Yo, Rosa Ruiz, continúo demandando al Estado de Nicaragua la liberación de mi hijo, Yerri Gustavo Estrada Ruiz. Pensar diferente no lo hace un delincuente, ni terrorista, ni traidor a la patria. Es un médico de profesión.
Antes de empezar a trabajar como limpiadora en Estados Unidos, Rosa Ruiz quiso escribir un mensaje que se convirtió en un manifiesto. Tomó su teléfono móvil, entró a la aplicación de Facebook y, por un día más, decidió publicar un texto para exigir al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo la liberación inmediata de su hijo. Era 16 de septiembre de 2025. Yerri, un médico de 30 años, cumplía ese día 34 días detenido por la dictadura.
Desde el pasado 13 de agosto, cuando agentes policiales detuvieron al joven en el hospital Amistad Japón de Granada, esta mujer de 58 años, originaria del municipio de Quezalguaque, en el departamento de León, nunca suelta el teléfono. Lo sostiene en sus manos, incluso en los ratos en que se queda dormida en los autobuses o en el metro que la transporta desde su casa hasta su centro de trabajo. Cuatro horas al día. Dos de ida y dos de vuelta. En ese tiempo aprovecha para actualizar su perfil en Facebook con mensajes en favor de la liberación de Yerri.
Y al llegar a su residencia, después de una jornada laboral nocturna de ocho horas, en el pequeño apartamento que comparte con un exiliado nicaragüense, a eso de las 9 de la mañana en la costa este de Estados Unidos, suele grabar vídeos para publicarlos en la red social. Lo hace como si tuviera la certeza de que Yerri los va a ver y escuchar: “Hoy es el día número 13 en que nos disponemos a buscarte. Te busco con todas las fuerzas que pueda tener una madre”.
Ella está convencida de que su hijo sabe que no ha dejado de buscarlo, de pedir por su liberación.
— ¿En qué momento graba esos mensajes?
— Normalmente, los grabo por la mañana, a la misma hora que solía comunicarme con mi hijo a través de llamadas o mensajes.
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Yerri se encontraba hasta el 12 de septiembre en condición de desaparición forzada. Sin embargo, después de que Estados Unidos retara directamente a Murillo a proporcionar evidencia de que estaba vivo, la vicedictadora respondió mostrándolo, vestido de mono azul y rapado, a través del Canal 4 de televisión. Aunque no se conoce un proceso judicial formal en su contra, fue presentado como “golpista” y “condenado por actividades terroristas”, delitos que el régimen de Ortega-Murillo usa contra las voces disidentes de Nicaragua.

En las fotografías y vídeos difundidos por los medios de propaganda, Yerri luce desorientado, actuando forzosamente en una puesta en escena orquestada por la dictadura para intentar demostrar que goza de buena salud. Pero para su madre, su rostro y la mirada “dicen mucho más que mil palabras”, por lo que, dice, no descansará hasta que esté reunido con ella. La prueba de vida no es suficiente.
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Rosa Ruiz está sentada en su apartamento en Estados Unidos mirando la pantalla de su teléfono. No ha parado de llorar. Le duele el corazón, el estómago, la existencia. Como si cada órgano de su cuerpo cargara la ausencia de su hijo. La entrevista a DIVERGENTES la concedió horas antes de que se conociera que Yerri está vivo, detenido en el Sistema Penitenciario Jorge Navarro, “La Modelo”, en el municipio de Tipitapa, en Managua. Se ha recogido el cabello y se ha vestido con una camiseta verde, escotada, con estampados oscuros. Donde ella vive, una ciudad cuyo nombre omite por seguridad, son las 3:30 de la tarde y recién se ha despertado tras una jornada laboral intensa. Una luz blanca, grumosa, le ilumina el rostro.
Es maestra de profesión, madre soltera de tres hijos y la mayor de dos hermanos.
La profesión de su hijo es la materialización de una aspiración que ella tuvo cuando era niña. Quería ser profesora o médica. Las circunstancias de la vida la orillaron a desempeñar la primera opción profesional. Fue así que se convirtió en maestra de Educación Primaria en la escuela Marcelina Peralta de Las Marías, una comunidad remota de Telica, León — ubicada en el kilómetro 105 ½ de la carretera León-Chinandega— a la que llegaba y salía un autobús al día. Allí disfrutaba impartiendo clases. Cuando habla de esa faceta de su vida, pareciera olvidar por momentos el dolor que sufre como madre de una de las 73 personas detenidas en Nicaragua por razones políticas.
“Daba hasta la clase de Educación Física”, cuenta.
Enseñaba a jugar fútbol sin saber nada de ese deporte. Pateaba pelotas en los campos marchitos de la escuela y abrazaba a los estudiantes que perdían las partidas. “Me integraba y la pasábamos bonito”, dice, enfatizando que ella es mucho más divertida de lo que su rostro expresa. “Usted me encuentra caminando por la calle y mira un temple en mí que le hará pensar que soy brava”, dice.

Una vez, a comienzos de 1990, un grupo de alumnos de la escuela donde trabajaba se negó a que ella les impartiera clases porque creía que era una profesora demasiado enojona. Sin embargo, bastaron dos meses para que cambiaran de opinión. Se opusieron a que la sustituyera otro docente cuando el director del centro escolar decidió cambiarla a otro salón de clases. “¡Ay, esos niños se pusieron de pie y dijeron: ‘no, no, no, la profesora se queda con nosotros’!”.
— ¿Y usted qué les dijo?
— ¡Pero si ustedes no me querían al principio! (Ríe)
Los chicos confirmaron que su rostro y su personalidad no estaban en sintonía y que en realidad era una maestra cariñosa. Este hecho lo narra mientras una sonrisa se dibuja en su rostro rígido. Es la tercera vez que sonríe al hablar de aquella vida como educadora. Rosa dejó el magisterio a los 27 años, en 1994, para irse con su novio, el papá de Yerri, a Costa Rica. Lo retomó en 2010, pero se vio obligada a retirarse en 2016 por un problema en la columna vertebral. Menciona a sus hijos, a Yerri, y la alegría con la que hablaba hasta hace pocos minutos cede a la tristeza, al llanto.
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Yerri nació en el Hospital Nacional de las Mujeres Adolfo Carit Eva de San José, Costa Rica, el 31 de mayo de 1995.
Rosa quedó embarazada apenas llegó al país vecino y describe su vida, sin querer entrar en detalles, como bastante dura. Su apoyo, dice, fue una familia que le ofreció una habitación con salida independiente y que, con el nacimiento de Yerri, se encariñaron con ella y su hijo. Las hermanas Lorena y Jamileth Córdoba la cuidaron hasta que decidió regresar a Nicaragua en diciembre de 2001. Había dejado a un hijo en Nicaragua con su mamá y quería que Yerri iniciara sus estudios de educación primaria en León. Más allá de sus anhelos, tomó esa decisión porque tenía problemas con el hombre por el que se había ido a San José.

En León, empezó de cero y se dedicó a llevar y traer encomiendas entre Nicaragua y Costa Rica. Con las ganancias de ese negocio se compró una unidad de transporte que cubría la ruta intermunicipal Managua-León. Después la vendió y se compró un taxi. Más tarde decidió vender el taxi e invertir en una ruta urbana dentro de la Ciudad Universitaria. Era un camión con pequeñas bancas de metal a los lados, cubierto con una carpa. Cuando se retiró del magisterio en 2016, ese negocio le permitió mantener a los cuatro hijos que tenía para entonces.
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Salí de Nicaragua a la 1 de la madrugada del 20 de abril de 2022 por puntos ciegos de la frontera con Honduras. Fue una noche difícil porque no tuve la oportunidad de despedirme de mis hijos ni de mi madre. Me subí a un vehículo sin mirar atrás y emprendí un viaje de 10 días, cruzando México, hasta llegar al río Bravo, en la línea entre Estados Unidos y México, donde me entregué a las autoridades migratorias. Estuve dos días retenida en un centro de detención de migrantes hasta que me liberaron el 1 de mayo. Viví en Nueva York dos meses y luego me trasladé a la ciudad donde me encuentro actualmente. Salí de Nicaragua porque mi mamá me convenció de que era lo mejor.
Ese viaje marcó el inicio de una vida en soledad, propia del exilio, a la que nunca se va acostumbrar. La entrevista transcurre a través de una videollamada por WhatsApp desde su apartamento, donde apenas se distingue una pared color beige y se escucha el sonido de su voz que se ve interrumpido por sus propios llantos y silencios. “Todo mundo vive su vida con lo que toca, con el trabajo, venís a cocinar, vas a lavar ropa”, lamenta.
No tiene un círculo de apoyo que la sostenga en la ciudad que ahora habita. Muy pocas veces coincide con el chico con el que vive y admite que la comunicación es mayormente por mensajes a través del teléfono: “Parecemos extraños”. Ahora hace un pausa para recordar su vida con su familia en el caluroso León y la razón por la tuvo que salir de Nicaragua.
La casa de Rosa solía ser blanco del asedio del régimen. “No es fácil dejar una familia atrás”, admite. Las preguntas sobre su exilio dan pie a dos anécdotas que ilustran la amargura del exilio. La primera ocurrió el 7 de diciembre del año pasado. Yerri la llamó por teléfono al filo de la medianoche, mientras León celebraba la Gritería, para pedirle, en principio, que se sentara en la cama y que fuera fuerte. “Ya mi abuelita no está con nosotros”, prosiguió. Rosa sintió morir.
La segunda ocurrió el 14 de agosto a las 2 de la tarde, cuando León se preparaba para celebrar la Gritería Chiquita. Su hija de 27 años le llamó por teléfono. Le pidió calma. “Mamá, le llamo porque detuvieron a Yerri”, le dijo. La detención había ocurrido un día antes, pero la hermana tenía la esperanza de que fuera un arresto exprés. Pero no. Ya van 34 días y Rosa los lleva contando en Facebook. Desde entonces no concilia el sueño, no tiene apetito y siente que los años le pesan más.
— ¿Cómo encuentra consuelo?
— Jehová siempre me ayuda. Es él quien me lleva y me trae al trabajo. Por momentos mi mente se pierde.
En las oraciones a “Jehová”, Rosa no solo pide por la liberación de Yerri, sino que se pregunta si ella misma podrá soportar la espera por su liberación, si su fe será suficiente fuerte para sostenerla en momentos en que siente desvanecerse.
— ¿Cómo se siente?
— Le soy honesta. Me veo hasta como más vieja. El sufrimiento me está comiendo.
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Rosa no sabía que en WhatsApp se pueden enviar videoclips cortos, de hasta 60 segundos, como si fueran una nota de voz. Lo supo en la mañana del 13 de agosto, antes de que fuerzas del régimen detuvieran a su hijo en Granada. En la conversación que sostuvo con su vástago se observan dos mensajes de video que se intercambiaron a las 10:34 de la mañana. “Era como un audio, pero él sale hablando en un círculo. Me dijo: ‘buenos días, má, ¿cómo estás?’. En un mensaje me había explicado cómo podía hacerlo, e hice uno igual. Le dije: ‘te amo, mi amor’”, recuerda entre palabras atragantadas por el llanto. Su experimento no obtuvo respuesta porque su hija ya estaba en manos del régimen.
Aunque asegura que no es muy ducha con la tecnología, ha recurrido a Facebook para denunciar la detención de Yerri. Ha grabado 17 reels, con mensajes para su hijo, pero también para el régimen. Ella es ahora el único rostro visible en la demanda de liberación de los presos políticos, pues, por miedo a represalias, los familiares prefieren no hablar con la prensa ni con los organismos de derechos humanos nicaragüenses en el exilio.
— ¿Y usted no siente miedo?
— El amor a mi hijo es mucho más grande que el miedo. Estoy convencida de que si yo no lo defiendo, quién lo va a defender.
Su activismo motivó al Departamento de Estado de Estados Unidos a ponerse en contacto con ella para conocer la historia de su hijo. Tras una reunión con ella, la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental emitió una declaración responsabilizando directamente al régimen por la desaparición forzada del joven médico.
— ¿Qué mensaje le mandaría a su hijo?
— Le pido que no entre en la desesperación.

— ¿Y cómo se imagina la liberación de su hijo?
— Confío en recibir una llamada telefónica en la que me informan que mi hijo ya está en la frontera de Costa Rica o que fue enviado a Guatemala o Estados Unidos. Lo que sea, menos que esté adentro.
Los mensajes que sigue publicando en Facebook los escribe con un halo de esperanza. Una esperanza inquebrantable. “Hijo mío, de mi alma, estás encerrado como un pájaro en una jaula”, escribió en su perfil, convencida que sus palabras pueden atravesar las paredes de la prisión. O esa jaula de la que habla. En la soledad de su habitación también se reafirma a sí misma que volverá a abrazar a su hijo. Que volverán a verse, a reír, a ver películas con golosinas, como cuando Yerri era un niño y se sentaban juntos en el sillón de su casa en León.
Mientras la dictadura no libere a Yerri, Rosa sigue con su rutina de todos los días. Tiene que ser fuerte por su hijo. Porque la necesita. Se toma una taza de café y un pedazo de pan apenas llega a su apartamento en las mañanas. Ora. Pide por la liberación de su hijo en redes sociales. Y comparte todas las noticias que hablan sobre su hijo. Cuando le embarga la desesperación, no hay nada que desee más que salir de su aposento e irse a la calle a caminar sin rumbo para olvidarse de todo. Pero luego piensa que olvidarse de todo sería también olvidarse de su hijo.
“Y eso no puedo hacerlo”, sostiene. Por eso cada mañana, como el 16 de septiembre, vuelve a tomar el teléfono y escribe: “Yo, Rosa Ruiz, continúo demandando al Estado de Nicaragua la liberación de mi hijo”. Ella no se rinde.