Hace 20 años, Venezuela y China anunciaron una de las obras de desarrollo más importantes de Sudamérica: un tren de alta velocidad de unos 468 km que uniría los llanos centrales con el oriente del país, conectando localidades desde Tinaco (estado Cojedes) hasta Anaco (estado Anzoátegui).
El proyecto, presentado con gran pompa y planeado para inaugurarse alrededor de 2012, contaría con túneles, puentes y capacidad de transportar millones de pasajeros y toneladas de carga al año. Sin embargo, tras una inversión millonaria avalada por un fondo binacional con Pekín y la intervención de empresas chinas, hoy apenas se ha construido una parte mínima de la obra y gran parte de la infraestructura permanece abandonada, convertida en ruinas de una ambiciosa iniciativa que nunca se concretó.
Más de una década después, el proyecto ferroviario Tinaco-Anaco es una muestra del desfase entre los anuncios grandilocuentes y los resultados de la cooperación con Pekín en regímenes con escasa transparencia. La experiencia venezolana sirve como paralelismo para dimensionar lo que está ocurriendo en Centroamérica. Desde que en 2021 Managua restableció relaciones diplomáticas con la República Popular China, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha presentado una serie de obras de infraestructura y acuerdos estratégicos como la antesala de una nueva etapa de desarrollo.
Uno de los proyectos más emblemáticos anunciados tras el restablecimiento de relaciones con Pekín es la reconstrucción, ampliación y modernización del aeropuerto internacional Punta Huete, ubicado a 58 kilómetros al noreste de Managua. Según el régimen, la obra sería financiada por China con una inversión estimada en 430 millones de dólares y estaría concluida en 2028. La ejecución ha sido atribuida a la empresa estatal China CAMC Engineering Co., Ltd. (CAMCE), una firma con presencia en varios proyectos de infraestructura en América Latina.
Pero fuentes consultadas por DIVERGENTES dentro del Ministerio de Transporte e Infraestructura (MTI) señalan que, más allá de los anuncios oficiales, no hay avances significativos en los terrenos de lo que sería el aeropuerto internacional Punta Huete, en San Francisco Libre. Fotografías recientes de la propia Embajada de China en Managua publicadas en febrero de 2026 muestran pocas señales de obra, pese a los cientos de millones comprometidos en este proyecto y por el que Nicaragua ya pagó por adelantado 107 millones de dólares.

“La orden es mejorar el aeropuerto actual en Managua”, afirma un técnico del MTI bajo condición de anonimato, refiriéndose a la falta de movimiento en Punta Huete. Esta situación refleja una distancia entre entre las promesas oficiales y el escaso avance de las obras y plantea, más bien, si se está frente a un proyecto estratégico en marcha —como el fallido tren venezolano— o ante una obra que funciona como un elemento dentro de la narrativa de desarrollo que el régimen vende bajo el amparo de China.
Un mayor movimiento de maquinaria se ha concentrado en el Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino, en Managua, donde el régimen, de la mano de la empresa china China State Construction Engineering Corporation (CSCEC), ejecuta trabajos de ampliación y modernización para elevar la clasificación de la terminal aérea de categoría 4D a 4E. Las obras contemplan la extensión de la pista principal en 858 metros, hasta alcanzar una longitud total de 3.300 metros. La nueva dimensión quedaría apenas 300 metros por debajo de la proyectada para Punta Huete, lo que refuerza la percepción de que la prioridad operativa está en la terminal capitalina, en la Carretera Norte, y no en el ambicioso aeropuerto anunciado al noreste de Managua.
¿Amenaza para la seguridad de Estados Unidos?
Evan Ellis, investigador en estudios latinoamericanos en el Instituto de Estudios Estratégicos de la Escuela de Guerra del Ejército de los Estados Unidos, observa un patrón similar al de otros países con instituciones débiles, como Venezuela durante la era de Hugo Chávez (1999-2013): el anuncio de grandes proyectos de infraestructura que fortalecen políticamente al gobierno ante sus bases, pero que no siempre se traducen en beneficios para la población. “La plata de China ayuda a la sobrevivencia del régimen, no necesariamente a la prosperidad del pueblo”, sostiene Ellis.
Uno de los objetivos principales de la Estrategia de Defensa Nacional (EDN) 2026 de Estados Unidos es precisamente “disuadir a China” en el hemisferio. La Casa Blanca, a través del Departamento de Estado, ha expresado su preocupación sobre el acercamiento entre Pekín y Managua.
Ellis, aún así, considera que Nicaragua tiene para China el mismo peso que para la Unión Soviética en el siglo pasado debido a su posición bicostal y su cercanía con Estados Unidos, además, plantea que la relación entre Pekín y Managua sí representa una amenaza para la seguridad de la potencia norteamericana.
“La posición geográfica y un Gobierno autoritario crea muchas oportunidades para China. Pero todas las cosas de China no van a traer prosperidad al pueblo nicaragüense”, reconoce.

Entre 2023 y 2025, el Gobierno de Nicaragua suscribió al menos 13 préstamos con instituciones con sede en la República Popular China para financiar proyectos de infraestructura y la adquisición de bienes, en su mayoría ejecutados o suministrados por empresas chinas. Los términos financieros de esos acuerdos han sido objeto de cuestionamientos, ya que los créditos establecen plazos de amortización de 15 años, relativamente cortos, y contemplan tasas de interés que oscilan entre el 4% y el 6%, además de comisiones elevadas por gestión y estructuración.
“Lo que yo veo es que estos proyectos ayudan al entorno de Ortega, dan la apariencia de prosperidad, pero no lo es. China ayuda a la sobrevivencia del régimen, pero no necesariamente en la manera de prosperidad porque esto depende de gobernanza y transparencia”, continúa Ellis.
No todos los analistas interpretan la relación entre Managua y Pekín como una expansión estratégica decidida por el gigante asiático. Para Manuel Orozco, director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo del Diálogo Interamericano, el acercamiento responde más a una iniciativa nicaragüense que a un diseño geopolítico chino.
“El enfoque nicaragüense es de gradualmente reducir su dependencia en relación con Estados Unidos siguiendo una perspectiva ideológica y pragmática de ‘diversificar’ la dependencia. Sin embargo, es poco probable que pase eso porque China y Nicaragua son competencia entre ellos, y lo que Nicaragua compra de China no es materia prima para productividad, sino productos de consumo”, valora Orozco.
A su juicio, el giro hacia Pekín no implica una transformación de la economía de Nicaragua. “No fortalece necesariamente la estabilidad política, pero facilita el clientelismo económico con la élite alrededor de Murillo”, sostiene. En otras palabras, más que alterar las bases productivas del país, la relación podría estar reforzando redes de poder internas sin modificar la dependencia externa. “La realidad es que Murillo no tiene ni entiende ideológicamente el sistema Chino”, dice Orozco.
Plegados a Pekín
Desde el restablecimiento de relaciones diplomáticas en diciembre de 2021, Managua ha respaldado sistemáticamente las posiciones de Pekín en foros multilaterales, incluyendo el principio de “una sola China” y posturas críticas frente a Estados Unidos y Europa en materia de derechos humanos. El acercamiento ha sido presentado como parte de una reconfiguración geopolítica hacia un mundo “multipolar”.
Sin embargo, en términos económicos, la estructura de dependencia del país no ha cambiado de manera sustancial. Estados Unidos continúa siendo el principal destino de las exportaciones nicaragüenses y el origen de la mayor parte de las remesas que sostienen el consumo interno. China, en contraste, mantiene una relación comercial predominantemente orientada a la venta de bienes de consumo, sin que ello represente un cambio significativo en la matriz productiva nacional.
En ese sentido, el giro hacia Pekín se refleja más en el plano político que en el económico. Mientras el discurso oficial enfatiza soberanía y diversificación, la estructura comercial y financiera del país sigue anclada al mercado estadounidense.
Analistas que siguen la presencia de Pekín en América Latina señalan que China ha entrado en una nueva fase de su estrategia regional, caracterizada por un enfoque más dirigido y diplomático, además de los tradicionales préstamos e infraestructura. En lugar de replicar un modelo uniforme de inversión masiva, la diplomacia china ha buscado forjar relaciones bilaterales más estratégicas, apoyándose en redes políticas e institucionales que faciliten sus intereses económicos y geopolíticos en cada país.
Margaret Myers, asesor principal del Diálogo Interamericano y profesora de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de Johns Hopkins, escribió una análisis en el que sostiene que “los días en que Pekín inundaba a la región con préstamos y proyectos de infraestructura a gran escala pueden haber terminado, o al menos disminuido, siendo reemplazados por un compromiso más deliberado y un enfoque en sectores específicos de interés chino, especialmente en el extremo superior de la cadena de valor.”
La relación con Nicaragua forma parte de una estrategia en la que China prioriza acuerdos políticos y presencia diplomática, incluso cuando la dinámica económica real no viene necesariamente acompañada de desarrollo.
En un contexto de competencia estratégica con Estados Unidos, mantener aliados en Centroamérica —una región históricamente considerada zona de influencia estadounidense— tiene un significado simbólico y geopolítico, dicen los expertos consultados. La ubicación bicostal de Nicaragua, su cercanía al Caribe y al Pacífico, y su disposición a firmar acuerdos de cooperación sin mayores condicionamientos institucionales amplían el margen de presencia china en el hemisferio.

Pero, los analistas señalan que Pekín no parece estar apostando por una confrontación directa con Washington en América Latina. Más que convertir a Nicaragua en un “enclave económico” de gran escala, la relación se inserta en una estrategia flexible: asegurar aliados diplomáticos, ampliar presencia empresarial y mantener opciones abiertas sin asumir costos políticos mayores.
A diferencia del discurso oficial, que presenta la relación con Pekín como el inicio de una nueva etapa de prosperidad, los hechos revelan un panorama más matizado, en el que progreso, a través de megainversiones, es un espejismo. Los anuncios de infraestructura, los préstamos millonarios y el alineamiento diplomático únicamente han reforzado el margen político del régimen en el plano internacional.
Al igual que aquel ambicioso ferrocarril Tinaco–Anaco, presentado con bombo y platillo y que quedó prácticamente inconcluso tras años de promesas y desembolsos millonarios, la relación entre Nicaragua y China evidencia la distancia entre las promesa y las realidad en acuerdos de cooperación con Pekín.
El proyecto venezolano, que solo alcanzó a construir una fracción de los 468 km planificados entre Tinaco y Anaco, pese a comprometer miles de millones de dólares de financiación binacional, terminó convertido en símbolos de una alianza que no cumplió sus objetivos.
“Lo mismo hizo Hugo Chávez en Venezuela, y esta tragedia se repite en Nicaragua”, insiste el experto Ellis. En Nicaragua, los anuncios de megainfraestructuras respaldadas por China han servido para alimentar un discurso de progreso y diversificación, pero hasta ahora los avances han sido limitados. Si en Venezuela el tren se convirtió en la metáfora de promesas incumplidas, en Nicaragua la imagen podría ser la del aeropuerto que nunca despegó. Habrá que esperar hasta 2028 para saber si solo se trataba de una maqueta.