Los “caminantes de Venezuela” que superan el Darién respiran con la ayuda de una Costa Rica saturada

Para arriesgar la vida de tu familia en la selva del Darién hay que huir de algo aún peor, o tener una esperanza muy grande. A finales de este año se espera que cerca de 200 mil migrantes hayan llegado a Costa Rica. La mayoría son venezolanos y, cada vez, se ven más niños entre ellos. Costa Rica aún no se decide a declarar la emergencia migratoria, aunque el país pide ayuda a la comunidad internacional. El presidente Rodrigo Chaves ha anunciado apertura “para dejarlos pasar” el mismo día que Washington y México acordaron un nuevo “programa” de acogida. La mayoría de los migrantes esperan llegar a Estados Unidos, donde venezolanos, cubanos y nicaragüenses buscan “futuro”

Una familia de venezolanos vende dulces en el centro de San José para poder continuar su travesía hacia Estados Unidos. Foto: Carlos Herrera | Divergentes.

Las dos niñas más pequeñas, Ana y Claudia, meriendan un banano que les regalaron. Ambas sonríen porque además les han dado un par de juguetes, un poni y una muñeca Barbie, que abrazan con sobresalto. Parece que será un buen día, pero la madre, Edyl Mary Araque, sentada en la misma acera, con gesto de cansancio, absorta, alza la mirada hacia las nubes cargadas que se ciernen sobre San José, tras el breve sol de esta mañana de finales de septiembre. Matilde, la mayor de las hijas, está más atenta a las personas que les dan monedas y billetes. Le brillan sus ojos almendrados y un tanto rasgados cuando una mujer le entrega un sándwich caliente en una bolsa de papel kraft. 

– ¡Qué Dios la bendiga! – dice Edyl Mary, saliendo de su ensimismamiento.

– Que Dios me la lleve con bien – responde la mujer tica. 

“Aquí en Costa Rica la gente es muy buena”, dice Edyl Mary conmovida, mientras entrega a su hija mayor el pedazo de cartón que hace de letrero y dice: “soy venezolana, necesito tu ayuda para poder continuar. Por favor ayudanos”. Esta madre soltera y sus tres hijas llegaron hace cinco días a San José tras el paso por el Tapón del Darién, esa barrera selvática y fangosa que interrumpe la carretera Panamericana entre Centroamérica y Sudamérica. La truculencia de la selva todavía se nota en sus cuerpos: rasguños en los brazos, pies ampollados, ojos amarillentos, malestares gástricos y una angustia bien instalada, sobre todo en Edyl Mary, originaria del estado de Trujillo, al noroeste de Venezuela. Ella forma parte del éxodo más reciente de los 6.8 millones de venezolanos que han huido de la miseria y la violencia política bajo el chavismo y el régimen de Nicolás Maduro, según la agencia de refugiados de Naciones Unidas (ACNUR). En su país, Edyl Mary trabajaba como empleada doméstica y ganaba tres dólares al mes, un sueldo paupérrimo que la obligó a irse en busca de “futuro” a Estados Unidos. 

Para asegurar “futuro” en sus vidas, miles de migrantes venezolanos han encontrado en el tapón del Darién una nueva ruta preferida, a pesar de la inclemencia de la selva con sus ríos crecidos, los animales salvajes, los mosquitos, el lodazal, las guerrillas y el crimen organizado. Los venezolanos necesitan visa para ingresar a Panamá. Eso conlleva un trámite tan o más engorroso que la jungla, por lo que muchos deciden cruzar esta última, sin otra alternativa. En esa tupida selva el cielo casi no se ve. La única forma de atravesar es caminando. Y tener que huir caminando es algo que venezolanas, como Edyl Mary, conocen bien. 

Hace cuatro años, en 2018, cuando Ana y Claudia no habían nacido, Edyl Mary caminó hasta cruzar la frontera de Colombia, donde estuvo once meses. No le fue muy bien. Allí nació Ana y, al recuperarse del parto, decidió irse más al sur, con su pareja, hasta Ecuador. Buscaban más estabilidad y un mejor empleo. También lo hicieron caminando durante 28 largos días hasta llegar a Quito. Ese fue su refugio durante tres años, pero, a causa de la pandemia, Edyl Mary se quedó sin empleo. En Ecuador, nació Claudia. La madre se separó de su pareja y, desesperada y sin trabajo, decidió que debía irse a Estados Unidos a través del Tapón del Darién. También se les unió un primo de ella.

“El coyote en el Darién nos cobró 190 dólares por cruzarnos a las cuatro, pero ya después del primer campamento nos abandonó en la selva. Solo nos dijo que siguiéramos las bolsas azules amarradas en los palos (árboles)”, recuerda Edyl Mary. Las bolsas plásticas son las señales del paso de los “caminantes venezolanos”, como llaman a estos migrantes, a lo largo del trayecto del Darién. Hay diversas rutas para cruzarlo, pero en todas existe una infinidad de obstáculos que no siempre se superan. 

Panamá ya ha creado cementerios y fosas comunes para sepultar a quienes quedan en la selva, muchos procedentes de Haití, Cuba o Venezuela. No está claro qué porcentaje de migrantes mueren en la selva, pero quienes sí lo logran hablan de haber visto cadáveres descomponiéndose o putrefactos en la humedad. Lo atestigua también Edyl Mary. Eso fue lo que allí, en lo profundo del Darién, hizo que se arrepintiera de su decisión. 

Al tercer día de camino se les agotó la comida. Las niñas lloraban de hambre. Tuvieron la suerte de que otro venezolano se compadeció al oírlas y les dio un puñado de azúcar. Otro día, en un riachuelo, encontraron unos “pescaitos chiquiticos” que las niñas devoraron con todo y tripas. El Tapón del Darién puso a prueba el físico y la fortaleza emocional de esta joven madre hasta tal punto que, en el cruce de uno de los ríos, se desvaneció, dándose por vencida. El primo la alzó por la espalda y le ayudó a cruzar a sus tres hijas. Fueron ocho días que parecieron eternos, marcados por más hambre y una diarrea colectiva que las dejó en los huesos. 

“El último día encontramos unos cambures (bananos) y con eso vimos a Dios… Caminamos un poco más y dimos con unos militares panameños que no nos quisieron regalar comida. Después de rogarles, por las niñas sobre todo, nos vendieron pasta con salchichón por cuarenta dólares”, relata la mujer. En ese momento no lo sabían, pero estaban a salvo. Habían vencido el purgatorio verde con las completas, pero se sumaba una nueva angustia: ya casi no le quedaban dólares en la bolsa. 

El siguiente paso fue llegar a Paso Canoas, la frontera entre Panamá y Costa Rica, donde encontraron autobuses con destino a San José, que cuestan cuarenta dólares. El dinero les alcanzó para pagarlo. Edyl Mary tuvo por primera vez, tras largos días de extenuación y angustia, una sensación casi nueva, aunque muy pequeña: alivio. Abrazó a sus niñas y pudieron dormir en el bus. Era otra sensación con la que se reencontraban: dormían secas, y ya no sobre las piedras empapadas de este traicionero corredor migratorio, donde miles de venezolanos se juegan la vida cada día huyendo de la crisis sinfín que impuso el chavismo.   

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Alrededor de mil venezolanos por día están ingresando a Costa Rica desde agosto de 2022. Foto: Carlos Herrera | Divergentes.

Hacia San José salen a diario unos veinte autobuses. Aproximadamente unos mil venezolanos al día entran a territorio costarricense a través de Paso Canoas. El transporte no da abasto y un importante porcentaje de “caminantes venezolanos” quedan rezagados a la espera de un cupo. Sólo en agosto de 2022, la asociación civil VenCR, que ha tenido que reformar su misión de acompañamiento consular para atender esta oleada migratoria, calcula el ingreso de 31 mil 200 migrantes. Un número que cada día va en aumento y reafirma el grado de crisis humanitaria de este éxodo a través del Darién.  

En San José, la capital tica, es más fácil ver el rostro detrás de las cifras, ya lejos de la espesura de la selva. Desde hace varios meses, centenares de familias venezolanas acampan en la terminal 7-10 Tracopa, o en las aceras del viejo centro josefino, soportando la pertinaz llovizna y el frío de este valle. La mayoría llevan carteles con mensajes de auxilio escritos con crayones o marcadores que, más o menos, dicen lo mismo que el de Edyl Mary: venezolanos que piden ayuda “para poder continuar” rumbo a Estados Unidos. Organizaciones humanitarias coinciden que este arribo de venezolanos es aún mayor que el del éxodo cubano en 2015, cuando el régimen nicaragüense de Daniel Ortega y Rosario Murillo cerró su frontera sur para evitar el flujo, y creó una crisis en el borde de Peñas Blancas. Se estima que, en ese entonces, 9 mil cubanos intentaron llegar a Estados Unidos a través de Centroamérica y 1,500 quedaron varados en esa frontera. 

Antes, haitianos y cubanos eran los principales migrantes que cruzaban el Tapón del Darién. A partir de 2021, el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) de Panamá registra que más de 133 mil personas cruzaron la selva. En lo que va de 2022, lo han hecho 85 mil 690. Solo en el mes de julio de este mismo año, más de 22 mil cruzaron. De ellos, 17 mil 46 fueron migrantes de Venezuela. 

“Esa selva es muy peligrosa. Vi mucha gente muerta; haitianos, pero sobre todo hermanos venezolanos. Yo siento que Cristo me salvó y me puso aquí”, me dice Marcos David Fama, de 25 años, en la concurrida avenida peatonal que transcurre a un costado del Teatro Nacional de Costa Rica. Es un tipo de mediana estatura, fornido y de hablar atropellado. Hace un mes y medio era policía en el estado de Barinas y renunció porque la paga no ajustaba para darle de comer a su esposa e hija. A ella las dejó en Venezuela porque, después de ver decenas de videos en TikTok con la etiqueta  #selvadarien, llena de testimonios y consejos sobre el paso, decidió que cruzar el Darién era un riesgo que debía tomar solo. En esa misma red social, en una trágica ironía, el presidente Nicolás Maduro suele maquillar la crisis de su país con gestos de apertura o datos de reactivación económica. Esta tarde lluviosa en la que conversamos con Fama, él tiene las manos llenas de chupetas (caramelos), que vende para recoger dinero para seguir su trayecto hacia Estados Unidos. 

“Un policía gana como 30 dólares al mes en Venezuela. ¿Qué le puedo comprar a mi hija con eso? Nada. Me vi en la obligación de salir para buscar algo mejor. Es mentira que todos los que nos vamos queremos regresar a Venezuela como dice (Nicolás) Maduro. Que salga Maduro, que viva un mes con el salario de un ciudadano y que sienta”, se queja Fama. 

Según un informe de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre este éxodo, los venezolanos huyen por cinco razones fundamentales: la crisis humanitaria, violaciones de derechos humanos, violencia generalizada, colapso de servicios públicos y un derrumbe económico. A pesar del miedo que produce la crisis humanitaria de Venezuela, cruzar el Darién no es apto para todo el mundo.“No lo recomiendo”, dice Fama rotundamente, a pesar de haberlo superado. “Echar esa travesía por la selva es arriesgar la vida (y) desde que uno entra en el Darién te van a ir quitando dinero”. 

No existen cifras pero la asociación VenCR, a partir de los testimonios que han comenzado a sistematizar, afirma que la mayoría de “caminantes venezolanos” salen de la selva sin dinero, o con muy poco. Eso explica por qué a diario, desde muy temprano hasta caer la noche, los venezolanos piden limosna en las calles y esquinas del centro de la capital tica. Aunque no siempre obtienen plata, sino comida o abarrotes que no desprecian. En el camino de la migración todo vale, hasta un puñado de azúcar para obtener energías para seguir andando. 

Entre septiembre y octubre los ríos del Darién corren con un poco menos de caudal y eso ha atraído al cruce a familias enteras acompañadas de menores de edad. Pobladores ticos suelen solidarizarse, especialmente con las niñas y niños, un fenómeno insólito, al echar la vista atrás, cuando Venezuela era un país rico, gracias a su producción petrolera. Un país que ahora expulsa a miles de sus nacionales a pie y sobreviven de limosnas.  

Muchos son los que también pueblan los semáforos y extienden la mano hacia lujosos carros a la espera de colones. De acuerdo a VenCR, al menos 40% de los que cruzan el Darién provienen de otros países sudamericanos: Colombia, Ecuador y Perú. Las condiciones económicas agravadas por la pandemia, la xenofobia y la creencia de que el gobierno de Joe Biden es más flexible con la inmigración motivan en buena parte el éxodo. 

Este flujo de venezolanos encuentra una Costa Rica saturada migratoriamente. Más de 120 mil nicaragüenses han pedido refugio desde 2018 y las autoridades migratorias ticas proyectan cerrar 2022 con casi 90 mil nuevas solicitudes. Costa Rica fue la cuarta nación del mundo que recibió más solicitudes de refugio per cápita durante el último quinquenio. La situación económica agravada por la pandemia y estrechez fiscal limitan el margen de maniobra para atender a los migrantes. 

El ministro de Relaciones Exteriores y Culto de Costa Rica, Arnoldo André Tinoco, ha insistido en las asambleas generales de Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos (OEA), en 2022, que su país necesita apoyo de la comunidad internacional. “A nivel migratorio, Costa Rica enfrenta un gran desafío”, plantea con alarma.  

“El asunto está rebasando los límites de la razonabilidad, está agotando los sistemas. El país tiene que invertir grandes sumas en educación, seguridad social, integración y seguridad de estas poblaciones. Y para ello estamos acudiendo a la comunidad internacional, haciendo un llamado de apoyo financiero no reembolsable para resolver este asunto, dado que consideramos injusto que el país tenga que endeudarse más para pagar intereses para resolver un problema cuya causa u origen no es Costa Rica”, ha clamado Tinoco en un reciente viaje a Washington. De momento, parece que el viaje tuvo un primer resultado. “Hemos creado un plan de corto, mediano y largo plazo. Ya tenemos una mesa de trabajo con autoridades de Estados Unidos que han mostrado interés en apoyarnos en resolver este desafío”. 

A diferencia de los nicas, los venezolanos no solicitan refugio. En principio porque su objetivo invariable es Estados Unidos y segundo porque, creen casi todos, un trámite de refugio en este país podría estropear su solicitud de asilo político cuando logren llegar a la frontera norteamericana. 

“Te puedo decir que el 99% de los venezolanos no se quedan en Costa Rica”, afirma Gloria Drossos, presidenta de VenCR. La organización se ocupaba de la inserción exitosa de venezolanos en Costa Rica y Honduras. Era una demanda modesta, pero ahora esta oleada migratoria los ha empujado a cuestiones humanitarias. “El objetivo de ellos es Estados Unidos y nosotros hemos identificado dos tipos de ‘caminantes’. Los que tienen dinero, llegan a la ciudad, duermen en un hotel y al siguiente día retoman su camino. Y los que vienen sin dinero…, esos se quedan entre tres y hasta ocho días pidiendo para poder continuar el viaje”, explica Drossos, quien llegó a Costa Rica hace casi veinte años huyendo del incipiente chavismo. 

Edyl Mary espera no quedarse más de diez días en Costa Rica, pero eso dependerá de que logre juntar primero los sesenta dólares que cuesta el paso irregular por Nicaragua. Ella tiene miedo de cruzar la frontera de Los Chiles porque ha escuchado que los militares nicaragüenses “estafan” a los venezolanos. Se ha conocido que las autoridades migratorias del gobierno de Ortega cobran una especie de tributo de 150 dólares para todo aquel que quiera atravesar el país. Edyl Mary tampoco planea quedarse un tiempo en Nicaragua porque, insiste, es un “régimen como el de Maduro”. Lo que espera es recaudar la mayor cantidad de dinero para llegar, si es posible, de un tirón a Honduras. Sin embargo, es un deseo que implica sentarse a hacer algo que no le gusta: “pedir limosna”. 

“¿Cómo es posible que seamos un país rico en petróleo y los venezolanos estemos mendigando? El gobierno solo nos daña cada día más. Yo ya quiero que esto se termine pronto. Quiero ver a mis hijas en una cama, durmiendo; felices, estudiando. Quiero que esto se termine pronto porque cada día me arrepiento de haberles hecho esto a mis niñas”, suelta Edyl Mary. Es un llanto descontrolado, en el que se hace difícil cribar si lo provoca más la rabia o la desesperación. 

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El comedor que funciona en la Iglesia Católica de Cristo Rey del Universo en San José. Foto: Carlos Herrera | Divergentes.

Hora del almuerzo. Las cocineras apuran unas ollas de arroz tan grandes que un ternero sin descuartizar alcanzaría holgadamente en ellas. Lo mismo con la de frijoles y la de carne tapada con papas que impregna el espacio de un olor dulcete y maternal que aplaca la voracidad del estómago. Detrás del bufete que emana columnas de vapor, decenas de venezolanos, y uno que otro haitiano, hacen fila con su plato en mano. La mayoría tienen uno o dos días de haber salido del Darién y han llegado a este comedor que funciona en la Iglesia Católica de Cristo Rey del Universo, en San José. De boca en boca los venezolanos que han pasado a Costa Rica recomiendan a los que vienen la Asociación Obras del Espíritu Santo. En este templo encuentran comida, techo, atención médica y hasta ropa. 

La Asociación Obras del Espíritu Santo entrega más de mil raciones de comida al día. Por mes procesan 70 toneladas de arroz que sirven para alimentar no solo a quienes se acercan al comedor de la iglesia, sino a otros venezolanos que están dispersos en las calles de San José.  

Ante la falta de refugios estatales, la iglesia del Cristo Rey del Universo es clave para que los venezolanos no pasen las noches a la intemperie. Rafael Valerín es uno de los que dirigen el albergue y explica que su obra social es permanente, pero con la llegada masiva de venezolanos han tenido que adaptarse, en especial en abrir espacio para habilitar colchones. En el segundo piso, los salones para impartir las catequesis y charlas pastorales fueron desocupados para acomodar camas. Es decir, improvisaron un albergue que tiene cupo para 167 personas por disposiciones sanitarias. Sin embargo, esa capacidad no cubre ni el 30% de la demanda de venezolanos que llegan a pedir ayuda. El templo es una edificación amplia y de corte moderno. La nave central la ocupa el púlpito sobre el cual pende un Cristo clavado al madero. 

Valerín, que mientras hablamos no deja de contestar consultas de venezolanas mayores que pregunta por médicos, relata que el sacerdote Sergio Valverde –quien dirige la obra social– se alarmó al ver que más de 300 venezolanos quedaban en las afueras de la iglesia cuando el albergue se llenaba. Y no se iban: sobre sus mochilas o pocas pertenencias se acomodaban para pasar la noche. De modo que solicitaron más ayuda e invirtieron en colchonetas y casas de campaña que prestan a las familias. 

Pero cada día hay menos champa para tanto migrante. El párroco Valverde recuerda a los cubanos que pasaron en 2015. También a los haitianos. “En ese momento pasaron unas 1,500 personas, pero desde hace cinco meses por acá han pasado entre 11 mil y 12 mil venezolanos. La visión, según nos han dicho las autoridades Migratorias, es que pasen unos 200 mil migrantes por la selva y lleguen a Costa Rica. Me atrevo a decir que ahora hay más niños”, lamenta el religioso. “El venezolano va de prisa. Se queda entre dos o cinco días por motivos de cansancio, salud o estado de ánimo. Es una situación dolorosa. Para mí, esto debe ser declarado una emergencia migratoria, pero eso le toca a las autoridades. A ver en qué momento lo van hacer”. 

A pesar de que el mismo canciller tico reconoce la gravedad de la crisis migratoria, algunas fuentes allegadas a esferas de gobierno coinciden en que declarar emergencia migratoria es una decisión muy remota para Costa Rica. No solo se trata de afectar su marca de país turístico, y poner en riesgo el motor económico principal que se ha reactivado tras la pandemia, sino que puede afectar la calificación crediticia del país, que es ‘B’, “estable”. Eso podría ahuyentar inversiones. A Costa Rica, al igual que a Colombia, se le considera “país de renta media”. Sin embargo, el porcentaje de migrantes en cada país respecto a su población es muy diferente. El 8.23% de la población tica la conforman migrantes, mientras que en Colombia sólo es el 2.31%. Frente a esa indecisión del gobierno, al menos en el albergue que coordina Rafael Valerín, la situación es más compleja con el paso de los meses. 

“Entregarme a la migración de Estados Unidos y decir que vine por un futuro para mis hijas. Que quiero lo mejor para ellas y por eso pedimos asilo”.

Edyl Mary Araque, migrante venezolana.

“Estamos atendiendo la emergencia de los hermanos venezolanos, desde el mes de abril”, insiste Valerín, “pero se viene intensificando”. El trabajador del refugio se detiene y le pregunta a una joven venezolana si se tomó el medicamento. Ella responde asintiendo positivamente y se toca su antebrazo izquierdo. Una llaga que le produjo el paso por el Darién ya se va secando. Las enfermedades gastrointestinales y dermatológicas son las principales entre los migrantes venezolanos que llegan hasta aquí. 

La diarrea que Edyl Mary y sus hijas contrajeron en la selva también ha mejorado, gracias a los medicamentos que les han dado en esta iglesia y refugio, en cuyas oficinas administrativas yace la imagen de un San José Dormido, la misma que el Papa Francisco tiene sobre su escritorio en el Vaticano. El pontífice suele poner debajo de la imagen papeles con sus problemas escritos para que el padre putativo de Jesús los sueñe y Dios se aparezca en ellos e indique el camino a seguir. Edyl Mary no ha visto el San José Dormido ni necesita que le indiquen el camino a seguir: después de resistir al Darién y ahora al enfrentarse a la peligrosa ruta de Centroamérica y México, espera que se cumpla un sueño tan simple y escurridizo por ahora: “Entregarme a la migración de Estados Unidos y decir que vine por un futuro para mis hijas. Que quiero lo mejor para ellas y por eso pedimos asilo”. 

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A través de un nuevo plan, la administración Biden espera disuadir a los venezolanos de cruzar la frontera suroeste de forma ilegal. Foto: Carlos Herrera| Divergentes.

La tarde de este 12 de octubre el presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves, anunció que van abrir el paso para los venezolanos. “Ha habido un movimiento que era de 200 personas pasando por nuestra frontera sur, pero al día de hoy son 3 mil 700 personas cruzando Costa Rica”, dijo el mandatario en conferencia de prensa. “No estamos estimulando que se queden aquí (…) lo que vamos a hacer es dejarlos pasar, ayudarlos; como nos obligan convenios internacionales. También vamos a evitar que cometan crímenes y evitar que usen niños para vender confites, lamentablemente la palabra es mendigar”. 

El anuncio ocurrió casi en paralelo al acuerdo que suscribieron Estados Unidos y México: los gobiernos de Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador se comprometieron a llevar a cabo un nuevo proceso de control migratorio que pretende disuadir a los venezolanos de cruzar la frontera suroeste de forma ilegal y, por tanto, evitar así el peligroso paso del Darién, y por Centroamérica y México. 

El plan para los migrantes de Venezuela permitirá el acceso por vía aérea a Estados Unidos y enviará a otros a México, siempre y cuando no se presenten en la frontera sur. Una propuesta inasible para la mayoría de estos “caminantes” que no tienen ni para comprar un pasaje de autobús, menos un boleto de avión. 

 “Las autoridades de EE.UU. comenzarán a gestionar el acceso de 24 mil personas migrantes de nacionalidad venezolana por vía aérea”, señala la cancillería mexicana. México permitirá de manera temporal que algunos venezolanos puedan ingresar a su territorio por la frontera norte. Los migrantes que no formen parte del programa serán deportados.

En otras palabras, los venezolanos no podrán ingresar a Estados Unidos de forma ilegal por México. Para ceñirse al programa, deben pasar por un proceso en línea y demostrar tener un patrocinante que brinde apoyo financiero. Además, pasar rigurosos controles biométricos y biográficos de seguridad nacional, seguridad y salud pública. 

“No serás elegible para entrar legal a Estados Unidos si se te ha ordenado expulsión de ese país en los cinco años anteriores”, dicen las reglas del programa. “Quienes intenten cruzar ilegalmente la frontera sur de Estados Unidos serán devueltos a México y no serán elegibles para un proceso legal en el futuro. Aquellos que sigan el proceso legal tendrán oportunidad de viajar de manera segura y ser elegibles para trabajar aquí”.