El desembarco logístico (y geopolítico) de China en Centroamérica

Siguiendo el modelo de expansión aplicado en África, Pekín utiliza la diplomacia de infraestructura y el vacío institucional para desafiar la hegemonía estadounidense en el corazón del continente americano. ¿Se lo seguirá permitiendo Donald Trump? Es la nueva gran pugna geopolítica en una región marcada por la pobreza, la migración y el autoritarismo

Ilustración de Divergentes.

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A China no le interesa cómo se gobierna en Centroamérica. Para el gigante asiático, da igual si quien firma el contrato de un préstamo o el acuerdo de cooperación es un demócrata o un autócrata. Lo que Pekín busca en el istmo es consolidar un corredor logístico bicostal y asestar el golpe final al aislamiento de Taiwán. La estrategia la ha perfeccionado durante décadas en África y trae consigo la promesa de transformar el Sur Global, bajo la premisa del desarrollo que han abrazado casi todos los países de la región, pero más recientemente,  Nicaragua. 

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo no sólo abrió la puerta a los chinos de par en par, sino que generó un esquema legal y político de facilidades de una onerosidad superlativa, pero sin que eso se traduzca en una relación económica de peso que permita sustituir al principal socio comercial de Nicaragua: Estados Unidos. 

Ese mismo patrón, infraestructura financiada por préstamos y ejecutada por empresas chinas en África, es el que ahora comienza a replicarse, aunque a menor escala, en Centroamérica.

Lo que ocurre hoy en los puertos de La Unión en El Salvador o en las represas de Honduras forma parte de las ambiciones de China para establecer alianzas diplomáticas y comerciales en un contexto de disputa geopolítica con Estados Unidos. Una disputa geopolítica cuyos matices son más candentes que nunca con un presidente Donald Trump que mantiene al Gobierno de China en el centro de sus críticas, como principal antagonista de su modelo, a pesar de la compleja relación comercial que ambas potencias mantienen. 

Preparando recomendación…

Al margen de ello, hace dos décadas, Pekín comenzó a desembolsar grandes sumas de dinero en África para ejecutar obras de infraestructura que los organismos financieros occidentales rechazaban por ser financieramente inviables o carecer de transparencia. Ocurrió en Angola, en Zambia y Yibuti. 

En ese continente, los asiáticos financiaron la construcción de carreteras, presas hidroeléctricas y rascacielos. Las inversiones están planteadas dentro de la iniciativa de la Ruta de la Seda, que también se ha extendido a América Latina. Si bien Centroamérica no es un mercado de consumo masivo, sus siete países ofrecen una ventaja geográfica, muy cerca de Estados Unidos, la potencia con la que rivaliza Pekín. 

Según el analista Evan Ellis, investigador de Estudios Latinoamericanos en el Instituto de Estudios Estratégicos del Colegio de Guerra del Ejército de los Estados Unidos, China busca lo que él denomina la “bicostalidad”: el control de nodos logísticos que conecten el Atlántico con el Pacífico. 

De administrar contenedores, a una base militar

Es el mismo juego que los chinos jugaron en el Cuerno de África, donde pasaron de administrar contenedores en el puerto de Yibuti, a establecer allí su primera base militar operativa fuera de sus fronteras. En Centroamérica, de momento, se ha convertido en un prestamista para la ejecución de obras, como la construcción de carreteras en el Pacífico de Nicaragua, pero no llegan a ser grandes inversiones si se comparan con las de otros países, como la del megapuerto de Chancay, Perú, cuya monto total es superior a los 3500 millones de dólares. 

El desembarco logístico (y geopolítico) de China en Centroamérica
Biblioteca construida en El Salvador con fondos de China. Es una de loas grandes donaciones en Centroamérica.

El experto en relaciones internacionales Jordi Bacaria dice, por su parte, que las grandes inversiones de China no son precisamente en Centroamérica. “Costa Rica y El Salvador, y Nicaragua son los países que tienen más inversiones en Centroamérica, pero nada comparable con la de otros países de la región. Lo que sí es importante para China es tomar esas posiciones para tener cierta competencia con Estados Unidos”, añade el experto. 

La estrategia de China en Centroamérica dista mucho de sus intereses con los países de Sudamérica donde el comercio tiene una gran importancia en países como Brasil, Argentina o Chile. De hecho, Parsifal D’Sola, director de la Fundación Andrés Bello–Centro de Investigación Chino Latinoamericano, se atreve a decir que no se puede hablar de una estrategia definida para Centroamérica. 

“Se hace mucho lobby con las élites políticas, pero los países centroamericanos no representan grandes oportunidades económicas para China”, subraya D’Sola.

Aislar a Taiwán: El viejo objetivo de Pekín

En junio de 2013, apenas tres meses después de asumir la presidencia de la segunda potencia mundial, Xi Jinping aterrizó en San José. No fue una escala azarosa. Costa Rica había sido, en 2007, la primera pieza del dominó centroamericano en desplomarse. Se convirtió en el primer país de la región en romper con Taiwán para abrazar la chequera de Pekín.

El desembarco logístico (y geopolítico) de China en Centroamérica
La expresidenta Chinchilla y el actual mandatario chino en una foto de 2013.

Aquel viaje de Xi fue una promesa para el resto del Istmo. El mandatario chino, contrario a su entonces homólogo Barack Obama que también visitó San José meses antes, no llegó con discursos sobre democracia, sino con un portafolio de inversiones por 2000 millones de dólares. El símbolo máximo de esa nueva amistad era un Estadio Nacional de 100 millones de dólares, donado íntegramente por China. Fue el nacimiento de la “diplomacia de estadios” en la región, a cambio de borrar a Taipéi del mapa diplomático.

Lo que en 2013 parecía un gesto de generosidad era en realidad el inicio de un asedio sistemático. Pekín utilizó el éxito de la relación con Costa Rica como un escaparate para seducir a sus vecinos. El mensaje era la urgencia del reconocimiento de una “Sola China” lo que premiaba con infraestructuras modernas e inversiones millonarias que a diferencia de Washington no se condicionaban a reformas institucionales o ajustes democráticos. 

En 2017, Panamá sacudió el tablero al reconocer a Pekín, abriendo las compuertas para sus vecinos. El Salvador siguió el mismo camino en 2018, buscando en el gigante asiático un salvavidas económico y político. La ruptura de Nicaragua en 2021 y la de Honduras en 2023 terminaron por consolidar un bloque regional casi unánime. 

Taiwán quedó reducido a un recuerdo nostálgico en una región que ahora prefiere el acero chino a los principios de su antigua alianza. Solo Guatemala y Belice mantienen relaciones con Taipei. 

“Para China el principal interés en la zona de Centroamérica y el Caribe es el aislamiento internacional de Taiwán. Desde que China tomó el asiento oficial en las Naciones Unidas, el Partido Comunista ha hecho un esfuerzo perenne de aislar a Taiwán”, valora D’Sola.

Sumado a este objetivo, la joya de la corona sigue siendo Panamá. A través de Hutchison Ports, China opera las terminales de Balboa y Cristóbal en ambos extremos del Canal, una inversión que supera los 1500 millones de dólares y que otorga a Pekín una visión privilegiada sobre el 5% del comercio mundial. Sin embargo, ante la presión del presidente de Estados Unidos, Trump, en 2026 —quien llegó a amenazar con retomar el control del Canal bajo el argumento de seguridad nacional—, el Gobierno panameño comenzó a mostrar fisuras, llegando incluso a revisar concesiones de terminales operadas por empresas de Hong Kong en un intento por calmar a su vecino del norte.

Pero las relaciones de Pekín no son uniformes. 

En El Salvador, mientras el Estadio Nacional se eleva como un tótem de modernidad con un valor de 100 millones de dólares, el verdadero interés reside en el Puerto de La Unión, una pieza clave para dominar el Golfo de Fonseca. En Honduras, tras el giro diplomático de 2023, la prioridad ha pasado a ser la energía y el transporte, con proyectos como la represa Patuca III y los estudios para un ferrocarril interoceánico que compita con la logística tradicional.

Como advierte Jordi Bacaria, esta estrategia actúa como un “pulpo” que se extiende hacia sectores críticos: infraestructura, energía y telecomunicaciones. Al controlar la red 5G y los puertos, China no solo mueve mercancías, sino que gestiona los datos y la energía que sostienen a la región. Es un modelo de dependencia técnica que, según expertos consultados para este reportaje, hace que la soberanía de los países centroamericanos se vuelva frágil.

El olvido de Estados Unidos de su “patio trasero” 

El avance de Pekín en Centroamérica fue el resultado del desinterés por parte de Washington. Durante casi dos décadas, mientras la Casa Blanca se enfocaba en Oriente Medio o en las llanuras de Ucrania, su “patio trasero” quedó relegado a una agenda de sermones sobre institucionalidad y crisis migratorias. Ese vacío fue el caldo de cultivo perfecto para que China extendiera sus tentáculos en un región con escasa importancia, más allá del Canal de Panamá. 

Para expertos como D’Sola, este descuido permitió que China se posicionara en sectores donde Washington ahora intenta recuperar terreno. “China no tiene mayor interés en participar en sectores como la migración o el tráfico de drogas”, explica, señalando que la estrategia china ha sido evitar el choque directo en temas de seguridad nacional hasta que su presencia en puertos y telecomunicaciones fuera un hecho consumado.

La Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos (NDS) de 2026 supone un cambio significativo respecto a políticas anteriores de la Casa Blanca, tanto por su énfasis en que los socios asuman cargas mayores con menos respaldo de Washington, como por su tono más moderado hacia adversarios tradicionales como China y Rusia. Estados Unidos quiere ahora restaurar el dominio militar estadounidense en el hemisferio occidental.

El desembarco logístico (y geopolítico) de China en Centroamérica
Mandatarios latinoamericanos junto a Trump en la llamada cumbre “Escudo de las Américas en Miami.

Muestra de ello es que en marzo de 2026, Estados Unidos volvió a ver al subcontinente americano. Bajo el lema del “Escudo de las Américas”, la administración de Trump ha revitalizado la Doctrina Monroe con una agresividad que no se veía desde la Guerra Fría. Una reciente cumbre en Miami ha sido el escenario de este despertar y según expertos podría incluir presión diplomática para que los gobiernos de Panamá, El Salvador y Honduras tomen distancia de China. 

Pekín respondió a esa iniciativa de Trump con un vídeo animado publicado en X, en el que se burlaba con el siguiente mensaje en inglés: “¿Escudo de las Américas o grilletes de las Américas?”. La publicación fue posteriormente borrada.

“Lo que ha hecho Trump es volver a querer que su patio trasero no sea dominado por otros. Ahora está China en Latinoamérica y es posible que presione a Costa Rica, Honduras, Panamá, El Salvador para sacar las inversiones de China y disminuir su influencia, aunque China no va a dar un paso atrás”, dice Bacaria.

El intercambio comercial entre China y América Latina creció de manera sostenida durante la última década. En 2024, el comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó un máximo histórico cercano a los 518 000 millones de dólares, reflejando la creciente integración económica entre Pekín y la región. China convirtió en el principal socio comercial de Sudamérica y en el segundo de América Latina en su conjunto, solo por detrás de Estados Unidos, según datos del Council on Foreign Relations.

En paralelo, el gigante asiático ha ampliado su presencia financiera en el hemisferio occidental. De acuerdo con el Center for Strategic and International Studies, instituciones chinas concedieron más de 120 000 millones de dólares en préstamos a gobiernos latinoamericanos en las últimas décadas, principalmente para proyectos de infraestructura, energía y transporte.

Aunque Centroamérica representa una porción menor de este intercambio en comparación con las economías sudamericanas, el comercio también ha crecido. Según cifras regionales, el comercio entre China y los países centroamericanos superó los 18 000 millones de dólares en 2023, impulsado sobre todo por importaciones de manufacturas chinas y exportaciones de productos agrícolas como café, azúcar, mariscos y carne. Países como Costa Rica, Panamá y Honduras concentran buena parte de estos intercambios, mientras que el comercio con Nicaragua sigue siendo más limitado.

Este aumento del comercio ha reforzado la presencia económica de Pekín en la región, aunque su peso aún está lejos del que mantiene Estados Unidos, que sigue siendo el principal destino de exportaciones, fuente de inversión y origen de remesas para la mayoría de los países centroamericanos.

En países como Nicaragua, esta relación bilateral se afianza bajo la “ausencia de controles democráticos internos” y una “sostenida corrupción en el manejo de recursos”, según un informe del Instituto Sobre Raza, Igualdad y Derechos Humanos. 

La influencia china, advierte el organismo, refuerza prácticas autoritarias, reduce la supervisión pública y amplía los márgenes de discrecionalidad estatal. Esta dinámica ha permitido, por ejemplo, que el régimen de Daniel Ortega incremente su dependencia de China para “mitigar el aislamiento internacional” y evadir responsabilidades por “crímenes de lesa humanidad”.  Pekin también ha capacitado a la Policía Nacional —institución sancionada por abusos a los derechos humanos— en “criminalística, kung fu y uso de drones”, en un intercambio que el régimen califica como lazos para la “defensa y seguridad”.

Este escenario es similar al que experimentó África donde China también promovió su modelo autoritario.  La pregunta es si Washington logrará frenar ese avance o si, como ocurrió en otras regiones del mundo, la presencia china terminará consolidándose en el istmo que durante décadas Estados Unidos consideró parte de su propio patio trasero.

D’Sola afirma que China no tiene la capacidad para disputar la influencia histórica de Estados Unidos. 

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