La presidenta electa Laura Fernández trazó las líneas maestras de su diplomacia en su primera comparecencia ante la prensa internacional tras ganar las elecciones con un holgado 48.30% de los votos. Su discurso marcó una ruptura definitiva con la tradición costarricense de liderazgo en la defensa de los derechos humanos en Centroamérica, optando en cambio por una política de “no injerencia” y “apertura comercial”.
Al ser consultada sobre cómo gestionará la relación con Nicaragua, país con el que Costa Rica comparte una frontera compleja y un flujo comercial vital, Fernández evitó calificar la naturaleza autoritaria del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. “Nosotros seremos respetuosos de las relaciones bilaterales y multilaterales. Mi línea será de apertura comercial y consolidación de lo que le hace bien al pueblo de Costa Rica”, afirmó.
Esta postura profundiza la estrategia de “relación cordial y constructiva” que mantuvo Rodrigo Chaves. Según la administración saliente, este enfoque busca evitar represalias comerciales o crisis migratorias provocadas por el régimen nicaragüense. Sin embargo, para los analistas regionales, el uso del término “respetuosa de la soberanía de los pueblos” por parte de Fernández señala una validación tácita del statu quo político en Managua a cambio de estabilidad fronteriza.
El giro hacia el modelo de Bukele
A diferencia de su cautela con Nicaragua, Fernández mostró un entusiasmo explícito por profundizar los lazos con El Salvador. La presidenta electa destacó que su administración buscará importar la experiencia salvadoreña en el manejo de la crisis de seguridad ciudadana, mencionando específicamente las “cárceles de máxima contención”.
“Costa Rica puede darle cooperación a El Salvador en desarrollo social, mientras que ellos pueden seguir brindándonos su experiencia para tomar lo que ha salido bien y traerlo al país”, explicó Fernández. Este alineamiento con Nayib Bukele sugiere que la política exterior de San José estará supeditada a su crisis de seguridad interna, buscando soluciones de “mano dura” que le ganaron popularidad en el electorado costarricense.
El giro en San José no es un hecho aislado. En Honduras, el presidente Nasry Asfura ha sido aún más explícito en su acercamiento a Managua. Tras su victoria, en diciembre de 2025 Asfura reveló haber mantenido conversaciones con Ortega y Murillo sobre la “paz y tranquilidad” de la región.
A diferencia de su postura crítica hacia el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, en ese momento, Asfura marcó una clara excepción con Nicaragua. Esta “lógica de amistad” responde a una herencia de relaciones cercanas entre la cúpula del Partido Nacional y el sandinismo, basándose en la idea de que con Ortega “se puede hacer negocios”.
En cuanto a la relación con Estados Unidos, Fernández aseguró que mantendrá una línea de “aliados estrechos”, especialmente en el combate al crimen organizado. Con la administración de Donald Trump en la Casa Blanca, el enfoque de la mandataria costarricense parece encajar en la prioridad de Washington de frenar el flujo de drogas y fortalecer las fronteras.
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