Malvender o no vender: la rapiña que viven los exiliados nicaragüenses con sus bienes 

Exiliados nicaragüenses relatan cómo, entre la urgencia y el miedo, dejaron sus vidas materiales en manos de la codicia ajena y descubrieron que el exilio no solo desarraiga, sino que también despoja. En medio de la persecución política, cientos de familias han huido dejando atrás sus casas, pertenencias y proyectos de vida. Algunos logran malvender, a toda prisa, lo que levantaron con años de sacrificio; otros lo pierden todo o son víctimas del estigma que impide incluso vender sus bienes

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Ilustración por Divergentes

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Mientras el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo arrebata propiedades de manera directa a opositores políticos, medios de comunicación, universidades y organizaciones civiles, miles de exiliados nicaragüenses enfrentan otra forma silenciosa de despojo. Son pérdidas económicas que no figuran en los registros oficiales, pero que se repiten en cada historia de quienes huyen por persecución. 

Sin tiempo para empacar ni vender, y marcados por el estigma de persecución política derivado del discurso de odio del régimen sandinista, muchos dejan atrás casas, vehículos, pertenencias y proyectos de vida que construyeron durante años. Esta confiscación no decretada —sostenida por el miedo, el desarraigo y, muchas veces, la codicia ajena— se ha vuelto parte del costo oculto del exilio nicaragüense.

Mary salió de Nicaragua con una mochila al hombro cargada de miedo y apuro, más que de pertenencias. No tuvo tiempo de empacar nada de valor. El régimen Ortega-Murillo la obligó a huir a escondidas, con su hijo pequeño y la vida hecha trizas en agosto de 2024. 

“El exilio no solo te arranca de tu tierra, también te quita lo que con tanto esfuerzo lograste construir”, dice desde el pequeño apartamento que ahora alquila en Costa Rica, un país que aún le resulta extraño.

Preparando recomendación…

Al igual que miles de exiliados nicaragüenses, Mary dejó atrás no solo su casa, sino también todo lo que había logrado con años de trabajo: su vehículo, refrigeradora,  cama, televisor, electrodomésticos y otras pertenencias con alto valor económico y sentimental.

El régimen, tras meses de hostigamiento, intensificó la persecución en su contra por ser familiar cercana de un exreo político y le envió una notificación judicial sin causa alguna, obligándola a huir.

Malvender o no vender: la rapiña que viven los exiliados nicaragüenses con sus bienes 
La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo emprendieron una campaña de robos y confiscaciones de los bienes de sus principales adversarios políticos. Divergentes | Archivo.

“Trabajé toda mi vida para tener lo que tenía. En Nicaragua uno tiene que apretarse la faja por años para comprar sus cositas”, relató. Al partir, confió en que algunos familiares y amigos le ayudarían a resguardar o vender sus pertenencias. Al inicio lo hicieron, pero luego, la historia cambió.

“Aunque mi familia más cercana me apoyó como pudo, había otros —“amigos” e incluso familiares— que se comportaron como verdaderos buitres. Me pedían mis cosas como si fueran limosnas, esperando que las regalara, y cuando ponía precios —ya de por sí muy bajos por la urgencia— me los cuestionaban y me presionaban aún más para que los bajara”, recordó.

Una vecina —que sabía bien la urgencia de Mary— se ofreció a comprar la mayoría de sus pertenencias. Le dio una cuota pequeña y le prometió abonar el resto en plazos mensuales. Sin embargo, con el tiempo, comenzó a evadirla en las fechas de pago y finalmente le respondió que no tenía cómo obligarla a saldar la deuda.

Exiliados sin defensa

“Llegaban citatorias, cobros judiciales y notificaciones de bancos a mi puerta con su nombre, y yo, lejos, sin poder hacer nada. Es un abuso y un acto ilícito porque implica falsedad, abuso de confianza y hasta fraude”, añadió.

“Vos sabés cómo está el país, por algo te tuviste que ir. Además, yo no te firmé ningún papel. No tenés cómo reclamarme nada”, le envió la vecina deudora en un audio de WhatsApp. Hasta la fecha, la deuda supera los 3000 dólares sin recibir ningún abono.

“Sentí que me habían robado en la cara y que no podía hacer nada. No fue ni siquiera el Gobierno, fueron estos buitres (los vecinos). Me sentí sin voz, sin derechos, incapaz de defenderme. Y lo peor es que ese dinero lo necesitaba desesperadamente para cubrir necesidades básicas en el exilio”, comentó Mary.

Pero no solo perdió sus bienes. La vecina empezó a usar su antigua dirección para hacer préstamos y evitar responsabilidades legales, ya que la casa de Mary estaba deshabitada. 

“Todo quedó en el aire”

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Costa Rica ha sido el principal destino del exilio nicaragüense. Divergentes | Archivo.

Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) citados en 2024 por el Grupo de Expertos en Derechos Humanos de la ONU sobre Nicaragua, un total de 440 280 nicaragüenses, un 6.5 % de su población, solicitaron asilo o refugio, principalmente en Estados Unidos y Costa Rica, entre 2018 y junio de 2023. 

Mientras, el Colectivo de Derechos Humanos Nunca Más, publicó en noviembre de 2024 que al menos 800 000 nicaragüenses, un 11.8 % de la población, estimada en 6.8 millones de habitantes, se han visto forzados a salir del país desde abril de 2018, cuando estalló la crisis social y política.

Samara, otra exiliada nicaragüense, coincide en el impacto profundo de dejarlo todo de un día para otro. Vendió su ropa, electrodomésticos, incluso objetos personales a precios simbólicos, cuando tuvo que salir repentinamente de su país en septiembre de 2024. 

“Todo queda en el aire cuando el exilio te agarra de golpe… A la mayoría le pasó igual. No te da tiempo ni de pensar: ‘voy a guardar esto’, ‘voy a vender aquello’. Nada. Y cuando te ves obligada a vender algo, la gente se aprovecha”, cuenta Samara.

Para ella, dejar Nicaragua no fue una elección. “Fue una emergencia. Tuve que empacar mi vida en una mochila y dejar atrás mis pertenencias, mis logros, mis raíces… Todo lo que construí con esfuerzo. El exilio no solo es dejar un país; es dejar una parte de uno mismo atrás”, lamentó.

“Después de años luchando por tener tus cosas, por formar una vida, de pronto tenés que dejarlo todo. Es un vacío muy grande. Si no me hubiera aferrado a Dios, a mi fe y a mi esperanza, sinceramente creo que me habría vuelto loca. Esto es traumático”, agregó.

Las cicatrices del exilio 

Samara habla con la voz quebrada. Ha pasado tiempo desde que huyó, pero las secuelas aún pesan: insomnio, ansiedad, tristeza profunda. “No fue una elección. Fue algo que la vida te obligó a hacer. Y eso te deja cicatrices. Tenés que adaptarte en otro país, sin tener nada claro, tocar puertas donde nunca pensaste estar, buscar trabajos para los que no estabas preparada. Afrontar una realidad que jamás estuvo en tus planes”, relató.

También cuenta que vendió muchas de sus pertenencias a precios irrisorios. Ni siquiera la mitad de su costo real. A veces, ni en efectivo. Y aún así, la gente le decía: ‘te pago después’. “Y lo más triste es que muchas de esas personas eran conocidas, gente que consideraba cercana. Cuando me di cuenta de eso, preferí regalar mis cosas a quienes realmente las necesitaban. Porque al menos esas personas muestran empatía y agradecimiento”, contó.

A pesar del caos, ella intentó conservar algunas cosas. “Uno espera que las personas que te conocen sean honestas. Pero no siempre es así. Una camisa que me costó 800 córdobas la vendí a 400, y aún así me la querían pagar a 100 y fiada. Es desgarrador”, recordó.

Un legado familiar a la deriva

Denis también forma parte de los más de 600 000 nicaragüenses que han salido al exilio desde 2018, según ACNUR. La persecución política que vivía en su país lo obligó a dejar todo de forma repentina: su trabajo, su casa, sus rutinas, y un rincón muy especial de su hogar que aún le duele recordar.

“¿Por qué me duele mi colección? Simplemente porque era un hobby que me gustaba mucho. Era mi pasatiempo favorito”, explica con nostalgia desde el país que ahora lo acoge. Su colección de libros y figuras de superhéroes —ordenadas con esmero en un mostrador de su sala— no era solo un entretenimiento. Era, dice, una forma de conexión con su niñez, marcada por carencias, y una parte feliz de su vida que logró reconstruir con esfuerzo.

“Era algo que construí con sacrificio. Las figuras representan épocas, reflejan cómo cambiamos como sociedad y como personas. También eran un legado para mi familia. Yo quería que mis hijos supieran que eso era parte de mí, de lo que fui”, relató.

La colección no solo era valiosa en lo emocional, sino que se convirtió en el centro de atención dentro de su hogar. “Siempre que alguien llegaba a mi casa, lo primero que veían era el mostrador con las figuras. Me preguntaban, se interesaban. Era lo más vistoso de la casa y me emocionaba hablar de eso”, recordó.

Pero, cuando la persecución política se intensificó, tuvo que huir en mayo de 2024.  Lo hizo sin vender nada, sin empacar su colección. “Eso me duele, haberlo dejado de una manera tan repentina, sin necesidad alguna. Yo esperaba que eso fuese un legado para mi familia, pero debido a este contexto político represivo que vivimos, tuvimos que dejarlo todo. Para otros, ahora solo son objetos de los que pueden deshacerse, como si estuviésemos muertos”, dijo.

La investigación La punta del iceberg de la nueva piñata Ortega-Murillo, realizada por el Observatorio Pro Transparencia y Anticorrupción (OPTA) de Hagamos Democracia y divulgada en mayo de 2024, estimó en 250 millones de dólares el valor de bienes y propiedades confiscadas por la dictadura sandinista desde que instauró el estado policial en 2018. 

Sin embargo, la misma investigación reconoce que este dato en realidad representa solo una parte ínfima del valor real de las propiedades y bienes confiscados por la dictadura sandinista, ya que es lo que se logró cuantificar con la escasa información disponible. “Es la punta del iceberg de la nueva Piñata”, especifica el reporte. 

El estigma que impide vender lo que el régimen no confiscó

Malvender o no vender: la rapiña que viven los exiliados nicaragüenses con sus bienes 

Gaby, otra exiliada nicaragüense, vive una situación distinta, pero igual de dolorosa. Antes de huir, había construido junto a su esposo el hogar que siempre soñaron: una casa en una zona residencial de Managua, ampliada con esfuerzo durante más de doce años para brindarle comodidad a sus dos hijos. “Era mi lugar feliz”, dice con nostalgia.

Cuando el régimen también apuntó contra su familia, no les quedó más opción que escapar. Salieron con lo puesto, cada uno con una mochila, sin tiempo para recoger nada más. Sólo lograron vender sus vehículos, y lo hicieron a precios irrisorios, impulsados por la urgencia de reunir algo de dinero antes de salir del país.

“Me parte el alma recordar todo lo que trabajamos para tener esos carros. Empezamos con un pequeño sedán, y después compramos una Toyota Hilux. Al final, la vendimos muy por debajo de su valor real”, comentó.

En un principio, vender su casa no era una opción. Pero con el avance de las confiscaciones arbitrarias del régimen contra personas consideradas opositoras, Gaby y su esposo decidieron ponerla en venta. Sin embargo, hasta ahora no han conseguido comprador. El estigma de la persecución los persigue incluso en el exilio.

“Una persona se mostró interesada y creímos que estábamos cerca de cerrar el trato, pero luego me dijo que le daba miedo comprarnos porque había escuchado que éramos perseguidos políticos”, relató.

El precio humano del exilio

La casa sigue en pie, habitada por una familiar cercana que les cuida el inmueble y le da noticias desde Managua. Según cuenta, vecinos y conocidos se han acercado a preguntar si los muebles, electrodomésticos o incluso las plantas del jardín están en venta.

“La mayoría de las personas que considerábamos cercanas quieren aprovecharse de nuestra situación porque preguntan si las cosas están a la venta, pero cuando se les da un precio no compran. Lo que quieren es que les regalemos nuestras cosas”, expresó.

Las historias de Mary, Samara, Denis y Gaby reflejan el profundo costo humano del exilio nicaragüense que genera el abandono forzado de hogares, pertenencias y sueños. Mientras Mary enfrentó la estafa y la pérdida económica en manos de quienes confió sus pertenencias, Samara vivió la urgencia y el sacrificio de vender a precios irrisorios lo que tanto le costó adquirir. 

Denis perdió no solo su casa, sino también un legado personal irremplazable, mientras Gaby lucha contra el estigma que le impide vender su propiedad y rehacer su vida con el dinero que le dejaría la venta de ese bien inmueble. Sus testimonios revelan que el exilio no solo desarraiga, sino que despoja, dejando heridas que van más allá de la distancia física.


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