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Nicaragua presume 97% de ocupación laboral, pero la informalidad revela otra realidad

El régimen presenta una tasa de ocupación laboral del 97% como señal de prosperidad en Nicaragua. Sin embargo, el indicador incluye empleo informal y de baja productividad, lo que distorsiona la lectura del mercado laboral. Este Diver-Check muestra que, más que crecimiento económico, el dato refleja la precariedad estructural donde trabajar no garantiza el bienestar de las familias nicaragüenses.


Lo dicho:

“La tasa neta de ocupación nacional fue de 97.0 por ciento, la cual disminuyó 0.2 puntos porcentuales (pp.) en términos interanuales, y aumentó 0.1 pp. con respecto al mes anterior. La tasa de desempleo abierto se ubicó en 3.0 por ciento, registrando aumento de 0.2 pp. respecto a febrero 2025, y disminución de 0.1 pp. con respecto al mes anterior”, informó el Instituto Nacional de Información de Desarrollo a través de los resultados de la Encuesta de Empleo Mensual de febrero de 2026.

Clasificación:

Engañoso - Los datos no son suficientes para afirmar la información.

Verificamos:

Nicaragua es un país de “gran prosperidad”, repite Rosario Murillo en sus alocuciones diarias. Bajo esa narrativa, el empleo, según el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide), alcanzó una tasa neta de ocupación del 97.0% en febrero de 2026. Sin embargo, los resultados de la Encuesta de Empleo Mensual pueden resultar engañosos, pues no toda ocupación tiene el mismo peso económico, como intenta mostrar el régimen.

El indicador de ocupación del Inide incluye tanto empleos formales como actividades informales de baja productividad.

Es decir, abarca desde quien vende bolsas de agua helada en los semáforos capitalinos hasta trabajos de subsistencia: mide a toda persona que esté “haciendo algo”, pero no distingue calidad ni nivel de productividad. 

En cambio, el empleo formal permite dimensionar mejor el estado real de la economía y su capacidad productiva.

A febrero de 2026, el Banco Central de Nicaragua reportó que 813 056 personas cotizaban en el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Este dato muestra otra cara del mercado laboral, y es que, solo una parte de quienes trabajan lo hacen dentro del empleo formal, mientras una proporción significativa permanece en condiciones informales o de baja productividad.

Si se contrasta esta cifra con la tasa de ocupación del 97.0% reportada por el Inide, la brecha es evidente: estar “ocupado” no implica necesariamente tener un empleo formal, estable o con acceso a seguridad social, lo que evidencia el peso de la informalidad en la economía. 

La diferencia se vuelve más clara al comparar con Costa Rica. Un país con una economía más próspera, y que reporta una tasa de ocupación mucho menor de la que pregona Nicaragua. 

Para el trimestre de noviembre, diciembre de 2025 y enero de 2026, el Instituto Nacional de Estadística y Censos costarricense reportó una tasa de ocupación del 50.7% lo que representa un total de 2.17 millones de personas ocupadas, —unas 829 000 trabajan en la informalidad, lo que permite estimar que alrededor del 62% del empleo es forma—; si lo comparamos con Nicaragua representa 46.3% menos que las cifras que el régimen Ortega-Murillo pregona con tanto orgullo. 

Eso significa que Costa Rica reporta una menor ocupación, pero también tiene mayor calidad de empleo. Esto permite que el empleo formal sea determinante, puesto que garantiza un salario mínimo regulado, el pago de impuestos que sostienen a los Estados, seguridad social y se vincula a una mayor productividad y estabilidad económica. 

Costa Rica y Nicaragua: crecimiento económico y calidad del empleo en contraste

Comerciante del Mercado Central en San José, Costa Rica. EFE| Jeffrey Arguedas

Esta diferencia en la calidad del empleo también se refleja en el desempeño general de ambas economías. En 2024, Costa Rica registró el 95,35% mil millones de dólares en su Producto Interno Bruto (PIB), mientras que Nicaragua alcanzó un 19,69 mil millones, según cifras del Banco Mundial de 2024.

La brecha se vuelve aún más evidente al observar la riqueza que generan por habitante. Mientras en Nicaragua el PIB per cápita  —en 2024— ronda los 2 847 dólares, en Costa Rica supera los 18 500. Es decir, la economía costarricense produce más de seis veces más riqueza por persona. Aunque este indicador no equivale al ingreso individual, sí refleja las limitaciones estructurales de una economía marcada por la informalidad, donde la alta ocupación no se traduce necesariamente en bienestar ni en capacidad real de desarrollo.

Y es que, la diferencia clave no está en cuántas personas trabajan, sino en la calidad de ese trabajo. En Nicaragua, una tasa de ocupación alta convive con altos niveles de subempleo, baja cobertura de seguridad social y limitada productividad. 

En contraste, aunque Nicaragua reporta una ocupación mucho más alta, no publica de forma directa la proporción de empleo formal a diferencia de Costa Rica. Sin embargo, el número de afiliados nicaragüenses al Seguro Social sugiere que el empleo con protección laboral es considerablemente menor, lo que limita la capacidad de evaluar la calidad real del mercado laboral.

La evidencia en Nicaragua disponible apunta a otra lectura. Altos niveles de subempleo, una baja proporción de trabajadores cotizando a la seguridad social y una limitada capacidad de generación de valor revelan un mercado laboral marcado por la precariedad. Así, más que reflejar una economía próspera, el dato de ocupación evidencia una estructura donde la mayoría de las personas trabajan, pero no necesariamente en condiciones que garanticen estabilidad, ingresos suficientes o protección social desmintiendo lo dicho por el régimen Ortega-Murillo.