En 2005, Roxy Williams tenía cinco años y contaba estrellas en las noches al observar el cielo en Bilwi, en el Caribe Norte de Nicaragua. Se preguntaba cómo alcanzar la Luna. Habían pasado más de tres décadas desde que la Misión Apolo XI llegó al satélite de la tierra durante julio de 1969 y ahí estaba soñando con el firmamento. Veinte años después, quiere convertirse en la primera afroindígena nicaragüense y centroamericana en viajar al espacio exterior.
Su historia la cuenta, mientras anuncia en redes sociales que participa en el concurso internacional Space Exploration & Research Agency #SERASpace, organizado por Blue Origin. Es la empresa de transporte aeroespacial, propiedad de Jeff Bezos, y la competencia permitirá que elijan a seis personas para volar en el cohete New Shepard. Ella pide votos a los cibernautas. Viste con un huipil azul, bordado con el escudo de Nicaragua y flores de sacuanjoche.
Esta joven que se mueve en el escenario de un pequeño auditorio es la misma que alguna vez soñó con gobernar Nicaragua. Pero cambió de planes, cuando un mentor vislumbró en ella el potencial de ser la primera astronauta del país, capaz de alzar vuelo hacia el espacio exterior.
“Celebró bailando al ritmo de nuestra música (marimba) y compartiendo con el mundo este sueño de ver nuestra bandera en el espacio”, escribió Roxy Williams en X el 15 de septiembre junto a un video en el que bailaba marimba. Era el día de la Independencia de Nicaragua.
Williams es excoordinadora regional para Norteamérica, Centroamérica y el Caribe del Consejo Asesor de Generaciones Espaciales, un organismo conocido por sus iniciales en inglés SGAC. Además, estudia ingeniería en software en Costa Rica y sueña con prepararse en la NASA.
Hace tres años, la Federación Internacional Aeronáutica en París la nombró “Líder Emergente del Espacio”. Ese reconocimiento fue solo el comienzo de una serie de logros que la ubicaron en un mapa de jóvenes talentosos en la región. Forbes Centroamérica la incluyó en su lista de las 30 promesas menores de 30 años en la categoría “Tecnología e Innovación”. Destacó su liderazgo y la colocó como de las voces más influyentes en el sector aeroespacial. “Sueña con llegar a la NASA, y mientras tanto, ya está acercando el espacio a quienes nunca imaginaron tener acceso”, dijo la revista.
Ella recuerda su determinación ante los desafíos que se le han ido planteando. “Mucha gente trató de hacerme creer que mi sueño de ser astronauta era una locura. Pero, entre más me voy acercando, me doy cuenta de que no lo es. Es difícil, conlleva retos, pero no es imposible”, afirma .

Nació en una ciudad costera del Caribe , donde ser niña ya supone un desafío para salir adelante. Desde pequeña tuvo claro que no quería el destino de muchas jóvenes de su comunidad: casarse a temprana edad, sin libertad de decidir, y dedicar sus días a un hombre o a las labores domésticas. Esa imagen de futuro impuesto, tan común en una región de Nicaragua marcada por la violencia y la pobreza, la empujó a rebelarse y convencerse de que debía dejar la ciudad.
“Eso está genial cuando es una decisión propia, pero yo no quería que ese fuera mi destino, tampoco quiero que lo sea para muchas niñas. Era difícil poder soñar con tener educación sin, en algún momento, salir lastimada o algo por el estilo”, dice..
***
No siempre su camino ha sido luminoso. Ha atravesado dificultades con una vida marcada por prejuicios y barreras sociales por ser indígena y mujer. Llegó a Managua con 11 años. Se enfrentó al reto del idioma y a una ciudad bulliciosa. Conserva en su memoria la capital que encontró: buses en las calles, gritos, prisa, una urbe desordenada. Todo muy diferente del silencio de Bilwi y su mar Caribe..
Algunos se burlaban de su acento, una mezcla de miskito y español. Sin embargo, ella se propuso mejorar su castellano. La diversidad de idiomas, al fin y al cabo, era algo con lo que creció. En su tierra originaria hablan español, miskito e inglés criollo.
Un libro marcó su vida. En 2013 el científico nicaragüense Jaime Incer Barquero publicó el Manual de Astronomía para Centroamericanos. Es un texto ilustrado que explica desde la posición de la Tierra en el sistema solar hasta la formación de estrellas y galaxias. La portada era un pico en una noche estrellada y despertó en Roxy la curiosidad por los confines del universo. También le ayudó a perfeccionar su español. La meta siguiente fue destacar en sus estudios.

Empezó la secundaria en la Nicaragua Christian Academy Nejapa (NCA Nejapa). Alguien advirtió a los docentes que no se preocuparan si reprobaba algunas clases, pues venía de un centro educativo con menor calidad educativa. Se propuso demostrar lo contrario. Cuando terminó el primer semestre, su nombre ya figuraba entre los mejores alumnos. “Entre más me decían que no podía lograr algo, más motivación tenía para demostrar que sí”, cuenta.
Se graduó con un promedio de 96. Pensó en una beca académica en Keiser University Latin American Campus en San Marcos, Carazo para estudiar Ciencias Políticas, porque en algún momento había pensado en ser presidenta. Fue el astrónomo nicaragüense Julio Vannini, quien la convenció de dejar sus aspiraciones políticas, y optó por Ingeniería en Software.
Así despegó su carrera que la ha llevado a ganarse el reconocimiento de instituciones y organizaciones internacionales. Eso parecía inalcanzable para una joven de la Costa Caribe nicaragüense.
***
A pesar de los reconocimientos, ella es una muchacha humilde. Roxy Williams tiene una sonrisa amplia, cara redonda, labios gruesos, pintados de rojo carmesí, y pelo negro liso. Cuando no está frente a la computadora, baila música de la Costa Caribe y a veces sones del Pacífico. Es alguien que celebra su identidad con todos los sentidos: Cocina rondón, una comida típica del Caribe con el aroma del coco y el pescado. Le recuerdan a Bilwi. También hace patí, una empanada rellena de carne picante, tal como la preparaban en su casa. En esos momentos, la futura astronauta, porque ella se ve siéndolo, vuelve a ser simplemente Roxy, la joven que celebra su identidad.
—¿Qué te traslada a Bilwi?— le pregunto.
Suelta una carcajada. Regresa metafóricamente a su infancia..
—La comida. Amo el rondón, las tortillas de harina, el wabul (bebida miskita), el patí. He probado otros patís del Caribe, pero hay diferencias en el sabor.
***
Otros hechos han influido en su visión. El huracán Félix impactó en Bilwi, causando al menos 40 muertos y dejando a su paso 40 000 damnificados en 2007. Ella pensó en la vulnerabilidad de sus coterráneos al desarrollar proyectos concretos. Lideró el equipo de NICASAT-1 durante un concurso de diseño de nanosatélites (CubeSat), organizado por el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil.
La misión del CubeSat era ambiciosa: medir los niveles de agua durante temporadas de huracanes y tormentas, y con esos datos identificar lugares seguros para refugios o asentamientos. Para Roxy no era un simple ejercicio académico, sino una forma de imaginar soluciones a lo que había vivido cuando era niña en su ciudad natal.
En 2018 se unió al Space Generation Advisory Council (SGAC), tras asistir a un taller sobre temas aeroespaciales en la Universidad de Costa Rica. Desde allí comenzó a tender puentes con jóvenes de toda la región. Los acercó a becas y oportunidades que ella hubiera querido tener cuando recién llegaba a Managua. Hoy es la coordinadora regional para Norteamérica, Centroamérica y el Caribe. Su trabajo en esta institución le valió la nominación a los Women’s Space Awards, que destacan el trabajo de mujeres en la investigación aeroespacial.

De aquel campamento espacial en Costa Rica hay una imagen de ella en la que posa con un pequeño cohete de combustible sólido. “Fue la primera conexión con saber que me encantaba crear cosas con mis propias manos”, recuerda. Está sonriendo bajo la sombra de unos árboles. Lleva puesta una camiseta rosada que dice “Nicaragua”, jeans sencillos y tenis deportivos. En otra imagen de la revista Forbes, ella luce un traje espacial blanco, sosteniendo un casco transparente en su mano derecha y levantando la izquierda en señal de victoria con dos dedos en “V”.
Un día coincidió con la directora adjunta de la División de Astrofísica de la NASA, la costarricense Sandra Cauffman. Roxy, nerviosa, se presentó:
—Mi nombre es Roxy, soy de Nicaragua, y quiero ser astronauta en el futuro. ¿Qué consejo me da?
La respuesta fue muy simple, pero con un peso importante:
—Roxy, mucho gusto. Si usted quiere ser astronauta y se lo pone en la mente, lo va a lograr.
Fueron palabras sencillas. Pero para Roxy significaron un antes y un después. No era solo un consejo: era la validación de una figura de autoridad a quien admiraba y considera, ahora, su mentora. Desde entonces las repite como un mantra.
En su comunidad del Caribe, Roxy imagina un salón lleno de niñas alrededor de una mesa, tocando por primera vez una computadora, desarmando piezas, probando programas. “Quiero que tengan ese contacto directo con la tecnología —explica—, que se permitan curiosear y experimentar, como yo lo hice alguna vez”. No habla solo de aprender, sino de abrir horizontes, de mostrarles que existen otros mundos más allá de sus comunidades indígenas. De que esas niñas puedan decir: “yo quiero ser ingeniera”, “yo quiero ser científica”.
— Vivimos en una región en la que este tipo de carreras no es normal, y no tenemos a personas nos sirvan de inspiración— sostiene. Ella aprendió programación antes de terminar secundaria, construyó un cohete de combustible sólido y diseñó un hospital lunar utilizando tubos de lava. Tiene 25 años y un futuro prometedor.
Roxy Williams quiere ser el referente para una generación de niñas de su natal Bilwi, a las que se les condena a vivir sin ambiciones. Con disciplina —apuntilla— se pueden romper estereotipos, barreras de género, de origen y de idioma. Lo sabe porque lo ha vivido.
Pero más que disciplina, es determinación. Y eso es su propulsor para llegar a la NASA.