Desde Managua hasta comunidades rurales, la Navidad oficial proyectada por la copresidenta Rosario Murillo, inunda plazas, avenidas y rotondas con estructuras monumentales, luces intensas y símbolos esotéricos. Al mismo tiempo, miles de hogares nicaragüenses viven una realidad fragmentada por la represión instaurada por el régimen sandinista.
Se trata de miles de familias separadas por la migración forzada, el exilio de parientes perseguidos y la ausencia de quienes permanecen encarcelados o desaparecidos por razones políticas. Hasta diciembre de 2025, el Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas en Nicaragua documenta 62 personas detenidas por motivos políticos, de las cuales al menos 28 se encuentran en condición de desaparición forzada, lo que mantiene a sus familias sin información sobre su paradero o situación legal.
A esta fractura se suman los hogares de personas a las que el régimen niega arbitrariamente el ingreso a su propio país o ha despojado de su nacionalidad. Sin embargo, medios afines y comunicados oficiales muestran un despliegue de decoraciones navideñas como muestras de tradición, alegría y unidad familiar.
Una narrativa que busca consolidar la percepción de normalidad, aún cuando estadísticas de migración forzada, testimonios de exiliados y datos sobre detenciones arbitrarias, revelan un contexto de fractura social persistente a partir de 2018.
Desde ese año en que el país fue desangrado por la masacre perpetrada por la dictadura sandinista en contra de las protestas civiles, las decoraciones navideñas en Nicaragua dejaron de ser un adorno festivo tradicional. Cada temporada, el espacio público se transforma con la instalación de árboles gigantes, luces y estructuras metálicas llamados “Árboles de la Vida” por la narrativa de la dictadura. Estas piezas se erigen en rotondas, plazas y avenidas principales, con paletas de colores vibrantes y un diseño que evoca la iconografía cristiana tradicional.
De acuerdo con publicaciones periodísticas, el régimen Ortega‑Murillo introdujo estos símbolos desde 2013, sustituyendo paulatinamente los árboles navideños clásicos por estructuras con volutas y formas que especialistas han descrito como vinculadas a referencias esotéricas y cabalísticas.
Análisis semiótico: símbolos esotéricos y códigos de poder

En una entrevista con La Prensa, la especialista en semiótica Addis Esparta Díaz analizó los “Árboles de la Vida” promovidos por Rosario Murillo desde 2013. Según su análisis, vigente en la actualidad, estos elementos contienen símbolos ocultos con fuertes connotaciones esotéricas, que se alejan de las representaciones religiosas tradicionales del pueblo nicaragüense.
“Hay iconos ocultos esotéricos como el ojo del equilibrio o el ojo del poder. Los círculos que se repiten dentro de los árboles representan el ojo que todo lo ve, o el ojo de Horus, símbolo de eternidad del ser”, explicó Díaz en esa entrevista.
La experta interpretó estas estructuras como un intento de Murillo por sustituir los símbolos clásicos del sandinismo por una iconografía personal y sincrética, con referencias al misticismo y sus visiones propias del poder. A juicio de Díaz, este conjunto de símbolos introduce una nueva narrativa simbólica desde el aparato estatal.
También advirtió sobre la carga de sentido detrás de los colores que predominan en estas estructuras. “El fucsia representa el plano emocional, el misticismo. El dorado, el plano espiritual. Y el morado, el plano celestial. No hay un equilibrio”, explicó.
Desde su perspectiva, la insistencia en estos tonos responde a un código cerrado que intenta proyectar control emocional, espiritualidad institucionalizada y una estética impositiva en el espacio público. Este enfoque, dijo, genera un “divorcio entre la simbología religiosa católica y la esotérica que promueve el poder”.
El análisis de Díaz sigue vigente y ayuda a entender por qué la decoración navideña del régimen se aleja de las tradiciones religiosas y culturales compartidas por generaciones en Nicaragua. En lugar de reforzar símbolos colectivos, se impone un sistema visual ajeno, marcado por símbolos crípticos y colores dominantes, que actúa como firma visual del poder y contribuye a la narrativa de presencia omnipresente del régimen en la vida cotidiana.
Árboles de la Vida: gigantismo y gasto público

Los “Árboles de la Vida” se convirtieron en el centro de las celebraciones oficiales. Estas estructuras metálicas, que pueden medir hasta 20 metros de altura y pesar varias toneladas, se iluminan con miles de bombillas LED y requieren coordinación interinstitucional para su instalación. La repetición de estos íconos en múltiples municipios ha consolidado una estética homogénea a lo largo del país.
Este año el régimen, a través de los medios de propaganda, anunció la instalación de más de 130 nuevas instalaciones de luces en todo el territorio nacional y más de 400 actividades cada fin de semana desde noviembre.
“La ornamentación navideña impulsada por el régimen funciona como un mecanismo de visibilidad política. Es un uso estético del espacio público que busca reforzar la idea de presencia estatal, aunque esté desconectado de las prioridades sociales más urgentes”, señala una experta en inversión pública que prefirió ser citada en anonimato para evitar represalias en su contra o de su familia.
También comentó que “en un contexto de migración forzada, desempleo y deterioro en servicios básicos, destinar millones a estructuras decorativas refleja una jerarquía de intereses que no responde a las necesidades reales de la población”.
Instrumentalización de lo religioso y lo festivo
La decoración navideña oficial combina símbolos religiosos, escenas del nacimiento de Jesús y los árboles monumentales, fusionando iconografía cristiana con elementos aparentemente desvinculados de tradiciones religiosas establecidas. Los medios alineados al régimen describen estos espacios como lugares de encuentro familiar, turismo interno y celebración comunitaria.
Sin embargo, observadores independientes advierten que esta mezcla responde a una apropiación institucional de la fe popular como parte de la narrativa de legitimación del régimen. La promoción de estos espacios como muestras de “magia navideña” en zonas urbanas contribuye a un mensaje de normalidad y estabilidad que oculta tensiones estructurales en la sociedad nicaragüense.
“La narrativa oficial que acompaña estas decoraciones enfatiza la ‘paz’, el ‘amor’ y la ‘unidad familiar’, términos recurrentes en comunicados y discursos de Rosario Murillo. Es su sello oficial”, señala la misma fuente en anonimato.
La experiencia de la Navidad oficial contrasta de forma abrupta con la realidad de miles de nicaragüenses que viven separados de sus familias debido a la represión y la migración forzada. Desde el estallido de las protestas en 2018 y la intensificación de la represión estatal, una parte significativa de la población ha optado por salir del país en busca de seguridad y oportunidades, o ha sido expulsada por el régimen.
Carlos, un nicaragüense de 59 años que reside en Chinandega, no pasará la Navidad con su única hija y sus dos nietos. Desde 2021, ellos viven en Costa Rica, a donde huyeron tras sufrir amenazas directas y acoso policial. “Este año tampoco van a venir. No pueden regresar. Allá están seguros, aunque yo los quisiera tener aquí. Son tres Navidades sin ellos y no sabemos cuántas más vamos a pasar así”, cuenta con voz entrecortada.
Su testimonio resume lo que viven muchas familias nicaragüenses. La persecución política y la prohibición de retorno han impuesto distancias irreparables que se sienten con más fuerza en estas fechas.
Navidad rota por el exilio y la migración

Para muchas personas en el exilio, la Navidad llega acompañada de una condición de desprotección prolongada. A quienes el régimen identifica como opositores, no solo se les impide regresar a Nicaragua, sino que se les niegan documentos esenciales como pasaportes, cédulas y partidas de nacimiento, lo que les impide reconstruir su vida legal y familiar desde el extranjero.
Juan Carlos Arce, abogado y defensor de derechos humanos del Colectivo Nicaragua Nunca Más, advierte que estas acciones del régimen “dejan a las víctimas en condición de indocumentación, vulnerabilidad migratoria y riesgo (…) privandoles de derechos civiles básicos y de reconocimiento jurídico como nacionales”.
Además, señala que se trata de una modalidad de persecución que se extiende fuera del país. “El Estado ejerce un control transnacional que deja a cientos de nicaragüenses sin medios para acreditar su identidad, proteger su estatus migratorio o defender sus derechos civiles y familiares”, añade.
Estas medidas afectan a familias completas, incluyendo menores de edad y en diciembre es cuando su impacto es más visible porque genera hogares divididos, trámites estancados y vínculos rotos que funcionan como una forma de castigo político.
Datos recopilados por medios independientes y organismos regionales señalan que la migración nicaragüense se aceleró desde 2018, con centenas de miles de personas saliendo del país.
En 2023, alrededor de 115 000 nicaragüenses emigraron por la crisis sociopolítica, con destinos principales como Estados Unidos y Costa Rica, y se estima que más de 1.5 millones viven fuera del país, equivalente a aproximadamente el 22% de la población total, según análisis de especialistas en migración.
Efectos sociales de la migración y el exilio
De acuerdo con una psicóloga nicaragüense que prefiere omitir su identidad, la separación familiar prolongada tiene efectos sociales y emocionales profundos. “Familias que históricamente celebraban juntas, ahora se encuentran repartidas en diferentes países, enfrentando barreras económicas, legales y emocionales para reunirse. La migración forzada, además, ha generado una diáspora nicaragüense activa que mantiene vínculos con su país de origen a través de redes comunitarias, organizaciones civiles y, en muchos casos, apoyo económico a quienes quedaron atrás”, comenta.
Para muchos nicaragüenses como Carlos que está en Nicaragua, la Navidad significa llamadas por videollamada, envío de remesas y una ausencia palpable en las mesas familiares. También es lo mismo para quienes están fuera.
La experta señala que este fenómeno ha fragmentado aún más las redes familiares y comunitarias, intensificando la sensación de desconexión con las tradiciones culturales que la Navidad oficialmente celebra, tal como revela DIVERGENTES en el reciente reportaje De Costa Rica a España: Navidad nostálgica para los nicaragüenses.
“Desde que estoy en el exilio no he vuelto a tener una cena navideña tradicional. Ni siquiera me dan ganas de vestirme para la noche porque no hay a quién visitar ni tampoco a nadie que esperar porque mi familia entera está en mi país”, cuenta Lucía, una nicaragüense exiliada en Costa Rica.