos intermitentes. En el mismo tono han circulado referencias a declararse “therian paloma”, como si aceptar migajas fuera una identidad asumida con ironía. La palabra circula con ligereza, especialmente entre nosotras mismas, como si nombrarnos así fuera una forma de empoderamiento. Algo me inquieta; cuando convertimos una desigualdad relacional en una identidad graciosa, desplazamos la responsabilidad hacia quien recibe poco y no hacia quien ofrece el afecto como si fuera escaso.
No estamos hablando de fragilidad individual. Estamos hablando de lenguaje y de poder en nuestras relaciones afectivas.
El término “migajera” instala una narrativa peligrosa; convierte en defecto moral la experiencia de aceptar atención intermitente. Se sugiere que el problema está en la mujer que “tolera poco”, no en la persona que administra la ambigüedad y ofrece apenas lo suficiente para no perder presencia.
En el lenguaje digital actual eso tiene nombre, breadcrumbing. Pequeñas dosis de atención para mantener el interés sin asumir responsabilidad afectiva, sobre todo en vínculos que nacen y se sostienen en redes y aplicaciones de citas. Dinámicas que se han amplificado con la lógica de inmediatez, exposición y validación constante que imponen las redes sociales.
Cuando llamamos “migajera” a quien se encuentra en esa dinámica, individualizamos lo que es relacional. Colocamos el foco en quien recibe en lugar de preguntarnos por la estructura que permite que el afecto se distribuya de manera desigual.
Esto no significa que quienes ofrecen migajas no estén también atravesados por aprendizajes sociales. Muchos hombres han sido formados en la evasión emocional, en la dificultad para expresar vulnerabilidad y en la idea de que comprometerse es perder autonomía. El sistema también los moldea. Pero comprender el origen de una conducta no elimina su responsabilidad ni el impacto que produce. Una práctica puede tener raíces culturales y, aun así, sostener una asimetría de poder.
Aceptar intermitencia no siempre es debilidad. A veces es historia emocional. A veces es haber aprendido a esperar. A veces es simplemente haber sido educadas bajo patrones sociales que nos enseñaron a agradecer lo mínimo.
Y ahí el lenguaje importa. Si nos nombramos desde la descalificación, reforzamos la idea de que el problema está en nosotras.
Reducir todo a la autoestima o al amor propio es simplificarlo. El trabajo interno importa, sí. El autoconocimiento también transforma. Pero nuestros vínculos están atravesados por aprendizajes culturales y sociales que condicionan cómo interpretamos el deseo, la atención y la ausencia.
En un entorno donde las redes sociales intensifican la comparación y la validación constante, estas dinámicas no solo se reproducen, se normalizan. Y es precisamente ahí donde la conversación debe elevarse, porque las redes no sólo amplifican conductas, sino que también consolidan identidades y refuerzan estereotipos.
A partir de ahí, la discusión ya no puede centrarse solo en quién acepta, sino en cómo aprendimos a normalizar ciertas formas de dar y recibir afecto, y por qué las mujeres hemos sido socializadas para tolerar relaciones donde la reciprocidad no es plena.
Pero tampoco podemos quedarnos sólo en señalar hacia afuera. La forma en que nos vinculamos no surge en el vacío. No nacemos “migajeras”. Nos enseñan a no pedir demasiado, a no cuestionar y a aceptar ciertas desigualdades como normales.
Desde niñas aprendemos a ser comprensivas, a sostener, a interpretar silencios, a justificar ausencias, a no quejarse tanto, a romantizar la ambigüedad. El amor se nos presenta muchas veces como concesión y no como intercambio justo. Se nos educa para adaptarnos más que para exigir reciprocidad, y eso nos vuelve más vulnerables a dinámicas de manipulación emocional.
En ese marco, la intermitencia afectiva no es un accidente aislado; es parte de una pedagogía de género que moldea nuestras expectativas y nuestros límites de tolerancia.
Cuando una mujer inicia un proceso serio de transformación, algo cambia. Cuando logra identificar patrones, estereotipos y roles, y diferenciar lo impuesto de lo propio, empieza a ver sus bordes y sus filos. Y ahí algo cambia.
Cambia el estándar desde el cual se vincula. Y eso altera la dinámica del poder en sus relaciones.
No porque se invierta la correlación de poder ni porque pase a controlar al otro, sino porque deja de aceptar menos de lo que ofrece.
En ese punto ya no hablamos de autopercepciones, sino de reconocimiento. Reconocernos como mujeres conscientes, capaces de revisar patrones heredados, de establecer límites y de exigir reciprocidad sin culpa.
Y ahí radica nuestro poder; en la capacidad de revisar, resignificar, transformar y deconstruir.
Y entonces podemos reafirmar; merecemos exactamente lo mismo que damos. Nada menos. Nada más.
La pregunta no es si alguna vez aceptamos o dimos migajas. La pregunta es si estamos dispuestas a desmontar la construcción que nos enseñó que eso era suficiente.
ESCRIBE
Claudia Elena Vargas Medal
Socióloga nicaragüense, defensora de derechos humanos y refugiada política en Costa Rica. Coordina programas en la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano y es fundadora de la Liga Feminista de Refugiadas Políticas, Las Escarlatas y Las Clandestinas. España le otorgó la nacionalidad como medida de protección. Su voz hoy denuncia la represión transnacional y exige justicia por el asesinato político de su esposo, Roberto Samcam.