Doce días después de la caída y captura de su principal aliado ideológico en Caracas, Daniel Ortega reapareció por primera vez este jueves en un acto de graduación de inspectores policiales y dio un discurso en el que, si bien condenó “la invasión” a Venezuela por parte de Estados Unidos, evitó mencionar al presidente Donald Trump y moduló hasta la mansedumbre su habitual e histórica tónica antimperialista. “Nos sumamos al clamor para que regresen al presidente Nicolás Maduro a su pueblo. Se lo llevaron en una acción totalmente desproporcionada”, exhortó, acompañado de su esposa, la copresidenta Rosario Murillo y la plana mayor de su régimen en el centro de convenciones Olof Palme.
Desde que Donald Trump ordenó la operación Resolución Absoluta la madrugada del pasado tres de enero, el régimen copresidencial ha adoptado la misma retórica del chavismo ahora encabezado por Delcy Rodríguez: claman por Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, pero en la práctica hacen genuflexiones a Washington. Antes de que reapareciera el caudillo sandinista, el régimen demoró 14 horas en referirse a la captura del líder chavista y luego vino la emisión de una serie de comunicados desprovistos del fuego antimperialista usual de la diplomacia copresidencial.
En ese mismo tenor fue el discurso de Ortega la noche de este jueves, con copiosas críticas “contra los imperialistas de la tierra” y una andanada de indirectas a Estados Unidos, aunque moduladas en un tono manso y sosegado. “A la hermana República Bolivariana de Venezuela 300 aviones hicieron sobrevolar, 150 helicópteros, el armamento que tenían allí en los barcos de guerra. Imagínense, exponiendo a la muerte para capturar al presidente Nicolás Maduro. ¿Quién les ha dado ese poder a ellos? ¿Qué organismo existe en el mundo que avale un acto de terrorismo como ese?”, dijo Ortega, siempre sin mencionar al presidente republicano.
También, como es habitual en sus peroratas, Daniel habló de la paz y citó a Rubén Darío. Luego de hacer un largo recuento de la historia política de Nicaragua desde los años ochenta, volvió a insistir en el “terrorismo”, pero siempre de manera indirecta hacia Washington. “Son terroristas… están sembrando terror en el mundo… y lo que el mundo quiere es paz. Nuestro cariño para el pueblo venezolano (…) Nos sumamos al clamor de que regresen al presidente Nicolás Maduro a su pueblo. Se lo llevaron en una acción totalmente desproporcionada, sin ninguna orden de captura”, sostuvo Ortega.
“Cooperan de manera silenciosa”

El declive de los decibeles antiimperialistas del régimen copresidencial se debe, según una fuente de la Casa Blanca citada esta semana por la revista estadounidense POLITICO, a que los Ortega-Murillo han esquivado la presión directa de la administración de Trump, cooperando de manera silenciosa en labores de contención contra el narcotráfico, a diferencia de Cuba que sí ha estado presente en la narrativa y las amenazas del mandatario republicano.
En el análisis de la periodista Nahal Toosi, respaldado por fuentes diplomáticas y exfuncionarios de seguridad, sugiere que Managua ha sabido jugar una carta fundamental: la utilidad operativa para Washington. A pesar de que la primera administración de Trump incluyó a Nicaragua en la llamada “troika de la tiranía”, la realidad en el terreno muestra una paradoja. Según el medio estadounidense, un alto funcionario aseguró bajo anonimato que Nicaragua está colaborando con Washington para frenar el tráfico de drogas y combatir estructuras criminales en su territorio, una afirmación que contrasta con el anuncio oficial realizado en marzo pasado sobre el retiro de las operaciones de la DEA en Nicaragua, motivado por la “falta de cooperación” del régimen.
“Nicaragua está cooperando con nosotros para detener el narcotráfico y combatir a los elementos criminales en su territorio”, afirmó el funcionario de la Casa Blanca, bajo condición de anonimato, al tratarse, según explicó, de un asunto sensible de seguridad nacional. La administración, añadió, está observando “muy de cerca” la conducta del régimen nicaragüense, sin ofrecer mayores detalles.

El Departamento de Justicia, por su parte, rehusó comentar sobre la aparente contradicción entre esta cooperación y el informe federal que anunció el retiro de la DEA, mientras que la propia agencia antidrogas no respondió si ese plan sigue en pie o ha sido revisado.
Esta colaboración técnica crea un dilema para Washington. Mientras el Departamento de Estado sanciona a figuras del círculo cercano de Ortega-Murillo por violaciones a los derechos humanos, “otras instancias mantienen canales abiertos con el Ejército de Nicaragua y la Policía Nacional para operaciones regionales”. Dicho pragmatismo permite al régimen sandinista presentarse “como un socio necesario en una región convulsa” para evitar convertirse en un blanco prioritario de Trump, quien ha concentrado su presión regional en países con mayor peso estratégico, migratorio o energético, mientras Managua mantiene un discurso antiimperialista y estrecha vínculos con Rusia, China e Irán.
Expertos consultados en el reporte también señalan que Ortega ha aprendido a no generar “ruido excesivo” que provoque una reacción directa del mandatario estadounidense. A diferencia de Maduro, quien optaba por la confrontación pública constante, el régimen de Managua ha alternado la retórica antiimperialista para consumo interno con una gestión discreta de los intereses de seguridad que preocupan a Washington.