Las economías de Centroamérica se mantienen en pie gracias al dinero que millones de migrantes envían desde el extranjero. En países como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, las remesas no solo representan entre el 20 y el 28 % del Producto Interno Bruto (PIB), sino que también superan en monto total a la inversión extranjera directa (IED), lo que revela una dependencia estructural de flujos que no provienen de políticas económicas, sino del trabajo de su población migrante.
Aunque remesas e inversión extranjera responden a metodologías económicas diferentes, el contraste entre ambos flujos pone en evidencia la fragilidad de la región. La IED suele destinarse a sectores específicos como la maquila, la minería o los servicios financieros, con beneficios concentrados.
En cambio, las remesas impactan de forma directa en el consumo de los hogares. Según datos recopilados por el economista Manuel Orozco, director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo del centro de pensamiento Diálogo Interamericano, el 82% de quienes las reciben las destinan a alimentación, el 52% a educación, el 33% a salud y el 28% a vivienda. Es decir, sostienen la vida cotidiana de millones de personas en la región.
Cuatro economías sostenidas por el trabajo en el extranjero

De acuerdo con datos del Banco Central de cada país y el estudio “Remesas de migrantes a Centroamérica y opciones para el desarrollo” del especialista Manuel Orozco, en 2023 Guatemala recibió 19 804 millones de dólares en remesas y 1519 millones en IED. Honduras captó 9240 millones en remesas frente a 703 millones en IED; El Salvador, 7977 millones en remesas frente a 210 millones en IED.
Nicaragua, por su parte, registró un ingreso de 4265 millones de dólares en remesas y 1373 millones en IED. En todos los casos, estos flujos superan con creces la inversión productiva extranjera, pese a que ambas tienen funciones distintas dentro de la economía.
En conjunto, los cuatro países analizados recibieron en 2023 un total de 41 286 millones de dólares en remesas, frente a apenas 3 805 millones en inversión extranjera directa. Esto significa que las remesas multiplican por más de diez los flujos de inversión extranjera en la región.
La paradoja es que mientras la IED se considera un motor del desarrollo por su efecto sobre el empleo y el crecimiento, en la práctica sus beneficios se concentran en pocos sectores y no llegan al grueso de la población. En cambio, las remesas, aunque no se clasifican como inversión productiva, tienen un impacto directo y sostenido en millones de hogares.
Según el estudio de Orozco, la región ha visto crecer la dependencia de las remesas de forma acelerada. En 2013, estas representaban un promedio del 16% del PIB en los cuatro países analizados. Para 2023, el porcentaje supera el 25% en tres de ellos. Nicaragua, por ejemplo, recibió remesas equivalentes al 27.6% de su PIB. En El Salvador, el 26%; Honduras, 27%; y Guatemala, 21%.
También destaca que la dependencia en las remesas familiares ha aumentado de manera exponencial durante la última década y que, al menos un tercio de los hogares en estos países, depende de estos ingresos. En Nicaragua, el 40%; en El Salvador, más del 50%. Estos flujos permiten cubrir necesidades básicas como alimentación, salud, vivienda y educación.
De acuerdo con las investigaciones del experto, las remesas han contribuido a reducir la pobreza entre 5 y 7 puntos porcentuales; lo que significa que las familias receptoras tienden a tener mejores condiciones de vida, mayor acceso a servicios básicos y más oportunidades de movilidad social que aquellas que no cuentan con este apoyo externo.
Costa Rica: excepción entre remesas e inversión

Costa Rica se distancia del patrón centroamericano dominante. En 2023 recibió 661.1 millones de dólares en remesas, lo que equivale al 0.85 % del PIB del país según el Banco Central de Costa Rica. Ese monto contrasta con economías de la región cuya dependencia del dinero enviado desde el exterior supera el doble dígito porcentual.
El informe Aspectos socioeconómicos de las remesas familiares en Costa Rica de 2024, también señala que Costa Rica figura como país 27 en recepción de remesas en proporción al PIB, lo que evidencia su carácter de país emisor, más que de receptora de estos fondos en la región. Además, entre 2017 y 2023, Costa Rica mantuvo ese promedio del 0,85 % como participación remesera en relación con su actividad económica.
Desde el punto de vista migratorio, el informe detalla que en 2023 la población extranjera mayor de 18 años en Costa Rica alcanzó 471 258 personas, de las cuales el 80.3 % eran nicaragüenses. Esa concentración tiene implicaciones en los flujos de remesas salientes desde Costa Rica hacia esos países, sobre todo hacia Nicaragua.
Este contraste demuestra que Costa Rica, a diferencia de Guatemala, Honduras, El Salvador o Nicaragua, no depende significativamente de remesas para sostener su consumo o equilibrio macroeconómico. Su estructura económica permite que la IED y otros flujos externos tengan un peso mayor en su desarrollo económico.
La baja productividad limita la inversión y empuja la migración
La limitada capacidad para generar empleos de calidad, de los países centroamericanos dependientes de remesas, es uno de los factores estructurales que explican tanto el auge de estos flujos como la baja atracción de inversión extranjera. Según el especialista Manuel Orozco, la región enfrenta un doble desafío: una economía que no logra absorber la oferta laboral local y un entorno productivo que ofrece escasos incentivos para la inversión.
Orozco señala que la migración es una combinación de realidades. “Una de ellas es que hay una demanda efectiva de mano de obra en Estados Unidos. La otra es que la economía local es incapaz de absorber la mano de obra local y uno tiene que emigrar o quedarse en la economía local”, explica.
También plantea que esta debilidad se refleja en la naturaleza de la inversión extranjera directa, que en la mayoría de los casos se concentra en sectores de baja complejidad tecnológica como las zonas francas textiles o la agroindustria de exportación. “La IED es limitada porque no hay altos niveles de productividad que incentiven o atraigan al mercado financiero a invertir en nuestros países”, afirma Orozco.
IED concentrada en pocos sectores y sin impacto en el desarrollo
En su análisis, el experto advierte que el desafío no radica únicamente en el volumen de inversión extranjera, sino en su limitada capacidad de generar valor agregado. “El rendimiento de invertir en frijoles o en la zona franca para vender t-shirts (camisetas) es 1/25 al valor de invertir en un móvil Apple”, ejemplifica.
A diferencia de las remesas, que llegan a millones de familias, la inversión extranjera directa sigue concentrada en sectores específicos, con escasa redistribución. Manuel Orozco explica que “la IED es una inyección de capital de trabajo y liquidez que va en función del modelo económico local. En la región la IED se orienta hacia tres grandes sectores: exportador (zona franca y agroexportación), agroindustria y alguna que otra manufactura (menos del 10% de la IED se dedica a este segmento)”.
Este tipo de inversión, agrega, “queda centralizada en economías enclaves y genera poca redistribución —su efecto multiplicador es pequeño”. A modo de ejemplo, indica que “aunque el 50% de la IED puede ser en banca o zona franca, el efecto multiplicador de 1000 millones de dólares en inversión en ese sector es de menos de generar 10 000 empleos porque hay mucha repatriación de recursos”.
El potencial ignorado de las remesas

En contraste, Orozco destaca que las remesas tienen el potencial de impulsar transformaciones estructurales si se formaliza su uso. “Las remesas tienen un fuerte impacto en el desarrollo económico, toda vez que aumentan la capacidad de ahorro. Si esta capacidad se canaliza sistémicamente a través de políticas de inclusión financiera, el impacto sobre la tasa de ahorro de un país es muy alto: la contribución de las remesas al ahorro en un país podría aumentar en más de 20% anualmente”.
Ese ahorro, al incorporarse al sistema financiero, puede ser movilizado hacia el crédito y, eventualmente, a la inversión en capital humano. Orozco plantea que esta es una vía efectiva para mejorar la productividad laboral. “Hoy día significa invertir en capital humano. Con las remesas es posible si los Estados apuntalan sus políticas de gobierno en mejor capital humano y se apalancan en fuentes de ahorro, como lo son las remesas”, afirma.
Aunque remesas e inversión extranjera directa (IED) responden a lógicas distintas y no son metodológicamente comparables, el contraste entre ambos flujos permite identificar desequilibrios estructurales. Mientras las remesas tienen un efecto directo sobre el bienestar de los hogares, la IED en la región se concentra en sectores con bajo valor agregado y limitado impacto en la generación de empleo calificado.
Este patrón deja a las economías centroamericanas expuestas a variables externas, como cambios en las políticas migratorias de Estados Unidos o crisis económicas globales. Sin una estrategia de desarrollo basada en el fortalecimiento interno —incluida la inversión en capacidades humanas y productivas—, el crecimiento económico continúa dependiendo en gran medida del esfuerzo de quienes migran.
Remesas como motor para el desarrollo humano en Centroamérica
Manuel Orozco sostiene que la región centroamericana tiene en las remesas una herramienta poderosa para alcanzar ese propósito si los Estados logran convertirlas en una fuente formal de ahorro e inversión. “Con las remesas es posible si los Estados apuntalan sus políticas de gobierno en mejor capital humano y se apalancan en fuentes de ahorro, como lo son las remesas”, indica.
Para el especialista, el reto no está solo en canalizar el dinero hacia el sistema financiero, sino en aprovecharlo para fortalecer la educación, la formación técnica y la innovación. “Una estrategia de formalización de ahorro de remesas que paralelamente fomente la inversión de ese ahorro en instancias de capital humano —educación formal, tutorías, etc.— al grueso de la población estudiantil, tendrá un mayor rendimiento económico”, explica.
El reto no está en atraer más capital foráneo, sino en aprovechar los recursos ya existentes para impulsar el capital humano y reducir la dependencia externa. Mientras la inversión extranjera permanece concentrada en pocos sectores, las remesas continúan siendo un soporte clave para el consumo, el ahorro y el bienestar de millones de familias en la región.