En las últimas semanas escribí sobre desinformación, jóvenes, medios de comunicación y política. Temas que tienen más en común de lo que parece, pero que también espantan a jóvenes y adolescentes que han crecido rodeados de violencia política, ruido digital, avances acelerados de la inteligencia artificial y, sobre todo, huérfanos de referentes, modelos a seguir o liderazgos con los que puedan identificarse.
Siguiendo ese hilo y buscando sobre qué escribir en estos días, me encontré con la carta encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Me tomé el tiempo para leerla y me pareció sumamente interesante la reflexión del pontífice sobre algunos asuntos que he abordado en mis columnas. Una coincidencia oportuna.
No voy a referirme a la Iglesia ni a la figura del papa como líder religioso. Me interesa, más bien, aterrizar algunas ideas de la encíclica en temas de actualidad que nos ocupan y que pululan en la conversación digital de Nicaragua y Centroamérica. León XIV hace una fuerte incursión en el debate sobre el uso indebido o excesivo de la inteligencia artificial en distintos aspectos de la vida humana. En el debate público alrededor del documento también apareció Christopher Olah, cofundador de Anthropic, una de las empresas de IA más relevantes en la actualidad, quien ha insistido en que el desarrollo tecnológico necesita orientación externa a las grandes empresas tecnológicas.
En esa misma dirección se mueve el texto del papa y expone sus preocupaciones sobre cómo proteger la dignidad, la libertad y el albedrío humano en una época en la que la tecnología amenaza con sustituir a las personas en muchas funciones técnicas y sociales.
Pero quiero detenerme en cuatro ideas que conectan con los temas que discutimos en este espacio.
“No demonizar ni idolatrar los medios”
En el Capítulo IV, apartado “Por una ecología de la comunicación”, párrafo 137, el papa plantea una primera tarea: no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad.
Esa frase debe incomodar tanto al poder como a quienes hacemos periodismo, porque la verdad no le pertenece al régimen y tampoco le pertenece automáticamente a los medios, a los periodistas, a los activistas, a los influencers políticos o a quienes acumulan más seguidores. Esa es una advertencia necesaria para todos. El periodismo no puede comportarse como dueño de la verdad, sino como un oficio que trabaja para acercarse a ella con método, fuentes, contraste, contexto y responsabilidad.
En sociedades dañadas por la propaganda, la censura, la polarización y la desconfianza, los medios independientes tenemos una responsabilidad mayor. No basta con tener la razón frente al poder. También debemos explicar mejor, escuchar más, corregir cuando corresponde y cuidar el vínculo con las audiencias que han sido engañadas demasiadas veces por el poder y por los mismos medios.
Creación de cultura para los más jóvenes
En el párrafo 135, León XIV nos recuerda que la comunicación “no es sólo transmisión de informaciones, sino creación de una cultura”. También advierte que internet no es un mundo paralelo, porque lo que surge en los entornos digitales “pasa a formar parte de la vida de las personas, sobre todo de los más jóvenes”.
En nuestra región esta idea es clave, porque para los jóvenes la conversación digital no es un pasatiempo. Es muchas veces el primer lugar donde se enteran, opinan, se indignan, se ríen y deciden desconectarse. Ahí se forman percepciones sobre la política, los medios, la oposición, la democracia y el futuro.
Por eso no podemos tratar el contenido digital como simple entretenimiento o convertir las redes sociales en una tubería de contenidos sin verificación, porque cada publicación forma parte de la creación de una cultura. Un ecosistema donde los jóvenes encuentran refugio porque fueron expulsados de los espacios públicos, y esa cultura digital puede abrir caminos para ser más empáticos con la realidad o hundirnos en el cinismo.
La desinformación es un mal histórico
La inteligencia artificial no es culpable de la desinformación, pero encuentra en ella un potente multiplicador. En el párrafo 132, el papa señala que la desinformación “afecta a la dimensión cultural y moral”, porque la calidad de la comunicación pública depende de la confianza social. También recuerda que la verdad de los hechos requiere “verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa”.
Esa advertencia también obliga a mirar hacia dentro del oficio periodístico. En el contexto en el que vivimos, un error de los medios no queda solo como una falla profesional. El régimen lo aprovecha para alimentar la idea de que todo el periodismo miente o responde a intereses ocultos. Lo mencionaba en mi columna anterior: Cuando caemos en esa trampa, la propaganda gana por varias vías.
Verdad y democracia
El papa nos recuerda que “la búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común”. La encíclica retoma a Hannah Arendt para advertir que el sujeto ideal del totalitarismo no es necesariamente el fanático, sino quien ya no distingue entre hecho y ficción, verdadero y falso.
Esta es la reflexión más dura para nuestra realidad. El régimen no avanza sólo cuando encarcela, destierra y silencia. También avanza cuando una sociedad pierde interés por los hechos y le da igual si algo es falso o manipulado. La democracia no se reconstruye sustituyendo una verdad por pequeñas verdades de grupo. Se reconstruye cuando los hechos vuelven a importar más que la pertenencia, más que la visibilidad y más que la necesidad de tener siempre la razón.
La conversación pública nicaragüense necesita menos tribunales morales y más responsabilidad. Menos etiquetas y más preguntas honestas. Necesita menos ansiedad por demostrar quién es más opositor y más disposición para reconocer errores, matices y límites.
La encíclica de León XIV ofrece un marco útil para pensar estos dilemas sin caer en el entusiasmo ingenuo por la tecnología ni en el miedo paralizante. La inteligencia artificial puede ayudar a ordenar información, detectar patrones, ampliar capacidades y acercar contenidos a nuevas audiencias. Pero también puede acelerar la mentira, multiplicar el odio y profundizar la desconfianza si se pone al servicio del poder o de la polarización.
ESCRIBE
Néstor Arce
Cofundador, director y productor multimedia de Divergentes. Junto a su equipo ha obtenido el Premio Ortega y Gasset 2022, el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa 2022, nominado al Premio Gabo 2021 y los premios a la Excelencia Periodística Pedro Joaquín Chamorro.