Como de costumbre, la mañana de este cuatro de noviembre salí a comprar pan al mercado italiano y aguacates al Deli guatemalteco que queda a la vuelta de la esquina. Las calles de Nueva York son las mismas, pero el aire se siente más ligero, las miradas menos desconfiadas y las sonrisas más genuinas. Me atrevo a decir que muchos nos dejamos contagiar por el buen clima y el azul del cielo que, desde el tres de noviembre cuando los demócratas arrasaron en las elecciones de medio término, nos acompaña.
La sonrisa que yo misma llevo es el reflejo de lo que el poder colectivo puede lograr, incluso cuando cargamos historias que constantemente nos hacen pensar que nuestra permanencia y seguridad en las comunidades donde vivimos y a las que servimos no están garantizadas.
Las elecciones de medio término me permiten poner la negatividad y el cinismo a un lado y me obligan a reconocer que no todo está perdido. Porque, a diferencia de la patria de la que vengo, donde los Ortega-Murillo son todo y lo único que se puede “elegir”, en Estados Unidos millones de personas tuvieron la oportunidad de expresar su descontento en las urnas. Y esta vez, lo hicieron con contundencia.
En estados como Texas, Kansas y Carolina del Sur, donde durante años los republicanos parecían tener asegurado el poder, los votantes decidieron apostar por otras alternativas. Candidatos que, en lugar de limitarse a dividir y esparcir odio, se tomaron la molestia de escuchar las preocupaciones de sus comunidades y convertirlas en parte de sus propuestas.
Porque, al final, las preocupaciones de una familia no deberían depender de su afiliación política. Nadie quiere que sus vecinos tengan miedo de llevar a sus hijos a la escuela, que los trabajadores teman tomar el tren para llegar a sus empleos o que la gasolina y los alimentos estén cada día más caros.

Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, le he perdido mucha fe a la sociedad estadounidense como colectivo. He observado cómo personas con poder eligen el silencio o la complacencia como medida de protección, mientras quienes somos más vulnerables perdemos espacios para exigir justicia y garantías.
Lo digo como migrante, como exiliada, como ser humano que lleva casi una década intentando “asimilarse” a una sociedad que, demasiadas veces, se apresura a juzgarme por mi acento y cómo luzco antes que por mis habilidades, mi trabajo o mis valores.
Lo digo también como alguien que no puede volver a su país de origen, no porque no quiera, sino porque, de la misma manera que esta administración ha cerrado las puertas a personas que durante décadas han trabajado, construido comunidades y amado el suelo estadounidense, el régimen sandinista me cerró las puertas de mi propia patria por elegir un oficio en el que el silencio no es una opción.
En los nueve años que llevo viviendo en Estados Unidos, he observado y criticado el individualismo que muchas veces parece regir el sentir y actuar de esta sociedad. Quien lo tiene todo rara vez voltea a ver al que tiene menos, y quien tiene poco siempre encuentra a alguien más a quien culpar por sus infortunios.
Pero hoy tengo la esperanza de que ser testigos de tanto sufrimiento y temor colectivo haya contribuido a la ola azul que recorrió el país.
Los números hablan por sí mismos.

Los demócratas recuperaron el control de las dos cámaras del Congreso, arrebatándoles a los republicanos al menos siete escaños en el Senado y más de dos docenas de distritos en la Cámara de Representantes. También conquistaron gobernaciones en estados que durante años habían sido bastiones republicanos.
En Texas, por ejemplo, Gina Hinojosa derrotó al gobernador republicano Greg Abbott y se convirtió en la primera mujer latina elegida para gobernar el estado. En Iowa, los votantes eligieron a su primer gobernador demócrata desde 2006. Y en Ohio, Amy Acton puso fin a casi dos décadas de gobiernos republicanos.
Son resultados que adquieren todavía más significado cuando recordamos que el propio Trump había pedido a los estadounidenses votar como si él estuviera en la boleta. Y, de alguna manera, lo estaba. Aunque su nombre no apareciera en las papeletas, sus políticas, sus decisiones y su manera de gobernar estuvieron presentes en las urnas.
Solo en Nueva York, la gobernadora demócrata Kathy Hochul consiguió la reelección con aproximadamente el 60 % de los votos, derrotando al republicano Bruce Blakeman por una diferencia de unos 20 puntos porcentuales. Y en el distrito 17, al norte de la ciudad, la demócrata Cait Conley logró desplazar al republicano Mike Lawler.
Aquí, en una ciudad que desde hace décadas ha sido refugio de migrantes y escenario de movimientos sociales, estos resultados se suman al impulso político de figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, reelegida al Congreso, y Zohran Mamdani, quien llegó a la alcaldía en 2025.
No todos representan las mismas ideas ni ofrecen las mismas soluciones. Pero sus trayectorias reflejan algo que me parece importante: la posibilidad de construir una política que hable de vivienda, salarios, transporte, derechos y oportunidades, y que invite a los jóvenes, a los migrantes y a la clase trabajadora a reconocerse en esas conversaciones.
Yo sigo sin defender partidos. Y tampoco creo que votar por un demócrata sea, automáticamente, votar por la humanidad. Pero como alguien que nunca ha tenido la oportunidad de ejercer su derecho al voto, sí defiendo el valor de unas elecciones en las que la ciudadanía puede expresar su descontento y exigir cambios a quienes gobiernan.
Eso, para quienes venimos de una dictadura, no es poca cosa.
En Nicaragua, el régimen Ortega-Murillo ha convertido las elecciones en un ejercicio para perpetuarse en el poder. Aquí, incluso con todas las fallas del sistema estadounidense, millones de personas pudieron acudir a las urnas y demostrar que ningún partido tiene garantizada su permanencia.
Yo no puedo votar, pero millones lo hicieron por mí y por los míos. Porque aunque quizás no pensaran en nosotros al marcar una papeleta, la economía y el futuro de este país depende de todos los que vivimos, trabajamos y construimos comunidad.

Y eso me devuelve un poco de la esperanza que había perdido.
Por supuesto, una elección no borra el miedo ni resuelve de un día para otro las consecuencias de las políticas migratorias de Trump. Tampoco significa que quienes llegaron al poder cumplirán todas sus promesas. El presidente sigue en la Casa Blanca, y los próximos dos años seguramente traerán nuevas disputas, obstáculos e incertidumbre. Pero los resultados demuestran que no tenemos por qué acostumbrarnos a lo malo. Que se puede cambiar de opinión, exigir rendición de cuentas y aspirar a que nuestras necesidades sean escuchadas y nuestros derechos protegidos.
Yo quiero seguir comprando mi pan en el mercado italiano y mis aguacates en el Deli guatemalteco sin pensar que las personas que hacen posible esos pequeños rituales cotidianos podrían estar en riesgo por su estatus migratorio.
Quiero tomar un avión sin preguntarme si en algún momento un encuentro con las autoridades migratorias podría cambiar mi vida o separarme de mis seres queridos.
Quiero seguir caminando por una ciudad donde se escuchan decenas de idiomas en una misma cuadra, donde los negocios familiares conservan sabores de países lejanos y donde las personas que llegaron buscando una vida mejor también tienen derecho a sentirse en casa.
Nueva York es rica precisamente por ese tapiz de culturas, acentos, idiomas y sabores. Por el legado y la presencia de migrantes y trabajadores que, día tras día, hacen que esta ciudad funcione y sirva a millones de personas.
Sueño con que el resto del país aprenda a apreciar y proteger esa diversidad de la misma manera.
No sé cuánto durará esta sensación de alivio. Pero por ahora abrazo poder caminar por mi barrio con una sonrisa y recordar que el miedo no tiene por qué ser permanente, que el poder puede cambiar de manos y que la esperanza, por más golpeada que esté, sí puede sobrevivir.
ESCRIBE
Aurora Martínez
Periodista nicaragüense radicada en Nueva York. Se graduó de la Universidad de Florida y tiene una maestría en Periodismo de CUNY. Es periodista audiovisual en DIVERGENTES.