“Loras”. Así se anuncian, abiertamente, aves silvestres —incluidas especies en peligro de extinción— en la plataforma Marketplace. “Hola, Managua. Información al privado, me bloquea la cuenta xf”, escribió una usuaria el 25 de marzo de 2026.
En pocos minutos, decenas de personas preguntan por precios, ubicación o disponibilidad. La publicación se trata de la venta de loras nuca amarilla (Amazona auropalliata), una especie protegida cuya venta está prohibida en Nicaragua decretada por el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (Marena) y otras instituciones del Estado.
A pesar de ello, la venta sigue ocurriendo con normalidad. En la misma plataforma circulan anuncios como: “Compro pareja de chocoyos… quien me venda al privado o escríbame al WhatsApp”, lo que evidencia que no se trata de casos aislados, sino de una práctica normalizada y a la vista de las autoridades ambientales.
Pero, ¿qué hay detrás de esta práctica tan normalizada? ¿es legal?, ¿qué implica para las especies y por qué persiste? En este Diver-Check te explicamos.
Tener aves silvestres como mascotas —chocoyos, loras, cotorras, tucanes, lapas o pericos— sigue siendo común en muchos hogares nicaragüenses y no solo implica sacarlas de su hábitat, también sostiene una cadena de captura y comercio ilegal que afecta directamente su supervivencia, frente a una respuesta institucional limitada.
Comprar aves no es un rescate

A esto se suma una creencia común: que comprarlas, sobre todo si están en malas condiciones, es una forma de “rescatarlas”. Especialistas consultados por DIVERGENTES advierten que ocurre lo contrario: cada compra alimenta el mismo ciclo que pone en riesgo a estas especies.
Xiomara, originaria de Ciudad Darío, creció en una familia en la que tener chocoyos zapoyolitos era parte de la vida cotidiana. Recuerda que su abuelo y su padre solían capturarlos directamente de los nidos: “Siempre agarraban un par para que fueran mascotas de la casa”, cuenta. Para ella, durante años, esto fue algo normal.
Ahora, ya en Managua, repite el patrón. Tiene un chocoyo que compró en el Mercado Oriental. Dice que lo hizo después de verlo en malas condiciones. “Preferí comprarlo y tenerlo yo en casa que dejarlo en esas condiciones tan deplorables”, explica.
Sin embargo, según un veterinario consultado por DIVERGENTES en condición de anonimato, explica que este tipo de decisiones, aunque parten de una intención de “protección”, son una de las principales razones que sostienen la demanda.
“Es una de las justificaciones más comunes: creer que se está rescatando al animal, cuando en realidad se está alimentando el mismo ciclo de captura y venta de fauna silvestre”, advierte.
Ese mismo especialista, quien forma parte de los equipos técnicos del Marena, reconoce que los esfuerzos para frenar esta práctica son limitados. Advierte que detrás existe una red de tráfico de fauna silvestre que opera con poca investigación y escasos recursos. “Sí se realizan decomisos, pero no hay control suficiente para reducir el tráfico. Basta ver cuántas personas son detenidas por estos delitos: casi no hay registros”, señala.
De acuerdo con la investigación de DIVERGENTES “El tráfico mortal de animales silvestres en Nicaragua”, muchas de estas aves son capturadas en zonas como Punta Cosigüina, en Chinandega; Siuna y Bonanza, en el Caribe Norte; El Rama, en el Caribe Sur; así como en Chontales, Matagalpa y Río San Juan. Desde ahí son trasladadas y vendidas en mercados y plataformas digitales, lejos de su hábitat natural.
Del vuelo al encierro: lo que pierde un ave en cautiverio

Las aves nacieron para volar. Cuando las aves son capturadas y puestas en cautiverios cortan sus alas, para mantener su control y sean más tranquilas. Pero, según el especialista del Marena, es un intento egoísta de domesticar un animal que debe estar en libertad. Cuando esto ocurre, el ave pierde su equilibrio, su forma de dirigir el vuelo y elevarse, lo que causa un daño físico y emocional al animal.
Organizaciones como Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) advierten que prácticas comunes en cautiverio, como cortarles las alas, tienen consecuencias graves. Al intentar volar para huir o moverse, las aves pierden la coordinación, caen y pueden sufrir fracturas en las alas, el pico o las patas.
Pero el daño no es solo físico. Al no poder volar, una actividad esencial para su desarrollo, las aves sufren ansiedad crónica, atrofia muscular y problemas de circulación. La falta de estímulo también afecta su comportamiento: pueden arrancarse las plumas o autolesionarse. Xiomara cuenta que su chocoyo, “Paquito”, a veces se las quita. Pensó que era un comportamiento normal, pero especialistas explican que suele ser una respuesta al estrés y al encierro.
Ese estrés se manifiesta de distintas formas: vómitos, movimientos repetitivos como caminar de un lado a otro, balancearse o incluso desplomarse. En algunos casos, las aves se picotean a sí mismas o a otras con las que comparten espacio.
A esto se suma la alimentación inadecuada. En muchos hogares se les da pan, comida para pájaros que venden en las veterinarias, masa o restos de comida, cuando en libertad su dieta se basa en semillas, frutas e insectos. Este cambio altera su sistema digestivo y no les aporta los nutrientes que necesitan para desarrollarse correctamente.
El cautiverio también limita sus comportamientos naturales: no pueden desplazarse libremente, regular su temperatura ni reproducirse, lo que impacta incluso en la variabilidad genética de la especie.
Además, aunque muchas personas les enseñan a “hablar”, estas aves no imitan sonidos por diversión, sino que vocalizan para comunicarse, orientarse y encontrar alimento. Al aprender sonidos humanos, pierden parte de ese lenguaje, lo que puede dificultar su reintegración si regresan a su hábitat.
¿Es legal tener aves silvestres como mascotas en Nicaragua?

No. La captura, venta y tenencia de aves silvestres está prohibida por la legislación nicaragüense.
El Código Penal (Ley 641), en sus artículos 380 al 382, establece sanciones de uno a cuatro años de prisión y multas para quienes cacen o comercialicen especies en peligro de extinción. Incluso en el caso de especies que no están en peligro, la captura sin autorización o dentro de áreas protegidas también es sancionada.
Además, la normativa ambiental establece que el manejo o resguardo de estas especies sólo puede realizarse con permisos específicos otorgados por el Marena, lo que excluye su tenencia como mascotas.
Sin embargo, en la práctica, esta legislación se cumple de forma limitada. A pesar de que existen normas claras, el comercio y la tenencia de aves silvestres continúan ocurriendo de manera abierta, incluso en espacios públicos y plataformas digitales.
¿Cómo el cautiverio rompe el equilibrio de los ecosistemas naturales?


Las consecuencias de tener aves silvestres en cautiverio —especialmente especies bajo veda indefinida como chocoyos, lapas, loras o tucanes— no se limitan al animal en casa. También impactan directamente en sus poblaciones y en la naturaleza.
El ambientalista Amaru Ruiz explica que muchas personas minimizan el problema: creen que tener “una sola lora” no hace diferencia. Pero cuando esta práctica se vuelve común, aumenta la demanda y, con ella, el tráfico ilegal de especies. “Se termina siendo parte de esa cadena, aunque no se perciba así”, advierte.
Detrás de cada ave que llega viva a un mercado hay otras que no sobreviven. Durante el traslado, muchas mueren por deshidratación, golpes, caídas o estrés, tras pasar días en condiciones precarias. Es decir, comprar un ave no solo implica la captura de una, sino la muerte de varias en el camino.
El impacto también se extiende a la salud de las especies. Ruiz señala que las aves en cautiverio pueden desarrollar enfermedades o portar parásitos que luego se transmiten a poblaciones silvestres. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se les mantiene en patios o árboles y entran en contacto con otras aves. “Representa un riesgo latente, porque las especies en libertad no necesariamente tienen defensas para enfrentar esas enfermedades”, explica.
En algunos casos, estas dinámicas ya han tenido consecuencias visibles. Ruiz advierte que se han registrado afectaciones e incluso desaparición de especies en ciertas zonas, asociadas a enfermedades, cambios en la alimentación y alteraciones provocadas por el cautiverio.
A esto se suma la presión directa sobre las poblaciones. La captura de pichones para el comercio de mascotas implica el saqueo de nidos, mientras que la deforestación reduce sus espacios para vivir y reproducirse. “Hay especies más demandadas, y eso vuelve el problema más grave: a mayor demanda, mayor presión sobre ellas”, concluye.
