Canal de Youtube de Divergentes
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Wilfredo Miranda Aburto
29 de Abril 2026

La culpa no es de la Casa de Frazier y el “Tío Caldera”… es algo mucho más grave

Fotograma de la transmisión de la Casa de Fraizer tomada de redes sociales.

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“La Casa de Frazier: un espectáculo que promete mucho entretenimiento”, tituló el pasado 24 de abril El 19 Digital, el diario oficial de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Se refiere a un reality show nicaragüense que reúne a algunos de los creadores de contenido más polémicos y populares del país, junto a otros de Centroamérica. La emisión en YouTube de esa especie de Big Brother ha copado la conversación pública en redes sociales. Es el evento de entretenimiento del momento, marcado –hasta ahora– por las ocurrencias de Juan Caldera, “el tío”, un comerciante de pollos que es el mayor del grupo. 

Como varios de los participantes admiten abiertamente, están allí para polemizar y manufacturar momentos diseñados para circular en TikTok. Miles disfrutan del reality; habrá quienes lo critiquen por el contenido sexual que se insinúa, episodios que remarcan estereotipos de machos alfa, homofobia, o los chistes que recaen sobre dos participantes por su estatura. Esa podría ser otra discusión. Pero lo que me ocupa aquí no es una crítica moralizante a las audiencias, sino algo más grave: la destrucción de la cultura, en su sentido más amplio, a manos de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. 

Antes de que piensen que vengo con un argumento de “cultura elitista”, aclaro que no. Estoy plenamente convencido de que La Casa de Frazier es cultura popular. Y la cultura popular es uno de los principales componentes de la cultura en toda su concepción, y probablemente uno de los más influyentes… La cultura popular siempre ha sido el espejo más inmediato de lo que una sociedad es. Por eso es que miles pasan pegados viendo el reality

La cultura no es una sola cosa inamovible, sino que muta y es infinita. Es todo lo que una sociedad produce para entenderse a sí misma. Desde sus rituales y sus fiestas, su literatura y sus memes, su teatro y sus reality shows, como la Casa de Frazier. Está la cultura popular, que ya mencionamos. Está la cultura artística, la que se construye en talleres, escenarios y páginas. La cultura indígena y comunitaria, que sobrevive en lenguas, tradiciones y memorias colectivas. La cultura cívica, que se teje en el debate público, en la prensa libre, en la universidad. Todas conviven, se rozan, se influyen. Ninguna cancela a la otra.

Preparando recomendación…

Pero en Nicaragua esa convivencia cultural no existe. El régimen Ortega-Murillo no canceló la cultura que consideraba indeseable, sino que la destruyó. Sistemáticamente. Se trata de una decisión política deliberada, especialmente de la copresidenta, que desde los años ochenta ha intentado controlar este ámbito definitorio de la sociedad. Como toda dictadura totalitaria, y recuerdo aquella cruzada de Hitler contra el arte moderno que consideraba “degenerado” o la de los jemeres rojos de Pol Pot, Murillo ha destruido al menos 81 organizaciones culturales, según el recuento de cancelaciones de ONG, de un total de más de cinco mil organizaciones cerradas desde 2018. 

Y, para que no quede en abstracto, mientras comenzaba la emisión de La Casa de Frazier, la poeta y escritora Gioconda Belli denunció que la aduana sandinista prohibió el ingreso a Nicaragua de su última novela, “Un Silencio de Murmullos”, que es una crítica al poder dinástico de los Ortega-Murillo. La denuncia caló poco en el país. Pero es el ejemplo más preciso de lo que está en juego: en un país con un ecosistema cultural sano, el libro de Belli podría convivir con el reality y las ocurrencias del “Tío Caldera”. Una no amenaza a la otra. El problema es que el régimen copresidencial decidió que una de las dos no podía existir. 

La culpa no es de la Casa de Frazier y el “Tío Caldera”... es algo mucho más grave
La copresidenta Rosario Murillo siempre ha sido una depredadora de la cultura. Foto de archivo.

Desde las protestas de 2018, cuando los Ortega-Murillo perdieron cualquier pudor, han clausurado festivales de poesía, exiliado a escritores y músicos; silenciado a artistas y confiscado espacios culturales, como la Casa de los Tres Mundos en Granada. En paralelo también han destruido la libertad de expresión, que es la carretera fundamental de la cultura, en cuyos carriles circulan las ideas en ambos sentidos. 

En cambio, la dictadura ha fabricado sus propios espacios culturales donde el culto a la personalidad de los gobernantes es la norma. Espacios controlados por los hermanos Ortega-Murillo y operadores políticos sandinistas, en los que la cultura no expresa, sino que obedece. Por eso el diario oficial de los copresidentes publica notas sobre La Casa de Frazier mientras la aduana censura libros de autores nacionales, considerados “traidores a la patria” por Murillo. Lo que más golpea es la siguiente paradoja: en Nicaragua, “el país de poetas”, está prohibido leer a sus propios escritores. 

Algo que quisiera remarcar es que la dictadura Ortega-Murillo no destruyó la cultura por descuido, sino que como un sociópata armado de una motosierra la podó casi toda. Lo que incomoda, remueve, interpela y desafía al poder fue destruido por la copresidenta, la jemer roja en jefe de ese afán. En cambio, lo que entretiene sin rozar nada, lo dejan pasar, pero siempre con el riesgo de la guillotina sobre las nucas de los permisados. Algo que no solo pasa en el ámbito cultural sino en todo. 

La Casa de Frazier no es la culpable de nada. Es un síntoma. El problema no es lo que existe, sino lo destruido. En otras palabras, Nicaragua pasó de un ecosistema cultural a un monocultivo cultural. En ese monocultivo, productos como el reality no compiten con otras expresiones, las sustituyen por ausencia de alternativas. El menú es limitadísimo. No hay opciones fuera del control dictatorial

De modo que en eso radica la diferencia radical. No es lo mismo elegir ver un reality en un entorno de abundancia cultural, que consumirlo porque es de lo poco que queda. Es una desgracia, porque no solo defiendo el derecho de la gente a entretenerse como le plazca, sino que éramos un país con variedad para escoger. Desde fiestas patronales, libros, poetas, conciertos, música, danza, deportes, cine y todo lo que la cultura cobija con su libertad.

Para finalizar, insisto en que no quiero que desaparezca La Casa de Frazier. Quiero que siga y que salgan otros reality shows, pero también que Gioconda Belli y todos los autores nacionales puedan vender sus libros en Nicaragua. Quiero que el “Tío Caldera” y sus ocurrencias controvertidas también tengan lugar en ese país… un país de cultura libre e inventiva, con un Teatro Nacional Rubén Darío que no sea exclusivo de Laureano y sus óperas financiadas con el erario, mientras Camila organiza sus pasarelas y Juan Carlos monta sus conciertos, todos igualmente financiados sin rendición de cuentas. Pero el drama es que la variedad cultural fue ajusticiada. En su lugar tenemos una vitrina familiar. Lo que hay hoy en Nicaragua es un jardín arrasado donde solo crece lo que la dictadura aprueba desde el lúgubre despacho de Murillo en El Carmen.

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Wilfredo Miranda Aburto

Es coordinador editorial y editor de Divergentes, colabora con El País, The Washington Post y The Guardian. Premio Ortega y Gasset y Rey de España.