Para justificar la muerte absoluta en Nicaragua de la vía electoral como la herramienta para un posible cambio del poder, el discurso del régimen Ortega – Murillo apunta a que no es que no quieran elecciones, sino que no quieren elecciones en las que “el Imperio llegue a tener influencia alguna”.
Veamos los hechos de los procesos electorales de los últimos 36 años para darnos una idea sobre la verosimilitud de este discurso.
Las elecciones de 1990 fueron organizadas y controladas por la gente de Daniel Ortega. Solo que la observación electoral y la honorabilidad del presidente del poder electoral hicieron imposible revertir el resultado. Ganó Violeta Barrios de Chamorro. Para justificar su derrota en las urnas, Ortega siempre ha alegado que la gente salió a votar con una pistola en la cabeza. Lo cierto es que la gente estaba hastiada de la crisis, de la guerra, de la carestía y de la corrupción de la dirigencia sandinista, algo que se evidenció claramente durante los meses de La Piñata.
En 1996 ya había síntomas de corrupción en las elecciones. Daniel Ortega gobernaba desde abajo, pero volvió a ser derrotado en las urnas. Esa vez el arzobispo de Managua, el cardenal Miguel Obando, se vistió con el color de los liberales y soltó la inventada parábola de la serpiente roja y negra durante el cierre de campaña de Arnoldo Alemán. Como sabemos, el prelado era nicaragüense.
El FSLN alegó fraude, pero los observadores internacionales –entre ellos el expresidente de Colombia César Gaviria– y el poder electoral lo desestimaron. La presidenta del poder electoral, de origen sandinista y puesta por pacto, fue lapidada por la gente de Ortega. Más tarde se supo que casi los mismos que cometían atentados en contra de templos católicos, habían organizado acciones que le echaran lodo al sufragio que no le favoreció.
En 2001 el poder electoral ya lo presidía Roberto Rivas Reyes, apadrinado por el cardenal Miguel Obando y quien llegaría a ser considerado “hermano” por los sandinistas (porque así lo había bautizado Rosario Murillo). La brecha entre el ganador Enrique Bolaños y el perdedor Ortega fue la más grande de las últimas elecciones observadas y reportadas independientemente. Algunos llegaron a pensar que Daniel Ortega estaba acabado tras tres derrotas consecutivas y la grave acusación de Zoilamérica Ortega en su contra.
Para 2006 el “hermano” Rivas Reyes ya estaba bajo el poder de Ortega, y lo declaró ganador con el 38% de los votos contados. No se reportó el resultado de un 8%, que pudo haber mandado el proceso a una segunda ronda. Llamó la atención que Ortega había obtenido la menor cantidad de votos desde 1990, pero aún así ganó. Sobre todo, porque dos liberales –José Rizo y Eduardo Montealegre– querían ser el tigre de la colina y suceder a Arnoldo Alemán como el gran caudillo rojo sin mancha. Ambos se fueron trasquilados.
En 2008 se confirmó nuevamente el control de Ortega sobre el proceso electoral. Los sandinistas alteraron los resultados de por lo menos 40 elecciones municipales, y el presidente del Poder Electoral no escuchó los alegatos de fraude a pesar de que los opositores decían tener las evidencias. Quedó para la historia el caso de candidatos liberales que se fueron a la cama con amplias ventajas, y al amanecer –¡vean qué magia!– la tortilla había sido volteada y los sandinistas fueron declarados ganadores.
En 2011 por el enorme control que tenía sobre los poderes judicial y electoral, Ortega mandó a declarar inaplicable el artículo 147 de la Constitución de 1987. El “hermano” Rivas Reyes declaró que el fallo sobre el tema de seis magistrados subordinados a Ortega estaba “escrito en piedra”. Ortega siguió una práctica que había comenzado a lo interno de su partido: eliminar partidos y candidatos que no le gustaban, y se dio vía libre para legalmente postularse las veces que quisiera.
En 2016 Ortega cruzó otra línea roja al poner a su esposa como vicepresidenta en la papeleta electoral. Un magistrado, padrino de boda de Ortega, dijo que no había problema porque su relación matrimonial marcaba el punto cero en las relaciones por afinidad o consanguinidad. Y como el cero es cero… Nunca en Nicaragua hubo pareja con semejante nivel de nepotismo en el poder. En estas elecciones Ortega volvió a eliminar partidos y candidaturas.
Para 2021 el poder de Ortega era tanto que mandó a perseguir y apresar a todo el que dijera que quería ser candidato presidencial. El colmo de esto fue el de una doctora que cándidamente dijo que, si no quedaba nadie más ella se postularía. Al día siguiente estaba fuera del país. De tal manera que Ortega fue el león suelto contra unos burritos amarrados. Aun así, le saltó una inesperada protesta de fraude de uno de estos partiditos. Ortega le pasó la cuenta al candidato, cerrando sus empresas y persiguiendo a su familia.
Debieron de celebrarse elecciones en 2026, pero como Ortega ya le había tomado tanto cariño al cargo, al presupuesto y al poder, sin consulta ni debate mandó a que sus diputados cambiaran la Constitución Política para que le recetaran seis años. Se aprobó sin consulta ni debate alguno (para qué vean que el tal “pueblo presidente” es una farsa discursiva). Entonces, según las cuentas, habría elecciones en 2027.
Pero no. Ahora Ortega quiere recetarse 7 años renovables y ya no habrá elecciones en 2027. Lo dijo abiertamente: “que se olviden (los opositores). Aquí no va (a) haber elecciones”. Ahora Ortega mandó a que su asamblea legislativa le consulte a todos sus subordinados para ratificar su orden.
Dígame: ¿las tropelías de Ortega contra el derecho del pueblo a elegir libremente a sus autoridades están influenciadas o controladas por el Imperio? ¿O el Imperio es solo un fantasma que recorre las habitaciones de los señores de El Carmen como una oportunidad para justificar esta nueva violación de los derechos ciudadanos y políticos de la gente de Nicaragua?
Si Ortega y sus parlantes están hablando de las elecciones de hace un siglo es porque quieren insinuarle a la gente que ellos son la reencarnación del general Augusto C. Sandino del siglo 21.
¿Les creerán este cuento?
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.