Voces Divergentes
16 de diciembre 2025

Destierro de facto: el cerco de púas invisible en el aeropuerto

Destierro
Ilustración por Hellmutt Escobar

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Este artículo se publica bajo nuestra iniciativa “DIVERGENTES apadrina tu opinión“, un espacio abierto para aquellas voces que el régimen Ortega-Murillo intenta silenciar. El texto lo firma “Draco”, un lector de DIVERGENTES cuya identidad resguardamos bajo estricto anonimato por motivos de seguridad. La autoría y el contenido han sido verificados por el periodista Néstor Arce, quien conoce a la fuente y respalda esta publicación, garantizando el rigor y el proceso de edición periodística que caracteriza a nuestro medio frente a la censura.

Por Draco

La tensión empieza desde que entrás al buscador para monitorear el costo de un pasaje a la tierra donde dejaste el ombligo. La patria es esa que, de alguna manera, te llevó hasta donde estás hoy; esa que te enseñó a diferenciar lo bueno de lo malo, pero donde tristemente reina el mal. Y no desde ahora: desde siempre, desde esa semana después del 15 de septiembre de 1821. Es ese patiecito que huele a tierra mojada, donde hay bejucos, hiedras, agencianas; donde, cuando salís a la calle, encontrás a la doñita que vende La Tribuna, La Prensa y el extinto El Nuevo Diario, mezclando las noticias con mandarinas, jocotes y mangos.

Luego crecés. Vas al colegio, a la universidad, vas al estadio a ver un juego de béisbol, y encontrás tu tribu, con una cosa en común: el equipo que pierde más juegos de los que gana. Vas a la iglesia, a misa, donde desde la moral cristiana te enseñan a ser una mejor persona. Encontrás trabajo, intentás hacer vida, pero la incomodidad con el rumbo del país se te instala en el pecho. No te podés quedar callado: lo ventilás en una columna de un diario nacional —cuando todavía se imprimían—, te desahogás en redes, escribís en tu blog lo que no te parece… hasta que un día decís que ya no más y te montás en un avión rumbo al norte.

Ya asentado en tu nuevo hogar —que en verdad nunca es tu hogar—, te mudás una y otra vez: primero buscando un lugar más cerca del trabajo, luego porque la renta subió o porque encontraste un sitio más tranquilo. Paradójicamente, extrañás la bulla de las mañanas de tu barrio: los buses y taxeros pitando, como si el pito fuera un artefacto mágico que les abriera el camino solo a ellos. 

Preparando recomendación…

Más de una década después de vivir fuera, tenés tu ritual que te atenaza al paisito: la salida semanal en busca de un churrasco en un restaurante nicaragüense, la repocheta y el gallopinto en la fritanga, o esos diciembres buscando una parroquia para celebrar La Gritería, o en Cuaresma, otra parroquia que haga el viacrucis. Porque aunque el mapa cambió, tu corazón sigue viviendo en ese patio.

Y fling! encontrás el pasaje barato que te llevará a la capital del país indómito. Temblás buscando la tarjeta para pagarlo. Querés hacerte el vivo y lo comprás un día antes, creyendo que la inmediatez jugará a tu favor. Has leído que sigue el férreo control a los viajeros —las famosas listas de restricción migratoria que el régimen administra con celo paranoico—, pero de vez en cuando te enterás de alguien que fue corcholeado. Te persignás mentalmente.

Para salir de dudas rápido, con la mentalidad del pueblo, hacés el check-in en cuanto se abre la ventana. Te vas a dormir; todo aparentemente va bien. Amanece. No le contás a nadie porque tenés miedo de que te ponchen la suerte. Revisás el correo: no hay comunicación de la aerolínea. Como buscaste un vuelo vespertino, hacés las últimas vueltas. Llegás al aeropuerto, no has almorzado, buscás qué comer. Seguís chequeando la bandeja de entrada y todo va viento en popa.

Llegás a la puerta de embarque. Llaman a tu grupo, abordan, te acomodás en tu asiento y pensás que lograste pasar el cerco de púas. Sacás el libro que te va a acompañar en el vuelo —un coming of age famoso dirigido a un público juvenil y no a vos—. Mirás a todos sentados, pero aún no cierran la puerta. Respirás aliviado y hasta maldecís al impuntual que retrasa la salida a tu paraíso.

De repente, lo peor:

—Al pasajero X, favor presentarse en la puerta.

Sos vos. Ya sabés por qué te llaman, el estómago se te hace un nudo. Pero te hacés el chancho y dejás tu mochila y el libro para chavalos en el asiento. Caminás hacia la entrada del avión.

La señora de la aerolínea —nada amable, convertida en funcionaria migratoria ad honorem— te suelta la sentencia:

—No puede viajar. El Gobierno nos avisó que no lo dejarán entrar.

—¿Por qué? —preguntás, aunque intuís la respuesta.

—Notificación de último momento. No tenemos más detalles.

Te regresás apenado a recoger tus calaches, con pena, con vergüenza, como si fueras un delincuente. Te llevan al counter escoltado. Les explicás que no te ha llegado ni un correo, pero te responden, con cara de pocos amigos, que la orden es absoluta. Preguntás por tu pasaje, si te reembolsarán el dinero. Te dicen que no, que te pusieron un waiver y que vayás al consulado a ver si te quitan el castigo. Una broma macabra: ir al consulado de quienes te cierran la puerta.

Te indican la salida de la terminal. Caminás el pasillo pensando qué hiciste mal. No tenés idea. ¿Escribir contra un sistema que considerás injusto es pecado? ¿Unos cuantos párrafos en un blog o un post en redes sociales te impiden reunirte con tu familia? ¿Ir a una marcha te bloquea la entrada a esa tierra que llaman bendita y siempre libre?

El régimen Ortega-Murillo ha tercerizado la represión: ya no necesitan detenerte en la frontera de Peñas Blancas o en el aeropuerto de Managua. Ahora, el muro se levanta en Miami, en Panamá, en San José o en Madrid. Violan el derecho humano a salir y regresar al propio país con una impunidad burocrática pasmosa.

Este “cerco de púas” digital separa madres de hijos, abuelos de nietos, rompiendo el tejido social nicaragüense con la frialdad de una base de datos. No importa si sos activista reconocido o simplemente alguien que opinó distinto en un tweet; la lista negra es amplia y caprichosa. Nos han convertido en apátridas funcionales, ciudadanos con pasaporte pero sin territorio.

De repente te sentís como Josef K., de El proceso de Kafka. No sabés tu crimen, solo tu condena. No sabés con qué argumentos defenderte porque no hay juez, solo una aerolínea acatando órdenes de una dictadura. Te sentís destrozado. La lágrima rebelde al fin abandona el ojo y libera el estrés mientras pedís el Uber de regreso a una casa que no es tu hogar.

Pensás qué pasos tomar. Todo queda en el aire, como tu condena. No podés dormir bien. Amanece y te ponés a escribir esto para ver si podés liberar tus emociones. Al final, todo sigue igual: seguís con las mismas incógnitas y con el mismo dolor. Pobre Nicaragua, ¿cuándo acabará tu pena….. o la mía?

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Esta columna está escrita por una firma nicaragüense cuya identidad ha sido verificada y resguardada por el equipo editorial de DIVERGENTES. Ante la persecución y la cárcel, ocultamos su rostro y su nombre para proteger su integridad, permitiéndole ejercer el derecho a la crítica y al análisis sin censura.