El panorama electoral en Honduras ha entrado en una fase crítica de incertidumbre técnica y tensión política. A pesar de que el escrutinio preliminar alcanza el 99.40%, el Consejo Nacional Electoral (CNE) no ha podido declarar un ganador definitivo debido a un remanente de al menos 2773 actas con inconsistencias que deben someterse a un escrutinio especial.
Esta parálisis técnica ocurre en un escenario inédito: el colapso del gobernante Partido Libre, relegado a un tercer lugar, y el resurgimiento de las fuerzas conservadoras.
Para entender por qué no hay resultados finales, hay que mirar hacia el funcionamiento interno del sistema de transmisión electoral.
La presidenta del CNE, Ana Paola Hall, reconoció que persistieron “problemas técnicos” en el recuento, específicamente en el “sistema de contingencia 2”. Según la explicación oficial, el “tamaño considerable” de las papeletas, provocó que el sistema se descuadrara al procesar las actas, obligando a realizar ajustes técnicos sobre la marcha.
A esto se suma una vulnerabilidad de seguridad que ha alimentado las sospechas. El CNE confirmó que un miembro del grupo ASD solicitó imprimir contraseñas de los partidos, lo que obligó a un “inmediato cambio de las contraseñas” el pasado 7 de diciembre tras la denuncia. Aunque Hall asegura que los resultados preliminares no se vieron comprometidos y que es imposible “meter mano” para alterar la voluntad popular, estas fallas han dado munición a las denuncias de fraude.
El inusual giro de la narrativa oficialista

La respuesta política ante este vacío técnico ha sido explosiva. El expresidente Manuel Zelaya, coordinador de Libre y esposo de la presidenta Xiomara Castro, convocó a sus bases a movilizarse frente al Instituto Nacional de Formación Profesional (INFOP), el centro logístico electoral, denunciando un “golpe electoral en marcha”.
Lo sorpresivo es la narrativa del oficialismo. Zelaya reconoció de facto la derrota de su candidata, Rixi Moncada (quien alcanza el 19.29% de los votos), pero lanzó una afirmación que sacude el tablero: aseguró que, según el conteo propio de Libre “acta por acta”, el verdadero ganador no es el líder del conteo oficial, sino el opositor liberal Salvador Nasralla.
Según el último cómputo oficial del CNE, que permanece estancado, el conservador Nasry ‘Tito’ Asfura lidera con 1 298 835 votos (40.52%), seguido por Nasralla con 1 256 428 sufragios (39.48%). Zelaya sostiene que el sistema de transmisión (TREP) fue manipulado y su código fuente violado.
El factor Trump y la geopolítica regional
El conflicto hondureño no se explica sin la variable internacional. Libre ha justificado su debacle y el supuesto fraude señalando directamente a Washington. El partido de Gobierno “no reconoce” los resultados alegando “injerencia y coacción” del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Trump expresó su apoyo público a Asfura poco antes de los comicios e indultó al expresidente Juan Orlando Hernández —condenado por narcotráfico—, quien quedó en libertad el pasado 1 de diciembre.
Zelaya denunció que hubo “coacción y amenazas” enviadas a través de 3.6 millones de mensajes a votantes receptores de remesas, calificando esto como “terrorismo electoral”.
La Misión de Observación Electoral de la OEA ha sido tajante al rechazar “cualquier convocatoria a alterar el orden público” que ponga en riesgo la fase final del proceso.
Mientras el CNE se prepara para iniciar la segunda fase del escrutinio de las actas inconsistentes este miércoles, la seguridad del material electoral ha tenido que ser reforzada por las Fuerzas Armadas ante la presión en las calles.
Honduras enfrenta horas decisivas: el desafío no es solo contar votos, sino lograr que el resultado técnico sobreviva a la guerra de narrativas políticas que declaran nula la elección desde el oficialismo.