San Juan del Sur, o la melancolía de un turismo que no vuelve gracias a la pandemia

La baja del turismo internacional es lo que más ha impactado la industria del turismo en Nicaragua y San Juan del Sur. EFE

El 18 de marzo pasado, cuando supo que se había detectado el primer caso de COVID-19 en Managua, Rosibel Cerda, dueña del Restaurante El Buen Gusto, construido a orillas de la suave playa rivense de San Juan del Sur, decidió cerrar de inmediato, y envió a todo el personal a casa.

Esta ciudad turística por excelencia del sur del país, ha sufrido como pocas la decisión tomada por muchos, de buscar cómo quedarse en sus casas, por temor a contagiarse con la enfermedad.

Como tantos, doña Rosibel no sabe si estuvo enferma de COVID-19, pero el día que le detectaron 38.2º de temperatura, llamó a un amigo médico que le recomendó tomar azitromicina e isoprinosine, hasta que se sintió mejor.

El restaurante estuvo cerrado hasta el 25 de abril, cuando la propietaria decidió que era tiempo de reabrir, pero el aumento de casos volvió a activar su instinto de supervivencia, y volvió a cerrar, esta vez por casi dos meses (del 16 de mayo, al 13 de julio) Aunque no perdió a ninguno de sus empleados, a veces se pregunta si el esfuerzo valió la pena, porque al reabrir el local, el virus seguía ahí.

Eduardo Holmann es el presidente del capítulo local de la Cámara de Turismo, y dueño del Hotel Playa Hermosa, construido en la playa del mismo nombre. Él también decidió que la amenaza de contagio era suficiente razón para cerrar el hotel, y envió al personal a casa, con la instrucción de cuidarse.

“Estuvimos cerrados por varios meses, hasta que decidimos reabrir en julio”, con la esperanza de que los feriados de las fiestas patronales de Managua (que llevan mucha gente a San Juan del Sur y localidades aledañas), y de las fiestas patrias, permitiera un poco de ‘oxígeno’ a los negocios de la zona, recuerda ahora el hotelero.

Vista del El Timón, uno de los restaurantes insignias de San Juan del Sur. M.G | Divergentes.

El ‘respiro’ duró de tres a cinco días, pero sirvió para generar algún ingreso, y dar uso a las instalaciones, que requieren de mantenimiento y ocupación periódica.

El Restaurante El Timón también está ubicado en la zona costera de San Juan del Sur, pero a diferencia de sus vecinos no cerró nunca, pese a la incertidumbre en que se vieron envueltos los dueños y administradores del local.

“Al conocer del primer caso nos preguntamos si los turistas seguirían llegando, pero decidimos que teníamos que seguir adelante, porque ya habíamos invertido más de 15,000 dólares en espera de la temporada de Semana Santa”, explicó René Mauricio Granja, gerente de El Timón.

Siete meses después, el negocio ocupa a menos del 10% del personal con que operaba hace seis meses: de 56 personas, el local pasó a quedarse con 9 de forma permanente.

Al comenzar octubre, un mes tradicionalmente bajo, han tenido que prescindir de más gente, al punto que solo se requiere de 6 personas para atender a los pocos turistas que siguen llegando a ocupar sus mesas.

Pizzas y gelatos: lo mejor de Italia, para llevar

Es un jueves de octubre como cualquier otro en San Juan del Sur, y son las cuatro de la tarde. Mal día de un mal mes en una ciudad que depende del turismo como pocas en Nicaragua.

Decenas de jóvenes practican voleibol de playa en las costas mientras va concluyendo la jornada. Una gruesa capa de nubes oculta los rayos del sol, refrescando una tarde que fue especialmente calurosa mientras el oleaje incesante lava la orilla una, otra y otra vez.

Quizás la mitad de las personas que visitan el malecón, como los que transitan por el resto de la ciudad, usa mascarilla, pese a las continuas advertencias de los expertos que alertan acerca de los peligros de una segunda ola de contagios.

Vista de la bahía de San Juan del Sur desde su muelle pesquero. W. Miranda| Divergentes.

Giuliano Moretti es un italiano que reside en Nicaragua desde el año 2003, y que opera una gelatería en esta ciudad portuaria desde el 2012. Un año después, abriría una pizzería, ‘La Vecchia Signora’, en donde rinde culto al equipo de fútbol Juventus, mientras trata de mantener funcionando un negocio que es atendido por solo dos trabajadores, más la familia, que tuvo que involucrarse para no tener que cerrar.

Al igual que muchos en la ciudad, Moretti reaccionó a la mala noticia de marzo cerrando sus dos locales, y enviando al personal a casa por quince días “para limpiar vacaciones”, pero decidió reabrir únicamente en modo delivery, hasta que llegó septiembre, con un ligero rebrote de… turistas, y reinició la atención en mesas.

Desde este perdido lugar en mitad de Centroamérica, el empresario da seguimiento a las noticias o se comunica con sus compatriotas en la península itálica, para estar al tanto de cómo se comporta la segunda ola, tanto en Italia como en Europa en general, no solo porque eso puede dar pistas de lo que podría suceder en Nicaragua ante un rebrote de la enfermedad, sino también porque el mundo seguirá ‘cerrado’, mientras dure la emergencia sanitaria.

“Ahorita estamos peor que en 2018, porque en ese momento se vivieron 2 o 3 meses intensos, pero la situación se fue normalizando acá. En este 2020, por el contrario, los negocios están muertos entre semanas, y solo los fines de semana se observa una leve recuperación”, confirmó.

Su estrategia en este momento es mantener la presencia en redes sociales, contratando publicidad en Facebook para mostrar a sus clientes antiguos y potenciales, que en el local se cumplen las medidas de bioseguridad.

El nacional gasta menos

En una ciudad tan pequeña como esta, es fácil detectar quién es foráneo y quién es lugareño, porque todos se conocen. De ahí que los propietarios y los escasos dependientes de los pocos negocios que siguen abiertos, sepan a qué transeúnte seguir con la mirada, con la esperanza de que se acerque a comprar algo.

Una calle aledaña al mercado municipal de San Juan del Sur la mañana de un viernes. W. Miranda | Divergentes.

Aunque no digan nada, esperan que los turistas se arrimen y pregunten precios, a ver si se enamoran de un sabor, un olor, una experiencia, una textura, o un color, pero su espera es casi siempre infructuosa. Los transeúntes se alejan lentamente, enamorando de manera fugaz a los vendedores de más allá.

Hasta hace unos años, el Café Oro bullía de actividad matutina, con el personal haciendo esfuerzos para satisfacer los pedidos de entre 75 a 105 personas (entre visitas ocasionales y huéspedes), que demandaban sus servicios, en una época que parece cada vez más lejana.

Todavía en la semana de las fiestas patrias, llegaron a tener unos 50 clientes queriendo saborear algunas de las especialidades de la casa, pero al llegar octubre se volvió normal recibir cinco clientes, y quedarse a esperar que llegue alguien más, mientras se hacen las nueve de la mañana, para que ocurra el cambio de turno.

“Esto se llenaba mucho, pero se cayó cuando comenzó eso”, (el COVID-19), dice una empleada que solo se identifica como Marlen, mientras entrega la factura a los ocupantes de una de las mesas: un hombre joven que parece vestir el pijama con que durmió la noche anterior, acompañado de dos mujeres de su misma edad.

Los otros dos clientes son un hombre mayor y otro más joven que buscaron la complicidad de las solitarias mesas del fondo para evitar miradas incómodas, pero solo se quedaron a tomar un café y se marcharon, después que el hombre mayor revisara el menú y arrugara la cara, quizás porque no le gustaron los precios.

Es el problema con el turista nacional. Aunque en este momento la industria del ocio en general, esté dependiendo del vacacionista nicaragüense, este llega en menor cantidad, gasta menos, y demanda menos servicios.

“El turista nacional viene más que todo en fin de semana, come en algún local, y se queda una noche en un hotel, mientras que el extranjero se queda al menos cuatro días, busca diversión nocturna, compra artesanías, alquila vehículos, etc., beneficiando así a toda la cadena de valor”, explica Granja.

Más que por el hablado o los hábitos de consumo, los empresarios saben que están tratando con turistas nacionales, porque las placas los delatan, indicando que llegaron de Chontales, de Nueva Segovia, o de Chinandega.

“El turismo interno funciona, si uno no tiene compromisos previos, al menos para mantener abierto el local”, reconoció, mientras daba instrucciones a su personal.

Sin aviones. Sin cruceros. Sin turistas

En el extremo sureste de la playa, donde la arena apelmazada se comporta como si fuera lodo, una decena de jovencitas practica fútbol con un entrenador que les tira la pelota al aire para que ellas la bajen con el pecho, y se enfilen hacia una portería cercana resguardada por un portero al que intentan anotar un gol.

No todas lo logran.

Más arriba, en el malecón, unas pocas personas las observan distraídas, mientras conversan con alguien, o se solazan contemplando la inmensidad del mar. Algunos jóvenes practican riesgosas piruetas sobre sus patinetas, mientras un grupo vuelve del mar con sus cañas de pescar vacías.

Todos tienen una cosa en común: nadie compra nada. Nadie consume nada.

La expectativa de los empresarios turísticos es que sea 15 de noviembre. O que se encuentre, apruebe y administre una vacuna eficaz contra el SARS-CoV-2; o que se suavicen las restricciones en el aeropuerto, para que regresen los ansiados viajeros extranjeros.

De paso, si alguien les asegurara que no habrá rebrote, mejor.

Turistas nacionales en la costa de San Juan del Sur. Javier Rocha | Divergentes

“Recuperar masa crítica será difícil, porque la pandemia originó un golpe económico global”, destaca el hotelero Holmann.

“No sé si habrá un rebrote en el país. Lo que sí sé es que en Nicaragua le hemos perdido el respeto a la pandemia. Yo hago lo que puedo hacer: tomo las medidas sanitarias que puedo tomar en el local, y con los empleados. Tengo miedo a enfermarme, pero solo queda cuidar la higiene, tanto en el centro de trabajo, como en la casa y las escuelas”, repite como un eslogan.

Doña Rosibel tampoco sabe si habrá una segunda ola, pero, por si acaso, lleva su propio monitoreo en hospitales, y con amigos médicos. Así fue como se dio cuenta que, en su momento, “Chinandega fue la Wuhan de Nicaragua”.

Cuando la virulencia de los contagios disminuyó, decidió reabrir no solo “El Buen Gusto”, sino también el Hotel La Estación, que ella administra en nombre de su madre, que es la dueña.

“Lo que veo es que la gente toma sus medidas, tanto al salir a la calle, como al volver al hogar. Es que tienen que hacerlo, porque si el eskimero no sale a vender, ese día no come. Es cierto que nos hemos relajado mucho, pero mi esperanza es que estemos a punto de alcanzar la inmunidad de rebaño, que se logra cuando el 60% de las personas se ha infectado”, repite después de haberlo leído en algún lugar.

Sin dinero para pagar

Con mucha dificultad, la administración de El Timón logró acuerdos de pago para enterar las liquidaciones del personal despedido, mientras buscaba cómo terminarse las provisiones que habían adquirido esperando que la temporada de Semana Santa fuera buena.

Después de cerrar la ‘Camping Zone RV Park’ en diciembre de 2018, y una casa de huéspedes, la finca de senderismo y aventura, y la discoteca ‘Crazy Crab’, por causa de la pandemia, la familia hace grandes esfuerzos para mantener abierto el restaurante: desde pedir consejo a empresarios amigos afincados en España e Italia, que han tenido que aprender a lidiar con altas tasas de contagios y de letalidad, hasta buscar alternativas de financiamiento, que no han funcionado.

Aunque el país no vive el clima de horror en que el rebrote ha sumergido a otras partes del mundo, el hecho que no haya quién piense en viajar en estas circunstancias, más el cierre de las fronteras, y la ausencia de cruceros, hace que no haya dinero para reinvertir en lo que se necesita para que el restaurante esté al día con las tendencias en lo que a mantenimiento, imagen y platería se refiere.

Vista nocturnas de la bahía de San Juan del Sur. Javier Rocha | Divergentes

“No hemos podido lograr acuerdos con las entidades financieras. Nos dicen que no se puede volver a reestructurar, porque ya nos habían dado esa facilidad en 2018, y nos bajaron de categoría, sin importar que hubiéramos sido clientes ‘A’ durante diez años. Esto causa ‘estrés empresarial’, porque estamos sin opciones de reinversión y, hasta cierto punto, sin flujo operativo”, dijo Granja.

La situación es similar en el Hotel La Estación, que la familia Cerda Moraga cerró en marzo, y reabrió al despuntar el mes de julio.

“Tenemos poca ocupación, pero eso nos permite mantener el punto, el nombre, y pagar gastos, incluyendo a los bancos. Por ahora, solo queda pedir a Dios que este virus desaparezca, o que pronto estemos todos vacunados”, expresa con esperanza y resignación.

La tarde termina de caer, y la terminal de cruceros se va quedando a solas. Las tiendas libres de impuestos están cerradas. Un poco más allá, la pasarela flotante por la que otrora desembarcaban los turistas que llegaban en cruceros, sube y baja al ritmo de la marea, mientras se escucha el chirriar de sus goznes emitiendo un sonido lastimero, como si llorara la ausencia de los anhelados viajeros que llegaban a conocer, a comer, ¡en fin!, a comprar, a comprar, a comprar.

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