Nicaragua tiene hoy más reservas internacionales que nunca, pero ese récord no significa que los nicaragüenses sean más prósperos. Los economistas Manuel Orozco y Marco Aurelio Peña coinciden en que el crecimiento de este “colchón” fortalece la posición financiera del país y su capacidad para enfrentar una crisis, aunque sus beneficios no se traducen directamente en mayores ingresos o mejores condiciones de vida para la mayoría de ciudadanos.
El Banco Central de Nicaragua (BCN) reportó que las Reservas Internacionales Brutas (RIB) alcanzaron 9808 millones de dólares al cierre de junio de 2026, 1483 millones más que en diciembre de 2025. Un crecimiento de casi 18% en seis meses. La institución atribuye el aumento principalmente a la compra de divisas, la entrada de recursos externos al sector público y los intereses generados por la inversión de las propias reservas.
El récord, sin embargo, muestra solo una parte de la economía de Nicaragua. Manuel Orozco, director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo del Diálogo Interamericano, advierte que el fortalecimiento de las cuentas del país convive con una alta informalidad laboral, bajos ingresos y una distribución de los recursos públicos que no ha mejorado en la misma proporción.
Su análisis muestra que la informalidad pasó del 69% al 75% entre 2015 y 2025, mientras los impuestos vinculados al consumo aumentaron su peso dentro de la recaudación del 55% al 65%. En ese período, el Estado aumentó su capacidad para recaudar en una economía en la cual la mayoría de los trabajadores permanece en la informalidad.
“El nicaragüense es quien está pagando ese servicio de la deuda y gracias a ello, hay más reservas, pero el beneficio no es para ellos”, sostiene Orozco.
Peña por su parte coincide en separar la fortaleza financiera del bienestar de los hogares. “Que las reservas monetarias aumenten sustancialmente, no significa que un país sea más rico”, explica.
10 000 millones que funcionan como un seguro

Para explicar en términos sencillos qué son las reservas y cuál es su función, Peña las compara con el fondo de emergencia de una familia. Un hogar puede guardar dinero para enfrentar una enfermedad, la pérdida de ingresos u otro imprevisto. Ese ahorro mejora su capacidad para responder a una crisis, pero no significa que la familia tenga mayores ingresos, ni que pueda gastarlo libremente.
En un país cumplen una función similar. Las reservas permiten al Banco Central disponer de dólares y otros activos para responder ante una caída en la entrada de divisas, cumplir obligaciones externas y proteger la estabilidad cambiaria.
“Lo que se quiere es que, ante una emergencia, un shock externo, una crisis económica o una caída de la oferta de dólares en la economía, el Banco Central tenga capacidad de respuesta”, explica Peña.
También explica que los casi 10 000 millones de dólares tampoco están guardados en efectivo. Las reservas están constituidas principalmente por activos en moneda extranjera y otros instrumentos financieros administrados por el BCN. La cifra divulgada corresponde, además, a reservas internacionales brutas.
Para los hogares, el beneficio es indirecto. Las reservas reducen la vulnerabilidad del país frente a una crisis externa y ayudan a garantizar la disponibilidad de divisas, pero no aumentan por sí mismas los salarios, ni financian automáticamente hospitales, escuelas o programas sociales.
El Estado recauda más, pero redistribuye menos
La distancia entre la estabilidad de las grandes cuentas y la economía de los hogares se observa también en las finanzas públicas. Según Orozco, los ingresos tributarios pasaron de representar el 16.4% del Producto Interno Bruto (PIB) en 2015 al 19.5% en 2025, mientras aumentó el peso de los impuestos que recaen sobre el consumo.
El economista contrasta esa mayor recaudación con el comportamiento del gasto social. Educación pasó de representar el 24% del presupuesto en 2015 al 19% en 2025, salud disminuyó del 18% al 16% y protección social del 5% al 4%.
La inversión pública siguió la dirección contraria. Orozco calcula que pasó de representar alrededor del 4% del PIB al 7% durante el mismo período, financiada tanto por la mayor recaudación como por préstamos externos. El economista cuestiona si ese crecimiento realmente esté priorizando las necesidades sociales de la población.
La brecha también se refleja en el bolsillo de los trabajadores. Orozco estima que en 2026, el 76% de la fuerza laboral está en la informalidad y que el ingreso laboral promedio equivale a unos 416 dólares mensuales, mientras el costo de la canasta básica ronda los 600 al mes. Es decir, existe una diferencia aproximada de 184 dólares mensuales entre ambos montos.
Para Orozco, estos indicadores muestran el límite de interpretar el récord de reservas como una señal de bonanza. El Estado dispone de mayor respaldo financiero y recauda más, pero esa fortaleza no se ha traducido en una mejora equivalente de la capacidad económica de los hogares.
Los dólares que llegan de afuera alimentan el colchón
El Banco Central no genera los dólares que acumula. Las divisas entran a Nicaragua por exportaciones, remesas, inversión extranjera, turismo y financiamiento externo, explica Peña. Una parte puede posteriormente terminar en las reservas mediante las operaciones que realiza el BCN.
Durante el primer semestre de 2026, el BCN acumuló reservas principalmente mediante la compra neta de 1186 millones en divisas, es decir, adquirió más dólares de los que vendió. A eso se sumaron 637.4 millones de dólares en recursos externos recibidos por el sector público y 167.9 millones de dólares en intereses generados por la inversión de las reservas. Los pagos de la deuda externa y otras operaciones compensan parcialmente ese crecimiento.
Las compras de divisas son una de las vías utilizadas por el BCN para acumularlas. El Banco Central compra dólares a los bancos comerciales y entrega córdobas a cambio. Esos dólares pasan entonces a formar parte de sus activos.
“¿Quién produce esos dólares? ¿El Gobierno? No”, señala Peña. Las exportaciones generan divisas por las ventas de productores y empresas en el exterior. Las remesas proceden del trabajo de los nicaragüenses que emigraron. A estas fuentes se suman el turismo, la inversión y los préstamos externos.
Entre esas entradas, Orozco destaca el crecimiento de las remesas, que pasaron de 1501 millones de dólares en 2018 a unos 7100 millones en 2026, según las cifras utilizadas en su análisis. En ese mismo período, las reservas aumentaron de 2080 millones, a más de 9000 millones de dólares.
Eso no significa que los dólares enviados por los migrantes pasen directamente a las reservas. Las remesas llegan a los hogares y circulan en la economía, pero aumentan la disponibilidad de divisas que el BCN puede adquirir posteriormente mediante sus operaciones cambiarias.
Orozco señala el “enorme impacto” que tienen las remesas sobre la acumulación de reservas. Peña coincide en su importancia. “Si aumentan las remesas, entran más dólares, es decir, más divisas”, explica.
La disponibilidad de dólares no basta, sin embargo, para explicar por sí sola el récord. Peña sostiene que también existe una decisión expresa del Banco Central de acumularlos. “Hay una voluntad del presidente del Banco Central y del Consejo Directivo de acumular reservas monetarias. Ese incremento es planeado”.
Deuda pública en alza
El aumento de las reservas ocurre mientras Nicaragua mantiene una elevada deuda pública. La coincidencia puede parecer contradictoria. Si el país está cerca de acumular 10 000 millones de dólares, ¿por qué continúa endeudándose y no utiliza parte de ese dinero para pagar lo que debe?
Peña explica que deuda y reservas cumplen funciones diferentes. La primera es una obligación del Estado. Las segundas son activos administrados por el Banco Central para respaldar la estabilidad monetaria y responder ante problemas externos.
El servicio de la deuda se programa cada año en el Presupuesto General de la República y se paga con los recursos previstos para ese fin. “Las reservas no tienen que ver con el Presupuesto General de la República”, señala Peña.
El financiamiento externo puede incluso contribuir a que aumenten las reservas. Cuando Nicaragua recibe un préstamo, ingresan dólares al país y una parte de esas divisas puede terminar en el BCN mediante sus operaciones financieras y cambiarias. Un país puede, por tanto, aumentar su deuda y sus reservas al mismo tiempo, porque una representa una obligación y la otra un activo de respaldo.
Los datos utilizados por Orozco muestran que tanto la deuda como las reservas han crecido. La deuda externa pública pasó de 5950 millones de dólares en 2018 a 9024 millones en 2026, mientras las reservas aumentaron de 2,080 millones a más de 9000 millones de dólares. También creció el monto que el país debe pagar cada año por su deuda, incluidos capital e intereses. Este pasó de 248 millones de dólares en 2018 a 810 millones en 2026.
Sin embargo, las reservas crecieron a mayor ritmo. Según los cálculos de Orozco, el servicio anual de la deuda equivalía al 12% de las reservas en 2018 y al 9% en 2026.
Peña descarta que la existencia de deuda justifique utilizar ese colchón para cancelarla. “La deuda no es una emergencia, ni un shock externo; es una obligación programada”, explica.
El régimen controla el BCN, pero tocar las reservas tiene un costo
Las reservas no pertenecen al Gobierno ni forman parte del Presupuesto General de la República. Su administración corresponde al Banco Central, una institución que, según la ley, tiene autonomía funcional, administrativa y financiera.
Peña advierte, sin embargo, que esa independencia no se cumple en la práctica. “El régimen mantiene control político sobre el Banco Central, como mantiene control político sobre todas las instituciones”, sostiene.
En 2012, Daniel Ortega intentó comprometer el 1% de las reservas internacionales de Nicaragua como aporte al Banco del ALBA. Antenor Rosales, entonces presidente del Banco Central, respondió públicamente que el Ejecutivo no podía decidir por sí solo sobre esos recursos. “Las reservas internacionales no se manejarán a gusto ni capricho de nadie”, afirmó el 6 de febrero de ese año.
Rosales explicó que cualquier decisión sobre esos activos debía pasar por las instancias correspondientes del BCN y cumplir los criterios establecidos para su inversión. Una semana después, fue retirado de su cargo.
Su sustituto, Alberto Guevara, mostró una posición distinta y anunció que revisaría la posibilidad de colocar parte de las reservas nicaragüenses en el Banco del ALBA.
Para Peña, aquel episodio es un antecedente de los límites que deberían existir sobre el uso de estos recursos. La diferencia está en el monto que hoy administra el Banco Central. En 2012, las reservas rondaban los 1800 millones de dólares, alrededor de 82% menos que los 9808.6 millones registrados en junio de 2026.
Más de una década después, el monto en juego es mucho mayor. Para Peña, pese al control político sobre el BCN, el régimen ha mantenido la conducción técnica de las decisiones monetarias y cambiarias porque una intervención irresponsable tendría consecuencias económicas.
Una reducción injustificada de las reservas podría generar desconfianza, aumentar la presión sobre el tipo de cambio y afectar al sistema financiero del país. “El límite de ellos es la economía misma, la estabilidad macroeconómica. No les conviene tocar eso”, sostiene Peña.
Las reservas también son un seguro para el régimen

Mantener reservas altas también permite al régimen proyectar hacia el exterior una economía con capacidad para responder a sus compromisos financieros, algo relevante para un país que continúa dependiendo del financiamiento de organismos y acreedores internacionales.
Peña considera que Ortega y Murillo han preservado el manejo técnico de áreas como la política monetaria y cambiaria porque comprometer esa estabilidad tendría consecuencias económicas y políticas. “El límite de ellos es la economía misma, la estabilidad macroeconómica. No les conviene tocar eso”, sostiene.
Orozco pone el contrapunto en cómo se distribuyen los resultados de esa estabilidad. Su análisis muestra que el Estado ha fortalecido sus cuentas y Nicaragua tiene mayor capacidad para enfrentar una crisis externa, mientras 76% de la fuerza laboral permanece en la informalidad y el ingreso laboral promedio continúa por debajo del costo de la canasta básica.
Nicaragua tiene así el mayor colchón financiero de su historia, pero la fortaleza que muestran las cuentas del país no se refleja en la misma proporción en la economía de los hogares.