Un análisis de la periodista Nahal Toosi, publicado en la revista POLITICO, revela las claves menos visibles y más incómodas que explican el trato diferenciado de la administración de Donald Trump hacia el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, en contraste con Cuba y Venezuela: una cooperación discreta de Managua con Estados Unidos en materia de narcotráfico, confirmada por un funcionario de la Casa Blanca.
La tesis central de Toosi, respaldada por fuentes diplomáticas y exfuncionarios de seguridad, sugiere que Managua ha sabido jugar una carta fundamental: la utilidad operativa para Washington. A pesar de que la primera administración de Trump incluyó a Nicaragua en la llamada “troika de la tiranía”, la realidad en el terreno muestra una paradoja. Según el medio estadounidense, un alto funcionario aseguró bajo anonimato que Nicaragua está colaborando con Washington para frenar el tráfico de drogas y combatir estructuras criminales en su territorio, una afirmación que contrasta con el anuncio oficial realizado en marzo pasado sobre el retiro de las operaciones de la DEA en Nicaragua, motivado por la “falta de cooperación” del régimen.
“Nicaragua está cooperando con nosotros para detener el narcotráfico y combatir a los elementos criminales en su territorio”, afirmó el funcionario de la Casa Blanca, bajo condición de anonimato, al tratarse, según explicó, de un asunto sensible de seguridad nacional. La administración, añadió, está observando “muy de cerca” la conducta del régimen nicaragüense, sin ofrecer mayores detalles.
El Departamento de Justicia, por su parte, rehusó comentar sobre la aparente contradicción entre esta cooperación y el informe federal que anunció el retiro de la DEA, mientras que la propia agencia antidrogas no respondió si ese plan sigue en pie o ha sido revisado.
Esta colaboración técnica crea un dilema para Washington. Mientras el Departamento de Estado sanciona a figuras del círculo cercano de Ortega-Murillo por violaciones a los derechos humanos, “otras instancias mantienen canales abiertos con el Ejército de Nicaragua y la Policía Nacional para operaciones regionales”. Dicho pragmatismo permite al régimen sandinista presentarse “como un socio necesario en una región convulsa” para evitar convertirse en un blanco prioritario de Trump, quien ha concentrado su presión regional en países con mayor peso estratégico, migratorio o energético, mientras Managua mantiene un discurso antiimperialista y estrecha vínculos con Rusia, China e Irán.
Sin embargo, la periodista subraya la ambigüedad histórica de Trump frente a Rusia y China. Aunque su Estrategia de Seguridad Nacional advierte sobre la injerencia de potencias rivales en el hemisferio occidental, el “presidente ha tenido una relación errática con Moscú y Pekín”, lo que reduce el incentivo para confrontar a un actor periférico como Nicaragua, incluso cuando mantiene vínculos con ambos países.
Otras razones para estar fuera del radar

Más allá del tema del narcotráfico, el análisis de POLITICO enumera además una serie de razones estructurales que explican por qué Nicaragua no ocupa un lugar prioritario en la agenda de Trump. A diferencia de Venezuela, el país centroamericano no produce petróleo, “el recurso que el presidente estadounidense más valora desde una lógica transaccional”. Aunque Nicaragua posee oro, no lo hace en volúmenes estratégicos, ni cuenta con otros minerales críticos que despierten el interés geopolítico de Washington.
Tampoco es un gran expulsor de migrantes hacia Estados Unidos, un factor clave en la política interna y el discurso de seguridad de Trump. En la misma línea, la comunidad nicaragüense en Estados Unidos carece del peso electoral y la capacidad de presión política que históricamente ha tenido la comunidad cubanoestadounidense, un actor decisivo en la política hacia La Habana.
Ese desequilibrio también se refleja dentro del propio gabinete. Aunque el secretario de Estado Marco Rubio ha denunciado durante años al régimen de Managua, su foco regional ha estado marcado por Cuba, tanto por afinidad política como por cálculo electoral. Además, el régimen cubano es percibido en Washington como más dependiente de Venezuela que Nicaragua, lo que lo convierte en un blanco más vulnerable.
“Sin ruido excesivo“

Expertos consultados en el reporte también señalan que Ortega ha aprendido a no generar “ruido excesivo” que provoque una reacción directa del mandatario estadounidense. A diferencia de Nicolás Maduro, quien optaba por la confrontación pública constante, el régimen de Managua ha alternado la retórica antiimperialista para consumo interno con una gestión discreta de los intereses de seguridad que preocupan a Washington.
Para la región, esta dinámica resulta preocupante. La percepción de que un sistema puede consolidar un modelo autocrático interno siempre y cuando cumpla con ciertos requisitos de seguridad externa envía un mensaje ambiguo al resto del istmo. La diáspora nicaragüense y organizaciones de derechos humanos han criticado lo que consideran una “visión de túnel” por parte de sectores en Estados Unidos, que priorizan la estabilidad migratoria sobre la democratización y el respeto a las libertades fundamentales.
En resumen, dice el análisis, el régimen copresidencial ha logrado convertir sus instituciones en herramientas de control que, irónicamente, resultan útiles para objetivos específicos de la agenda de seguridad de los Estados Unidos en Centroamérica.