La tendencia es irreversible. Según los últimos datos del Consejo Nacional Electoral (CNE), con cerca del 80% de las actas procesadas, el candidato conservador del Partido Liberal, Salvador Nasralla, lidera la contienda presidencial con el 40.34% de los votos.
Su victoria marca no solo el regreso del tradicional bipartidismo hondureño, sino una dura derrota para el oficialismo de Libertad y Refundación (Libre), cuya candidata Rixi Moncada ha quedado relegada a un lejano tercer lugar con el 19.02% de los sufragios.
Sin embargo, reducir la jornada a un simple cambio de mando sería ignorar la fractura democrática que persiste en el fondo. Mientras en Tegucigalpa se celebran los números, en regiones clave como el Bajo Aguán o Yoro, el proceso electoral transcurrió bajo un manto de silencio forzado.
Un reporte del medio hondureño Contracorriente revela que la cobertura periodística en estas zonas estuvo marcada por amenazas de muerte, hostigamiento judicial y una autocensura impuesta como único mecanismo para “preservar la vida”.
El fin del experimento de Libre y el factor Trump
El repunte de Nasralla, quien revirtió una desventaja inicial tras una falla técnica en el sistema de divulgación y la reanudación del conteo, redibuja el mapa político hondureño. Su rival más cercano, Nasry “Tito” Asfura (Partido Nacional), se mantiene en un cerrado segundo lugar con el 39.57%, pese a haber contado con el respaldo explícito del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El mandatario estadounidense había sorprendido días antes al llamar al electorado a apoyar a Asfura para luchar contra los “narco-comunistas”.
La caída de Libre, que en los comicios pasados rompió la hegemonía bipartidista, sugiere un voto de castigo a la gestión de Xiomara Castro.

Nasralla, proyectándose como la alternativa “meritocrática” y de unidad nacional, ha logrado capitalizar el descontento, prometiendo un gobierno inclusivo. No obstante, este giro a la derecha conservadora no garantiza por sí solo el desmantelamiento de las estructuras de poder locales que operan al margen de la ley.
Votar en paz, informar con miedo
El contraste entre la narrativa oficial de unos comicios tranquilos y la realidad de la prensa es alarmante. Según reporta Contracorriente, en departamentos conflictivos como Yoro y Colón, el ejercicio del periodismo se realizó bajo coacción.
En el Bajo Aguán, una zona controlada por el crimen organizado y conflictos agrarios, la amenaza no es sutil. “El riesgo es que te maten”, relató la periodista Jessenia Molina al medio hondureño, explicando que la autocensura es una de las pocas formas de protección efectiva ante la ausencia de garantías estatales.
El reporte detalla cómo el regreso de clanes políticos, como los Urbina en Yoro —cuyo patriarca fue asesinado y uno de sus herederos extraditado por narcotráfico—, ha reinstalado un clima de miedo. “Habrá autocensura, restricciones desde el poder y desconfianza”, advirtió una comunicadora local a Contracorriente.
A esto se suma la violencia institucional. Desde el Gobierno central, funcionarios como el ministro de Estrategia y Comunicación, Ricardo Salgado, mantuvieron una campaña de estigmatización contra medios críticos durante todo el proceso. Incluso tras el cierre de urnas, Salgado calificó a medios corporativos de “canalla mediática” y “mercenarios”, mientras activistas de Libre irrumpieron en el centro de monitoreo del CNE, evidenciando la tensión que subyace a los resultados.
¿Qué implica este resultado para la región?
El triunfo virtual de Nasralla envía un mensaje claro a Centroamérica: los electores están volviendo a opciones conservadoras tradicionales ante el desgaste de los proyectos de izquierda o “alternativos” que no logran resolver crisis estructurales.
Sin embargo, la democracia hondureña sigue cojeando. Un cambio de presidente que no venga acompañado de garantías para la libertad de prensa y el desmantelamiento de los poderes fácticos locales corre el riesgo de ser solo un cambio de color político, mientras el silencio sigue gobernando en los territorios.