El pasado 4 de mayo, Daniel Ortega contó mal la historia del vuelo de 222 prisioneros políticos hacia los Estados Unidos, que ocurrió la mañana del 9 de febrero de 2023. Dijo en cadena obligatoria de radio y televisión que después de la masacre de 2018, en la que más de 350 nicaragüenses fueron asesinados durante las protestas en contra de su régimen, “los que salieron huyendo fueron ellos, se montaron en el famoso avión, y ahí están en los Estados Unidos”.
Se refería a los prisioneros que ese día fueron trasladados de las cárceles del régimen hacia el aeropuerto de Managua. Ahí les entregaron un pasaporte “nuevecito de paquete” y les hicieron firmar un papel antes de abordar un avión enviado por el gobierno de Estados Unidos.
Mientras ese avión se acercaba a Washington DC, en Managua un juez regordete y sudoroso, ataviado con una toga que no se había abotonado leía un documento en el que los declaraban “traidores de la patria” y les arrebataban la nacionalidad.
¿Por qué Ortega cuenta mal esa parte de la historia?
Esos 222 nicaragüenses no salieron huyendo. Según él mismo contó en uno de sus discursos de hace un rato, una mañana su consorte Rosario Murillo le dijo que tenía una idea. “La idea fue de ella”, dijo Ortega y volteó a ver a la señora que, sonriente lo veía desde su mullida silla.
De tal manera que la idea de desterrar a los 222 fue de ella y aprobada por él, según su propio decir. No es que a los 222 se les ocurrió salir huyendo de las cárceles donde los mantenían encerrados, en condiciones deplorables. Con tal maniobra los dos señores de El Carmen se quitaron una enorme presión proveniente del exterior.
Ese grupo de prisioneros era el mismo al que Daniel Ortega había calificado como “hijos de perra del Imperialismo yanqui” durante un acto público. Eran líderes políticos, estudiantes, activistas sociales, sacerdotes y periodistas, quienes recibieron protección temporal y permiso de trabajo en Estados Unidos.
También dijo Ortega, poco después del teatro aquel judicial, que uno se negó a subirse al avión: monseñor Rolando José Álvarez Lagos, obispo de Matagalpa y Estelí. Un furibundo Ortega despotricó en contra del obispo y en castigo por el atrevimiento fue condenado a más de 26 años de cárcel.
Lo que nos lleva a la Historia de Nicaragua.
En diciembre de 1974 un comando guerrillero asaltó una fiesta en Los Robles, de Managua, para demandar al dictador Anastasio Somoza Debayle muchos dólares, la liberación de un grupo de prisioneros políticos, la lectura de un comunicado en radiodifusión nacional y un avión hacia La Habana. Fue un golpe brutal al poder de la dictadura, que creía haber diezmado irreversiblemente a la guerrilla del Frente Sandinista.
Uno de los prisioneros de la lista era Daniel Ortega, el mismo que ahora encarcela, expulsa prisioneros, los desnacionaliza y confisca. Él ha dicho en su discurso reciente que, la gente que él mandó echar a la cárcel salió huyendo y ahora están “arrinconados” en los Estados Unidos.
Alguien por ahí me decía: “¿y por qué él no se quedó en Nicaragua en 1974, en vez de irse en el avión a Cuba, y después a Venezuela y Costa Rica, donde vivía arrinconado pero seguro?”
Yo no tengo la respuesta. Pienso que él temía que la dictadura de Somoza lo asesinara.

Tal vez monseñor Álvarez también temió morir en la cárcel de Ortega. Pero tomó el riesgo. Su nicaraguanidad y su vocación sacerdotal le obligaban a permanecer en su terruño, del que salió solo después de que Ortega le pidiera a El Vaticano que se llevara a ese prisionero político tan incómodo.
Pero uno sí puede preguntarse cómo es que alguien que sufrió en la cárcel La Modelo durante siete años fuese incapaz de permitir a esos 222 y a otros presos más tener acceso a un libro, papel para escribir, suficientes horas de sol, condiciones humanas … a respetar las Leyes Mandela.
Ortega ha contado que en La Modelo él podía escuchar la radio, escribir algunos poemas, leer libros que Rosario Murillo le hacía llegar, platicar con otros presos, recibir medicinas y visitas regulares de su madre. ¿Por qué él no pudo hacer algo así con sus enemigos?
Yo no lo sé. No conozco las razones de Ortega. O sus sinrazones.
Pero lo que sí sé es que hace mucho un señor ruso llamado Fiódor Dovstoieski (Crimen y Castigo, Los hermanos Karamasov, Memorias del subsuelo) dejó para la historia estas líneas: “El grado de civilización de una sociedad se puede juzgar entrando en sus prisiones”.
Ya sabemos, por lo que han contado los 222 y otros más, cómo son las prisiones en Nicaragua. También por lo que sospechan los organismos internacionales de derechos humanos a los que se les ha negado el acceso a esas prisiones. Ergo, podemos deducir cuál es el grado de civilización que tenemos en nuestra sufrida patria bajo el régimen del antiguo prisionero político Daniel Ortega.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.