Antes de convertirse en el Taupla, el líder máximo de los pueblos indígenas del Caribe de Nicaragua, Brooklyn Rivera ya había sobrevivido la cárcel, el exilio y una emboscada que casi acaba con su vida. Era 1981 cuando el primer régimen sandinista disolvió Misurasata, una organización indígena de la que él era directivo. Lo arrestaron junto a otros miskitos y lo forzaron al exilio a Costa Rica. Cinco años después, el 21 de enero de 1986, fuerzas sandinistas atacaron la comunidad de Layasiksa, donde se encontraba. Tres guerrilleros indígenas murieron, cinco resultaron heridos, hubo bajas civiles… Rivera escapó y encontró refugio en la isla de San Andrés, en territorio colombiano.
Sobrevivió. Negoció la paz con los sandinistas. Volvió. Y, cuatro décadas después, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo secuestró, y lo mantuvo desaparecido por casi tres años, hasta mostrarlo nuevamente el 27 de mayo de 2026, ya en agonía, conectado a un ventilador mecánico en un hospital de Managua, con su garganta perforada por una traqueotomía, para finalmente morir la noche del sábado 30 de mayo.
El régimen confirmó su muerte por medio de un escueto comunicado, en el cual señalan que el fallecimiento se debió supuestamente a una bacteria derivada de la Covid19, omitiendo de manera cínica el tiempo que lo tuvieron desaparecido y su negativa a dejarlo en libertad, pese a los pedidos de sus familiares, a quienes ahora les brindan ” abrazos y oraciones”.
El Taupla Brooklyn, como lo llamaban en las espesuras del Caribe, siempre tuvo relación tensa con el sandinismo. Al principio comulgó con las propuestas de justicia social de la revolución, pero pronto quebró con ese controvertido proyecto político. La razón era de fondo, es decir la visión que los sandinistas tenían sobre los pueblos originarios era la misma visión histórica de siempre, un racismo profundo y la convicción de que los territorios que los indígenas ocupan son un botín.
Desde el exilio a principios de los ochenta, Rivera reorganizó la resistencia indígena. En 1987 lideró la unificación de las distintas facciones de la resistencia armada miskita y fundó Yatama, la Organización de los Pueblos de la Madre Tierra. Ese mismo movimiento que había combatido a los sandinistas se convirtió en el instrumento para negociar con ellos.
Rivera fue el primero en sentarse a hablar con los revolucionarios, señalados de cometer atrocidades contra los indígenas, como la serie de operativos militares conocidos como la “Navidad Roja”. El resultado fue el Acuerdo de Sapoá, que reconoció una autonomía limitada para las regiones de la Costa Caribe y quedó anclada en la Constitución de 1987. No era todo lo que Rivera y los indígenas querían, pero era un paso. Su pueblo lo vio regresar no como un derrotado sino como el hombre que había arrancado un reconocimiento histórico. Desde entonces es que lo llaman Taupla.
El mismo Taupla que tras 971 días de desaparición forzada, fue presentado por el régimen copresidencial como un preso político en una condición gravísima a sus 73 años: postrado en un hospital, con ventilación mecánica, falla multiorgánica y una delgadez apabullante, que dista de ese líder indígena que, antes de ser apresado el 29 de septiembre de 2023 en Bilwi, pasó días evadiendo a los policías que lo buscaban.
Desaparecido desde 2023


Tras su arresto, su familia nunca supo dónde lo mantenían encerrado. A pesar del clamor por conocer su estado, el régimen jamás dio información sobre Rivera. Durante los primeros meses de este 2026, fuentes sandinistas difundieron el rumor de que Rivera había sido trasladado a un hospital en una condición de salud muy comprometida. Eso provocó una campaña internacional más fuerte para conocer su paradero y su estado, que incluyó medidas provisionales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH) y la “consternación” del Grupo de Expertos de Naciones Unidas para Nicaragua, que en mayo demandó una prueba de vida del preso político.
En el comunicado, el régimen Ortega-Murillo intenta achacar la gravedad de Rivera a enfermedades preexistentes, algo que de plano fue rechazado por una de sus hijas, Tininiska. “El día que se llevaron a mi padre, él salió de su casa en condiciones óptimas de salud, caminando y valiéndose por su propia cuenta. Por tanto, el régimen no puede pretender ahora responsabilizar a condiciones previas por el deterioro físico de un hombre que ha permanecido bajo custodia del Estado durante casi tres años”, afirmó Tininiska Rivera en un comunicado.
Por otro lado, Tininiska también desmintió al régimen sobre las visitas familiares. El comunicado oficial afirma que su hermano Wailandin Rivera Solórzano visitó a su padre quincenalmente durante los tres años que pasó desaparecido. Ella, desde el exilio en España, lo niega de manera rotunda: “Desde su secuestro y desaparición forzada no se ha permitido visita alguna de ningún familiar. Nuestra familia ha vivido durante todo este tiempo bajo incertidumbre, angustia y silencio oficial, sin acceso independiente ni información verificable sobre su estado real”.
En los últimos meses, el régimen copresidencial ha ido presentando a algunos presos políticos que mantenía en desaparición forzada, en un intento por esquivar las críticas de la administración de Donald Trump. Rivera no apareció en ninguna de esas rondas. Tras la presentación de Angélica Chavarría, expareja del general Humberto Ortega Saavedra, la familia del Taupla y organismos de derechos humanos redoblaron la exigencia de una prueba de vida. El régimen respondió de forma distinta: en vez de mostrarlo ante cámaras leyendo un mensaje dictado por las autoridades, como hicieron con otros presos, emitió un comunicado y la serie de fotografías que, lejos de tranquilizar, confirmaron lo peor, lo que sospechaban su familia y sus allegados.
De Li Dakwra al Parlamento

Brooklyn Rivera Bryan nació el 24 de septiembre de 1952 en Li Dakwra, una pequeña comunidad de la costa caribe. Creció en Sandy Bay Tara y Wawa, al cuidado de su madre Pulcita Bryan Budier y de su abuela, rodeado de la cultura y las tradiciones miskitas. A los dieciséis años se trasladó a Managua, donde cursó la secundaria en el Colegio Experimental México y luego completó una licenciatura en matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Regresó al Caribe convencido de que su pueblo merecía algo que el Estado nicaragüense nunca le había dado: reconocimiento, un empeño que tampoco su larga carrera ha conseguido a tope, ya que los pueblos indígenas siguen sufriendo la invasión de colonos y el avance de la minería (ahora de los chinos) al amparo del régimen Ortega-Murillo.
Con el triunfo electoral de doña Violeta Barrios en 1990, el nuevo Gobierno nombró a Rivera como ministro-director del Instituto de Desarrollo de la Costa Atlántica, creado para atender las urgencias de la región tras el fin del conflicto armado. Miguel González, PhD, Universidad de York y especializado en el autogobierno indígena y los regímenes autónomos territoriales en América Latina, señala que, en paralelo, Yatama se incorporó a la vida política de las regiones autónomas.
“Desde 1990 participó regularmente en elecciones municipales y regionales, convirtiéndose en la principal organización política regional de la Costa Caribe”, relata González. “En 2005 Yatama ganó una sentencia favorable por parte de la Corte-CIDH contra el Estado de Nicaragua por violaciones a sus derechos de participación política, tras su exclusión de las elecciones municipales del año 2000. Sin embargo, hasta hoy la sentencia no ha sido cumplida a cabalidad por parte del Estado nicaragüense”.
En el año 2007, a través de una alianza electoral con el Frente Sandinista, el Taupla Brooklyn fue elegido diputado en la Asamblea Nacional. Desde su posición de diputado, asegura González, promovió los derechos de los Pueblos Indígenas, y en particular acciones de titulación para proteger las tierras ancestrales.
La alianza con el Frente Sandinista enfrentó muchas dificultades para lograr un cambio de fondo en el respeto a los derechos de las comunidades de la Costa Caribe. El partido de gobierno, “más interesado en una estrategia de control político de las regiones costeñas, cometió irregularidades en los procesos electorales y no cumplió una serie de compromisos acordados con Yatama para proteger los derechos de autonomía indígena”.
“En el 2014 la alianza llegó a su fin, por lo que un año después, en 2015, el FSLN despojó ilegalmente a Brooklyn Rivera de su condición de diputado. En el 2016 Brooklyn Rivera fue electo nuevamente por su pueblo como diputado independiente de la Región Caribe Norte, desde donde continuó su lucha por la defensa de los derechos de los Pueblos Indígenas”, sostiene González. “El liderazgo de Rivera ha trascendido el ámbito de la política para abarcar la preservación cultural y las iniciativas de desarrollo comunitario. Ha desempeñado un papel decisivo en los esfuerzos por revitalizar la lengua y la cultura Miskitu, garantizando a las generaciones futuras una fuerte conexión con su patrimonio histórico”.
La denuncia que lo desapareció

La última vez que Brooklyn Rivera habló en público fue en abril de 2023, ante el Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas de las Naciones Unidas. Denunció la invasión de colonos sobre las tierras ancestrales de la Muskitia y la inacción del Estado nicaragüense ante los reclamos de las comunidades.
Los copresidentes escucharon la queja y respondieron como siempre. Primero cancelaron Yatama. Luego le impidió a Rivera regresar a Nicaragua. Y el 29 de septiembre de 2023, fuerzas policiales llegaron a su casa en Bilwi y se lo llevaron. Desde entonces, el Taupla Brooklyn desapareció.
Fue presentado hasta el 27 de mayo, postrado en una cama de hospital, prácticamente en agonía. Su hija Tininiska habló por él. Exigió la liberación inmediata e incondicional de su padre. Una prueba de vida independiente y verificable. Acceso de familiares, abogados y médicos independientes. Y, como acto humanitario urgente, su traslado a un país donde pueda recibir atención médica libre de control estatal. “La vida de mi padre está en riesgo”, escribió Tininiska, “y el mundo no puede seguir guardando silencio mientras la dictadura acaba con su vida”. Sus ruegos no fueron escuchados. Rivera finalmente murió lejos de su Costa Caribe, traicionado por sus antiguos aliados políticos, quienes cínicamente lo llamaban “hermano” ya cuando el final era inevitable.