Alfonso Malespín
23 de Febrero 2026

Un trío de ases o el poder

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, baila mientras la primera dama, Melania Trump, reacciona antes de dirigirse a miembros del servicio militar y sus familias en Fort Bragg, Carolina del Norte. EFE

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Donald Trump podría ver el final de su desbocada trayectoria si este noviembre no mantiene la mayoría en las cámaras de senadores y representantes. Hasta ahora las elecciones realizadas desde 2025 y las encuestas del último trimestre le son desfavorables. Todas indican que los demócratas ganarían tales comicios.

¿Qué harán Trump y el Partido Republicano? Tienen un semestre para convencer al electorado de que están dando los resultados prometidos (Promesas hechas, promesas cumplidas).

Un desafío es el costo de la vida. Trump insiste en que ahora el costo de la vida es menor que bajo el gobierno de Joe Biden. La gente dice no sentirlo. Las estadísticas no apoyan su discurso. Así que eso que llaman affordability debe mejorar objetivamente, con pruebas estadísticas. Mientras más pronto, mejor. Dice Trump que lo logrará si, como dice él con poca razón estadística, los precios de los combustibles bajan de precio. ¿Lo logrará?

En segundo lugar, el costo de la salud. Desde enero de 2026 la gran mayoría de personas que tienen un seguro de salud ha comenzado a pagar mucho más porque Trump y sus legisladores decidieron reducir al mínimo el Obamacare mientras aseguraban miles de millones de dólares en exenciones fiscales para los más ricos. Como consecuencia de esto, una cifra importante de estadounidenses ya no tiene seguro médico en un país donde todo el sistema de salud es privado y caro.

Preparando recomendación…

En tercer lugar, los inmigrantes. El problema pareciera no ser la cifra sino la manera cómo los agentes de ICE cazan a las personas en donde sea. Actúan como una pesca de arrastre. Se llevan todo lo que encuentran, como sea, y luego se verá quién sí y quién no. Parte de los votantes republicanos han quedado horrorizados al ver cómo acribillan a gente blanca de nacionalidad estadounidense. ¿Podrán mostrar resultados sin caer en los excesos y la brutalidad, ni perjudicar la economía?

En cuarto lugar, los resultados de política exterior. Trump prometió acabar con la invasión rusa de Ucrania desde el día uno. No ha cumplido tal promesa porque se niega a apoyar a Ucrania y a presionar a Vladimir Putin. En Gaza las cosas están por verse en la segunda etapa de un plan de muchos puntos, y en el hemisferio occidental, su gran examen lo constituye el eje Venezuela-Cuba-Nicaragua. 

Si Trump logra desmantelar lo que queda del “socialismo del siglo 21”, puede que el voto latino vuelva a serle favorable. Esa minoría fue decisiva para mandarlo a la Casa Blanca, pero luego se ha desilusionado en la medida que los agentes de ICE han cazado brutalmente a los inmigrantes.

El gran problema es el tiempo. Desmantelar tres dictaduras en tan poco tiempo es algo casi imposible, incluso para el “Imperio”. 

Venezuela es la medida. La esencia del chavismo sigue vigente en el gobierno y en la cultura venezolana después de un cuarto de siglo, aunque Delcy Rodríguez haga las de mandadera de Trump. Se habla de que la transición iniciada el 3 de enero de 2026 llegaría hasta el 2028, cuando se darían unas elecciones realmente democráticas. Demasiado tarde para Trump y, tal vez, para el movimiento MAGA.

Ahora, digamos que Trump desmantela lo que queda de la revolución cubana. Esa sería una fiesta orgiástica en Miami y sus alrededores, el lobby hispano en el congreso se fortalecería, y la familia Bacardí invitaría a toda la Florida a ingerir tragos de su ron antes de volver a La Habana.

Trump podría gritar a los cuatro vientos que fue el presidente que hizo lo que ningún otro mandatario de su país pudo lograr en casi 70 años. Cuba ha sido la espina entre las costillas de los Estados Unidos desde el 1 de enero de 1959. El número está de su lado. La URSS duró más o menos siete décadas antes de colapsar por su pésima economía y la corrupción interna.

Pero extraerla podría no ser tan fácil como predicen en Washington. ¿Por qué?

Un trío de ases o el poder
Un miembro de la diáspora cubana sostiene una vela y una imagen del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, durante una vigilia que conmemora el aniversario del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales, en Miami. EFE

Si el nivel de terquedad de la dirigencia cubana sigue al nivel del discurso público, y si el nivel de aguante –“alentado” por el aparato represivo del régimen– que aún le pudiera restar la población cubana es razonable, las cosas no avanzarían tan rápido. Cuba ya ha estado contra la pared en otras ocasiones.

El presidente Miguel Díaz Canel ha dicho que están dispuestos a un diálogo gatopardista, para que no cambie la esencia de lo que queda de la revolución cubana. El gran problema para Díaz Canel es que Fidel Castro ya está muerto, su hermano Raul está cerca de unírsele, y él no tiene el peso específico de ninguno de ellos.

Para la gran mayoría de la población, la revolución es una historia antigua de la que sólo han conocido la propaganda y una vida indigna. Sus vidas bajo el socialismo han ido de mal en peor. Luego están la gente vieja, que no se va de Cuba porque no pudo y ha tenido que soportarlo todo mientras las edificaciones se desmoronan sobre sus cabezas, literalmente.

La presión de los Estados Unidos más la respuesta popular a la dramática situación de la economía cubana tendrían que combinarse para abrir el camino hacia el cambio, como lo recomendó el papa Juan Pablo II durante su visita a la isla en enero de 1998.

El caso de Nicaragua podría ser diferente. El dilema del cambio bajo presión gringa se daría entre Rosario Murillo y Daniel Ortega, quien ya está viejo, enfermo y ya no cuenta con las redes de apoyo y los asesores que en los años ochenta le dieron luces para alargar las negociaciones por años antes de dar con la salida a la crisis de la revolución sandinista durante la guerra de los Contras.

¿Le quedan fuerzas suficientes a Ortega, como para apaciguar a una esposa que ya se siente dueña del mandado y que no se caracteriza por ser comedida? Para esto necesitaría la lealtad de los militares. ¿Contará con ellos? ¿Incluiría la negociación a Murillo o la dejaría de lado? ¿Se acomodará Murillo a vivir sin haber alcanzado el poder absoluto que ansía? ¿Se resignará a que Laureano se quede oliendo el dedo?

Dado que las más de doscientas organizaciones y movimientos opositores en el exilio no se ponen de acuerdo, como en 2018 Ortega tendría que buscar con quién dialogar si la presión lo obliga. Tal interlocutor –individual o colectivo– deberá ser alguien reconocido por los Estados Unidos. Por ahora son algunos militares o algunos empresarios.

Ya es febrero. Faltan pocos meses para las elecciones legislativas en los Estados Unidos. Es posible que a Trump le estén soplando: ‘usted puede gritar a los cuatro vientos que ha vengado a su maestro Ronald Reagan’, el presidente republicano que durante ocho años (1981–1988) hizo de todo para erradicar aquella revolución en Centroamérica, pero no lo logró.

El tiempo corre en contra de Trump, pero a favor de Marco Rubio, el más interesado en presentar en Miami las cabezas de los dictadores de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Él puede insistir en tales resultados con miras a las elecciones de 2028, con él como candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos.

Si Trump no lo logra pronto, los demócratas tendrán herramientas para indicar que es un TACO (Trump Always Chickens Out, Trump siempre se acobarda).

Y aun si Trump lograra desmantelar estas tres dictaduras después de las elecciones de noviembre 2026, ¿sería demasiado tarde para el movimiento MAGA?

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Alfonso Malespín

Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.