En las últimas dos décadas Nicaragua ha experimentado la conjugación del verbo “charrulear” en todos sus modos y tiempos.
Cuando Daniel Ortega volvió al gobierno había pocos generales y pocos comisionados generales. Había un ministro y un viceministro en cada cartera; un director y un subdirector en los entes estatales. Ahora, hay tantos generales, comisionados, co-ministros y codirectores como atascos vehiculares se pueden contar en Managua.
En tiempos cuando este fenómeno comenzaba a darse, un ex jefe de la policía dijo que hasta un portero de Plaza del Sol podía ser comisionado general, para graficar que tal rango no equivale a altas responsabilidades ni conocimiento especializado ni liderazgo real. Era también una crítica velada a la decisión gubernamental de taponear la cúspide de la pirámide.
La policía de Daniel Ortega cuenta hoy con 112 comisionados generales. ¡Ni que fuéramos Rusia, la India o China! Y la cantidad de generales ya va llegando a treinta en el ejército. Un montón de señores barrigones e intrigantes se amontonan en el estado mayor.
Antes había un ministro en cada cartera. Ahora hay co-directores, co-ministros, co-jefes en cada dirección que usted voltee a ver. Pero de ellos y ellas no hablemos porque se puede apostar que nadie en Nicaragua sería capaz de mencionarlos por sus nombres.
¡Hasta copresidentes hay ahora! Se lo inventaron junto con su propia constitución en febrero de 2025, sin haberlo consultado nunca y sin haberlo votado jamás. ¡Para qué!
¿Ha fortalecido tal estrategia las instituciones? Para nada. Lo que se ha institucionalizado son la corrupción, mediocridad, incapacidad, falta de iniciativa, de liderazgo, la desconfianza mutua en la pirámide institucional, y un atasco en la que debía ser la evolución natural del liderazgo en el sector público.
Es decir, han “charruleado” la institucionalidad del país con la intención de que nadie construya liderazgo propio ni le haga sombra a los copresidentes, quienes han decidido que la institucionalidad debe ser a su imagen y semejanza.
¿Y cómo son ellos? Ya lo sabemos. Aparentan ser sabios, estadistas de calidad y abuelitos inofensivos, sobre todo en épocas festivas. Pero, ¿lo son? La situación del país y los resultados de sus dos décadas al mando indican que Nicaragua va como la gente en el bus: avanzando hacia atrás. Pero como no tienen la valentía de aceptarlo achacan todo lo malo de su gestión a los neoliberales que les precedieron, a los empresarios, a los imperialistas, a los colonialistas, a los que ellos han desterrado. A los que les dicen “golpistas” y “traidores de la patria”.
Los hechos nos dicen que en la parte media de la pirámide institucional se van acumulando personas que albergan la esperanza de ser ascendidos algún día, si sus mercedes a bien lo tienen. En la base hay una rotación dinámica, sea porque se van por iniciativa propia o porque se les separó antes de promoverlos.
La evidencia de esto es la gente que ha salido del país a partir del 2018, y que aporta casi un tercio del PIB del país. Es lo que ciertos propagandistas cínicamente han llamado “el derecho a migrar”. Además, la cantidad creciente de gente en el sector informal de la economía nicaragüense, mientras el INSS sigue en alitas de cucaracha.
Pero en la cúspide de las instituciones lo que vamos viendo es una gerontocracia dócil, mantenida entre dádivas, espionaje y purgas. Son lo que queda de una generación que prometió llevar al país a la tierra prometida de leche y miel, pero que le falló y prefirió acomodarse en el sillón de los ricos. Terminaron siendo lo que decían aborrecer.
En un país de gente joven, un montón de abuelos y bisabuelos mandan en la policía, el ejército, la presidencia y la asamblea nacional. ¡Hasta en los sindicatos blancos! Y no es que ser viejo sea malo. Lo malo es ser viejo y malo, viejo y sin ideas, viejo y sin criterio propio, viejo y apocado, y quedarse a la fuerza hasta que la biología haga su parte, sin producir nada valioso para el país.
El FSLN es todo un ejemplo. Hasta los años 2000 tuvo una estructura en la que había una dirección, una asamblea y una membresía de afiliados dividida en aspirantes y militantes. ¿Queda algo de eso? No. Apenas, dos señores de la gerontocracia deciden por todo lo que ha quedado de tal estructura. Son ellos dos y una cadena de comisarios impuestos por ellos dos en los pueblos, ciudades y ministerios.
A los sandinistas viejos los mandaron al rincón del olvido… hasta que los necesitaron para que masacraran a los protestantes de abril 2018 … y luego, en 2019, a patadas los devolvieron de dónde los sacaron.
Los copresidentes quieren un montón de chavalos y chavalas que creen que la historia del país inició en 2007 y que nunca hubo nadie igual o mejor que sus copresidentes, y que si hubo una historia previa al “buen gobierno” no es digna de ser valorada. La juventud de los copresidentes es una generación resultante de la mala educación que prevalece en el país.
Enderezar todo lo charruleado por ellos será un trabajo de décadas. Pero tendrá que realizarse con afán y constancia. Si no, Nicaragua jamás llegará al siglo veintiuno.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.