¡La Sara sabe bailar, la Sara sabe bailar! Grita alguien cuando el marimbero y los dos hombres con guitarras tocan las primeras notas de “El Solar de Monimbó”. Sara, que estaba en medio de una conversación, no tiene que pensar dos veces para acercarse a la pista de baile improvisada y hacer su versión de todos los pasos provenientes de una tierra que ahora parece muy lejana.
En esta mañana soleada de abril de 2026 en San José, Costa Rica—caliente como queriendo honrar a Nicaragua—a esperas de un día muy emocional, lo que menos uno prevé es presenciar una escena espontánea de baile improvisado, sólo minutos antes de que empiece la misa en conmemoración a los 355 muertos por la violencia desatada por la dictadura sandinista de los Ortega-Murillo, cifra documentada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), desde abril de 2018. Gritos de ¡eso, eso, dale! y silbidos son lo que llenan el ambiente justo antes de entrar a la Iglesia del Ladrillo en San José, donde se celebra la misa.
Es interesante pensar en la noción de “celebración” de una misa, especialmente cuando será un rito por los ocho años desde aquel abril en 2018 en que estallaron las protestas masivas en Nicaragua y que dio pie a cambios sociopolíticos en ese momento inimaginables. Sin embargo, el evento propone una relectura del tiempo transcurrido frente al dolor y la persistencia de la comunidad. ¿Acaso se puede decir que, luego de ocho años, con incontables crímenes e injusticias cometidas por el régimen, estamos de alguna manera celebrando este día?
“Ocho años de insurrección de la conciencia crítica”. Así inicia la eucaristía el padre Rafael Aragón, en una convocatoria realizada por la Asociación Madres de Abril (AMA) y organizaciones de la sociedad civil. Más de 100 personas llenan los bancos del templo, la mayoría usan camisas, sombreros o bandanas azul y blanco. En la camisa de un hombre que camina de arriba a abajo por el pasillo se lee “Que se rinda tu madre” y los recuerdos del ardor con el que se gritaban las consignas en 2018 son suficientes para hacer sonreír a cualquiera.
Madres de AMA y jóvenes exiliados recitan las lecturas de esta misa. Durante el pasaje sobre el apóstol Pablo y la resurrección, la voz de una madre se quiebra. La realidad del porqué estamos reunidos este día se hace aún más palpable para todos los presentes.
El padre Rafael instruye a los allí congregados cantar el “Gloria”, en celebración de Pascua. He ahí de nuevo la palabra celebración, pero a pesar de no necesariamente sentirse como tal, todos cantan.
En su homilía, el padre habla sobre la unidad de los nicaragüenses y la importancia de luchar contra el desánimo para formar una Nicaragua caracterizada por el humanismo y la tolerancia, la justicia y la paz. Predica acerca del imperativo de no dejar que la desesperanza y el desánimo nos dominen o se interpongan en nuestra meta de reconstrucción. “La utopía no muere… los nicaragüenses debemos seguir soñando con un mundo más justo”.
Nicaragua en un patio de San José
El ofertorio lo realizan tres parejas de nicaragüenses vestidos con trajes típicos de folclore, quienes avanzan al ritmo de la marimba presentando el pan y el vino. Al verlos, la misma mujer que antes de la misa bailaba empieza a llorar en silencio pero sostenidamente.
Después de la eucaristía, pasan al frente madres y familiares de los asesinados por el régimen. Frente a todos los asistentes y entre lágrimas, dicen los nombres de sus hijos, de dónde eran y en qué fecha fueron asesinados. Un acto simbólico a través del cual se rehúsan a dejar que la dictadura robe la memoria de la existencia de sus hijos de la misma forma en la que les robaron la vida. Ahora más que nunca, todos en la iglesia desean tener fe en las palabras de la plegaria eucarística, que el padre Rafael pronuncia aún con el eco de los nombres de los asesinados en los oídos: “acuérdate de nuestros hermanos y hermanas, que durmieron con la esperanza de la resurrección”.
Tras la misa, el patio de la iglesia se transforma en un festival cultural organizado por la Red de Mujeres Pinoleras. Hay quesillos, fritanga, comida caribeña, raspados, arroz con leche y tantos otros platillos que uno no sabe de dónde elegir. Las mujeres nicaragüenses venden desde llaveros y pines nicas, hasta peluches de crochet y piezas de macramé, todas tan lindas que uno no sabe ni en qué gastarse el dinero. Este es el momento increíble en el que uno se da cuenta que a pesar de que la misa y el festival existen únicamente dentro del contexto del exilio, en este segundo este es probablemente el lugar más nicaragüense en kilómetros a la redonda, si no en toda Costa Rica.
El resto de la tarde continúa con presentaciones musicales de los grupos El Son de Monimbó, Raíces de mi Tierra y un grupo miskita. Todos los que observan, gritan y animan a los bailarines, chiflan y hacen bromas durante bailes como El Viejo y La Vieja, la Danza Negra o Minga Rosa Pineda.
De cierto modo, días como este funcionan como burbujas en las que, a pesar de que se hace más evidente que somos personas en el exilio, también se crea un puente hecho de recuerdos y orgullo por nuestra cultura, aunque sea temporal, hacia Nicaragua. Desde el exilio recordamos lo que nos reúne a todos en este día, lo bueno y lo malo, comiendo los buñuelos que venden en el festival y cantando “Viva León Jodido”.
Si recordar es volver a vivir, en estos momentos volvemos a vivir tanto el dolor de los asesinados, la impunidad y el exilio, como el valor y la convicción que motivaron el deseo de hacer un cambio sustancial en Nicaragua. Al terminar de bailar al ritmo de “Nicaragua Mía” una de las bailarinas dice con emoción “ay, me dieron ganas de llorar con esa canción”. Al darnos cuenta que todos y todas las presentes lidian con emociones similares en su complejidad, es más sencillo distinguir que sí se pueden celebrar nuestros recuerdos y homenajes a la cultura nicaragüense.
Un museo para lo que no se debe olvidar
El trabajo de memoria se extiende al Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más, que inauguró la apertura permanente del Museo de la Memoria: “Lo que no debemos olvidar”.
El museo es una versión resumida de lo que el Colectivo presentó originalmente en la semana del 10 de diciembre de 2025 en el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH) en San José. Abarcando varias paredes, el museo está dividido en cuatro secciones: la cronología de los hechos, las fases de la represión, los perpetradores y la ruta para la justicia.
Además, cuenta con segmentos interactivos en los que se pueden escuchar testimonios de algunas víctimas de las distintas formas de represión del régimen, así como agregar a un mapa de Nicaragua a gran escala en la pared, una nota escrita a mano respondiendo a la pregunta “¿Qué no debemos olvidar?”
Durante un taller con familiares de las víctimas, se abordó el concepto del duelo traumático en el exilio y la importancia de los rituales culturales. En un espacio de la instalación se encienden velas en homenaje a los asesinados junto a símbolos que honran la memoria. “Es un día de duelo pero queremos celebrar la vida”: es esta la actitud con la que cada persona comparte con todos los presentes sus recuerdos de las víctimas, lo que extrañan de ellas y los sentimientos de culpa que rodean al exilio.
En medio de las lágrimas, los familiares encienden una luz que no sólo rinde homenaje al recuerdo de los asesinados por la dictadura, sino que también funciona como un símbolo de la lucha y resistencia que vive aún en sus recuerdos.
Durante su homilía, el padre Rafael hizo énfasis en el gesto de “compartir el pan” como insignia de discutir y analizar nuestros problemas juntos, así como de mirar al pasado juntos. El hecho de hacerlo juntos no es sólo beneficioso, sino también necesario para lograr cambios reales. La importancia de estar juntos al momento de sobrellevar el duelo es también el mensaje que quiere difundir el Colectivo. Juntos recordamos más. Juntos, es más fácil pensar no sólo en el dolor sino en aquellas cosas positivas por las que el exilio duele tanto. Juntos es la única forma de darnos cuenta que la fuerza, el compromiso y la hermandad de los nicaragüenses en el exilio vale la pena celebrarse.




