Los amigos a los que Daniel Ortega les dio la espalda fueron asesinados, encarcelados, desterrados o condenados al ostracismo

El copresidente sandinista ha tenido poquísimos amigos a lo largo de su vida política y con casi ninguno terminó bien. Los que conoció en las cárceles de Somoza, los que lo acompañaron en la revolución, los que le construyeron el poder desde la Corte o el Ejército: todos fueron cayendo. Unos asesinados, otros presos, otros en el exilio o el ostracismo. Ni su propio hermano, Humberto, se salvó. Ortega dijo alguna vez que “no confiaba en nadie”. El tiempo, y las purgas con que Rosario Murillo ha vaciado su entorno, le fueron dando la razón: uno a uno, ninguno escapó al infortunio.

Ilustración por Hellmut Escobar para DIVERGENTES

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Un par de años después del asesinato de Carlos Guadamuz, en plena campaña electoral de 2006, un exdirigente sandinista le preguntó a Daniel Ortega, en privado, en cuál de todos sus amigos confiaba más. La pregunta tenía un matiz provocador para el entonces candidato presidencial del Frente Sandinista: uno de los hijos de Guadamuz lo había señalado públicamente como “el principal sospechoso” del crimen de su padre, el mismo que durante años pregonó en las radios que el caudillo sandinista era su mejor amigo, “una amistad de sangre”. 

Ortega respondió de inmediato, sin inmutarse, como si supiera que alguien algún día le iba a preguntar eso. “Yo no confío absolutamente en nadie”, le dijo al exdirigente sandinista. “Ese es un principio de mi vida”, zanjó. 

Este relato, confiado a DIVERGENTES, retrata a un hombre “introvertido, de pocos amigos”. Un político poderoso que, según coinciden quienes lo conocieron, tuvo “poquísimos amigos” a lo largo de su extensa trayectoria, y que los fue perdiendo en cada etapa de su vida. Carlos Guadamuz fue asesinado a tiros; Herty Lewites murió sin autopsia en plena campaña electoral, cuando su ascenso amenazaba con arrebatarle la victoria a Ortega en primera vuelta, en circunstancias nunca esclarecidas. Otros, más recientes, cayeron presos, como Bayardo Arce y Francisco ‘Chico’ López. Y otros terminaron en el destierro, como el exmagistrado Rafael Solís, o Lenin Cerna, relegado al ostracismo dentro de Nicaragua. Y aunque sus amigos se cuentan con los dedos, todavía faltan nombres que no corrieron mejor suerte.

Dos amigos de prisión

Los amigos más íntimos, los pocos que tuvo, Ortega los hizo en la cárcel. Con Carlos Guadamuz cayó preso por primera vez en 1960, siendo un adolescente, cuando realizaban andanzas contra la dictadura de Somoza. Con Jacinto Suárez compartió celda siete años, entre 1967 y 1974, mientras el somocismo los mantenía tras las rejas por conspirar para derrocar al régimen familiar. De aquel puñado, Suárez fue quizás el único que murió sin haberse enemistado nunca con él: le sirvió hasta el final, llegó a ser secretario de Relaciones Exteriores del Frente Sandinista y defendió al régimen copresidencial, a tal punto de justificar las violaciones a los derechos humanos en la represión a las protestas civiles de 2018. 

Preparando recomendación…

Sin embargo, cuando Suárez murió el dos de abril de 2020, Ortega no asistió a sus exequias. La Asamblea Nacional, controlada por el sandinismo, le montó un homenaje póstumo de apenas 25 minutos; se esperaba que Ortega apareciera, pero no llegó. “Era un amigo íntimo de Ortega y esa amistad no le sirvió a la hora que tenía que ir por lo menos a su vela o su entierro”, resume Dora María Téllez. La lealtad sin fisuras de toda una vida no alcanzó para arrancarle al caudillo sandinista ni la formalidad de una despedida.

El quiebre con Guadamuz llegó por la vía que suele abrir las grietas en el sandinismo de Ortega: la ambición de un cargo. En 1996, dueño de Radio Ya, la emisora más escuchada del país, Guadamuz decidió que le tocaba algo a cambio de tantos años de servicio político ciego y reclamó la alcaldía de Managua. No pedía, a su juicio, demasiado. Pero Ortega no estaba dispuesto a cederle ese espacio y maniobró para cerrarle el paso. La ruptura fue cuesta abajo y sin freno, con Emmet Lang puesto por el caudillo sandinista para bloquear su aspiración edilicia. 

En 1999 Guadamuz perdió el control de la emisora, mediante una demanda que muchos atribuyeron a la mano de Ortega, y terminó expulsado del Frente Sandinista. De escudero mediático pasó a ser un enconado enemigo público. Desde el Canal de Noticias de Nicaragua (CDNN), Guadamuz dedicó sus últimos años a atacar a quien había sido su amigo de la infancia, con la misma virulencia con que antes lo había defendido. El 10 de febrero de 2004, el operador sandinista William Hurtado García lo esperaba en el estacionamiento del canal. Se le acercó y le disparó tres veces a quemarropa. Uno de sus hijos señaló a Ortega como el “principal sospechoso”; la justicia de Nicaragua nunca estableció la autoría intelectual.

Los amigos a los que Daniel Ortega les dio la espalda fueron asesinados, encarcelados, desterrados o condenados al ostracismo
Foto de archivo del velorio de Herty Lewites. EFE.

Con Herty Lewites, Ortega llegó más lejos en los gestos: lo abrazó en público y lo llamó “hermano”. Pero cuando el popular Herty se atravesó en su camino a la presidencia, el “hermano” murió en unas circunstancias controvertidas. Saúl, hermano de Herty, denunció ante la Fiscalía que no murió de un infarto, como se dijo, sino que pudo ser “asesinado”. Sostuvo que el cuerpo llegó al hospital con la ropa manchada de sangre y que a Herty le habrían dado un caldo antes de desplomarse, lo que alimentó la sospecha de un envenenamiento. La viuda se negó a la autopsia. Y el caso quedó como uno de esos grandes misterios políticos del país. 

Manuel Alí Rivas Vallecillo, condenado a 27 años en las cárceles de Somoza y liberado junto a Ortega tras el asalto a la casa de Chema Castillo en 1974, fue parte de aquel núcleo carcelario fundacional. Todavía en 2019 elogiaba en la prensa oficialista el liderazgo del “comandante Daniel”. Hoy vive callado en León ante el temor de las purgas realizadas por la copresidente Murillo.  

Joaquín Cuadra fue otro de los amigos cercanos. Militantes de la misma tendencia tercerista, compañeros en la lucha contra Somoza, su relación se afianzó en los años ochenta y noventa, cuando Cuadra llegó a la cúspide del poder militar como jefe del Ejército de Nicaragua. Aquella cercanía tampoco resistió la deriva del poder. Hoy Cuadra vive callado y al margen, lejos de un régimen del que prefiere no hablar para evitar represalias.

Los amigos purgados

Los amigos a los que Daniel Ortega les dio la espalda fueron asesinados, encarcelados, desterrados o condenados al ostracismo
Ilustración por Hellmut Escobar para DIVERGENTES

Con el Frente Sandinista bajo control absoluto y de vuelta en el poder desde 2007, Ortega se rodeó de una nueva camada. Más socios y operadores políticos que amigos, coinciden las fuentes sandinistas consultadas para este reportaje. Ninguno de ellos, tampoco, corrió mejor suerte.

Uno de los casos más sonados post 2018 fue el de Rafael ‘Payo’ Solís, padrino de bodas de Ortega y Murillo cuando la pareja renovó sus votos por la Iglesia católica en 2005, en una ceremonia privada oficiada por el fallecido cardenal Miguel Obando y Bravo. No era un padrinazgo cualquiera. Solís era el operador político del sandinismo en el Poder Judicial, el hombre que en 2009 firmó el fallo que abrió la reelección de Ortega. 43 tres años de militancia lo habían vuelto una pieza del círculo más íntimo. Ese círculo se resquebrajó el 10 de enero de 2019. 

En una carta pública de renuncia y denuncia, Solís abandonó la Corte, el Frente y a sus ahijados matrimoniales, a los que acusó de encabezar “una dictadura con carácteres de monarquía absoluta de dos reyes”. Fue la deserción más sonora que había sufrido el orteguismo en casi tres décadas. Desde entonces, el padrino vive en el exilio en Costa Rica.

Lenín Cerna fue durante años el hombre más temido de Nicaragua. Jefe de la Seguridad del Estado en los ochenta, guardián de los secretos del régimen, formó parte del núcleo más estrecho de Ortega. Pero su cercanía tampoco lo blindó. La copresidenta Murillo, que según las fuentes consultadas nunca lo quiso, lo fue desplazando hasta dejarlo sin poder real. Hoy Cerna sobrevive relegado al ostracismo, en su casa, sin el peso que alguna vez tuvo, uno más de los que fueron apartados para que Murillo instalara su propio anillo de operadores. “La Rosario no lo ha echado preso porque Daniel, de algún modo, lo protege aún”, asegura una fuente del entorno copresidencial. 

A Bayardo Arce lo alcanzó la purga cuando ya era el último de los comandantes leales, pero en un ostracismo impuesto por Murillo, con un cargo de asesor presidencial ornamental. Comandante de la Dirección Nacional en los ochenta, uno de los nueve que gobernaron Nicaragua tras la revolución, Arce fue el último de aquella cúpula histórica que seguía junto a Ortega, como su asesor económico desde 2007. La noche del 30 de julio de 2025, decenas de policías de la Dirección de Operaciones Especiales allanaron su casa en Villa Fontana y lo trasladaron al Sistema Penitenciario Nacional. 

En enero de 2026 la justicia del régimen lo condenó por lavado de dinero y defraudación al Estado, en una causa que infló las cifras hasta los miles de millones de dólares. El Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas lo declaró preso político; la CIDH le otorgó medidas cautelares y su familia denunció que ha sido sometido a torturas y aislamiento.

Los amigos a los que Daniel Ortega les dio la espalda fueron asesinados, encarcelados, desterrados o condenados al ostracismo
Foto tomada de Presidencia de Rosario Murillo, quien ha dirigido las purgas de cuadros viejos del sandinismo.

Luego fue Francisco ‘Chico’ López, operador financiero del FSLN y uno de los hombres que administró durante años los dineros del aparato sandinista provenientes de la cooperación venezolana, siguió el mismo camino. Fue detenido en mayo de 2026, en otra vuelta de tuerca de la misma purga que se ha ido comiendo, uno por uno, a los hombres de confianza de Ortega.

Y luego está el caso que resume todos los demás, porque toca al hombre que cuidaba de cerca a Ortega. Marcos Alberto Acuña Avilés fue durante más de dos décadas el jefe de la escolta presidencial, el oficial que acompañaba a Ortega en cada salida, una figura tan cercana que funcionaba casi como enlace con el mandatario con sus amigos como Bayardo Arce. Llevaba y traía mensajes, bypaseando el control de la copresidenta. Su lealtad, dijo un exfuncionario, era total hacia él, no hacia ella. Ese fue su problema. El 24 de julio de 2024, tras una discusión con Murillo, Acuña fue destituido por orden de la copresidenta, dado de baja de forma deshonrosa y puesto a disposición de la justicia por “desobediencia”. En la actualidad sigue recluido como preso por razones políticos.

Detrás de casi todas estas caídas, coinciden las fuentes consultadas, está la mano de Rosario Murillo. La excomandante guerrillera Dora María Téllez asegura que para la copresidenta “ha sido completamente necesario pasar cuchilla a toda esa gente del entorno cercano de Ortega, su círculo de funcionarios predilectos y de sus amigos, y mantenerlo completamente aislado”. 

Despojado Ortega –por voluntad propia o no– de sus amigos, Murillo lo reemplazó con un círculo de confianza propio, leal solo a ella, sin fisuras. “Lo que ella hace es crear su propio anillo”, explica Téllez. “Por eso ves ahora a Wendy Morales, procuradora general convertida en una operadora con un poder desmesurado: bajo su control quedaron la Procuraduría, las alcaldías, los gobiernos regionales del Caribe, el sistema judicial, las universidades y hasta la administración tributaria y aduanera, la DGI y la DGA, por encima del propio ministro de Hacienda. Junto a ella, Ovidio Reyes al frente del aparato económico. Ninguno de ellos es amigo de nadie. Son ejecutores, piezas intercambiables de una maquinaria que ya no depende de lealtades personales sino de una sola voluntad”, añade la excarcelada política. 

Más que amigo, hermano

Los amigos a los que Daniel Ortega les dio la espalda fueron asesinados, encarcelados, desterrados o condenados al ostracismo
Los hermanos Ortega junto con el fallecido cardenal Miguel Obando y Bravo. Foto de archivo.

Ortega abandonó a los amigos que llamaba hermanos y con su hermano de verdad no hizo una excepción. Humberto Ortega, el menor, fue coautor de la estrategia insurreccional que derrocó a Somoza y fundador del Ejército Popular Sandinista, que dirigió entre 1979 y 1995. Entre los dos nunca existió una “relación familiar normal, ninguna muestra de afecto fraternal”, pero sí una dependencia mútua en la cuestión del poder. Es decir, se consideraban complementarios, y esa sociedad sostuvo al sandinismo durante décadas. Y aun así, ni la sangre salvó al General Humberto Ortega, eternamente enemistado con su cuñada Rosario Murillo.

El 19 de mayo de 2024, en una entrevista con el periodista Fabián Medina para Infobae, Humberto dijo lo que la copresidenta Murillo no toleraba escuchar. Que Ortega no tenía herederos. “Sin Daniel no hay nadie”, sentenció. Ni Rosario Murillo, ni ninguno de los hijos. Descartó de un plumazo el proyecto de continuidad dinástica que empuja sobre todo su cuñada. “Hijos que no han tenido el acumulado de una lucha política”, remató, en alusión a su sobrino Laureano.

La reacción fue inmediata. Esa misma tarde, un contingente policial cercó su casa. El 28 de mayo, en cadena nacional, Daniel Ortega llamó “traidor” a su propio hermano. Humberto quedó en arresto domiciliario, incomunicado, con su hogar tomado por tropas especiales. Alcanzó a declararse preso político del régimen de su hermano. Su esposa, Angélica Chavarría, fue detenida el mismo día del cerco; hasta hoy, permanece presa.

Humberto Ortega murió la madrugada del 30 de septiembre de 2024, a los 77 años, de un paro cardíaco en el Hospital Militar, todavía bajo custodia. No fue el primero en morir así: antes había caído el general Hugo Torres, compañero de aquella gesta, que colapsó en la cárcel de El Chipote. El hermano de Daniel, el que combatió a su lado y le construyó un ejército, terminó igual que los amigos: apartado, declarado traidor, muerto sin que el Ejército de Nicaragua moviera un dedo por él. “Ortega, que tan pocos amigos tuvo, tampoco supo conservar al único hermano que le quedaba. Es una paradoja dura que lo desnuda como ser humano”, concluye una de las fuentes sandinistas. 


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