Cuando la vanidad le ganó a Óscar Arias, el flamante Premio Nobel de la Paz (1987), se lanzó como náufrago tras la tabla salvadora en la forma de una oportunidad legal para reelegirse presidente de Costa Rica. No tenía idea de la Caja de Pandora que estaba a punto de abrir.
Hasta entonces, por una enmienda de ley de 1969, en Costa Rica el Presidente servía cuatro años y pasaba a retiro. Arias rompió esa tradición. En dos ocasiones acudió a la Sala IV (Sala Constitucional) para reclamar que esa enmienda de 1969 era inconstitucional. En 2000 no logró un fallo a su favor. Así que lo intentó nuevamente en 2003 y lo logró.
Lo que ocurrió después de esa reelección de Arias fue uno de los grandes insumos que echó al traste de la basura la difícil transición iniciada con la aprobación e implementación del Plan de Paz de Esquipulas II. Ese plan proponía un alto al fuego de todas las partes beligerantes, la democratización de los estados firmantes, elecciones libres y transparentes, respeto a los derechos humanos de la población de cada país, y el final del apoyo externo a los movimientos armados.
El fallo de la Corte Constitucional de Costa Rica fue el pie de amigo en que se amparó Daniel Ortega para demandar en 2010 que seis de sus jueces supremos fallaran que, para él y sus 106 alcaldes municipales no era aplicable el artículo constitucional que en Nicaragua prohibía más de una reelección en períodos alternos. Desde entonces Ortega se ha reelegido en elecciones cada vez más fraudulentas hasta llegar al nivel de farsa en 2021.
Después del caso Ortega, el gusano de la reelección se tragó a Honduras, cuando Juan Orlando Hernández buscó su reelección a pesar de que la Constitución de Honduras lo prohibía. Tal posibilidad había provocado, años antes, un golpe de estado en contra de Manuel Mel Zelaya. Le dijeron que la no reelección estaba escrita en piedra. Pero a Hernández no le dijeron eso, cambió las reglas del juego electoral y luego echó al estado hondureño a la corrupción total. Tanto que acabó preso y condenado por narcotráfico en los Estados Unidos.
En El Salvador, después de una cadena de gobiernos corruptos de ARENA y del FMLN, un joven exalcalde llamado Nayib Bukele se fijó en los casos de Arias, Ortega y Hernández, y echó a andar su plan para llegar y apoderarse del poder. Hoy, Bukele se ha reelegido, ha cooptado a la asamblea legislativa y el poder judicial, y ha atacado frontalmente a las organizaciones de la sociedad civil y del periodismo más combativo de ese país. Se auto proclamó un “dictador cool” después de echar a la cárcel a más de 80 mil personas acusadas de ser mareros. Los señalamientos de violaciones de derechos humanos se cuentan por miles, pero Bukele descalifica y persigue a quienes lo emplazan.
Lo que nos lleva de vuelta a Costa Rica, donde el presidente saliente Rodrigo Chaves entregará la casa presidencial a su elegida Laura Fernández, este 8 de mayo. Mas no le entregará el poder. En el nuevo gobierno Chaves tendrá un doble sombrero ministerial, el de la Presidencia y el de Hacienda. O sea, gestionará los presupuestos y las políticas del nuevo gobierno. Con esto se asegurará cuatro años más antes de lanzarse en busca de la reelección en 2030.
¿Qué tiene el poder que enloquece a la gente?
Hasta ahora, la reelección en Centroamérica no ha resultado en mejores indicadores para la gente de a pie. Pero si echó a perder la transición económica, política y social pactada a finales de los años ochenta. Hoy, poderes fácticos como el crimen organizado galvanizan las contradicciones en estas sociedades.
Guatemala es un país que salta de crisis en crisis. Bernardo Arévalo resultó ser un hombre demasiado tímido para los desafíos chapines. No fue capaz de unirse al fuerte movimiento social de su país para hacer frente a quienes se le oponen, y que son conocidos como “el pacto de corruptos”.
En El Salvador, la gente común sigue “coyol quebrado, coyol comido”. Les alegra mucho no tener que pagar peaje a las maras y de haberse librado de la lacra de los partidos políticos. Ahora esperan que el reelecto “dictador cool” les mejore la economía. De eso podría depender una segunda reelección. Lo que podría ser más difícil que echar a la cárcel a las temibles Mara 18 y Mara Salvatrucha. No hay un ejército para eso.
En Honduras, el presidente elegido por la interferencia grosera de Donald J. Trump ha pasado hasta ahora con pena y escasa gloria, y la gente no ve que su situación mejore. El partido de Nasri Asfura, tiene un historial de haber producido los peores presidentes de la historia de Honduras. ¿Será este señor el próximo caso y pasará a la historia de Honduras solamente por decir “a sus órdenes, papi/mami”?

En Nicaragua la noche oscura ya dura casi veinte años, después de que Daniel Ortega llegara nuevamente al gobierno en 2007, para atornillarse en el poder hasta el día de su muerte. Han sido dos décadas de destrucción de toda la institucionalidad que se pudo edificar en los años de la posguerra. Su gestión ha servido para expulsar a más del 10% de la población, convertir al país en el peor caso de violaciones de derechos humanos, con niveles preocupantes de inseguridad alimentaria y de pobreza de la región. Nicaragua es hoy el segundo país más pobre de América Latina.
Bajo Rodrigo Chaves Costa Rica ha retrocedido en indicadores de los que antes se ufanaba. Hay menos seguridad ciudadana y más violencia del crimen organizado, menos libertad de expresión y más agresividad en contra de los periodistas y medios, la educación ha perdido calidad y la mayoría de la gente a duras penas alcanza a llegar a final del mes. Laura Fernández dice que ella tiene un plan para remontar esas y otras dificultades estructurales.
Por si no lo sospechaban, la agrupación política de Chaves se ha propuesto cambiar el rostro de Costa Rica. Lo mismo que Ortega y Bukele. Lo del jaguar – dicen ellos – no es solo marketing político. Para eso tienen un plan de doce años. Este 8 de mayo iniciarán el segundo tercio.
¿Se habrá imaginado Óscar Arias, hoy de 86 años, que todo eso desataría su ambición reelectoral?
Habría que preguntárselo.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.