Daniel Ortega aparenta negarse a un diálogo con EE.UU. para alcanzar un arreglo político

Analistas consultados por DIVERGENTES coinciden en que el dictador sandinista juega una carta de presión para generar un acercamiento con el Gobierno de Estados Unidos y obtener beneficios que le garanticen su permanencia en el poder

Rosario Murillo y Daniel Ortega junto al primer ministro de San Vicente y las Granadinas, apodado por la pareja presidencia como el 'Tío Ralph'. Foto tomada de Presidencia.

El portazo del dictador Daniel Ortega a un eventual diálogo con el Gobierno de los Estados Unidos es parte de una estrategia de presión del régimen sandinista para entablar una pronta negociación con Washington y obtener beneficios que le garanticen permanecer en el poder, coinciden analistas políticos consultados por DIVERGENTES. A juicio de expertos, como Juan Diego Barberena, el mandatario “pretende elevar la vara” porque está claro que en algún momento alcanzará un acuerdo político.

Durante la celebración del 43 aniversario de la insurrección sandinista sucedió algo fuera del guión previsto. Uno de los escasos invitados internacionales a la tribuna, Ralph Gonsalves, primer ministro de San Vicente y las Granadinas, hizo un largo discurso previo al de Ortega, y abogó por un diálogo entre Nicaragua y el Gobierno de Estados Unidos.

Sin embargo, el mandatario nicaragüense, al tomar la palabra, recurrió a sus acostumbradas enumeraciones de eventos históricos sobre la relación de Nicaragua con “el yanqui” para responder directamente a Gonsalves que su sugerencia era “imposible” con el argumento de que: “los diálogos son para poner la soga al cuello a uno, o que uno mismo se ponga la soga en el cuello”, aclaró Ortega.

Si bien estas declaraciones parecen alejar la posibilidad de un diálogo que resuelva la crisis sociopolítica de Nicaragua, Barberena, abogado y miembro del consejo político de la Unidad Nacional Azul y Blanco, indicó que, a lo interno del orteguismo también están conscientes que la línea de negociación se tiene que abrir en este momento con los Estados Unidos, pero antes necesitan tener una mejor posición para negociar conforme a sus intereses y sus pretensiones.

Prueba de ello es que a inicios de mayo, el diario The New York Times reveló que Laureano Ortega Murillo, hijo de la pareja en el poder, buscó acercamiento con Washington para “aliviar sanciones a la familia presidencial”. El diario neoyorquino publicó que un “alto funcionario del Departamento de Estado” viajó a Managua en marzo para reunirse con los dictadores, pero, a última hora, según el medio estadounidense, los Ortega-Murillo se “acobardaron” y cancelaron el intento de diálogo porque la condición de Estados Unidos para negociar era la liberación de todos los presos políticos.

La visita de Laureano a Estados Unidos no fue confirmada ni negada por el Gobierno sandinista. La información tampoco se difundió en redes sociales ni se hizo eco en las alocuciones diarias de Rosario Murillo.

“Si Ortega no estuviese dispuesto a negociar con Estados Unidos, no hubiera enviado a Laureano Ortega como su interlocutor internacional a golpear las puertas del Departamento de Estado”, explicó Barberena. “La historia del Frente Sandinista ha sido así. Dicen: ‘No vamos a dialogar’ y terminan sentándose. Ortega va a dialogar para seguir sosteniéndose en el poder, para obtener algún tipo de legitimidad y para abrir la sucesión dinástica”, señaló el abogado.

Para el politólogo Pedro Fonseca, el hecho de que el dictador se haya referido en su discurso al tema del diálogo con Estados Unidos significa que, efectivamente, ha habido conversaciones con representantes de ese país, pero que las pláticas, hasta ahora, no han favorecido al Gobierno sandinista.

Según Fonseca, Ortega también quiso hacer creer que la responsabilidad en el fracaso de las conversaciones es completamente del gobierno norteamericano. “Pero recordemos que él no es una persona que dialoga, sino que amenaza y que golpea la mesa”, dijo Fonseca.

El politólogo señaló que lo más coherente es que, previo al diálogo, existan condiciones básicas, como la democratización del país, elecciones libres y la liberación de los presos políticos.

“Habría que ver cuáles son las condiciones que han establecido Estados Unidos y el propio régimen. Estamos conscientes de que el gobierno de Ortega no está dispuesto en ningún punto a desarrollar o abrir espacios democráticos”, recordó Fonseca.

La justificación de la clase de historia

Daniel Ortega en un fotograma de la transmisión del acto del 19 de julio de 2022.

Fonseca señaló que, como siempre, el discurso de Ortega estuvo marcado por las condenas al imperialismo “yanqui” y a los “antiguos imperios europeos”. Considera que toda esa larga introducción del discurso en que Ortega enumeró las reiteradas desavenencias históricas entre Nicaragua y Estados Unidos estuvo plagado de falacias, anclado en hechos sin que se relacionen con expectativas de análisis del presente o proyecciones hacia el futuro.

“Fue un mensaje marcado por las yuxtaposiciones entre las palabras y las acciones, y la doble moralidad para emitir juicios históricos”, afirmó el politólogo.

“No puede existir ninguna autoridad moral para condenar acciones violentas, discriminatorias y desiguales por parte de actores internacionales frente a otros, cuando el gobierno hace lo mismo para defender su posición en el poder”, explicó Fonseca.

El régimen tiene a casi 200 presos políticos en las cárceles del país. Al menos 40 de estos fueron capturados el año pasado y condenados recientemente por delitos como “traición a la patria y lavado de dinero”, que fueron adaptados, con la complicidad de la Asamblea y el sistema judicial, para justificar los juicios espurios contra los acusados.

Muchos de ellos se encuentran bajo condiciones de aislamiento total en celdas a oscuras permanentemente, o bajo luz durante las 24 horas, con escasa alimentación, condiciones insalubres, así como otros malos tratos que suponen indicios de torturas sistemáticas, según han denunciado los familiares y organismos internacionales.

Pese a que los países del mundo democrático han pedido la liberación de los presos políticos, Ortega y Murillo se niegan a hacerlo, y esto ha provocado un mayor aislamiento internacional que se ha traducido en sanciones a la familia en el poder y funcionarios públicos, entre ellos, de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional. La celebración de este año ha contado con la más escasa representación internacional que se recuerda, con solo miembros de los pocos gobiernos aliados de Venezuela, Rusia o Cuba, este último, cuyo primer ministro mostró lapsos frecuentes de somnolencia durante el discurso de Ortega. 

Tampoco estuvo ningún representante de la Iglesia Católica o Evangélica, de los que solían participar en años previos y avalar el discurso pseudoreligioso del presidente y la vicepresidenta Murillo. Con un público seleccionado, mayoritariamente funcionarios y miembros de la Juventud Sandinista, la celebración se alargó en presentaciones musicales de viejas y nuevas canciones en favor del régimen.

Las cámaras de la televisión oficialista enfocaron las caras más reconocibles del entorno de Ortega, entre ellos, el de Laureno Ortega, el supuesto enviado para un diálogo (ahora negado) con Estados Unidos. A este hijo de Ortega y Murillo es a quien fuentes de ese país señalaron recientemente como el sucesor de la dinastía.