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“El demonio siempre nos ha atacado”. La persecución Ortega-Murillo contra la Iglesia

Ilustración de Divergentes.

El padre Edwing Román, de la parroquia San Miguel Arcángel de Masaya, se encuentra fuera del país desde hace unos meses. Su imagen es una de las que más destaca en la campaña que el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha desatado contra él y otros religiosos católicos, como Silvio Báez, Rolando Álvarez y Abelardo Mata. “Algunos políticos llevan sotana”, es el nombre de un video publicado a través de los aparatos de propaganda sandinista, mientras la pareja de mandatarios les ha llamado “mercaderes” y “demonios con sotana”.

Las agresiones del Frente Sandinista en contra del padre Edwing Román datan desde hace varios años. Pero se incrementó desde 2011, cuando era párroco de Nindirí y sacó procesiones para solidarizarse con familiares del padre Marlon Pupiro, asesinado en agosto de ese año. Pupiro era párroco de la Concepción, Masaya, pero en Nindirí tenía familiares. Entonces, Román convocó a un viacrucis a raíz de su muerte, que enojaron a los miembros de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) del Frente Sandinista del pueblo. “Ahí empezaron los ataques a mi persona”, dice Román. 

Los sandinistas le gritaban vulgaridades cuando miraban a Román caminar hacia la casa cural y lo vigilaban en sus homilías. Más adelante, quisieron apropiarse del parqueo de su iglesia y ahí se dio una situación muy tensa. De hecho, él llamó a la alcaldesa sandinista, Clarisa Vivas, para decirle que ella “tenía todo el dinero, pero yo tenía al pueblo”. La situación se resolvió como él esperaba: “porque levanté al pueblo y la misma población defendió el lugar”. Desde entonces, lo amenazaron con que le podría pasar “lo mismo que al padrecito Pupiro”.

Los ataques de los sandinistas en contra del padre Edwing Román muestran de alguna manera la relación que ellos han tenido con la Iglesia Católica desde los años 80, cuando ascendieron al poder después de derrocar a la dictadura somocista. En palabras de Román, desde ese primer mandato “hubo una persecución a los religiosos”, porque “el demonio siempre ha atacado a la Iglesia”. 

Desde que estalló la crisis política en abril de 2018, el padre Edwing Román ha sido uno de varios religiosos católicos que ha acompañado a las víctimas de la represión del régimen Ortega-Murillo. Román lo ha hecho en Masaya, uno de los pueblos más reprimidos. Asistió a heridos, intercedió por secuestrados y resguardó a ciudadanos amenazados. En noviembre de 2019 vivió, junto a varias madres de presos políticos que realizaban una huelga de hambre por la libertad de sus hijos en su parroquia, un asedio brutal de la Policía en el que durante nueve días les cortó los servicios de agua y luz eléctrica para someterlos. Fue una acción que le dio la vuelta al mundo y despertó la solidaridad de miles de personas. 

El sociólogo Sergio Cabrales, que hizo una investigación sobre el papel de la Iglesia desde 2018, dice que la resiliencia de esta institución religiosa les ha implicado “costos de represión para la institución, mientras los sandinistas continúen en el poder”. Pero también “deja beneficios, expresados en el creciente respeto a la institución”, a pesar del menguante número de miembros.

Desde julio de 2018, cuando Daniel Ortega acusó a los obispos de “golpistas”, hasta agosto de 2020, cuando ocurrió el incendio que calcinó la imagen de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua, el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) contabilizó 24 ataques directos contra la Iglesia Católica.

«Fariseos, mercaderes e hijos del demonio«

El padre Edwin Román ora en la capilla de la iglesia San Miguel, en la ciudad de Masaya. Divergentes.

Un año después, a pocos meses de las elecciones presidenciales, el régimen de Ortega-Murillo ha retomado los ataques contra los religiosos. El pasado 30 de julio, Ortega les llamó “fariseos” porque según él los sacerdotes bendijeron a los manifestantes en las protestas de 2018. Tres días después, el dos de agosto, cuando fue ratificado como candidato a presidente, junto a Rosario Murillo, candidata a vicepresidenta, les dijo a los sacerdotes “hipócritas, mercaderes del templo” porque “tenían tomados los templos y engañada a la gente y se comportaban como si tenían la máxima autoridad moral” durante la rebelión de hace tres años. 

El 10 de agosto, la Arquidiócesis de Managua emitió un comunicado en el que expresaron que “no existen condiciones para celebrar elecciones democráticas” en Nicaragua después de que el régimen arrestara a 32 líderes de la oposición a esa fecha, entre ellos siete aspirantes a la presidencia y se cancelara la personería jurídica a tres partidos políticos. Tres días más tarde, el caudillo sandinista los llamó “hijos del demonio” porque “algunos (manifestantes en 2018) le pegaron fuego a los ciudadanos que fueron asesinados, torturados o a los policías que fueron torturados y luego quemados vivos, con el aplauso y aliento de algunos curas”. 

Esa misma noche, Rosario Murillo llamó a los sacerdotes “hijos del diablo”. Y, aunque no dijo nombre, se refirió al padre Edwing Román, como un “criminal” que “profanó la iglesia en Masaya hace tiempo”. Dijo que había otro sacerdote que en 2018 “sonaban las campanas para que saliera la gente a morir”. 

El cardenal Leopoldo Brenes, antes de que presentara síntomas de la COVID-19, dijo sobre estos ataques que “cuando una persona nos ofende, nos toca orar por aquellos que nos persiguen, odian y calumnian, así como lo hizo Jesucristo”, y agregó: “en una ocasión se dijo que la iglesia siempre asiste al funeral de sus perseguidores”. 

Ataques desde 2018

El cardenal Leopoldo Brenes (c-i) y el obispo Silvio Báez (d) caminan frente a la basílica de San Sebastián para liberar a un grupo de paramédicos y misioneros franciscanos sitiados por parapolicías en el templo en 2018. EFE | Jorge Torres.

La primera agresión a la Iglesia durante las protestas de 2018 ocurrió en los primeros días, el 20 de abril de 2018, cuando la Catedral de Managua fue invadida por simpatizantes del Gobierno quienes agredieron a los jóvenes que se reunieron en el templo religioso para recoger víveres y entregarlos a los manifestantes reprimidos en diferentes puntos del país. 

A partir de entonces, varias iglesias han sido saqueadas y muchos sacerdotes agredidos por turbas sandinistas. El nueve de julio de 2018, el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, el nuncio Stanislaw Sommertag y el cardenal Leopoldo Brenes, fueron golpeados por paramilitares en la Basílica San Sebastián de Diriamba, cuando una comitiva de religiosos se trasladó hasta este lugar para mediar por una inminente masacre.  

Desde octubre de 2018, comenzó una persecución en contra del obispo Silvio Báez, con una divulgación de audios en los que se escucha que el religioso dijo: “lo que en este momento urge es que nos unamos en aquello en lo que estamos de acuerdo y yo creo que ahora en lo que todos estamos de acuerdo es que Ortega se tiene que ir”. Además, llamó al diálogo y a desechar opciones violentas.

Sin embargo, esto motivó a que los sandinistas mantuvieran una campaña de desprestigio en contra de Báez por “hacer apología de Satanás”. Incluso, en la casa departamental de León, unos simpatizantes sandinistas redactaron una carta para enviársela al papa Francisco para expresar repudio contra el obispo. Finalmente, Báez fue forzado al exilio el 23 de abril de 2019. Desde entonces no ha regresado al país.

En septiembre de 2018, el comisionado general Ramón Avellán, subdirector de la Policía Nacional, agredió al sacerdote Edwing Román. En esos días, también fue agredido por turbas sandinistas el sacerdote Pedro Méndez, párroco de la iglesia María Magdalena, del barrio indígena de Monimbó, en Masaya.

El otro ataque contra los religiosos ha sido desde el lado económico. Desde 2018, Ortega y Murillo han ordenado quitarles a casi todas las parroquias del país los fondos que recibían del Presupuesto General de la República con una reforma a finales de aquel año. La Arquidiócesis de Managua, que dirige el cardenal Brenes, fue la más afectada con la reducción de fondos.

Desde 2018, la Iglesia ha denunciado arbitrariedades de Migración en contra de sacerdotes extranjeros. A dos párrocos, Fray Damián Cosme Muratori, encargado del Santuario Tepeyac en San Rafael del Norte, y el cura de origen salvadoreño Julio César Melgar, les cancelaron el estatus de residencia. A ambos les otorgaron prórrogas para permanecer en Nicaragua, sin embargo, Melgar falleció en agosto por COVID-19. 

Las autoridades migratorias también impidieron el ingreso a Nicaragua de los los párrocos Fray Santos Fabián Mejía y Fray José Javier Lemus. Mientras que el sacerdote colombiano Luis Alirio Carrillo, quien pertenecía a la parroquia de San Judas Tadeo de Estelí, abandonó el país el 16 de octubre de 2020 por órdenes de Migración, después que le cancelaron su residencia que vencía en enero de 2022. A Carillo solo le dieron un mes para que abandonara el país. “Se le ha retirado su residencia en Nicaragua, todo por pronunciarse en contra de las injusticias y la maldad humana”, señaló la diócesis de Estelí en una declaración.

En el informe anual sobre “Libertad Religiosa Internacional” que publicó en mayo el Departamento de Estado de Estados Unidos reportó que el Estado de Nicaragua fue colocado en Vigilancia Especial por haber cometido o tolerado violaciones graves de libertad religiosa. Entre ellas, que en 2020 “los líderes católicos y protestantes evangélicos que proporcionaron refugio y asistencia médica a manifestantes pacíficos en 2018 continuaron sufriendo represalias del gobierno, incluidas calumnias, investigaciones arbitrarias, cargos que dijeron eran infundados, retención de exenciones de impuestos, reducción en asignaciones presupuestarias y negación religiosa”. 

«Acto terrorista» en contra de la Sangre de Cristo

 Feligreses conmemoran con una misa el primer aniversario del ataque con un explosivo que incendió el 31 de julio de 2020 la imagen de la Sangre de Cristo, que lleva 382 años en Nicaragua, y que fue venerada por San Juan Pablo II en 1996, cuando se arrodilló y oró a sus pies durante su segunda visita al país, de mayoría católica. EFE | Jorge Torres.

Entre los 24 ataques que registró el Cenidh hacia la Iglesia está el de una mujer rusa que roció con ácido sulfúrico en la cara del sacerdote Mario Guevara, cuando éste realizaba confesiones. La mujer fue condenada a ocho años, pero solo pasó unos pocos meses en la cárcel, ya que fue liberada y enviada a Italia, donde atacó a puñaladas a un hombre en un bar de Turín, según informaron medios italianos. Según el Cenidh, este caso refleja la forma corrupta en la que opera el régimen Ortega-Murillo para que “los crímenes que ellos orquestan queden en la impunidad”. 

Ha habido irrupciones a templos religiosos desde entonces, pero el más grave fue el incendio en la capilla de la imagen de la Sangre de Cristo en la Catedral de Managua. A pocos minutos de ocurrido y sin tener mayores detalles, Rosario Murillo dio a entender que el incendio había sido provocado “por la existencia de veladores en el entorno de la Sangre de Cristo… Son las veladoras que encienden los feligreses”. En la misma línea, la Policía Nacional señaló que el incendio fue provocado “por un atomizador de plástico con alcohol de fácil combustión”. 

Sin embargo, el cardenal Brenes dijo que “fue un acto terrorista planificado con mucha calma”, y desmintió a Murillo: “en el lugar no había veladoras… porque las imágenes antiguas con más de 50 años no se les pone veladoras alrededor”. 

El perdón de Ortega

Daniel Ortega (2d), y la primera dama Rosario Murillo (c), asisten a una misa en la Catedral de Managua, en la que el cardenal nicaragüense Miguel Obando y Bravo celebró sus 50 años de vida sacerdotal, en un momento en que obispos del país le pidieron al fallecido cardenal valorar su papel en una comisión del Gobierno de Daniel Ortega. Archivo. EFE | Mario López

El siete de julio de 2004, en plena campaña electoral para las elecciones que lo regresaron al poder, Daniel Ortega pidió perdón a la Iglesia por todos los actos que cometieron los sandinistas en contra de los religiosos en los años ochenta. “Nos equivocamos, cometimos muchos errores y atropellamos a figuras tan respetadas de la Iglesia”, dijo Otega, en un discurso que dirigió en la ciudad de Jinotepe.

Ese día, frente a la plaza del pueblo, el comandante fue acompañado por el padre Bismarck Carballo, quien fue desnudado y golpeado en público el 11 de agosto de 1982, cuando fue objeto de una manipulación- en la que el religioso supuestamente era el amante de una mujer-, que hizo en su contra la Dirección General de la Seguridad del Estado (DGSE), dirigida por Lenín Cerna. “Atropellamos a figuras tan respetadas como monseñor Carballo, a quien ahora le ofrecemos un perdón en público para que no quede duda de nuestra sincera aceptación de esos desaciertos”, manifestó Ortega, quien anunció una misa por la reconciliación, en la que el padre Carballo se abrazó con Lenín Cerna. 

Carballo fue muy crítico del sandinismo a principios de los años 80. “Los obispos denunciaron el peligro de lo que significa copiar el modelo cubano. Todo eso fue provocando reacciones negativas”, dijo Carballo en una entrevista con LA PRENSA en 2001, años antes de que Ortega se disculpara. “Cuando se desplazó a los miskitos de la ribera del Río Coco, por ejemplo, se denunció la violación a sus derechos humanos y eso también provocó mucha molestia en el Gobierno, además de la oposición al Servicio Militar”, agregó el religioso, hoy aliado de quienes lo agredieron. 

Declaraciones como estas provocaron que los sandinistas urdieran la trama en contra de Carballo. Sin embargo, desde que Daniel Ortega le pidió disculpas, las relaciones con el religioso mejoraron. Una hermana de él, Esther Margarita, fue nombrada como embajadora ante el Vaticano en 2017. 

En los años ochenta, los sandinistas también acusaron al sacerdote Luis Amado Peña de conspirar con la Contra y lo llevaron a los Tribunales Somocistas. Durante cuatro meses lo mantuvieron confinado en el Seminario. En esos días expulsaron de Nicaragua a 10 sacerdotes extranjeros que se solidarizaron con Peña. 

Para denunciar esto, viajó al Vaticano el padre Pablo Antonio Vega, vicepresidente de la Conferencia Episcopal de entonces y uno de los obispos que más fuerte alzaba la voz contra el gobierno sandinista, junto al cardenal Miguel Obando y Bravo, Bosco Vivas y Abelardo Mata. De esta gestión es que trajo la suspensión divinis de Ernesto Cardenal y Miguel D’Escoto y la expulsión de Fernando Cardenal de la Compañía de Jesús.

En 1986, Vega viajó a Washington para denunciar ante el Departamento de Estado el crimen contra tres de sus ministros laicos a manos de los sandinistas, y la represión que estos seguían ejerciendo contra el campesinado. Cuando regresó a Nicaragua, lo citaron a una reunión para detenerlo. Lo llevaron al Sistema Penitenciario y lo trasladaron en helicóptero hacia la frontera con  Honduras, donde lo dejaron abandonado. 

Los sandinistas acusaron al sacerdote de “actitud antipatriótica y criminal” al apoyar a la guerrilla antisandinista y justificar una eventual intervención norteamericana en el país. La medida consistió en “suspender indefinidamente el derecho” de Pablo Antonio Vega de “permanecer en el país”, y fue efectiva “mientras se mantenga la agresión del Gobierno de Estados Unidos en contra de Nicaragua”.

Pero los ataques continuaron en los años noventa, después de que los sandinistas dejaron el poder. En 1993, una turba golpeó al ahora obispo de Granada, Jorge Solórzano, cuando era párroco de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en la colonia 14 de Septiembre de Managua. 

El hombre que lideraba la turba era Rafael Valdez, quien en 2018 dirigió la divulgación de audios en contra del obispo Silvio Báez, además sobresalió en ese mismo año por pedir al papa Francisco que retirara del país al obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez. Valdez Rodríguez también dirigió las turbas sandinistas que se tomaron la catedral de Managua y agredieron al padre Rodolfo López en noviembre de 2019.

La relación con el cardenal Obando y Bravo

Daniel Ortega (i), y el cardenal Miguel Obando y Bravo en un acto en 2009. EFE | Mario López.

Para la campaña electoral de 2006, Daniel Ortega buscó un acercamiento con el cardenal Miguel Obando y Bravo, con quien tuvo intensos choques desde los años 80. El cardenal le dio la primera comunión a la actual pareja en el poder. También casó a los gobernantes en una ceremonia privada. El religioso se plegó al discurso sandinista, que por entonces llamaba a trabajar “por el bien común” y la “reconciliación”. 

Como ya se ha dicho, los choques entre los sandinistas y el cardenal se remontan desde los años ochenta. Por eso, Ortega le llamaba “capellán del somocismo”. Para las elecciones de 1990, el cardenal llamó a todos los ciudadanos a votar conforme a sus conciencias, “no por miedo ni por dádivas”. Una vez perdió las elecciones, Ortega le llamó “fariseo” y de “ensuciar la palabra de Cristo”. Obando y Bravo respondió que “una serpiente, que vive, mata y muere escupiendo veneno”. 

El cardenal utilizó una parábola similar previo a las elecciones siguientes, de 1996, en las que competía de nuevo Ortega como candidato del Frente Sandinista. Dos días antes de los comicios, Obando apareció vestido de rojo, los colores del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), que llevaba como candidato a Arnoldo Alemán, quien con una camisa de ese color estaba sentado en primera fila de esa misa en la Catedral de Managua. 

Obando, entonces, contó la parábola de la víbora. El relato era sobre dos hombres que se encontraron en el camino una víbora que se estaba muriendo a causa del frío. Uno de ellos quiso darle calor para que no muriera, pero el otro le advirtió “que esa víbora era peligrosa, que ya había matado y si la revivían, volvería a matar”. Pero el hombre que quería darle calor a la víbora dijo que las circunstancias habían cambiado, se agachó, agarró la serpiente y se la puso en el pecho para darle calor. Y entonces, cuando la víbora revivió por el calor humano que le había dado aquel hombre, lo mordió y lo mató. “El cristiano no tiene odio, pero debe tomar ciertas normas de prudencia, sino le va a pasar lo que dice la leyenda”, dijo el cardenal. Dos días después, Daniel Ortega volvió a perder las elecciones. 

La pandemia también ha puesto de frente las posturas de la Iglesia y los Ortega-Murillo. Mientras los líderes religiosos suspenden las procesiones para evitar las aglomeraciones, los alcaldes sandinistas convocan procesiones con réplicas de imágenes de santos, filarmónicos y algunos promesantes. “Eso es triste”, dijo el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, uno de los más atacados por la pareja de mandatarios. “Se ha llegado al extremo de que ahora las alcaldías se han vuelto seudos parroquias y los alcaldes se han vuelto seudos sacerdotes, porque están tomando el lugar que le corresponde al templo”, agregó. En una de sus homilías más recientes, Álvarez recordó con énfasis el refrán: “no tocar a Dios con las manos sucias”.

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