A juzgar por el desarrollo de los acontecimientos regionales, puede que Rosario Murillo no llegue a convertirse en la segunda presidenta de Nicaragua, ambición por la que ella ha trabajado por años.
Recordemos que la señora Murillo comenzó su ascenso al poder desde los años de la Revolución Sandinista, cuando logró que sacaran del gabinete al poeta Ernesto Cardenal y que cerraran el Ministerio de Cultura, para quedar ella al frente de la cultura oficial desde el Instituto Nicaragüense de Cultura.
Después se tomó las páginas culturales del diario Barricada. Contaban quienes estuvieron a cargo de ese espacio que la señora Murillo casi nunca estaba a gusto con la manera cómo se gestionaba el suplemento “La Luna Descalza”. Finalmente pudo hacerse con dicho suplemento cultural a través del poeta Juan Chow, cuando Ortega mandó a despedir a todo el equipo periodístico en octubre de 1994.
Más adelante llegó el doloroso episodio Zoilamérica, en 1998. Fue el momento más frágil de Ortega y algunos hasta ya lo veían en el juzgado. Pero no fue así. La jueza Juana Méndez fallo que el caso había prescrito por antigüedad de los hechos. La señora Murillo encabezó la defensa de su marido, teniendo como telón de fondo a su numerosa prole y a los que se conocían como “la izquierda democrática”.
Luego se hizo cargo de las campañas electorales de Ortega, a quien le quitó el look y las ínfulas de gallo ennavajado, lo vistió de blanco y lo puso a hablar un discurso de paz y reconciliación, que incluyó pedir perdón al clero católico, una boda oficiada por el cardenal Obando y una alianza con este prelado por hechos de corrupción vinculados al señor Roberto Rivas Reyes, protegido del cardenal ya fallecido… hasta que llegó el triunfo electoral de 2006 con el 38% de los votos, después de tres derrotas consecutivas en 1990, 1996 y 2001.
Desde entonces el ascenso de Murillo ha sido vertiginoso. De jefa de campaña electoral, a vocera oficial del gobierno y del estado, a jefa de organización del FSLN y la Juventus Sandinista, a copresidenta. Solo le falta una elección controlada en 2027 para convertirse en la segunda mujer presidenta de la historia de Nicaragua.
Pero ahora peligra tal perspectiva. Está el factor Trump.
Toda la culpa sería de Donald Trump sí a Nicaragua le aplica presiones como las que experimentó Venezuela en 2025 o las que atraviesa Cuba en 2026. El régimen de Daniel Ortega tendría que negociar un pacto con los emisarios de Trump, entendiendo que ya nuestro país conoce qué pasa cuando los gringos aplican sus políticas externas a nuestros pequeños países.
El peso de la probabilidad es peor porque Trump se está jugando el cuello este año. En noviembre de 2026 habrá elecciones que podrían cambiar la correlación de fuerzas en el Congreso de los Estados Unidos. Hasta ahora los analistas y las encuestas indican que los Republicanos perderían las elecciones de medio término.
Entonces, Trump debe mostrar resultados tangibles y contundentes a su electorado. Uno de tales es el “voto hispano” que se muestra desilusionado tras la cacería de migrantes, el costo de la vida y las guerras a las que Trump ha llevado a los Estados Unidos. Eliminar lo que queda del “socialismo del siglo veintiuno” sería un resultado que podría interesarle a quienes dudan en votar por los candidatos MAGA.
De ser así, es muy posible que los estadounidenses le pidan de entrada al régimen que ponga en su lugar a Rosario –es decir, fuera de toda negociación y fuera del gobierno– como parece que lo harán con Miguel Díaz Canel en Cuba. Ya vimos lo que pasó con Maduro en Venezuela, algo que Ortega trataría de evitar a toda costa que le ocurra a él y a su copresidenta.
¿Por qué sería Rosario la cabeza de turco criolla?
En primer lugar, porque está sancionada por los Estados Unidos. Poco después de dar la orden del “¡vamos con todo!” en 2018, el primer gobierno de Trump le mandó “las mal llamadas sanciones”, que en aquel momento Gustavo Porras nombró medallas al mérito. Por cierto, este médico es también uno de los “condecorados” por el “Imperio”.
En segundo lugar, Murillo es “la voz de Daniel”, del partido, del gobierno y del estado. Es la voz que ha instalado un neolenguaje a lo largo de casi veinte años, que predica paz, pero receta palo y plomo, que pide reconciliación, pero expulsa a quien ose contrariarla. Habría que callar esa voz, desde la perspectiva gringa.
Es decir, Trump y Rubio verían a la señora Murillo como la cabeza evidente de todas las violaciones de derechos humanos, de las libertades ciudadanas, y de la corrupción rampante que ha convertido al país en uno de los tres peores casos de América Latina.
¿Por qué Ortega sacrificaría a su esposa? Porque es más importante mantener el gobierno, para continuar ocupando todas las palancas del poder que les han convertido en una de las familias más ricas de Nicaragua. Además, para que lo que queda del FSLN siga siendo un factor de poder. Esto incluye la posibilidad de mantener intacto su ejército de paramilitares y su grupo económico-financiero.
Entre Rosario y el poder, Ortega tendría que decidir qué le conviene más a él y su prole, que es muy rica, muy corrupta, y tiene mucho que perder. ¿Se decantaría por ella o por el poder? Fuera del gobierno, Ortega ya sabe cuán oscuro y desolado puede ser El Carmen.
Fuera del poder ahora, no habría otra juez Juana Méndez que lo salve de una cita con la Justicia o, cuando menos, de tener que soportar el repudio popular tras dos décadas de tropelías.
Fuera del poder, Ortega necesitaría otro protocolo de transición, como el que pactó con Antonio Lacayo en 1990. Tal pacto tendría que negociarlo con los enviados del gobierno de Estados Unidos.
Ese hipotético arreglo podría contemplar el retiro de ambos de la vida pública, y las cabezas de sus lugartenientes.
Eso sería mejor que otro tipo de desenlace para los intereses políticos, empresariales y familiares de Ortega. No necesariamente para Murillo, quien siempre ha soñado con ser la jefa indiscutible del país.
¿Seguirá siendo doña Violeta de Chamorro la única mujer en ascender a la Presidencia de Nicaragua?
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.