Asilos de ancianos en Nicaragua: Pequeñas “burbujas” sin coronavirus

Un anciano del Hogar San Antonio de Masaya sonríe en medio de la pandemia de COVID.-19. Carlos Herrera | Divergentes

El primero de marzo de 2020, más de dos semanas antes de que el primer caso de coronavirus se oficializara en Nicaragua, el Hogar de Ancianos San Pedro Claver, ubicado en Kilómetro 19 y medio de la Carretera Managua a Masaya, cerró sus puertas. Así empezaron un estricto confinamiento voluntario 32 ancianos y cuatro religiosas que, junto a los 16 trabajadores externos de este asilo, han logrado mantener el virus relativamente alejado de los adultos mayores y enfermos que habitan esta residencia.

“Hasta el día de hoy nadie entra y no hay visitas, es decir, para los poquitos que tienen familia. Últimamente sí hemos dejado que los vean, pero a dos metros de distancia, con un portón separándolos y con la enfermera o el enfermero al lado para que no los vayan a contagiar”, relata a DIVERGENTES la hermana Silvia Ruiz Guillén, una de las religiosas encargadas del asilo. “Todos estos meses han sido de encierro y solo yo salgo y hago las compras y lo que hay que hacer”.

La temprana decisión de confinamiento del San Pedro Claver y los otros 23 asilos de ancianos que funcionan en Nicaragua resultó providencial durante la pandemia. Frente al negacionismo oficial del gobierno de Daniel Ortega y la ola de contagios de coronavirus entre marzo y julio, las residencias de adultos mayores lograron contener la COVID-19, volviéndose en la práctica especies de burbujas que no han registrado contagios hasta ahora. Las encargadas de los hospicios impusieron medidas drásticas para los visitantes y personal laboral para proteger a los ancianos de un virus que, precisamente, se ensaña con los más viejos.

En el San Pedro Claver lo primero –después de cerrar las puertas– fue empezar a aplicar las medidas de prevención para los colaboradores externos. Se adaptó un lavamanos portátil en la entrada, otro en la sala principal del asilo, además de alcohol para las manos y bandejas con cloro para los zapatos. Al llegar, los trabajadores deben cambiarse mascarilla y esa, la recién puesta, solo se la podrán quitar al salir. Al terminar el proceso todavía no pueden tocar a ningún anciano hasta que se visten con el uniforme del Hogar.

Sin certeza de que el virus los mató

Fachada del asilo de ancianos San Pedro Claver. Desde antes del primer caso positivo de COVID-19 en Nicaragua, se confinaron. Carlos Herrera | Divergentes

La hermana Silvia, que pertenece a la Congregación de las Hermanitas de los pobres de San Pedro Claver, habla rápido, pero de repente suspira, calla unos segundos y describe el trabajo de estos meses como “titánico”. Principalmente cuando el virus terminó entrando al Hogar pues durante este tiempo, en cálculos de la religiosa, tres o cuatro miembros del personal se han enfermado. “Y como nunca les aclararon si era el virus, les alargamos la cuarentena hasta los 21 días, previniendo los contagios porque ellos viajan y tienen familia y ahí está el riesgo de que nos lo traigan todavía el día de hoy”, dice la religiosa.

Como parte de los métodos preventivos tomadas en el Hogar, a inicios de junio todos los ancianos tomaron “un refuerzo” de vitamina C, vitamina D3 y zinc. Todo esto se realizó con los pocos recursos con los que cuentan estas residencias que, principalmente, viven de las donaciones.

Pese a los cuidados, las muertes no se pudieron evitar. El punto más crítico llegó a mediados de junio e inicios de julio, cuando siete ancianos fallecieron. Dos de ellas el 14 de junio. A una le dio un derrame y, por permanecer acostada muchos días, terminó con neumonía y la otra tuvo un infarto.

“De siete u ocho que murieron entre el 14 de junio y el 4 de julio, creemos que uno o dos pudieron fallecer a causa del virus… es lo que creemos, pero no podemos tener certeza por los síntomas, por las complicaciones que ya tenían, por la rapidez con la que fallecieron”, explica la religiosa. Por eso, cuando había sospechas de que algún adulto mayor podía estar infectado, lo aislaban del resto. Era lo único que podían hacer, porque el Ministerio de Salud (MINSA) no realizó un testeo masivo en el país.

Además, desde que surgió el primer caso en el personal, las encargadas del Hogar implementaron un protocolo de distanciamiento entre las sillas mecedoras de los ancianos que estaban en la sala común, una a la par de la otra, y ahora se encuentran a un metro de distancia entre ellas. Lo mismo se ha hecho en las mesas del comedor que son para seis personas, pero ahora máximo se ubican cuatro en cada una.

Paradójicamente, el mes de luto por tantas muertes, terminó el domingo 12 de julio con un pastel de cumpleaños muy especial. Doña Juana María Cano, originaria de Tola, Rivas, cumplió cien años y los celebró muy alegre, en compañía de su esposo Manuel Chávez, quien está con ella en el asilo desde el 2017.

Así se vive y se muere en un asilo durante la pandemia

En San Pedro Claver la vida pasa más lenta y no es igual para todos. Algunos, los que están más lúcidos, tienen un pequeño radio, ven películas, el canal católico o el popular noticiero de Canal 10. Ellos, los que sí saben que hay un virus “afuera”, usan mascarilla de vez en cuando. Sin embargo, hay otros que, por su edad o padecimientos, ya no se enteran de la situación. “Están en su burbuja, saben que se les protege”, agrega la hermana Silvia.

Las monjas son las principales administradoras de los asilos de anciano. Han conseguido medicamentos preventivos para tratar la COVID-19. Carlos Herrera | Divergentes

Así, muchas veces ajenos a su alrededor y con la población ensimismada en los problemas de la vida cotidiana, nadie repara en que este asilo paga más de cien mil córdobas en planilla y que, en el fatídico junio los gastos en medicinas ascendieron a más de 70 mil córdobas, cuando “lo normal” es que se gasten entre 15 y 20 mil córdobas. Ante la crisis económica que golpea al país, la reacción de las hermanas fue hacer una lista de prioridades encabezada por alimentos y medicinas para hacerle frente al hecho de que las donaciones en efectivo han caído en un 80%.

La hermana Silvia, de 59 años, recuerda que “antes los nicas que venían del extranjero de pronto traían cincuenta dólares…cien dólares”. “Eso se cayó desde hace rato. No hemos aguantado hambre, pero sí ha sido bastante difícil y ha significado gastar lo que se tenía para imprevistos”, asegura.

Asilos no reciben más ancianos

El miedo al contagio y a un brote mortal, también ha perjudicado a los ancianos que necesitan un lugar donde vivir sus últimos años, ya que las solicitudes de ingreso a San Pedro Claver, igual que a otros asilos del país, no están siendo aceptadas.

Administrar un Hogar de Ancianos significa anticipar el futuro. Es decir, tener al menos dos ataúdes a mano. La hermana Silvia viaja a la ciudad de León a comprarlos. Una funeraria se los vende a “dos mil y pico de pesos” pues son “de los baratitos”. Así, con lo que podría costarle uno en Managua, ella puede adquirir dos en León y todavía ajustar para el combustible de la camioneta en la que se transporta. Hace un par de domingos, tuvieron que hacer uso de uno de esos féretros: falleció don José Félix Dávila, de 79 años de edad, el residente más antiguo del hogar. El anciano estaba ahí desde 2001.

La última morada de José Félix y de los ancianos del asilo que no tienen familia es el cementerio de Buenavista, una comunidad ubicada frente al volcán Masaya, donde las Hermanitas de los pobres de San Pedro Claver fueron beneficiadas con un terreno cedido por la Alcaldía de Nindirí. En 2013, en dicho pedazo de tierra hicieron una bóveda de 24 nichos, de los cuales solo queda uno sin usar y seis que ya pueden reusarse. Este será el lugar de descanso final de la amplia mayoría de los viejitos del Hogar, porque de los 32 que lo habitan solo siete tienen familia.

El logro del Hogar San Antonio de Masaya: sin contagios

El Hogar San Antonio de Masaya y el Estadio de béisbol Roberto Clemente, uno de los principales focos de coronavirus de la ciudad, solo están separados por una calle. Sin embargo, en el asilo de ancianos no ha habido un solo caso entre los 35 adultos mayores y las ocho religiosas que lo habitan. La razón es que, a diferencia del campo de juego, en el hogar sí se tomaron en serio la pandemia.

La hermana Valentina Martínez Altamirano dice que lo primero que hicieron fue tomar las medidas de prevención con los 22 trabajadores externos del hogar y que, gracias a donaciones, pudieron obtener los dispensadores de alcohol gel, termómetros y bandejas para hacer la limpieza de los zapatos al entrar. “Hemos sido estrictas, tanto con las visitas de los abuelos, como con las donaciones, que se reciben en la entrada, por eso no hemos tenido ningún caso”, explica.

Otras de las medidas fue la colocación de un lavamanos cerca del área de parqueo del Hogar para que los colaboradores se laven las manos antes de entrar y de un vestidor para que se cambien de ropa antes de pasar al área donde se encuentran los residentes. Las visitas también han cambiado. Algunos familiares han optado por solo realizar llamadas telefónicas, mientras que los que hacen visitas, no pueden acercarse a sus familiares. Los ven y saludan desde el corredor de entrada al asilo, mientras los ancianos permanecen dentro. Hay distancia de seguridad y una verja que separa a ambas partes.

En el Hogar San Antonio, que fue el antiguo hospital de la ciudad, la Congregación de Hermanas Josefinas que lo administra, les informó a los adultos mayores la situación de la pandemia cuando conocieron del primer caso en el país. A su vez les explicaron que a partir de ese momento la puerta se cerraba y ya no podrían sentarse por las tardes en el porche que da hacia la calle a ver pasar a las personas y a comprar helados. Los ancianos lúcidos y con movilidad estuvieron de acuerdo. “Han sido muy conscientes, han tomado de forma positiva las medidas y no hemos tenido problemas con ellos”, expresa la hermana Valentina.

Construir la propia funeraria

En Masaya, en el departamento con más muertes por cada millón de habitantes causadas por el Coronavirus, solo había un lugar seguro, pero poco se reparaba en él: el Hogar San Antonio, ubicado en el costado oeste de la ciudad y colindante con el malecón. De marzo a inicios de octubre solo habían fallecido tres ancianos, ninguno con síntomas sospechosos de COVID-19. Sin embargo, el miedo persistía en el pueblo.

La congregación de las monjas Josefinas son quienes administran el asilo en Masaya. Desde el inicio de la pandemia, han cerrado las puertas del edificio. Carlos Herrera | Divergentes.

“La gente tenía miedo cuando pedíamos que nos fueran a abrir las bóvedas, pero logramos encontrar personas generosas que nos supieran comprender, nosotras les explicábamos que no eran fallecimientos por el virus, pero igual nos cobraron más y cuando íbamos en la camioneta con el ataúd las personas en la calle también se asustaban”, narra la hermana Valentina.

El Hogar San Antonio, asilo desde 2001, es un edificio antiguo, pero bien conservado. Su arquitectura recuerda a una amplia casona colonial, con un jardín interno rodeado por amplios corredores. En el centro del jardín se levanta una pequeña pero acogedora capilla. En los corredores los ancianos descansan o dormitan en sillones o sillas, con bastante distancia entre cada uno pues el espacio es grande.

Afuera de la oficina de la hermana Valentina, en un costado del jardín, hay ruido. Son hombres construyendo una especie de quiosco. Algunos ancianos miran desde sus sillas, otros los ignoran. La religiosa camina en medio del corredor y señala la obra. “Es una funeraria. Muchas veces nos pasa que los abuelos fallecen de madrugada y debemos colocar el cuerpo en la enfermería mientras amanece, para poder llevarlos a darles cristiana sepultura, por eso estamos haciendo este proyecto”, comenta.

“Los asilos han dado una respuesta adecuada”

Samantha Lacayo Trujillo es psicóloga gerontóloga y Gerente de Alianzas de la Fundación Jessie F. Richardson. Esta fundación, que desde hace casi veinte años trabaja en creación de capacidades en los 24 asilos existentes a nivel nacional, valora positivamente la gestión de la pandemia en los hogares de ancianos.

“La gran mayoría apenas se conocieron los primeros casos, empezaron a tomar medidas. Limitaron visitas, empezaron a usar alcohol, cloro, tapabocas, más cuidado con los adultos mayores, la respuesta fue no solo inmediata y adecuada, a pesar de no contar con asesoría, lo hicieron por iniciativa”, explica Lacayo.

El Estado también tomó cartas en el asunto y, a través del Ministerio de la Familia, informaron de las medidas que debían tomarse en las residencias de mayores y se centraron en la creación de espacios seguros para las visitas, algo que inicialmente los asilos no tenían planificado. Sin embargo, en palabras de la especialista, apenas entre 20 o 25 por ciento de los 1,500 ancianos residentes en asilos recibe visitas de sus familiares.

En un pequeño recuento de los asilos, Samantha afirma que ni en Diriamba, ni en Corinto, Chinandega “que ha dejado entrar a algunas personas”, ni en Boaco “que está bastante alejado de la ciudad” ha habido casos. “Los hogares de ancianos se han salvado del virus porque tienen temor de que, si uno de los residentes se enferma con COVID-19, los demás también se van a enfermen, además esto conlleva un estigma social y los hogares no quieren cargar con ese estigma, por eso se cerraron inmediatamente. Las medidas y el miedo a que se repitan las situaciones de otros países han ayudado a que estas burbujas se mantengan, los administradores han sabido manejar el riesgo”, agrega.

Países extranjeros, muestra de lo que no había que hacer

Las monjas han establecido como regla separación más de un metro de distancia entre sillas de ruedas de los ancianos. Carlos Herrera | Divergentes.

En España, por ejemplo, la situación ha sido dramática. El número de fallecidos por coronavirus en las aproximadamente 5,457 residencias de ancianos, ya sean públicas, concertadas o privadas, ha superado las 20,000 personas seis meses después del estallido de la pandemia en este país europeo, según los datos procedentes de las comunidades autónomas del país recopilados por Radio y Televisión Española (RTVE). Esta cifra puede seguir aumentando pues hasta el 16 de octubre, se han notificado 71 brotes con 819 casos en hogares de ancianos.

Por otra parte, en Reino Unido, según un estudio de Amnistía Internacional se tomaron una serie de decisiones “escandalosamente irresponsables” del gobierno que pusieron en peligro la vida de decenas de miles de personas mayores y dieron lugar a múltiples violaciones de sus derechos humanos en residencias de la tercera edad.

Conocer esta realidad de países extranjeros fue una ventaja para los asilos, valora Lacayo. “Muchos de ellos habían estado pendientes y acudieron a nosotros, discutíamos, hablábamos sobre la situación, presentábamos alternativas y actualmente seguimos enviándoles información sobre todo acerca de salud mental y encierro”.

El reto de la autosostenibilidad

En un país como Nicaragua en el que, según datos de la Fundación Jessie F. Richardson, se necesitan entre 400 y 500 dólares mensuales para la manutención, medicinas y asistencia de un adulto mayor en un asilo que cuenta con entre cinco y 28 trabajadores externos. El reto de los hogares de ancianos es la autosostenibilidad.

“Ese es uno de nuestros grandes inconvenientes y una de nuestras grandes batallas, no hemos logrado que los hogares de ancianos en Nicaragua sean autosostenibles, funcionan en base a donaciones solamente”, puntualiza la gerente. A las donaciones se suma la contribución del Estado a través de la Empresa Nicaragüense de Alimentos Básicos (ENABAS) que entrega mensualmente a los asilos arroz, frijoles, aceite, pastas, cereales y azúcar.

“Las medicinas para diabetes e hipertensión salieron del sistema de beneficio del INSS (Instituto Nicaragüense de Seguridad Social) que, irónicamente, son las que más se utilizan y no dan medicación completa, solo genérica para trastornos mentales. Tenés acceso a loperidol y a otro antisicótico”, enumera Lacayo.

Los asilos de ancianos subsisten de donaciones en Nicaragua. Carlos Herrera | Divergentes.

No obstante, asilos como el de Juigalpa y Diriamba, han realizado gestiones y buscado alternativas propias para no depender tanto de las donaciones, como la creación de una despensa en el mercado de Diriamba. El de Rivas cuenta con cierto respaldo de una empresa privada de energía renovable y el de Jinotega, que recientemente sufrió inundaciones por lluvias, contó con el apoyo de la población jinotegana y la comuna de la ciudad. Por su parte, tanto San Pedro Claver como San Antonio necesitan ayuda de los ciudadanos, sobre todo con pañales desechables y sondas.

Al avanzar por el fresco corredor del Hogar San Antonio, los ancianos que están más despiertos se sorprenden y sonríen. Algunos levantan la mano o la barbilla y saludan. Otro juguetea con un vaso de zepol y lo muestra a la cámara. Luego de meses sin visitas, ver entrar a dos personas que no son ni monjitas, ni trabajadores es una novedad para ellos. “Extrañan las risas y las voces de otras personas, eso les ha afectado más que el encierro, no poder ver a otra gente”, finaliza Samantha.

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