En su libro “Cultura política nicaragüense”, el doctor Emilio Álvarez Montalván describe que una de las características de dicha cultura es la “heteronomía”, a la que define como “aquella actitud que da por sentado que el centro de las decisiones y oportunidades del hombre (o del país) está fuera de la persona, es decir, sometido a un poder ajeno, del cual dependería el bienestar y seguridad del colectivo”.
La historia nacional muestra varios ejemplos nefastos. Cuando Fruto Chamorro quiso perpetuarse como presidente de Nicaragua en 1854 y sus opositores le reclamaron, mandó a expulsarlos del país. Entonces Francisco Castellón y Máximo Jérez se entendieron con un filibustero llamado Byron Cole para que extrajera a Chamorro del poder. Esto resultó en una guerra centroamericana para poder expulsar a las tropas contratadas por los dos caudillos leoneses en Nueva Orleans, pues estos querían convertir a la región en colonias esclavistas reconocidas por los Estados Unidos.
Dos siglos más tarde vemos algo parecido. Unos grupos que se opusieron a Daniel Ortega hasta 2018, porque este quiere quedarse en el poder hasta que la biología lo reclame, han presentado peticiones dirigidas a sectores del gobierno de los Estados Unidos para que incidan fuertemente en acabar con las décadas de tropelías de Ortega.
Una de tales está firmada por gente que dice ser del movimiento campesino. Estos llegaron a solicitar una invasión militar. La otra fue enviada por grupos de partidos políticos opositores a Ortega, que prefieren que Estados Unidos aplique al dictador instrumentos económicos y políticos que lo obliguen a negociar.
Hasta ahora, no he visto ni leído en los medios nicaragüenses que estas propuestas hayan sido compartidas con la gente del país. Tampoco con el diez por ciento que se encuentra en el exilio.
Los primeros parecen no saber o entender que, en el pasado Nicaragua sufrió ocupaciones militares de los Estados Unidos, para acabar con la inestabilidad generada por las disputas entre liberales y conservadores, y para garantizar sus intereses económicos y políticos. De ahí salió un oprobioso tratado canalero, el primer tratado de fronteras con Costa Rica, una nueva moneda (el Córdoba), un banco nacional controlado por los Estados Unidos, y un ejército supuestamente profesional que más bien fue el ejército personal de la familia Somoza.
Los segundos, que todos o casi todos son egresados de universidades, parecen no confiar en la fuerza que podría tener la población nicaragüense que hoy está sometida al silencio. Lo que no es nuevo. Antes de 2018 se administraban entre acuerdos de cúpulas y cuotas electorales, lo que permitió a Ortega sentar todo el andamiaje de la dictadura que hoy existe en Nicaragua.
Parecen no haber aprendido la lección de 2018, cuando estudiantes, jubilados, trabajadores, mujeres, el movimiento campesino se autoconvocaron en las calles e hicieron temblar el proyecto dinástico de Ortega.

La gente ya les dio el norte, pero prefieren repetir a sus antecesores.
No es que no sea válido pedir la ayuda de cuanto país sea posible lograr. Los sandinistas lo hicieron en su momento, para poder darle el golpe definitivo a Somoza Debayle. El problema es que están repitiendo una práctica de los siglos 19 y 20, que uno pensaría que ya era un asunto de los libros de texto.
No se ha aprendido la lección. Aquellas decisiones de hace uno y dos siglos acabaron marcando amargamente al país. Las mismas cúpulas que fueron a la guerra se repartieron el país, y de poco valieron los sacrificios de tantas vidas.
Hoy, cuando Ortega y compañía son los nuevos conservadores de Nicaragua, lo que queda de los liberales –y que andan por ahí desparramados– no logran conectar con la gente al interior del país.
Como para rematarla, gente de la diáspora y del interior del país se ven cada vez más resignados a que la divinidad les haga la justicia que ellos no se atreven a buscar por sus propios recursos. Están a la espera de que alguien – no ellos– dé el paso, como lo dieron los viejitos en junio de 2013 y abril de 2018. Esto suena duro, pero si adentro no se desea el cambio con ahínco …
¿Por qué repetir un comportamiento que antes ha demostrado ser nefasto para la mayoría de la gente? ¿Será que no se dan cuenta que le hacen un favor a Ortega, quien puede alegar ahora que en verdad son unos vendepatrias que merecían ser desterrados del país?
No tengo la respuesta a estas preguntas, pero sí puedo sugerir a todos esos grupos opositores a la dictadura que lean a don Emilio Álvarez Montalván.
A modo de conclusión debo decir que la “heteronomía” caló hasta en el héroe nacional Augusto C. Sandino. En 1927, en plena campaña contra los US Marines, Sandino le propuso al jefe de la fuerza de ocupación estadounidense “como condición sine qua non para deponer nuestras armas, que asuma el poder un gobernador militar de los Estados Unidos mientras se realicen las elecciones presidenciales, las cuales serían super vigiladas por ellos mismos”.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.