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La “Tercera República” de Laura Fernández: qué implica su anuncio tras ganar la presidencia de Costa Rica 

La victoria de Laura Fernández ha abierto un debate de fondo sobre el alcance real de su mandato. Aunque el oficialismo interpreta el 48.3% de los votos como aval para un cambio profundo del andamiaje republicano costarricense, la presidenta electa no cuenta con los apoyos legislativos necesarios para impulsar transformaciones institucionales de calado. El resultado dio luz verde a la continuidad del proyecto chavista, no a una refundación del Estado, anticipando un conflicto político entre discurso, límites constitucionales y frenos democráticos.

La presidenta electa de Costa Rica, Laura Fernández. Fotos de Miguel Andrés | Divergentes.

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Los ticos celebran sus grandes sucesos en la Rotonda de la Hispanidad, un punto neurálgico de San José, donde una vieja fuente vierte agua unos días sí y otros no. Debajo de la carretera de circunvalación, frente a la megapantalla publicitaria del mall San Pedro, se festejan los pases al Mundial de la Selección, las fiestas nacionales —más recientemente el Año Nuevo—, se improvisan manifestaciones políticas o se espera el resultado de las elecciones, como ocurrió la fría noche de este primero de febrero: miles de simpatizantes de partidos opositores, en especial de Liberación Nacional, Frente Amplio y Coalición Ciudadana, se congregaron con banderas para gritar, al unísono, “fuera Chaves”.

La esperanza de que su voto hubiese forzado una segunda vuelta se estrelló contra la primera parte del escrutinio leído por la magistratura del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) alrededor de las nueve de la noche. La candidata oficialista Laura Fernández, heredera de la estafeta del proyecto político del presidente Rodrigo Chaves, se imponía de manera contundente con el 48.3% de los sufragios, una tendencia ya definitiva desde la primera lectura de resultados. Triunfaba en unos comicios que significan no solo “continuismo”, sino un quiebre político hondo para la democracia más consolidada de Centroamérica, frente a lo que muchos de esos votantes en la Hispanidad consideran un estilo “autoritario” de Gobierno, asociado al chavismo.

Leído el primer parte del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), con el 31% de las mesas electorales escrutadas, la multitud se desmovilizó en un silencio sepulcral, empapado por la pertinaz llovizna que cayó durante casi toda la jornada y por las lágrimas de muchos jóvenes abatidos en esa rotonda que, en ese momento, se volvió la más triste de Costa Rica. 

A pocos kilómetros de distancia, en un hotel josefino, los simpatizantes del Partido Pueblo Soberano celebraron la victoria de su candidata y abuchearon el discurso de concordia de la presidenta del TSE, Eugenia Zamora, cuando lamentó “los discursos de odio” durante la campaña, una referencia implícita al oficialismo, enroscado desde hace ya mucho en una espiral de desacreditación de las instituciones republicanas ticas, fundamentos de una democracia elogiada durante décadas, pero ahora, según muchos, en aprietos.

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La “Tercera República” de Laura Fernández: qué implica su anuncio tras ganar la presidencia de Costa Rica 

Luego de hablar en una llamada con su mecenas político, el presidente Chaves, es decir, de “jaguar a jaguar”, como vende la propaganda oficialista, la presidenta electa dio su primer discurso, en el que anunció la “inauguración de la Tercera República” en Costa Rica. El brutal caudal de votos recibido en primera vuelta (1 191 727, para ser exactos y un músculo legislativo de 31 curules) envalentonó a Fernández en la tarima, donde estaba flanqueada por la diputada Pilar Cisneros, principal operadora política del chavismo. Fue un discurso bravucón, acorde al tono del actual mandatario: prometió derogar “obsoletas y que ya no sirven”, denostó a la oposición, atacó a medios de comunicación críticos e introdujo el concepto de la “Tercera República”. 

“Este es un momento histórico y, sobre todo, un momento de gloria para nuestra democracia. El pueblo habló, la democracia votó y optó por la continuidad del cambio. Un cambio que busca rescatar y perfeccionar nuestras instituciones democráticas y devolverlas a ustedes, el Pueblo Soberano”, planteó Fernández. “Nos toca a nosotros edificar la Tercera República. Por eso y para eso se instalará el nuevo Gobierno que habremos de inaugurar el próximo 8 de mayo. El mandato que me da el Pueblo Soberano es claro: el cambio será profundo e irreversible. La ilusión es enorme y gigantesca; el sentido de responsabilidad también, el cual asumo con la tarea de concretar estas transformaciones democráticas”. 

Cambio de ciclo, ¿qué esperar?

La “Tercera República” de Laura Fernández: qué implica su anuncio tras ganar la presidencia de Costa Rica 
Simpatizantes de partidos opositores esperando los resultados electorales la noche del primer de febrero en la Rotonda de la Hispanidad. Foto de Miguel Andrés | Divergentes.

La introducción del concepto de la “Tercera República” quedó resonando en Costa Rica durante la madrugada del dos de febrero. Al día siguiente de la elección, Laura Fernández volvió a tomar la palabra al mediodía, pero rebajó el tono. Fue más sosegada y dio más detalles sobre el significado de ese concepto. Dijo que implica un “renacer maravilloso” bajo un “mandato fuerte”. “Atrás quedaron los recuerdos de aquella guerra civil y de un bipartidismo que nuestro pueblo ha superado”, sostuvo la presidenta electa, aunque recurrió a matices aclaratorios ante las sospechas de que el concepto esconda un tránsito más acelerado hacia el autoritarismo y el desmontaje institucional.

“No se trata de una ruptura institucional”, planteó Fernández, sino de “una etapa para profundizar cambios” en la forma de gobernar; en la relación entre el Estado, los partidos políticos y la ciudadanía. Todo ello, sin embargo, aún suena abstracto —al menos hasta que asuma el poder en mayo— si se confronta con las pretensiones ya expresadas por el chavismo, como la reelección presidencial continua y una eventual purga del Sistema de Justicia.

Consultada luego por el diario La Nación, la presidenta electa dijo que, apenas le impongan la banda presidencial, impulsará una serie de reformas constitucionales. Sin embargo, a pesar del músculo de 31 diputados que obtuvo su partido, no le basta: alcanza para una mayoría absoluta, pero no calificada. Es decir, queda por debajo del umbral de 38 votos necesario para aprobar reformas constitucionales, por lo que deberá buscar alianzas con las fracciones de Liberación Nacional y el Frente Amplio, principalmente, un terreno particularmente pedregoso si se toma en cuenta que ambas representarán a partir de mayo el principal freno democrático a las pretensiones del proyecto chavista.

Las únicas reformas concretas que la presidenta electa anunció fueron cambios al mecanismo de rendición de cuentas de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y una redefinición del rol de la Sala Constitucional, aunque sin ofrecer mayores detalles. De modo que, para analistas políticos ticos, si la “Tercera República” de Fernández —que recuerda por el tono discursivo a la Cuarta Transformación promovida en México por Andrés Manuel López Obrador— pasa por cambios radicales al pacto social consagrado por los costarricenses en 1948, durante el nacimiento de la Segunda República, enfrentará aún obstáculos en el Legislativo. 

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“La referencia de la presidente electa, Laura Fernández, a la “Tercera República” constituye fundamentalmente un ejercicio de construcción discursiva destinado a legitimar una ruptura con el orden político previo, la denominada Segunda República. Desde una perspectiva de análisis institucional, este concepto opera en dos niveles simultáneos”, explica a DIVERGENTES Alberto Cortés, catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR). 

Por un lado, dice Cortés, en el nivel discursivo-simbólico, la presidenta electa busca capitalizar el agotamiento evidente del sistema político de la Segunda República, caracterizado por el colapso del bipartidismo histórico, el rechazo al PAC (Partido Acción Ciudadana que gobernó dos períodos consecutivos), la fragmentación extrema del sistema de partidos y la erosión de la cultura política consensual que sostuvo la estabilidad democrática costarricense durante décadas.

“Por otro lado, en el nivel institucional-programático, la viabilidad real de una agenda maximalista de reformas para lograr la ‘Tercera República’ dependía de si el proyecto político lograba una mayoría muy calificada en el congreso, para lograr construir una arquitectura institucional realmente nueva. Lograron 31 diputados, pero  no la mayoría requerida para cambios constitucionales”, contextualiza Cortés. “Aquí surge la paradoja principal: el mandato electoral de 48.5% que le dio el pueblo a Fernández representa esencialmente la continuidad del proyecto del presidente Chaves, no luz verde para una transformación de la arquitectura institucional. Es decir, el mandato obtenido no posibilita reformas constitucionales sustantivas, rediseño del sistema electoral, o restructuración profunda de las relaciones entre los poderes del Estado”. 

El antecedente histórico del concepto de Fernández 

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La apelación a una “Tercera República” no es inocente ni nueva en el vocabulario político costarricense. Remite al hito fundacional de la Segunda República surgida tras la guerra civil de 1948, cuando el país redefinió su pacto social, abolió el Ejército, fortaleció el Estado social de derecho y levantó una institucionalidad que, con matices y tensiones, ha garantizado estabilidad democrática durante más de siete décadas. Aquella refundación quedó consagrada en la Constitución de 1949 y estuvo acompañada, durante buena parte del siglo XX, por un sistema bipartidista que hoy se ha erosionado ante el movimiento chavista. 

En ese sentido, el concepto que hoy enarbola Fernández no se presenta —al menos en el discurso— como una ruptura jurídica ni como el anuncio de un proceso constituyente, sino como una lectura política del momento: el cierre simbólico de un ciclo histórico marcado por el bipartidismo y la apertura de una nueva etapa bajo un “mandato fuerte”, en un contexto de fragmentación partidaria, descrédito de las élites tradicionales y creciente confrontación con las instituciones republicanas que fueron, precisamente, el corazón de la Segunda República.

Por ahora, la presidenta electa ha mostrado en buena parte sus cartas, pero lo que está por verse es si las jugará sola, o su mano dependerá de otras manos: las del presidente Chaves –a quien ya le ofreció ser ministro de Presidencia– y la de Pilar Cisneros, figura clave del chavismo tico. 


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